
por el R.P. Julio Meinvielle
Copia escaneada de la tercera edición reproducida en la Colección “Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino”, volumen 3º, editado en Bs. Aires en el año 1974. Al final se agregan como Apéndices (incluidos también en el volumen citado) varios trabajos del autor relacionados con el tema y un ensayo sobre Maurras)
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Apéndices a la Concepción Católica de la Política

iertos católicos, imbuídos del espíritu igualitarista de Rousseau, han querido buscar en el Evangelio un fundamento a la democracia. Para eso han hecho violencia de los pasajes en que Jesucristo afirma la preeminencia de los pobres en el Reino de los cielos.
Estos católicos democratistas han naturalizado o carnalizado la verdad sobrenatural del Evangelio.
1. El Evangelio, y la doctrina de la Iglesia, por consiguiente, jamás han preconizado la igualdad aritmética de los hombres ni en el orden natural ni en el sobrenatural.
No en el orden natural, porque Cristo no vino a destruir, sino a perfeccionar la ley, (MATEO, 5, 17). Ahora bien: la ley natural exige que a una diversidad natural correspondan derechos sociales y políticos desiguales, según explica el Angélico Doctor en los pasajes citados.
No en el orden sobrenatural, porque, como maravillosamente expone el Apóstol San Pablo, hay en la Iglesia diversidad de méritos, según la gracia que se da a cada uno; por esto en el cielo hay diversas mansiones, como enseñaba Cristo (JUAN 14, 2). Y una es la claridad del sol, otra la claridad de la luna y otra la de las estrellas; porque una estrella difiere de otra en claridad. (I COR, 15, 41).
Hay, además, diversidad de funciones en la misma Iglesia, porque hay diversidad de ministerios, como enseña el Apóstol. (I COR. 12, 5). El uno recibe del Espíritu el don de hablar con sabiduría; otro recibe del mismo Espíritu el don de hablar con mucha ciencia... etcétera. Mas todas estas cosas las causa el mismo indivisible Espíritu, repartiéndolas a cada uno, según quiere. Porque así como el cuerpo humano es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros, con ser muchos, son un solo cuerpo, así también el cuerpo místico de Cristo... . Que ni tampoco el cuerpo es un solo miembro, sino muchos. Si dijere el pie: pues no soy la mano, no soy del cuerpo, ¿dejará por eso de ser del cuerpo? . Y si dijere la oreja: pues que no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿dejará por eso de ser del cuerpo? . Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese el oído, ¿dónde estaría el olfato?. Mas ahora ha puesto Dios en el cuerpo muchos miembros y los ha colocado en él como le plugo.
2. Afirmada la constitución jerárquica de la economía natural y de la sobrenatural, el Evangelio enseña que la economía sobrenatural está regida por una ley de apreciación contraria a la economía natural. En el Reino de los cielos son bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran... los que padecen persecución por la justicia. (MATEO, 5).
De aquí que en el cristianismo el mérito sobrenatural se mida por la locura de la cruz y no por la sabiduría de las palabras o por el poder del mundo, y la jerarquía eclesiástica exige que el mayor se reconozca el menor (así el Sumo Pontífice es Siervo de los siervos de Dios) : porque Cristo, el Maestro, no vino a ser servido, sino a servir.
Bossuet ha expuesto esa doctrina en su sermón sobre LA EMINENTE DIGNIDAD DE LOS POBRES EN LA IGLESIA. Los pobres entran por derecho propio; los ricos no pueden participar de las riquezas sobrenaturales si no consienten en abrir sus tesoros y prodigarlos a los pobres después de haber besado humildemente sus pies.
Los tres sentidos de la palabra democracia
"La filosofía debe, so pena de embrollarlo todo, distinguir tres sentidos en la palabra democracia:
"1. La democracia corno tendencia social recomendada por los Papas (demofilia, democracia cristiana), y que no es sino el celo de dar a las clases trabajadoras, hoy más que nunca oprimidas en el mundo moderno, condiciones humanas de vida, requeridas no sólo por la caridad, sino ante todo por la justicia. (Continuando en esta dirección, llegaríase, sin duda, a una crítica radical de nuestro régimen económico, como lo han bosquejado ya muchos autores católicos).
"Se puede deplorar que la preocupación de las masas católicas en la defensa del orden social y la lucha contra los elementos revolucionarios haya coincidido frecuentemente con una omisión de este deber esencial y una falta de atención a las prescripciones de León XIII.
"2. La democracia política (politeia) entendida en sentido de Aristóteles y de Santo Tomás, y, por ejemplo, de la antigua democracia helvética, y que la Iglesia, como la filosofía, tienen por una de las posibles formas de gobierno de derecho (e indicada o no de hecho, según las condiciones y formas históricas).
"3. El democratismo, o la democracia en el sentido de Rousseau, digamos el mito religioso de la Democracia, que es cosa muy diferente del régimen democrático legítimo (este mito rige, en el CONTRATO SOCIAL, una teoría de los tres regímenes clásicos, monárquico y aristocrático lo mismo que democrático, igualmente falsa y perniciosa). La democracia así entendida se confunde con el dogma del Pueblo Soberano, que unido al dogma de la Voluntad general y de la Ley expresión del Número, constituye, en su límite, el error del panteísmo político (la multitud-Dios).
"Es necesario observar, con todo, que lo que hace trágica la condición de los pueblos en los tiempos modernos es que, de hecho, en la realidad concreta, el mito religioso de la Democracia ha invadido y contaminado completamente la democracia política y aun todas las formas actuales de gobierno.
"Debe ser esfuerzo de la inteligencia operar las discriminaciones necesarias y estudiar (teniendo en cuenta las conexiones de hecho planteadas por la historia) las condiciones de un enderezamiento práctico, que no tendrá éxito si no es total.
"Añadamos que en el vocabulario de Santo Tomás la democracia como forma política legítima (democracia en el sentido del número no se llama democracia, sino República (politia). Es una forma de régimen mixto, en la cual el principio democrático que, en su estado puro tiende a la dominación del número (Democratia, id est potentatus populi, quando scilicet populus plebeiorum per potentiam multituditus opprimit divites, (DE REGNO, L. I, 1), está templado por el principio aristocrático (poder de los que se distinguen en valor y virtud), y sobre todo por el principio oligárquico (poder de los que se distinguen por la riqueza o poder). Cf. COMMENT, IN POLIT. ARISTÓTELIS, V, VII. — En esto consiste propiamente una democracia mejorada (Marcel Demongeot. LE MEILLEUR RÉGIME POLI-TIQUE SELON SAINT T HOMAS).
"En cuanto a la palabra democracia, designa, en Santo Tomás, la forma corrompida de politia, y el principio democrático en su estado puro". (Maritain, PRIMAUTE DU SPIRITUEL, Annexes, VI).
Sea lícito añadir que los católicos democratistas suelen confundir los tres sentidos señalados de la palabra democracia; como el democratismo en el sentido de Pueblo Soberano, creador de toda moralidad y derecho, independiente de Dios, es manifiestamente herético, lo rebajan, acomodan y explican diciendo que el Pueblo, depositario de la Soberanía que recibe de Dios, la delega en los gobernantes, que no son más que vicarios de su Voluntad. Difícilmente se encontrará un católico democratista (católicos que no hablan de Cristo, pero sí de la Democracia, o de la Democracia cristiana, o de la Democracia y Cristo, o de la Democracia y la Iglesia, como si Cristo no bastase para salvar al mundo); difícilmente se encontrará, digo, que para justificar la democracia no acuda a esta teoría sobre el origen del poder. Síntoma significativo, que revela una mentalidad democratista, pues con ello se pretende dar cierta preeminencia o superioridad a la democracia sobre las demás formas de gobierno: cosa condenada por Pío X cuando en su carta a Le Sillon escribe:
Asimismo, la democracia es la única que, según él (Le Sillon), inaugurará el reinado de la justicia perfecta; mas ¿no es esto hacer injuria a las otras formas de gobierno, que se rebajan, de esta suerte, a la condición de gobiernos impotentes, sufribles tan sólo a falta de cosa mejor? Por lo demás, Le Sillon tropieza también en este punto con las enseñanzas de León XIII. Hubiera podido leer en la Encíclica ya citada del Principado político que salva la justicia, no está prohibido a los pueblos darse el gobierno que responde mejor a su carácter o a las instituciones y costumbres que recibieron de sus antepasados. Ahora bien; como la Encíclica se refiere a la triple forma de gobierno bien conocida, supone, por el mismo caso, que la justicia es compatible con cada una de ellas. Pues la Encíclica sobre la condición de !os obreros ¿no afirma claramente la posibilidad de restaurar la justicia en las organizaciones actuales de la sociedad, puesto que indica los medios? Mas como, sin duda, quería hablar León XIII no de una justicia cualquiera, sino de la justicia perfecta, al enseñar que la justicia es compatible con las tres formas de gobierno conocidas, enseñaba también. que por este lado no goza la democracia de especial privilegio. Los sillonistas, que pretenden lo contrario, o bien rehúsan oír a la Iglesia, o se forman de la justicia y de la igualdad un concepto que no es católico.
León XIII y la democracia cristiana
Reproducirnos aquí los párrafos de la encíclica GRAVES DE COMMUNI del 18 de enero de 1901, donde León XIII expone los recaudos bajo los cuales debe entenderse la democracia cristiana.
De esta suerte — dice León XIII —, se ha establecido entre los católicos, bajo los auspicios de la Iglesia, una comunidad de acción y una serie de obras destinadas a ayudar al pueblo, expuesto a asechanzas y peligros, no menos que a la indigencia y trabajos.
Al comienzo, esta clase de beneficencia popular no se distinguía por ninguna denominación especial. El término de socialismo cristiano, introducido por algunos, y otras expresiones derivadas de ésta, han caído justamente en desuso. Les agradó a otros, y con razón, llamarla acción cristiana popular. En otras partes, los que se ocupan de estas cuestiones son llamados cristianos sociales. No falta donde se llama a esta acción democracia cristiana, y a los que se entregan a ella demócratas cristianos; el sistema, en cambio, defendido por los socialistas se designa con el nombre de democracia social.
Ahora bien, de estas dos últimas expresiones, si la primera, "cristianos sociales", apenas suscita protestas, la segunda, "democracia cristiana", desagrada a muchas personas honestas, que le en-cuentran un sentido equívoco y peligroso, y por más de un motivo desconfían de esta denominación. Temen que esta palabra no sea un mal disfraz del gobierno popular, o no señale en su favor una preferencia sobre las otras formas de gobierno...
Como a este propósito existen corrientemente discusiones demasiado prolongadas y con frecuencia agrias, la conciencia de nuestro cargo nos advierte de poner fin a esta controversia definiendo cuáles deben ser las ideas de los católicos en esta materia.
La democracia cristiana, por el sólo hecho de decirse cristiana, debe apoyarse sobre los principios de la fe divina como sobre su propia base. Debe proveer por los intereses de los débiles, sin dejar de conducir a la perfección que les conviene a las almas creadas para los bienes eternos. Para ella no ha de haber nada más sagrado que la justicia; debe guardar, al abrigo de todo ataque, el derecho de propiedad y de posesión; mantener la distinción de clases, que sin duda es necesaria para un estado bien constituido; por fin, debe propiciar para la comunidad humana una forma y un carácter en armonía con los que ha establecido Dios creador.
Pero es ilícito desviar hacia un sentido político el término de democracia cristiana. Sin duda la democracia, de acuerdo a la etimología de la palabra y al uso que de ella han hecho los filósofos, se refiere al régimen popular; pero en las circunstancias actuales no hay que emplearla sino despojándola de todo sentido político y no atribuyéndole otro significado que la de una bienhechora acción cristiana entre el pueblo. En efecto, los preceptos de la naturaleza y del Evangelio, estando, por su propia autoridad, por encima de los vicisitudes humanas, es necesario que no dependan de ninguna forma de gobierno civil; pueden, sin embargo, acomodarse con cualquiera de estas formas, con tal que ésta no repugne con la honestidad o la justicia. Son, por tanto, y permanecen completamente ajenos a las pasiones de los partidos y a los diversos acontecimientos, de suerte que cualquiera que sea la constitución del Estado, los ciudadanos pueden y deben observar estos mismos preceptos que les mandan amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismos. Tal fue la constante disciplina de la Iglesia; fue la que siempre han aplicado los Pontífices romanos con los Estados, cualesquiera fueren sus formas de gobierno.
Establecido esto, las intenciones y la acción de los que trabajan por el bien de los proletarios no pueden tender nunca a preferir un régimen civil a otro ni a servirle como de medio para introducirlo. (GRAVES DE COMMUNI, 18 de enero de 1901).
Filosofía de la democracia moderna (18)
El Romano Pontífice ha dedicado la alocución de la última Navidad al examen de las condiciones que ha de revestir la democracia para ser legítima y sana. Los comentarios que dicha alocución ha suscitado han sido asaz superficiales, y en los más de los casos de un irreverente partidismo. No se ha escuchado al Papa, sino que se lo ha utilizado. Terrible condición de los tiempos, en que la verdad no puede llegar a los oídos de los hombres sino por medio de vehículos de difusión en manos del Padre de la Mentira.
Sin embargo, es interesante advertir que entre todos los comentarios no se ha levantado ninguno decididamente adverso, sino únicamente el emitido por el observador de asuntos internacionales del PRAVDA, de Moscú, quien, entre otras, formula esta insólita y al parecer incomprensible apreciación:
"... El mensaje papal está dirigido contra las grandes masas populares y sus aspiraciones en favor de la auténtica democracia... "
La acusación del comunismo ateo, hoy universalmente triunfante, hecha en nombre de la "auténtica" democracia contra la democracia aceptada por el Pontífice, debe tener algún sentido. Vamos a intentar desentrañarlo. Ello nos va a obligar a tomar como punto de partida las líneas de la dialéctica en que se desenvuelve la historia, para situar con precisión el momento excepcional en que vivimos.
DIALECTICA DE LA HISTORIA
La historia no se desarrolla sobre un plano horizontal, sino que va siguiendo también una línea vertical cuya densidad ha de medirse por los valores humanos en ella contenidos. La antropología señala entonces la ley de la historia, porque ésta no es sino el hombre proyectándose en el tiempo.
Esta ley marca cuatro momentos en una civilización: un primer momento de plenitud, una edad
de oro, teológica, por el primado de la verdad sagrada o sacerdotal; un segundo momento, de decadencia, una edad de plata o aristocrática por el primado de la verdad natural o racional, o metafísica; un tercer momento, una edad de bronce u oligárquica, por el primado de la vida afectiva o sentimental, o sensible, o animal o económico-burguesa; un cuarto momento, una edad de hierro o democrática, por el primado de la materia, o de la cantidad que es su propiedad necesaria, o de la multitud o de lo económico-proletario.
Ahora bien: la civilización cristiana — adviértase bien, no decimos la Iglesia, porque ésta, semejante al alma espiritual, no agota sus energías vitales en aquélla — no escapa a esta ley. La civilización cristiana ha conocido un primer momento de plenitud. León XIII ha descripto el esplendor medioeval con palabras magistrales que jamás deberían borrarse de los pensadores católicos. Hubo un tiempo — dice en IMMORTALE DEI — en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. Entonces aquella energía propia de la sabiduría cristiana, aquella su divina virtud, había compenetrado las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad; la religión fundada por Jesucristo, colocada firmemente sobre el grado de honor y de altura que le corresponde, florecía en todas partes secundada por el agrado y adhesión de los príncipes y por la tutelar y legítima deferencia de los magistrados; y el sacerdocio y el imperio, concordes entre sí, departían con toda felicidad, en admirable consorcio de voluntades e intereses. Organizada de este modo la sociedad civil, produjo bienes superiores a toda esperanza.
Todavía subsiste la memoria de ellos, y quedará consignada en un sinnúmero de monumentos históricos, ilustres e indelebles, que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá nunca desvirtuar ni oscurecer.
Pero esta civilización ha sido objeto de tremendos y sucesivos ataques que la han reducido a una condición cada vez más decadente. El mismo León XIII describe de esta suerte el primer ataque, perpetrado por la Reforma Protestante: Pero las dañosas y deplorables novedades promovidas en el siglo XVI, habiendo primeramente trastornado las cosas de la religión cristiana, por natural consecuencia vinieron a trastornar la filosofía y, por ésta, todo el orden de la sociedad civil. Ello dio como resultado una sociedad civil o un orden público substraído a la influencia de la Iglesia o del orden sobrenatural en ella encarnado, esto es, una sociedad donde cada uno de los grupos hasta entonces unidos bajo una forma universal de vida, que era la Iglesia, adquieren independencia. Las naciones, libres de toda forma superior, toman posiciones, unas frente a otras. Aparecen, de esta suerte, por vez primera, los nacionalismos exagerados; y los monarcas puestos al frente de los pueblos rechazan todo poder superior y se erigen en divinidades. La razón se independiza de la teología, la ciencia de la fe, la política de la moral, la naturaleza de la sobrenaturaleza.
La civilización originariamente cristiana se convierte en naturalista, pero se mantiene como civilización, en la medida en que no sufren corrupción los principios de la vida natural que son los que formalmente la constituyen. Pero como enseña tan magníficamente Pío X en IL FERMO PROPOSITO, aunque de índole natural, la civilización no puede subsistir plenamente, ni siquiera mantenerse, si no es por la influencia de la Iglesia.
Destituído, entonces, de los auxilios sobrenaturales, el orden natural camina hacia su propia ruina. Y así vemos, en los siglos XVII y XVIII, el caminar apresurado hacia la ruina de la civilización. La razón termina en su suicidio con Kant, y es suplantada por la ciencia, que es una suma de las comprobaciones físico-matemáticas; el bien común, que centraba la política y la economía, es reemplazado por la libertad; los monarcas son llevados al cadalso por la muchedumbre soberana. La civilización — así, sin ningún aditamento — termina con la Revolución Francesa. Con ella comienza la civilización moderna, la cual, en lo que tiene de propio y peculiar, es la barbarie, armada del poderío de la fuerza industrial.
La Revolución Francesa, que León XIII llama "la gran revolución", señala entonces la frontera definitiva de dos modos de vida esencialmente diversos que se cumplen en la civilización cristiana. Con ella se opera en el hombre una alteración de su misma condición de racional, cosa que no había llegado a obrarse formalmente en el siglo XVI. Hasta ella, los principios rectores de vida habían sido humanos, ahora comenzaban a ser infrahumanos o animales; hasta entonces, racionales, ahora puramente sentimentales; hasta entonces, cualitativos, ahora cuantitativos; hasta entonces, atraídos por la idea del bien que une, ahora por la libertad, que desvincula y desune. De aquí el liberalismo, el individualismo y romanticismo de este tercer momento histórico.
Para una recta interpretación de la historia moderna y, por ende, de los hechos actuales, es fundamental esta ubicación de la Revolución Francesa como punto de partida de un hombre nuevo que comienza a regirse por principios de vida infrahumanos, y por lo mismo infracivilizados. La Revolución Francesa es, entonces, el punto de partida de un camino que ha de terminar inexorablemente en la revolución comunista, como ésta, a su vez, es la etapa inmediatamente anterior a la apostasía universal o reinado del anticristo, reinado que no consiste ni se instaura en una revolución, sino que es la lógica culminación de las revoluciones anteriores.
Esto explica la profundidad del pensamiento de De Maistre, quien vió en la Revolución Francesa algo definitivo y satánico. Lo es, en verdad, como iniciación del último y postrer estado de la apostasía universal. Por esto Babeuf, antes de morir, anunció que la Revolución Francesa era precursora de otra revolución mayor, más solemne, y que ésta será la última. (APPEL AU PEUPLE FRANÇAIS, 1797).
El Estado infrahumano de civilización, inaugurado por la Revolución Francesa, se va a caracterizar en sustancia por un cruzar el hombre la línea de inteligencia que le distingue y separa de la materia y en un entrar ya resueltamente en la órbita de atracción de la materia misma. Por esto la nueva edad va a estar regida por el materialismo o por lo económico. Pero como en un ciclo económico o materialista hay dos momentos perfectamente caracterizados, uno de la materia viva, otro de la materia inorgánica, una de la economía dirigente, o burguesa o capitalista, y otro de la economía dirigida o proletaria, en esta nueva civilización, la moderna, que es una civilización infracivilizada, podemos distinguir dos períodos: uno que es el liberalismo propiamente dicho, y otro el comunismo; una de dominación de los grupos burgueses oligárquicos, y el otro de dominación de las masas proletarias, o verdaderamente democrático.
De estos dos momentos, el burgués está agotado ya y definitivamente concluido. Le llega entonces su vez al cuarto momento, el democrático o comunista. El clero primó en la Edad Media; la nobleza o aristocracia en los siglos XVII y XVIII; los ricos o burgueses en el siglo XIX, y hoy ha de dominar la multitud proletaria o democrática. Esto nos obliga a estudiar la esencia de la democracia, buscando desentrañar su ley íntima.
LA DEMOCRACIA, DOMINACION DE LA PLEBE
Nadie ha analizado tan profundamente la democracia como Santo Tomás de Aquino y Aristóteles. Hablamos del concepto puro de la democracia, por lo que ella implica en sí misma, en virtud de sus propias e internas exigencias. Parte el Santo Doctor de la premisa de que la razón de ser y el término del estado popular es la libertad, y por ello el poder o autoridad se distribuye en ese Estado de acuerdo a la dignidad de la libertad (POLÍTICA, IV, 7). En su mente la democracia está ligada a una concepción de la vida en que se hace de la libertad el supremo bien del hombre y, por lo mismo, el fin de la ciudad. En el estado popular — dice en POL. III, 4 — sólo se busca la libertad, y sólo ella es lo que en común confieren todos los ciudadanos. Todas las otras cosas existen por la libertad y para la libertad. Nada valen, por tanto; las diferencias que separan un hombre de otro, nada las dependencias naturales o históricas, nada los vínculos familiares o nacionales, nada la diversidad de los ingenios, de las aptitudes, de la educación, de la cultura o de los derechos adquiridos. Como a todos y a cada uno dió la naturaleza idéntica libertad, será necesario que todos y cada uno en cualquier parte sean iguales.
Pero ¿qué implica para Santo Tomás la noción de libertad? Decláralo en diversas ocasiones; pero aquí vamos a limitarnos al comentario que hace al libro IV, 1 de la POLÍTICA de Aristóteles, donde, después de insistir en que la libertad es la única y principal base del estado popular, añade: ...por la libertad se entiende que uno pueda determinarse por propia voluntad y a un fin que uno mismo se propone. Es uno libre, dice, cuando es causa de sí mismo, tanto en el moverse, en cuanto se mueve de propia voluntad y siguiendo la propia razón, como en cuanto se mueve u obra en atención a un fin propio y no al fin de otro. También se toma la palabra libertad por la misma operación o por el acto por el cual se dice que uno se mueve u obra al fin propio.
Ahora bien — dice el Santo Doctor —; sea en una acepción sea en la otra, la libertad la tiene uno o por una disposición natural, y éstos son los naturalmente libres, o por la constitución de la república, que establece que no sea uno gobernado por otro que por sí mismo, ni al fin de otros sino de sí mismo y al fin de la república. Y así entienden la libertad los autores del Estado popular.
Santo Tomás entiende que hay una libertad natural, que posee uno cuando es capaz de gobernarse por sí mismo, en cuanto es capaz de fijarse la norma recta y conveniente de lo que debe obrar y es capaz también de cumplir dicha norma. Es decir, que esta libertad la poseen los varones perfectos que, ordenados por el recto sentido de su razón, se autodeterminan en la práctica del orden que su razón les indica. Esta es la verdadera libertad. La otra libertad, la que sirve de base al régimen democrático, y que no tiene de suyo sino una realidad legal porque surge del decreto constitutivo de la república, ex constitutione reipublicæ, consiste en una pura y simple autodeterminación; es, a saber, en que todos y cada uno de los que integran dicho régimen no sufran menoscabo ni violencia en querer esto o aquello, de acuerdo al propio beneplácito. Y como en cuanto a esta autodeterminación o libertad todos son iguales, la justicia popular o democrática exige que todos participen en los honores y favores públicos de acuerdo a una unidad cuantitativa, y no, en cambio, de acuerdo a la dignidad de la persona o igualdad de proporción, sino que tanto el pobre como el rico, tanto el ignorante como el instruido [ ... sed tantum pauper quantum dives, tantum idiota quantum studiosus] . Por otra parte, como ha de haber quien establezca y conserve esta justicia popular... se sigue que el fin y la justicia del Estado democrático es la opinión de la multitud [...manifestum est quod necesse est illud esee finen populari statui, et justum, quod videtur multitudini] POL. VI, 2.
La opinión y voluntad de la multitud es ley, entonces, en el régimen democrático.
¿Cuál es el resultado de un régimen fundado en estas premisas? El resultado dependerá de la condición moral de los que constituyen dicha ciudad. Porque como el régimen político de la misma descansa en la libertad o autodeterminación de los ciudadanos, su índole — justa o injusta, buena o perversa — dependerá de la condición moral de la multitud. Si ésta, en su mayoría, es virtuosa, la ciudad será virtuosa; si perversa, la ciudad será perversa.
Pero el Doctor Angélico saca inmediatamente la conclusión de que tal ciudad, en que la multitud fija la norma de la justicia, habrá de ser perversa, porque allí mandan viles et pauperes et inordinati (los viles, los pobres y los desordenados), POL. VI, 2. De aquí que constantemente coloque la democracia entre las formas de gobierno tiránicas y sea célebre aquella definición de la democracia de EL REINO, I, 1: La democracia, esto es, el gobierno del pueblo es, a saber, cuando el número de los plebeyos, por el poder del número, oprime a los ricos. Democratia, id est potentatus populi, quando scilicit populus prebeiorum per potentiam multitudinis opprimit divites.
La conclusión de Santo Tomas está determinada por el concepto pesimista que tiene de la muchedumbre. Se podrían acumular citas y citas en las que enseña que la muchedumbre, en la mayoría de los casos, se deja llevar por sus malas inclinaciones, violando el orden recto de la razón. Ver SUMA I. q. 63, a 9. ad. 1; I. q. 49. a. 3 ad. 5; CONTRA GENTILES, III. C. VI.
Pero una sola cita bastará para establecer claramente el pensamiento del Santo Doctor. " ...en el hombre — dice — hay una doble naturaleza, es, a saber, la racional y la sensitiva. Y como el hombre llega al acto de la razón por la operación del sentido, la mayoría sigue las inclinaciones de la naturaleza sensitiva en lugar del orden de la razón... De aquí provienen los vicios y pecados en que los hom-bres siguen las inclinaciones de la naturaleza sensitiva en lugar del orden de la razón." I. II. q. 71 a. 2 ad. 3.
El pueblo se aparta de la razón las más de las veces, dice el Santo en POL IV. 13, Populus enim deficit a ratione, ut in pluribus. En substancia, que el pueblo, al no reaccionar sino afectivamente, está expuesto a equivocarse y a extraviarse; necesita que otros — los menos — le indiquen qué le conviene y se lo hagan querer; si una minoría virtuosa no le confiere la virtud, cualquier otra minoría audaz le impondrá el yugo del dinero o del trabajo colectivo.
LA DEMOCRACIA Y EL COMUNISMO BOLCHEVISTA
El análisis de la esencia de la democracia nos conduce a la conclusión de que ésta, partiendo de la idea de libertad, que es su principal e indispensable presupuesto, termina inexorablemente en la tiranía, o dictadura de la multitud, del número, de la cantidad, y por lo mismo de la sinrazón y del desorden. El principio fundamental que la mueve es el igualitarismo universal absoluto. Ahora bien: como los hombres — sin una intervención especial de Dios — no pueden ser igualados o nivelados por lo más levantado que hay en ellos, es, a saber, la ciencia y la virtud, no resta sino la posibilidad de intentar la nivelación absoluta universal, por lo más bajo que hay en ellos, es decir, por su condición material. Tal es el intento del comunismo soviético, como enseña Pío XI en su magistral y actualísima encíclica DIVINI REDFMPTORIS.
De aquí que sea en el comunismo ateo y materialista donde se verifiquen plenamente las exigencias intrínsecas de la democracia absoluta; porque consistiendo ésta en una nivelación o igualación universal absoluta, y no pudiendo cumplirse "hacia arriba", hacia "el Ser, principio de todo ser", hacia donde se llega por auxilios jerárquicos, que vienen siempre de arriba hacia abajo, no queda sino la posibilidad de una nivelación absoluta en lo más común que hay en todos los hombres, que es la materia.
En el materialismo, esto es, en una concepción de la vida en que se hace de la materia la única realidad, de la que procede todo y a la que todo se ordena, consiste la esencia del comunismo.
Y como en la escala real de valores — que no puede ser destruida por ninguna teoría ni sistema — la materia ocupa el último lugar, después de los otros más elevados (Dios o lo sobrenatural o el sacerdocio — lo humano o lo natural o la virtud o la nobleza — lo animal o lo económico burgués), una concepción de la vida alrededor de la materia se liga por conexiones metafísicas necesarias con lo puramente cuantitativo, que es una propiedad necesaria de la materia; con el número, que dice relación con la cantidad; con el sufragio universal directo, que está ligado al número; con la libertad, presupuesto de la democracia; con el liberalismo, que es la deificación de dicha libertad: con la democracia, que descansa en la igualdad cuantitativa de la pura libertad o autodeterminación. Por otra parte, como la pura materia es la única realidad que, siendo tal, es nada, en la célebre definición aristotélico-tomista de la materia prima, por lo mismo es lo más opuesto a Dios de todas las realidades; y como, por otra parte, lo más opuesto a Dios es el diablo, que es Dios al revés, la materia tiene conexiones necesarias con el diablo, y por lo mismo con el anticristo, que es diablo encarnado; y por lo mismo con todos los grupos y sectas humanas que trabajan sistemáticamente por la entronización del anticristo en la tierra; y con la Revolución, que es el proceso continuado para verificar esta entronización.
En el límite extremo a donde son conducidas por sus propias exigencias se encuentran en profunda solidaridad todas estas realidades. Son exactísimas, entonces, estas igualdades: comunismo - materialismo - liberalismo - democracia - dictadura de la plebe - tiranía del número - satanismo - anticristo - masonería - Revolución.
El resultado final de los esfuerzos y de las tendencias de cada uno de ellos es el establecimiento universal en la tierra de aquella sociedad que describe Pío XI en la DIVINI REDEMPTORIS. ¿Qué sería, pues — se pregunta el Pontífice —, la sociedad humana basada sobre tales fundamentos materialistas? Sería una colectividad sin más jerarquía que la del sistema económico. Tendría como única misión la de producir bienes por medio del trabajo colectivo, y como fin el goce de los bienes de la tierra en un paraíso en que cada cual "daría según sus fuerzas y recibiría según sus necesidades" ... En esa sociedad, tanto la moral como el orden jurídico no serían más que una emanación del sistema económico contemporáneo, es decir, de origen terreno, mudable y caduco. En una palabra, se pretende introducir una nueva época y una nueva civilización, fruto exclusivo de una evolución ciega: una humanidad sin Dios.
Obsérvese de paso, que a este resultado final se puede arribar tanto por un camino revolucionario — comunismo bolchevista — como por un camino democrático — democracia materialista norteamericana.
EL MOMENTO ACTUAL
Tanto la dialéctica histórica como las exigencias metafísicas de la democracia reclaman hoy que el universo sea entregado a la dominación comunista. El comunismo bolchevista es el único de los sis-temas de vida existentes que realiza los anhelos de libertad y democracia que está en las entrañas del mundo moderno. Los Estados Unidos, que representan para muchos el ideal de libertad y democracia, son, en cambio, un régimen plutocrático, esto es, donde la libertad legalmente pareja para todos se convierte en una libertad real para unos pocos privilegiados. Los Estados Unidos — y con mucha mayor razón Inglaterra — representan ya hoy tipos anacrónicos de vida, sin vigencia histórica, y que si no quieren burlar las exigencias profundas de la libertad y democracia que proclaman, deben ir evolucionando hacia un tipo igualitario universal, que sólo Rusia ha verdaderamente implantado.
De aquí que no sea simplemente táctica la razón de la propaganda comunista hecha en nombre de la libertad y de la democracia. La razón es metafísica. Rusia ha llevado a sus consecuencias más lógicas el desarrollo del igualitarismo, anidado en los conceptos de libertad y democracia.
Y no valdría argüir, como place a los retardados burgueses, que en Rusia la libertad y democracia están sofocadas por la dictadura del Estado soviético. Porque a esto se responde: primero, que en los estados plutocráticos la libertad y la democracia están burlados por la dictadura omnipotente de los consorcios internacionales; y segundo, que, como tan sagazmente enseña Pío XI en la DIVINI REDEMPTORIS, cuando todos hayan adquirido las cualidades colectivas, en aquella condición utópica de la sociedad sin ninguna diferencia de clases, el Estado político, que ahora se concibe como instrumento de dominación capitalista sobre el proletariado, perderá toda su razón de ser y se disolverá; pero hasta que no se realice esta feliz condición, el Estado y el poder estatal es para el comunismo el medio más eficaz y universal para conseguir su fin.
Es decir, que la sociedad comunista, donde se han destruido totalmente las diferencias y privilegios religiosos, estatales y burgueses, es la única sociedad donde se lleva a su plenitud la universal nivelación igualitaria de libertad y democracia.
En nombre, entonces, de la libertad y de la democracia, le corresponde al comunismo soviético el cetro del universo. Si ello es así, ¿hay que dar, entonces, por decidida la suerte de la tierra y prepararse para tomar el lugar más cómodo posible en el paraíso de los sin Dios? Si la Iglesia no fuera sino una institución humana, totalmente identificada con la civilización cristiana, ciertamente ya estaría todo terminado y no quedaría otra alternativa que prepararse para los postreros días de la apostasía universal. Pero la Iglesia, semejante al alma espiritual, que si bien es principio de ser y de acción del cuerpo humano no agota en él todas sus posibilidades de esencia y operación, sino que aún sin el cuerpo mantiene una poderosa vitalidad propia e independiente, posee un ser y una actividad que no ha sufrido nada en las sucesivas degradaciones en que ha caído la civilización cristiana. La Iglesia, esposa de Jesucristo, mantiene hoy una vitalidad prodigiosamente fresca y se siente con fuerzas para convertir en hijos de Abraham las piedras. El comunismo lo sabe. Porque el comunismo, duro yugo impuesto a la fuerza por los hombres...que han considerado a Rusia como terreno más apto para poner en práctica un sistema elaborado desde hacía decenios, y de allí siguen propagándolo por todo el mundo (Pío XI, en la DIVINI REDEMPTORIS), está en conexión con agentes diabólicos terrestres que operan en un plano teológico, con ciencia y métodos también teológicos, a los que se refiere León XIII en la HUMANUM GENUS. El comunismo, obra directa de estas fuerzas teológicas del diablo, conoce perfectamente la significación de la Iglesia Católica. Por eso, a punto de jactarse de su victoria mundial definitiva, tiembla ante un anciano indefenso que le ha arrebatado la palabra "democracia", para decir "urbi et orbi": ¡Pueblos! No os engañéis; el bien que alucinados buscáis en esa seductora palabra sólo lo encontraréis en la enseñanza tradicional de la Iglesia.
(18) A propósito de la alocución del Papa en la Navidad de 1944 (N del A.).
Estos católicos democratistas han naturalizado o carnalizado la verdad sobrenatural del Evangelio.
1. El Evangelio, y la doctrina de la Iglesia, por consiguiente, jamás han preconizado la igualdad aritmética de los hombres ni en el orden natural ni en el sobrenatural.
No en el orden natural, porque Cristo no vino a destruir, sino a perfeccionar la ley, (MATEO, 5, 17). Ahora bien: la ley natural exige que a una diversidad natural correspondan derechos sociales y políticos desiguales, según explica el Angélico Doctor en los pasajes citados.
No en el orden sobrenatural, porque, como maravillosamente expone el Apóstol San Pablo, hay en la Iglesia diversidad de méritos, según la gracia que se da a cada uno; por esto en el cielo hay diversas mansiones, como enseñaba Cristo (JUAN 14, 2). Y una es la claridad del sol, otra la claridad de la luna y otra la de las estrellas; porque una estrella difiere de otra en claridad. (I COR, 15, 41).
Hay, además, diversidad de funciones en la misma Iglesia, porque hay diversidad de ministerios, como enseña el Apóstol. (I COR. 12, 5). El uno recibe del Espíritu el don de hablar con sabiduría; otro recibe del mismo Espíritu el don de hablar con mucha ciencia... etcétera. Mas todas estas cosas las causa el mismo indivisible Espíritu, repartiéndolas a cada uno, según quiere. Porque así como el cuerpo humano es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros, con ser muchos, son un solo cuerpo, así también el cuerpo místico de Cristo... . Que ni tampoco el cuerpo es un solo miembro, sino muchos. Si dijere el pie: pues no soy la mano, no soy del cuerpo, ¿dejará por eso de ser del cuerpo? . Y si dijere la oreja: pues que no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿dejará por eso de ser del cuerpo? . Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese el oído, ¿dónde estaría el olfato?. Mas ahora ha puesto Dios en el cuerpo muchos miembros y los ha colocado en él como le plugo.
2. Afirmada la constitución jerárquica de la economía natural y de la sobrenatural, el Evangelio enseña que la economía sobrenatural está regida por una ley de apreciación contraria a la economía natural. En el Reino de los cielos son bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran... los que padecen persecución por la justicia. (MATEO, 5).
De aquí que en el cristianismo el mérito sobrenatural se mida por la locura de la cruz y no por la sabiduría de las palabras o por el poder del mundo, y la jerarquía eclesiástica exige que el mayor se reconozca el menor (así el Sumo Pontífice es Siervo de los siervos de Dios) : porque Cristo, el Maestro, no vino a ser servido, sino a servir.
Bossuet ha expuesto esa doctrina en su sermón sobre LA EMINENTE DIGNIDAD DE LOS POBRES EN LA IGLESIA. Los pobres entran por derecho propio; los ricos no pueden participar de las riquezas sobrenaturales si no consienten en abrir sus tesoros y prodigarlos a los pobres después de haber besado humildemente sus pies.
Los tres sentidos de la palabra democracia
"La filosofía debe, so pena de embrollarlo todo, distinguir tres sentidos en la palabra democracia:
"1. La democracia corno tendencia social recomendada por los Papas (demofilia, democracia cristiana), y que no es sino el celo de dar a las clases trabajadoras, hoy más que nunca oprimidas en el mundo moderno, condiciones humanas de vida, requeridas no sólo por la caridad, sino ante todo por la justicia. (Continuando en esta dirección, llegaríase, sin duda, a una crítica radical de nuestro régimen económico, como lo han bosquejado ya muchos autores católicos).
"Se puede deplorar que la preocupación de las masas católicas en la defensa del orden social y la lucha contra los elementos revolucionarios haya coincidido frecuentemente con una omisión de este deber esencial y una falta de atención a las prescripciones de León XIII.
"2. La democracia política (politeia) entendida en sentido de Aristóteles y de Santo Tomás, y, por ejemplo, de la antigua democracia helvética, y que la Iglesia, como la filosofía, tienen por una de las posibles formas de gobierno de derecho (e indicada o no de hecho, según las condiciones y formas históricas).
"3. El democratismo, o la democracia en el sentido de Rousseau, digamos el mito religioso de la Democracia, que es cosa muy diferente del régimen democrático legítimo (este mito rige, en el CONTRATO SOCIAL, una teoría de los tres regímenes clásicos, monárquico y aristocrático lo mismo que democrático, igualmente falsa y perniciosa). La democracia así entendida se confunde con el dogma del Pueblo Soberano, que unido al dogma de la Voluntad general y de la Ley expresión del Número, constituye, en su límite, el error del panteísmo político (la multitud-Dios).
"Es necesario observar, con todo, que lo que hace trágica la condición de los pueblos en los tiempos modernos es que, de hecho, en la realidad concreta, el mito religioso de la Democracia ha invadido y contaminado completamente la democracia política y aun todas las formas actuales de gobierno.
"Debe ser esfuerzo de la inteligencia operar las discriminaciones necesarias y estudiar (teniendo en cuenta las conexiones de hecho planteadas por la historia) las condiciones de un enderezamiento práctico, que no tendrá éxito si no es total.
"Añadamos que en el vocabulario de Santo Tomás la democracia como forma política legítima (democracia en el sentido del número no se llama democracia, sino República (politia). Es una forma de régimen mixto, en la cual el principio democrático que, en su estado puro tiende a la dominación del número (Democratia, id est potentatus populi, quando scilicet populus plebeiorum per potentiam multituditus opprimit divites, (DE REGNO, L. I, 1), está templado por el principio aristocrático (poder de los que se distinguen en valor y virtud), y sobre todo por el principio oligárquico (poder de los que se distinguen por la riqueza o poder). Cf. COMMENT, IN POLIT. ARISTÓTELIS, V, VII. — En esto consiste propiamente una democracia mejorada (Marcel Demongeot. LE MEILLEUR RÉGIME POLI-TIQUE SELON SAINT T HOMAS).
"En cuanto a la palabra democracia, designa, en Santo Tomás, la forma corrompida de politia, y el principio democrático en su estado puro". (Maritain, PRIMAUTE DU SPIRITUEL, Annexes, VI).
Sea lícito añadir que los católicos democratistas suelen confundir los tres sentidos señalados de la palabra democracia; como el democratismo en el sentido de Pueblo Soberano, creador de toda moralidad y derecho, independiente de Dios, es manifiestamente herético, lo rebajan, acomodan y explican diciendo que el Pueblo, depositario de la Soberanía que recibe de Dios, la delega en los gobernantes, que no son más que vicarios de su Voluntad. Difícilmente se encontrará un católico democratista (católicos que no hablan de Cristo, pero sí de la Democracia, o de la Democracia cristiana, o de la Democracia y Cristo, o de la Democracia y la Iglesia, como si Cristo no bastase para salvar al mundo); difícilmente se encontrará, digo, que para justificar la democracia no acuda a esta teoría sobre el origen del poder. Síntoma significativo, que revela una mentalidad democratista, pues con ello se pretende dar cierta preeminencia o superioridad a la democracia sobre las demás formas de gobierno: cosa condenada por Pío X cuando en su carta a Le Sillon escribe:
Asimismo, la democracia es la única que, según él (Le Sillon), inaugurará el reinado de la justicia perfecta; mas ¿no es esto hacer injuria a las otras formas de gobierno, que se rebajan, de esta suerte, a la condición de gobiernos impotentes, sufribles tan sólo a falta de cosa mejor? Por lo demás, Le Sillon tropieza también en este punto con las enseñanzas de León XIII. Hubiera podido leer en la Encíclica ya citada del Principado político que salva la justicia, no está prohibido a los pueblos darse el gobierno que responde mejor a su carácter o a las instituciones y costumbres que recibieron de sus antepasados. Ahora bien; como la Encíclica se refiere a la triple forma de gobierno bien conocida, supone, por el mismo caso, que la justicia es compatible con cada una de ellas. Pues la Encíclica sobre la condición de !os obreros ¿no afirma claramente la posibilidad de restaurar la justicia en las organizaciones actuales de la sociedad, puesto que indica los medios? Mas como, sin duda, quería hablar León XIII no de una justicia cualquiera, sino de la justicia perfecta, al enseñar que la justicia es compatible con las tres formas de gobierno conocidas, enseñaba también. que por este lado no goza la democracia de especial privilegio. Los sillonistas, que pretenden lo contrario, o bien rehúsan oír a la Iglesia, o se forman de la justicia y de la igualdad un concepto que no es católico.
León XIII y la democracia cristiana
Reproducirnos aquí los párrafos de la encíclica GRAVES DE COMMUNI del 18 de enero de 1901, donde León XIII expone los recaudos bajo los cuales debe entenderse la democracia cristiana.
De esta suerte — dice León XIII —, se ha establecido entre los católicos, bajo los auspicios de la Iglesia, una comunidad de acción y una serie de obras destinadas a ayudar al pueblo, expuesto a asechanzas y peligros, no menos que a la indigencia y trabajos.
Al comienzo, esta clase de beneficencia popular no se distinguía por ninguna denominación especial. El término de socialismo cristiano, introducido por algunos, y otras expresiones derivadas de ésta, han caído justamente en desuso. Les agradó a otros, y con razón, llamarla acción cristiana popular. En otras partes, los que se ocupan de estas cuestiones son llamados cristianos sociales. No falta donde se llama a esta acción democracia cristiana, y a los que se entregan a ella demócratas cristianos; el sistema, en cambio, defendido por los socialistas se designa con el nombre de democracia social.
Ahora bien, de estas dos últimas expresiones, si la primera, "cristianos sociales", apenas suscita protestas, la segunda, "democracia cristiana", desagrada a muchas personas honestas, que le en-cuentran un sentido equívoco y peligroso, y por más de un motivo desconfían de esta denominación. Temen que esta palabra no sea un mal disfraz del gobierno popular, o no señale en su favor una preferencia sobre las otras formas de gobierno...
Como a este propósito existen corrientemente discusiones demasiado prolongadas y con frecuencia agrias, la conciencia de nuestro cargo nos advierte de poner fin a esta controversia definiendo cuáles deben ser las ideas de los católicos en esta materia.
La democracia cristiana, por el sólo hecho de decirse cristiana, debe apoyarse sobre los principios de la fe divina como sobre su propia base. Debe proveer por los intereses de los débiles, sin dejar de conducir a la perfección que les conviene a las almas creadas para los bienes eternos. Para ella no ha de haber nada más sagrado que la justicia; debe guardar, al abrigo de todo ataque, el derecho de propiedad y de posesión; mantener la distinción de clases, que sin duda es necesaria para un estado bien constituido; por fin, debe propiciar para la comunidad humana una forma y un carácter en armonía con los que ha establecido Dios creador.
Pero es ilícito desviar hacia un sentido político el término de democracia cristiana. Sin duda la democracia, de acuerdo a la etimología de la palabra y al uso que de ella han hecho los filósofos, se refiere al régimen popular; pero en las circunstancias actuales no hay que emplearla sino despojándola de todo sentido político y no atribuyéndole otro significado que la de una bienhechora acción cristiana entre el pueblo. En efecto, los preceptos de la naturaleza y del Evangelio, estando, por su propia autoridad, por encima de los vicisitudes humanas, es necesario que no dependan de ninguna forma de gobierno civil; pueden, sin embargo, acomodarse con cualquiera de estas formas, con tal que ésta no repugne con la honestidad o la justicia. Son, por tanto, y permanecen completamente ajenos a las pasiones de los partidos y a los diversos acontecimientos, de suerte que cualquiera que sea la constitución del Estado, los ciudadanos pueden y deben observar estos mismos preceptos que les mandan amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismos. Tal fue la constante disciplina de la Iglesia; fue la que siempre han aplicado los Pontífices romanos con los Estados, cualesquiera fueren sus formas de gobierno.
Establecido esto, las intenciones y la acción de los que trabajan por el bien de los proletarios no pueden tender nunca a preferir un régimen civil a otro ni a servirle como de medio para introducirlo. (GRAVES DE COMMUNI, 18 de enero de 1901).
Filosofía de la democracia moderna (18)
El Romano Pontífice ha dedicado la alocución de la última Navidad al examen de las condiciones que ha de revestir la democracia para ser legítima y sana. Los comentarios que dicha alocución ha suscitado han sido asaz superficiales, y en los más de los casos de un irreverente partidismo. No se ha escuchado al Papa, sino que se lo ha utilizado. Terrible condición de los tiempos, en que la verdad no puede llegar a los oídos de los hombres sino por medio de vehículos de difusión en manos del Padre de la Mentira.
Sin embargo, es interesante advertir que entre todos los comentarios no se ha levantado ninguno decididamente adverso, sino únicamente el emitido por el observador de asuntos internacionales del PRAVDA, de Moscú, quien, entre otras, formula esta insólita y al parecer incomprensible apreciación:
"... El mensaje papal está dirigido contra las grandes masas populares y sus aspiraciones en favor de la auténtica democracia... "
La acusación del comunismo ateo, hoy universalmente triunfante, hecha en nombre de la "auténtica" democracia contra la democracia aceptada por el Pontífice, debe tener algún sentido. Vamos a intentar desentrañarlo. Ello nos va a obligar a tomar como punto de partida las líneas de la dialéctica en que se desenvuelve la historia, para situar con precisión el momento excepcional en que vivimos.
DIALECTICA DE LA HISTORIA
La historia no se desarrolla sobre un plano horizontal, sino que va siguiendo también una línea vertical cuya densidad ha de medirse por los valores humanos en ella contenidos. La antropología señala entonces la ley de la historia, porque ésta no es sino el hombre proyectándose en el tiempo.
Esta ley marca cuatro momentos en una civilización: un primer momento de plenitud, una edad
de oro, teológica, por el primado de la verdad sagrada o sacerdotal; un segundo momento, de decadencia, una edad de plata o aristocrática por el primado de la verdad natural o racional, o metafísica; un tercer momento, una edad de bronce u oligárquica, por el primado de la vida afectiva o sentimental, o sensible, o animal o económico-burguesa; un cuarto momento, una edad de hierro o democrática, por el primado de la materia, o de la cantidad que es su propiedad necesaria, o de la multitud o de lo económico-proletario.
Ahora bien: la civilización cristiana — adviértase bien, no decimos la Iglesia, porque ésta, semejante al alma espiritual, no agota sus energías vitales en aquélla — no escapa a esta ley. La civilización cristiana ha conocido un primer momento de plenitud. León XIII ha descripto el esplendor medioeval con palabras magistrales que jamás deberían borrarse de los pensadores católicos. Hubo un tiempo — dice en IMMORTALE DEI — en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. Entonces aquella energía propia de la sabiduría cristiana, aquella su divina virtud, había compenetrado las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad; la religión fundada por Jesucristo, colocada firmemente sobre el grado de honor y de altura que le corresponde, florecía en todas partes secundada por el agrado y adhesión de los príncipes y por la tutelar y legítima deferencia de los magistrados; y el sacerdocio y el imperio, concordes entre sí, departían con toda felicidad, en admirable consorcio de voluntades e intereses. Organizada de este modo la sociedad civil, produjo bienes superiores a toda esperanza.
Todavía subsiste la memoria de ellos, y quedará consignada en un sinnúmero de monumentos históricos, ilustres e indelebles, que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá nunca desvirtuar ni oscurecer.
Pero esta civilización ha sido objeto de tremendos y sucesivos ataques que la han reducido a una condición cada vez más decadente. El mismo León XIII describe de esta suerte el primer ataque, perpetrado por la Reforma Protestante: Pero las dañosas y deplorables novedades promovidas en el siglo XVI, habiendo primeramente trastornado las cosas de la religión cristiana, por natural consecuencia vinieron a trastornar la filosofía y, por ésta, todo el orden de la sociedad civil. Ello dio como resultado una sociedad civil o un orden público substraído a la influencia de la Iglesia o del orden sobrenatural en ella encarnado, esto es, una sociedad donde cada uno de los grupos hasta entonces unidos bajo una forma universal de vida, que era la Iglesia, adquieren independencia. Las naciones, libres de toda forma superior, toman posiciones, unas frente a otras. Aparecen, de esta suerte, por vez primera, los nacionalismos exagerados; y los monarcas puestos al frente de los pueblos rechazan todo poder superior y se erigen en divinidades. La razón se independiza de la teología, la ciencia de la fe, la política de la moral, la naturaleza de la sobrenaturaleza.
La civilización originariamente cristiana se convierte en naturalista, pero se mantiene como civilización, en la medida en que no sufren corrupción los principios de la vida natural que son los que formalmente la constituyen. Pero como enseña tan magníficamente Pío X en IL FERMO PROPOSITO, aunque de índole natural, la civilización no puede subsistir plenamente, ni siquiera mantenerse, si no es por la influencia de la Iglesia.
Destituído, entonces, de los auxilios sobrenaturales, el orden natural camina hacia su propia ruina. Y así vemos, en los siglos XVII y XVIII, el caminar apresurado hacia la ruina de la civilización. La razón termina en su suicidio con Kant, y es suplantada por la ciencia, que es una suma de las comprobaciones físico-matemáticas; el bien común, que centraba la política y la economía, es reemplazado por la libertad; los monarcas son llevados al cadalso por la muchedumbre soberana. La civilización — así, sin ningún aditamento — termina con la Revolución Francesa. Con ella comienza la civilización moderna, la cual, en lo que tiene de propio y peculiar, es la barbarie, armada del poderío de la fuerza industrial.
La Revolución Francesa, que León XIII llama "la gran revolución", señala entonces la frontera definitiva de dos modos de vida esencialmente diversos que se cumplen en la civilización cristiana. Con ella se opera en el hombre una alteración de su misma condición de racional, cosa que no había llegado a obrarse formalmente en el siglo XVI. Hasta ella, los principios rectores de vida habían sido humanos, ahora comenzaban a ser infrahumanos o animales; hasta entonces, racionales, ahora puramente sentimentales; hasta entonces, cualitativos, ahora cuantitativos; hasta entonces, atraídos por la idea del bien que une, ahora por la libertad, que desvincula y desune. De aquí el liberalismo, el individualismo y romanticismo de este tercer momento histórico.
Para una recta interpretación de la historia moderna y, por ende, de los hechos actuales, es fundamental esta ubicación de la Revolución Francesa como punto de partida de un hombre nuevo que comienza a regirse por principios de vida infrahumanos, y por lo mismo infracivilizados. La Revolución Francesa es, entonces, el punto de partida de un camino que ha de terminar inexorablemente en la revolución comunista, como ésta, a su vez, es la etapa inmediatamente anterior a la apostasía universal o reinado del anticristo, reinado que no consiste ni se instaura en una revolución, sino que es la lógica culminación de las revoluciones anteriores.
Esto explica la profundidad del pensamiento de De Maistre, quien vió en la Revolución Francesa algo definitivo y satánico. Lo es, en verdad, como iniciación del último y postrer estado de la apostasía universal. Por esto Babeuf, antes de morir, anunció que la Revolución Francesa era precursora de otra revolución mayor, más solemne, y que ésta será la última. (APPEL AU PEUPLE FRANÇAIS, 1797).
El Estado infrahumano de civilización, inaugurado por la Revolución Francesa, se va a caracterizar en sustancia por un cruzar el hombre la línea de inteligencia que le distingue y separa de la materia y en un entrar ya resueltamente en la órbita de atracción de la materia misma. Por esto la nueva edad va a estar regida por el materialismo o por lo económico. Pero como en un ciclo económico o materialista hay dos momentos perfectamente caracterizados, uno de la materia viva, otro de la materia inorgánica, una de la economía dirigente, o burguesa o capitalista, y otro de la economía dirigida o proletaria, en esta nueva civilización, la moderna, que es una civilización infracivilizada, podemos distinguir dos períodos: uno que es el liberalismo propiamente dicho, y otro el comunismo; una de dominación de los grupos burgueses oligárquicos, y el otro de dominación de las masas proletarias, o verdaderamente democrático.
De estos dos momentos, el burgués está agotado ya y definitivamente concluido. Le llega entonces su vez al cuarto momento, el democrático o comunista. El clero primó en la Edad Media; la nobleza o aristocracia en los siglos XVII y XVIII; los ricos o burgueses en el siglo XIX, y hoy ha de dominar la multitud proletaria o democrática. Esto nos obliga a estudiar la esencia de la democracia, buscando desentrañar su ley íntima.
LA DEMOCRACIA, DOMINACION DE LA PLEBE
Nadie ha analizado tan profundamente la democracia como Santo Tomás de Aquino y Aristóteles. Hablamos del concepto puro de la democracia, por lo que ella implica en sí misma, en virtud de sus propias e internas exigencias. Parte el Santo Doctor de la premisa de que la razón de ser y el término del estado popular es la libertad, y por ello el poder o autoridad se distribuye en ese Estado de acuerdo a la dignidad de la libertad (POLÍTICA, IV, 7). En su mente la democracia está ligada a una concepción de la vida en que se hace de la libertad el supremo bien del hombre y, por lo mismo, el fin de la ciudad. En el estado popular — dice en POL. III, 4 — sólo se busca la libertad, y sólo ella es lo que en común confieren todos los ciudadanos. Todas las otras cosas existen por la libertad y para la libertad. Nada valen, por tanto; las diferencias que separan un hombre de otro, nada las dependencias naturales o históricas, nada los vínculos familiares o nacionales, nada la diversidad de los ingenios, de las aptitudes, de la educación, de la cultura o de los derechos adquiridos. Como a todos y a cada uno dió la naturaleza idéntica libertad, será necesario que todos y cada uno en cualquier parte sean iguales.
Pero ¿qué implica para Santo Tomás la noción de libertad? Decláralo en diversas ocasiones; pero aquí vamos a limitarnos al comentario que hace al libro IV, 1 de la POLÍTICA de Aristóteles, donde, después de insistir en que la libertad es la única y principal base del estado popular, añade: ...por la libertad se entiende que uno pueda determinarse por propia voluntad y a un fin que uno mismo se propone. Es uno libre, dice, cuando es causa de sí mismo, tanto en el moverse, en cuanto se mueve de propia voluntad y siguiendo la propia razón, como en cuanto se mueve u obra en atención a un fin propio y no al fin de otro. También se toma la palabra libertad por la misma operación o por el acto por el cual se dice que uno se mueve u obra al fin propio.
Ahora bien — dice el Santo Doctor —; sea en una acepción sea en la otra, la libertad la tiene uno o por una disposición natural, y éstos son los naturalmente libres, o por la constitución de la república, que establece que no sea uno gobernado por otro que por sí mismo, ni al fin de otros sino de sí mismo y al fin de la república. Y así entienden la libertad los autores del Estado popular.
Santo Tomás entiende que hay una libertad natural, que posee uno cuando es capaz de gobernarse por sí mismo, en cuanto es capaz de fijarse la norma recta y conveniente de lo que debe obrar y es capaz también de cumplir dicha norma. Es decir, que esta libertad la poseen los varones perfectos que, ordenados por el recto sentido de su razón, se autodeterminan en la práctica del orden que su razón les indica. Esta es la verdadera libertad. La otra libertad, la que sirve de base al régimen democrático, y que no tiene de suyo sino una realidad legal porque surge del decreto constitutivo de la república, ex constitutione reipublicæ, consiste en una pura y simple autodeterminación; es, a saber, en que todos y cada uno de los que integran dicho régimen no sufran menoscabo ni violencia en querer esto o aquello, de acuerdo al propio beneplácito. Y como en cuanto a esta autodeterminación o libertad todos son iguales, la justicia popular o democrática exige que todos participen en los honores y favores públicos de acuerdo a una unidad cuantitativa, y no, en cambio, de acuerdo a la dignidad de la persona o igualdad de proporción, sino que tanto el pobre como el rico, tanto el ignorante como el instruido [ ... sed tantum pauper quantum dives, tantum idiota quantum studiosus] . Por otra parte, como ha de haber quien establezca y conserve esta justicia popular... se sigue que el fin y la justicia del Estado democrático es la opinión de la multitud [...manifestum est quod necesse est illud esee finen populari statui, et justum, quod videtur multitudini] POL. VI, 2.
La opinión y voluntad de la multitud es ley, entonces, en el régimen democrático.
¿Cuál es el resultado de un régimen fundado en estas premisas? El resultado dependerá de la condición moral de los que constituyen dicha ciudad. Porque como el régimen político de la misma descansa en la libertad o autodeterminación de los ciudadanos, su índole — justa o injusta, buena o perversa — dependerá de la condición moral de la multitud. Si ésta, en su mayoría, es virtuosa, la ciudad será virtuosa; si perversa, la ciudad será perversa.
Pero el Doctor Angélico saca inmediatamente la conclusión de que tal ciudad, en que la multitud fija la norma de la justicia, habrá de ser perversa, porque allí mandan viles et pauperes et inordinati (los viles, los pobres y los desordenados), POL. VI, 2. De aquí que constantemente coloque la democracia entre las formas de gobierno tiránicas y sea célebre aquella definición de la democracia de EL REINO, I, 1: La democracia, esto es, el gobierno del pueblo es, a saber, cuando el número de los plebeyos, por el poder del número, oprime a los ricos. Democratia, id est potentatus populi, quando scilicit populus prebeiorum per potentiam multitudinis opprimit divites.
La conclusión de Santo Tomas está determinada por el concepto pesimista que tiene de la muchedumbre. Se podrían acumular citas y citas en las que enseña que la muchedumbre, en la mayoría de los casos, se deja llevar por sus malas inclinaciones, violando el orden recto de la razón. Ver SUMA I. q. 63, a 9. ad. 1; I. q. 49. a. 3 ad. 5; CONTRA GENTILES, III. C. VI.
Pero una sola cita bastará para establecer claramente el pensamiento del Santo Doctor. " ...en el hombre — dice — hay una doble naturaleza, es, a saber, la racional y la sensitiva. Y como el hombre llega al acto de la razón por la operación del sentido, la mayoría sigue las inclinaciones de la naturaleza sensitiva en lugar del orden de la razón... De aquí provienen los vicios y pecados en que los hom-bres siguen las inclinaciones de la naturaleza sensitiva en lugar del orden de la razón." I. II. q. 71 a. 2 ad. 3.
El pueblo se aparta de la razón las más de las veces, dice el Santo en POL IV. 13, Populus enim deficit a ratione, ut in pluribus. En substancia, que el pueblo, al no reaccionar sino afectivamente, está expuesto a equivocarse y a extraviarse; necesita que otros — los menos — le indiquen qué le conviene y se lo hagan querer; si una minoría virtuosa no le confiere la virtud, cualquier otra minoría audaz le impondrá el yugo del dinero o del trabajo colectivo.
LA DEMOCRACIA Y EL COMUNISMO BOLCHEVISTA
El análisis de la esencia de la democracia nos conduce a la conclusión de que ésta, partiendo de la idea de libertad, que es su principal e indispensable presupuesto, termina inexorablemente en la tiranía, o dictadura de la multitud, del número, de la cantidad, y por lo mismo de la sinrazón y del desorden. El principio fundamental que la mueve es el igualitarismo universal absoluto. Ahora bien: como los hombres — sin una intervención especial de Dios — no pueden ser igualados o nivelados por lo más levantado que hay en ellos, es, a saber, la ciencia y la virtud, no resta sino la posibilidad de intentar la nivelación absoluta universal, por lo más bajo que hay en ellos, es decir, por su condición material. Tal es el intento del comunismo soviético, como enseña Pío XI en su magistral y actualísima encíclica DIVINI REDFMPTORIS.
De aquí que sea en el comunismo ateo y materialista donde se verifiquen plenamente las exigencias intrínsecas de la democracia absoluta; porque consistiendo ésta en una nivelación o igualación universal absoluta, y no pudiendo cumplirse "hacia arriba", hacia "el Ser, principio de todo ser", hacia donde se llega por auxilios jerárquicos, que vienen siempre de arriba hacia abajo, no queda sino la posibilidad de una nivelación absoluta en lo más común que hay en todos los hombres, que es la materia.
En el materialismo, esto es, en una concepción de la vida en que se hace de la materia la única realidad, de la que procede todo y a la que todo se ordena, consiste la esencia del comunismo.
Y como en la escala real de valores — que no puede ser destruida por ninguna teoría ni sistema — la materia ocupa el último lugar, después de los otros más elevados (Dios o lo sobrenatural o el sacerdocio — lo humano o lo natural o la virtud o la nobleza — lo animal o lo económico burgués), una concepción de la vida alrededor de la materia se liga por conexiones metafísicas necesarias con lo puramente cuantitativo, que es una propiedad necesaria de la materia; con el número, que dice relación con la cantidad; con el sufragio universal directo, que está ligado al número; con la libertad, presupuesto de la democracia; con el liberalismo, que es la deificación de dicha libertad: con la democracia, que descansa en la igualdad cuantitativa de la pura libertad o autodeterminación. Por otra parte, como la pura materia es la única realidad que, siendo tal, es nada, en la célebre definición aristotélico-tomista de la materia prima, por lo mismo es lo más opuesto a Dios de todas las realidades; y como, por otra parte, lo más opuesto a Dios es el diablo, que es Dios al revés, la materia tiene conexiones necesarias con el diablo, y por lo mismo con el anticristo, que es diablo encarnado; y por lo mismo con todos los grupos y sectas humanas que trabajan sistemáticamente por la entronización del anticristo en la tierra; y con la Revolución, que es el proceso continuado para verificar esta entronización.
En el límite extremo a donde son conducidas por sus propias exigencias se encuentran en profunda solidaridad todas estas realidades. Son exactísimas, entonces, estas igualdades: comunismo - materialismo - liberalismo - democracia - dictadura de la plebe - tiranía del número - satanismo - anticristo - masonería - Revolución.
El resultado final de los esfuerzos y de las tendencias de cada uno de ellos es el establecimiento universal en la tierra de aquella sociedad que describe Pío XI en la DIVINI REDEMPTORIS. ¿Qué sería, pues — se pregunta el Pontífice —, la sociedad humana basada sobre tales fundamentos materialistas? Sería una colectividad sin más jerarquía que la del sistema económico. Tendría como única misión la de producir bienes por medio del trabajo colectivo, y como fin el goce de los bienes de la tierra en un paraíso en que cada cual "daría según sus fuerzas y recibiría según sus necesidades" ... En esa sociedad, tanto la moral como el orden jurídico no serían más que una emanación del sistema económico contemporáneo, es decir, de origen terreno, mudable y caduco. En una palabra, se pretende introducir una nueva época y una nueva civilización, fruto exclusivo de una evolución ciega: una humanidad sin Dios.
Obsérvese de paso, que a este resultado final se puede arribar tanto por un camino revolucionario — comunismo bolchevista — como por un camino democrático — democracia materialista norteamericana.
EL MOMENTO ACTUAL
Tanto la dialéctica histórica como las exigencias metafísicas de la democracia reclaman hoy que el universo sea entregado a la dominación comunista. El comunismo bolchevista es el único de los sis-temas de vida existentes que realiza los anhelos de libertad y democracia que está en las entrañas del mundo moderno. Los Estados Unidos, que representan para muchos el ideal de libertad y democracia, son, en cambio, un régimen plutocrático, esto es, donde la libertad legalmente pareja para todos se convierte en una libertad real para unos pocos privilegiados. Los Estados Unidos — y con mucha mayor razón Inglaterra — representan ya hoy tipos anacrónicos de vida, sin vigencia histórica, y que si no quieren burlar las exigencias profundas de la libertad y democracia que proclaman, deben ir evolucionando hacia un tipo igualitario universal, que sólo Rusia ha verdaderamente implantado.
De aquí que no sea simplemente táctica la razón de la propaganda comunista hecha en nombre de la libertad y de la democracia. La razón es metafísica. Rusia ha llevado a sus consecuencias más lógicas el desarrollo del igualitarismo, anidado en los conceptos de libertad y democracia.
Y no valdría argüir, como place a los retardados burgueses, que en Rusia la libertad y democracia están sofocadas por la dictadura del Estado soviético. Porque a esto se responde: primero, que en los estados plutocráticos la libertad y la democracia están burlados por la dictadura omnipotente de los consorcios internacionales; y segundo, que, como tan sagazmente enseña Pío XI en la DIVINI REDEMPTORIS, cuando todos hayan adquirido las cualidades colectivas, en aquella condición utópica de la sociedad sin ninguna diferencia de clases, el Estado político, que ahora se concibe como instrumento de dominación capitalista sobre el proletariado, perderá toda su razón de ser y se disolverá; pero hasta que no se realice esta feliz condición, el Estado y el poder estatal es para el comunismo el medio más eficaz y universal para conseguir su fin.
Es decir, que la sociedad comunista, donde se han destruido totalmente las diferencias y privilegios religiosos, estatales y burgueses, es la única sociedad donde se lleva a su plenitud la universal nivelación igualitaria de libertad y democracia.
En nombre, entonces, de la libertad y de la democracia, le corresponde al comunismo soviético el cetro del universo. Si ello es así, ¿hay que dar, entonces, por decidida la suerte de la tierra y prepararse para tomar el lugar más cómodo posible en el paraíso de los sin Dios? Si la Iglesia no fuera sino una institución humana, totalmente identificada con la civilización cristiana, ciertamente ya estaría todo terminado y no quedaría otra alternativa que prepararse para los postreros días de la apostasía universal. Pero la Iglesia, semejante al alma espiritual, que si bien es principio de ser y de acción del cuerpo humano no agota en él todas sus posibilidades de esencia y operación, sino que aún sin el cuerpo mantiene una poderosa vitalidad propia e independiente, posee un ser y una actividad que no ha sufrido nada en las sucesivas degradaciones en que ha caído la civilización cristiana. La Iglesia, esposa de Jesucristo, mantiene hoy una vitalidad prodigiosamente fresca y se siente con fuerzas para convertir en hijos de Abraham las piedras. El comunismo lo sabe. Porque el comunismo, duro yugo impuesto a la fuerza por los hombres...que han considerado a Rusia como terreno más apto para poner en práctica un sistema elaborado desde hacía decenios, y de allí siguen propagándolo por todo el mundo (Pío XI, en la DIVINI REDEMPTORIS), está en conexión con agentes diabólicos terrestres que operan en un plano teológico, con ciencia y métodos también teológicos, a los que se refiere León XIII en la HUMANUM GENUS. El comunismo, obra directa de estas fuerzas teológicas del diablo, conoce perfectamente la significación de la Iglesia Católica. Por eso, a punto de jactarse de su victoria mundial definitiva, tiembla ante un anciano indefenso que le ha arrebatado la palabra "democracia", para decir "urbi et orbi": ¡Pueblos! No os engañéis; el bien que alucinados buscáis en esa seductora palabra sólo lo encontraréis en la enseñanza tradicional de la Iglesia.
LA DEMOCRACIA TRADICIONAL
Para que nadie — sino los que por su jactancia no quieren ni pueden conocer la verdad, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen — se llame a engaño, comienza el Pontífice su alocución afirmando el carácter tradicional de la democracia sana, que si siempre fue optativa para los pueblos, hoy pareciera ser imperativa. Apenas precisa recordar — dice — que según las enseñanzas de la Iglesia, no está prohibido preferir con moderación las formas populares de gobierno, sin perjuicio, empero, de las enseñanzas católicas sobre el origen y el uso de la autoridad; y que la Iglesia "no desaprueba ninguna entre las formas de gobierno, siempre que éstas sean conducentes al bien común de los ciudadanos". (León XIII, encíclica LIBERTAS, 20 de junio de 1888). Y en estas palabras tradicionales, expresamen-te recordadas, está toda la doctrina que el Pontífice no hace sino esclarecer.
La democracia que Pío XII considera aceptable, primero, no es la democracia pura — hacia la que tiende el mundo moderno —, sino una forma popular moderada; segundo, no la proclama ni la me-jor ni la única buena; tercero, no debe estar condicionada por la idea de libertad, sino por la de bien común; cuarto, supone la constitución, no de una masa igualitaria, sino de un pueblo jerárquicamente estructurado; quinto, exige una autoridad real y eficaz, derivada y sometida a Dios; sexto, comprende un cuerpo legislativo compuesto por hombres selectos, espiritualmente superiores y de carácter ínte-gro que se consideren representantes del pueblo entero y no mandatarios de una chusma; séptimo, que no incurra en absolutismo de Estado.
Es decir, que el Santo Padre, partiendo, como de base, de la idea de que la democracia importa un autogobierno o participación de la multitud en el gobierno, establece las condiciones o recaudos que, templando y moderando este autogobierno o participación de la multitud en el gobierno, pueda dar origen a una forma legítima y sana de la democracia.
Exactamente lo mismo que hacían Aristóteles y Santo Tomás, quienes después de analizar la naturaleza última de la democracia, llegaban a la conclusión de injusticia y perversidad si era llevada a las últimas consecuencias entrañadas por su concepto; pero reconocían que esa tendencia al autogobierno de la multitud, si o se le permitía llegar a las últimas consecuencias, sino que era templada y moderada con elementos de otras formas puras como la unidad de la monarquía, la virtud de la aristocracia, y aun la riqueza de la oligarquía, podía ser un régimen legítimo y aceptable, que denominaban "politia" o república.
Condiciones, en rigor, antidemocráticas, que, al templar y moderar la perversidad expansiva del igualitarismo universal absoluto, dan origen a una cierta y conveniente participación de la multitud en el poder.
De aquí se sigue que la democracia tradicional aceptada por el Pontífice implica la reprobación de la democracia moderna, tanto en la forma liberal y socialista como en la absurda de los católicos democratistas. Porque estas democracias se apoyan en un concepto de una nueva civilización; niegan o rebajan el origen divino de la autoridad; hacen del pueblo un ídolo o un mito; no pueden evitar la tira-nía de la cantidad y del número; identifican la noción de justicia con el régimen popular; están impul-sadas por el igualitarismo universal absoluto, etc.
POSIBILIDAD DE LA DEMOCRACIA TRADICIONAL
La Alocución del soberano Pontífice, al preconizar la democracia tradicional, ha vuelto a plantear las posibilidades de esta democracia en las condiciones actuales de la vida moderna, en que el hombre está atomizado por 400 años de progresiva descristianización. ¿Cómo estructurar la sociedad para que sea pueblo y no masa? ¿Cómo se puede infundir la idea de bien común a una masa que ha perdido las nociones fundamentables de los valores morales? ¿Qué procedimientos emplear para que, sin alterar los anhelos de igualdad, se logre la asamblea de selectos de que habla el Pontífice? ¿Cómo asegurar un gobierno-expresión de la nación, cuando ésta se halla dividida por tantas banderías y disensos? ¿Sobre qué base realizar la unidad de los pueblos?
Se aprecia el alcance de estos tremendos interrogantes cuando se tienen presentes las palabras de Pío XII en SUMMI PONTIFICATUS, referentes al proceso de descristianización, valederas perfectamente a las muchedumbres universales.
Muchos, tal vez, al alejarse de la doctrina de Cristo no tuvieron pleno conocimiento de que eran engañados por el falso espejismo... hablaban de progreso cuando retrocedían; de elevación cuando se degradaban; de ascensión a la madurez cuando se esclavizaban... Ahora bien, el problema es gravísimo. Porque no hay duda que es certísimo lo que dice el Papa, que aleccionados por amargas experiencias, los pueblos se oponen hoy con mayor agresividad contra toda concentración dictatorial, pero no es menos cierto que después de cuatro siglos de descristianización sistemática de los pueblos se encuentran en una postración humana, intelectual y moral, espantosa; los pueblos están devorados por prefundas disensiones que no provienen únicamente del ímpetu de las pasiones rebeldes, sino de una profunda crisis espiritual, que ha trastornado los sanos principios de la moral privada y público y ha hecho naufragar aquella conciencia de lo justo y lo injusto, de lo licito y de lo ilícito que posibilita los acuerdos, mientras refreno el desencadenarse de las pasiones y deja abierta la vía a una honesta inteligencia.
SENTIDO DEL MENSAJE PAPAL
De aquí que sea éste el sentido del mensaje papal. ¿Queréis democracia, y una democracia mejor?, dice a los pueblos el Papa. Tomadla, con tal que ella sea tal que respete las leyes esenciales de las sociedades políticas, que deben regirse por el bien común. La Iglesia no se opone a ello; y aunque considera accesorios e indiferentes los regímenes políticos, cree conveniente, hoy más que nunca, cierta participación de los pueblos en su propio gobierno. Pero sabed que cuanto mayor sea esta democracia o participación, más necesario será que mi influencia se haga sentir profunda y universalmente. Ella exigirá de vosotros una humilde y total aceptación de todas las enseñanzas de los Pontífices Romanos, desde Gregorio XVI en la MIRARI VOS, Pío IX en el SYLLABUS, hasta León XIII, Pío X, Pío XI, donde se condenan los pestíferos errores modernos y se establecen las bases auténticas de la ciudad cristiana.
Las palabras del Papa se hacen oír en un momento de excepcional solemnidad. Porque los pueblos, en loca pendiente, vienen alucinados por el progreso falso, y están a punto de caer en el abismo del comunismo ateo. La democracia, de que andan embriagados, conduce inexorablemente a ese abismo. Ningún poder humano puede librarlos de que en él se precipiten sin remedio. El poder material del Estado, en el que muchos habían depositado su confianza y que con mano fuerte y totalitaria había intentado detener el alud, tiene que confesar su fracaso.
Entonces, ¿qué? Entonces habla la Iglesia por boca de su Pastor Supremo y dice: Sólo yo puedo liberaros. No con la democracia, que es una forma política accesoria e indiferente, sino a pesar de la democracia, que por sus exigencias metafísicas tiende a perderos. Yo puedo vencer la dialéctica de la historia, y si humanamente el mundo le pertenece hoy a Moscú, por disposición divina a mí me corresponde en verdad, porque yo he sido puesta para salvar a la humanidad, ayer, hoy y siempre, hasta la consumación de los siglos.
Y sólo Roma puede elevar las multitudes a la virtud para que entonces sin peligro pueda ser virtuosa la ciudad. Porque es un poder santificante, ella puede transformar por dentro al hombre, y de la condición materialista en que por sí mismo es arrastrado puede levantarle a la verdadera virtud y a la verdadera libertad, que sólo se alcanza en la santidad, cuando uno, lleno de orden y de virtud, se auto-determina al orden y a la virtud.
Por esto, cada día aparece más claro que la humanidad, desgarrada hoy en las entrañas de su ser, que pide libertad y democracia, sin saber qué pide ni cómo lo ha de conseguir, sólo puede ser salvada por la Efusión del Espíritu de Dios, que sólo habita en la Iglesia Católica. Efusión que llegue a las al-mas individuales y que llegue también a las estructuras sociales. Si no quiere caer en la esclavitud de Moscú, la humanidad debe so-meterse a la disciplina sobrenatural de Roma.
NUESTRO TIEMPO, Nº 26, 16 de Marzo de 1945.
Para que nadie — sino los que por su jactancia no quieren ni pueden conocer la verdad, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen — se llame a engaño, comienza el Pontífice su alocución afirmando el carácter tradicional de la democracia sana, que si siempre fue optativa para los pueblos, hoy pareciera ser imperativa. Apenas precisa recordar — dice — que según las enseñanzas de la Iglesia, no está prohibido preferir con moderación las formas populares de gobierno, sin perjuicio, empero, de las enseñanzas católicas sobre el origen y el uso de la autoridad; y que la Iglesia "no desaprueba ninguna entre las formas de gobierno, siempre que éstas sean conducentes al bien común de los ciudadanos". (León XIII, encíclica LIBERTAS, 20 de junio de 1888). Y en estas palabras tradicionales, expresamen-te recordadas, está toda la doctrina que el Pontífice no hace sino esclarecer.
La democracia que Pío XII considera aceptable, primero, no es la democracia pura — hacia la que tiende el mundo moderno —, sino una forma popular moderada; segundo, no la proclama ni la me-jor ni la única buena; tercero, no debe estar condicionada por la idea de libertad, sino por la de bien común; cuarto, supone la constitución, no de una masa igualitaria, sino de un pueblo jerárquicamente estructurado; quinto, exige una autoridad real y eficaz, derivada y sometida a Dios; sexto, comprende un cuerpo legislativo compuesto por hombres selectos, espiritualmente superiores y de carácter ínte-gro que se consideren representantes del pueblo entero y no mandatarios de una chusma; séptimo, que no incurra en absolutismo de Estado.
Es decir, que el Santo Padre, partiendo, como de base, de la idea de que la democracia importa un autogobierno o participación de la multitud en el gobierno, establece las condiciones o recaudos que, templando y moderando este autogobierno o participación de la multitud en el gobierno, pueda dar origen a una forma legítima y sana de la democracia.
Exactamente lo mismo que hacían Aristóteles y Santo Tomás, quienes después de analizar la naturaleza última de la democracia, llegaban a la conclusión de injusticia y perversidad si era llevada a las últimas consecuencias entrañadas por su concepto; pero reconocían que esa tendencia al autogobierno de la multitud, si o se le permitía llegar a las últimas consecuencias, sino que era templada y moderada con elementos de otras formas puras como la unidad de la monarquía, la virtud de la aristocracia, y aun la riqueza de la oligarquía, podía ser un régimen legítimo y aceptable, que denominaban "politia" o república.
Condiciones, en rigor, antidemocráticas, que, al templar y moderar la perversidad expansiva del igualitarismo universal absoluto, dan origen a una cierta y conveniente participación de la multitud en el poder.
De aquí se sigue que la democracia tradicional aceptada por el Pontífice implica la reprobación de la democracia moderna, tanto en la forma liberal y socialista como en la absurda de los católicos democratistas. Porque estas democracias se apoyan en un concepto de una nueva civilización; niegan o rebajan el origen divino de la autoridad; hacen del pueblo un ídolo o un mito; no pueden evitar la tira-nía de la cantidad y del número; identifican la noción de justicia con el régimen popular; están impul-sadas por el igualitarismo universal absoluto, etc.
POSIBILIDAD DE LA DEMOCRACIA TRADICIONAL
La Alocución del soberano Pontífice, al preconizar la democracia tradicional, ha vuelto a plantear las posibilidades de esta democracia en las condiciones actuales de la vida moderna, en que el hombre está atomizado por 400 años de progresiva descristianización. ¿Cómo estructurar la sociedad para que sea pueblo y no masa? ¿Cómo se puede infundir la idea de bien común a una masa que ha perdido las nociones fundamentables de los valores morales? ¿Qué procedimientos emplear para que, sin alterar los anhelos de igualdad, se logre la asamblea de selectos de que habla el Pontífice? ¿Cómo asegurar un gobierno-expresión de la nación, cuando ésta se halla dividida por tantas banderías y disensos? ¿Sobre qué base realizar la unidad de los pueblos?
Se aprecia el alcance de estos tremendos interrogantes cuando se tienen presentes las palabras de Pío XII en SUMMI PONTIFICATUS, referentes al proceso de descristianización, valederas perfectamente a las muchedumbres universales.
Muchos, tal vez, al alejarse de la doctrina de Cristo no tuvieron pleno conocimiento de que eran engañados por el falso espejismo... hablaban de progreso cuando retrocedían; de elevación cuando se degradaban; de ascensión a la madurez cuando se esclavizaban... Ahora bien, el problema es gravísimo. Porque no hay duda que es certísimo lo que dice el Papa, que aleccionados por amargas experiencias, los pueblos se oponen hoy con mayor agresividad contra toda concentración dictatorial, pero no es menos cierto que después de cuatro siglos de descristianización sistemática de los pueblos se encuentran en una postración humana, intelectual y moral, espantosa; los pueblos están devorados por prefundas disensiones que no provienen únicamente del ímpetu de las pasiones rebeldes, sino de una profunda crisis espiritual, que ha trastornado los sanos principios de la moral privada y público y ha hecho naufragar aquella conciencia de lo justo y lo injusto, de lo licito y de lo ilícito que posibilita los acuerdos, mientras refreno el desencadenarse de las pasiones y deja abierta la vía a una honesta inteligencia.
SENTIDO DEL MENSAJE PAPAL
De aquí que sea éste el sentido del mensaje papal. ¿Queréis democracia, y una democracia mejor?, dice a los pueblos el Papa. Tomadla, con tal que ella sea tal que respete las leyes esenciales de las sociedades políticas, que deben regirse por el bien común. La Iglesia no se opone a ello; y aunque considera accesorios e indiferentes los regímenes políticos, cree conveniente, hoy más que nunca, cierta participación de los pueblos en su propio gobierno. Pero sabed que cuanto mayor sea esta democracia o participación, más necesario será que mi influencia se haga sentir profunda y universalmente. Ella exigirá de vosotros una humilde y total aceptación de todas las enseñanzas de los Pontífices Romanos, desde Gregorio XVI en la MIRARI VOS, Pío IX en el SYLLABUS, hasta León XIII, Pío X, Pío XI, donde se condenan los pestíferos errores modernos y se establecen las bases auténticas de la ciudad cristiana.
Las palabras del Papa se hacen oír en un momento de excepcional solemnidad. Porque los pueblos, en loca pendiente, vienen alucinados por el progreso falso, y están a punto de caer en el abismo del comunismo ateo. La democracia, de que andan embriagados, conduce inexorablemente a ese abismo. Ningún poder humano puede librarlos de que en él se precipiten sin remedio. El poder material del Estado, en el que muchos habían depositado su confianza y que con mano fuerte y totalitaria había intentado detener el alud, tiene que confesar su fracaso.
Entonces, ¿qué? Entonces habla la Iglesia por boca de su Pastor Supremo y dice: Sólo yo puedo liberaros. No con la democracia, que es una forma política accesoria e indiferente, sino a pesar de la democracia, que por sus exigencias metafísicas tiende a perderos. Yo puedo vencer la dialéctica de la historia, y si humanamente el mundo le pertenece hoy a Moscú, por disposición divina a mí me corresponde en verdad, porque yo he sido puesta para salvar a la humanidad, ayer, hoy y siempre, hasta la consumación de los siglos.
Y sólo Roma puede elevar las multitudes a la virtud para que entonces sin peligro pueda ser virtuosa la ciudad. Porque es un poder santificante, ella puede transformar por dentro al hombre, y de la condición materialista en que por sí mismo es arrastrado puede levantarle a la verdadera virtud y a la verdadera libertad, que sólo se alcanza en la santidad, cuando uno, lleno de orden y de virtud, se auto-determina al orden y a la virtud.
Por esto, cada día aparece más claro que la humanidad, desgarrada hoy en las entrañas de su ser, que pide libertad y democracia, sin saber qué pide ni cómo lo ha de conseguir, sólo puede ser salvada por la Efusión del Espíritu de Dios, que sólo habita en la Iglesia Católica. Efusión que llegue a las al-mas individuales y que llegue también a las estructuras sociales. Si no quiere caer en la esclavitud de Moscú, la humanidad debe so-meterse a la disciplina sobrenatural de Roma.
NUESTRO TIEMPO, Nº 26, 16 de Marzo de 1945.
(18) A propósito de la alocución del Papa en la Navidad de 1944 (N del A.).