
por el R.P. Julio Meinvielle
Copia escaneada de la tercera edición reproducida en la Colección “Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino”, volumen 3º, editado en Bs. Aires en el año 1974. Al final se agregan como Apéndices (incluidos también en el volumen citado) varios trabajos del autor relacionados con el tema y un ensayo sobre Maurras)
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EL ESTADO Y LA ECONOMIA
a economía no pertenece al sector público sino al privado de la vida social. En consecuencia, relaciones de obreros y empresarios en la unidad de una empresa, de una empresa con otra, de unas ramas de la producción con otras, todo esto pertenece al sector privado, porque se trata de las relaciones de una parte con otra dentro del organismo social. El Estado puede y debe intervenir, pero no como una parte, sino desde fuera, desde otro plano, como poder regulador que establece la legislación que condiciona el ámbito de la justicia dentro del cual se han de mover las partes.El liberalismo ha negado o restringido toda intervención del Estado en la economía. El socialismo, por el contrario, ha hecho de la economía una actividad esencialmente pública y estatal. Una y otra posición son equivocadas. Si hay que afirmar contra el socialismo el carácter privado de la actividad económica, es también necesario asentar contra el liberalismo la necesaria regulación del poder público. Esta es tanto más indispensable cuanto en la actividad económica se desarrolla una lucha de intereses que hace difícil la supervivencia de los sectores más débiles. Si se da libertad absoluta a las fuerzas que intervienen en el proceso económico, las más poderosas devorarán a las inferiores. Aquí no hay un problema tan sólo de justicia. Lo hay también, pero no únicamente. Existe un problema de funcionamiento de la economía. Sabido es que en economía unos sectores interdependen recíprocamente de otros. Así, por ejemplo, la clase que recibe sueldos y salarios depende de la clase empresaria, que busca el hacer mayores sus beneficios. Esta clase, aguijoneada por el aumento de sus beneficios, puede estar tentada de reducir los sueldos y salarios de los obreros y empleados. Pero a la larga, comprimido el volumen de sueldos y salarios, redúcese también el consumo, ya que la masa de asalariados constituye la masa de consumidores. Sin ventas regulares y continuas, las empresas no pueden asegurar su funcionamiento, con lo que el proceso regular de la economía se deteriora. Y, a la postre, se detiene. Las célebres crisis periódicas se hicieron tan violentas durante el capitalismo liberal por haberse agudizado el desajuste entre los diversos grupos que intervienen con interdependencia en el proceso económico.
El equilibrio y el desarrollo armónico de las fuerzas económicas no se obtiene si el poder público, colocado por encima y más allá de los intereses de las partes, no interviene para lograr una justa armonía entre todas ellas. Por el mero juego automático no se obtendrá ese equilibrio armónico. Es cierto que en el proceso económico existen algunas conexiones necesarias de unos factores con otros.
Pero no todas las conexiones son necesarias. Además, aunque de algunos presupuestos puedan seguirse con cierta necesidad determinadas consecuencias, los presupuestos mismos no son siempre necesarios. Siempre cabe el gobierno racional de los factores y del proceso económico.
El poder público debe gobernar la economía estableciendo tal regulación en las fuerzas y grupos que crean la renta nacional, que se efectúe un reparto equitativo de esta misma renta entre todos los que contribuyen a crearla. Para ello ha de subordinar el proceso económico, con su relativo funcionamiento automático, a un juego equilibrado y armónico en que todos los que en él intervienen consigan su parte correspondiente. Con ese fin, el Estado, colocándose en el punto de vista de la economía nacional, ha de establecer una conveniente legislación y regulación. Para confirmar esta doctrina vienen al caso las precisas enseñanzas de Pío XII, del 3 de junio de 1952, en Carta al presidente de las Semanas sociales de Francia, cuando dice:
Estas pocas reflexiones muestran ya la dificultad de una sana distribución: para responder a las exigencias de la vida social, ella no puede ser abandonada al libre juego de las fuerzas económicas ciegas, sino que debe ser considerada al nivel de la economía nacional, por que es aquí donde se tiene una clara visión del fin que se ha de conseguir, al servicio del bien común temporal. Ahora bien, quien considera así las cosas está conducido a interrogarse sobre las funciones normales, aunque restringidas, que pertenecen al Estado, en estas materias. En primer lugar, el deber de acrecentar la producción y de proporcionarla sabiamente a las necesidades y a la dignidad del hombre coloca en primer plano la cuestión del ordenamiento de la economía en el capitulo de la producción. Ahora bien, sin substituir su omnipotencia opresiva a la legítima autonomía de las iniciativas privadas, los poderes públicos tienen aquí una función innegable de coordinación, que se impone sobre todo en las complicadas condiciones actuales de la vida social. En particular, no es sin su concurso que se puede construir una política económica de conjunto que favorezca la, activa cooperación de todos y el acrecentamiento de la producción de las empresas, fuente directa de la renta nacional.
En la función de gobernar la economía asegurando un armónico desarrollo de todas las partes que intervienen en el proceso, el Estado debe intervenir primeramente por una sabia legislación, y luego también a través de la moneda, del crédito y de la política fiscal. La legislación en esta materia será tanto menos frondosa cuanto sea mayor el grado de estructuración de las fuerzas sociales. Nunca se insistirá lo suficiente en que no puede haber justo ordenamiento económico mientras no se sigan las directivas pontificias, tan magníficamente expuestas por Pío XI en la QUADRAGESIMO ANNO, sobre el Régimen Corporativo.
El manejo de la moneda y del crédito, dada su conexión tan directa con toda la vida de la comunidad, es función privativa del Estado. Sabido es que un mayor o menor volumen de moneda y crédito afecta a todo el cuerpo social, favoreciendo a unos grupos o perjudicando a otros. Por tanto, su manejo debe pertenecer al Estado, a quien corresponde cuidar con justicia del bienestar social.
En el manejo de la moneda y del crédito, el Estado debe evitar por igual los dos escollos que son la deflación y la inflación. El circulante debe estar de tal suerte proporcionado al proceso de bienes y servicios que favorezca el desarrollo armónico de toda la economía nacional. Si hubiere grupos que se desarrollasen demasiado en detrimento de otros que quedaren sumergidos, es obligación del Estado, mediante una sabia política crediticia y fiscal, asegurar la reciprocidad en los cambios, que es la gran ley que debe presidir la economía nacional (16).
La política fiscal, que será instrumento para imponer un desarrollo armónico de los grupos sociales, debe evitar el terrible mal de la burocracia, que amenaza con colectivizar la actual sociedad. Si el Estado se limita a su función irrenunciable de regular la vida común y no quiere asumir las funciones de educador y de empresario, reducirá enormemente su actual tamaño, con visible provecho para el cuerpo social.
El Estado debe, asimismo, defender con una sabia política aduanera y de precios la economíanacional, de suerte que ésta logre su unidad natural, lo que a su vez requiere el desarrollo más armonioso posible de todos los medios de producción en el interior del territorio habitado por un pueblo. Por consiguiente, el Estado debe estimular las relaciones económicas internacionales como función positiva y necesaria, pero subordinada al desarrollo de la economía nacional.
Por último, teniendo en cuenta que, en razón del progreso de la ciencia y de la técnica, el desarrollo económico es altamente dinámico, el Estado debe, con el concurso de todas las fuerzas privadas, tomar la iniciativa en la elaboración de planes periódicos de desarrollo de la economía nacional para que ésta logre un alto nivel, en consonancia con el de los países más adelantados, para mejor bienestar ele la comunidad.
EL ESTADO Y LA COMUNIDAD INTERNACIONALLo que hasta aquí llevamos apuntado se refiere a la conservación de la paz interna, pero es necesario asegurar también la paz frente a enemigos externos.
Para garantizar la paz exterior será necesario guardar relaciones diplomáticas con las demás naciones y contar con fuerzas armadas íntegras y técnicamente capaces para cuando fuere necesario recurrir a ellas. No hay duda que es más humano y más cristiano resolver los conflictos pacíficamente, atendiendo a razones de derecho, pero el derecho es cosa débil si la fuerza no lo respalda. La teología cristiana, que hace de la caridad la reina de las virtudes, justifica toda guerra emprendida por la reivindicación de un derecho, siempre que no haya otro modo pacífico de asegurarlo. La caridad no destruye la justicia, sino que la afianza y sobreeleva.
Como decíamos anteriormente, el supremo objetivo a que debe aspirar la acción del Estado es robustecer el sentido de la nacionalidad en los ciudadanos; para ello debe tender a acrecentar el acervo de civilización, de cultura, de valores espirituales, que legados por los mayores, constituye para los pueblos de un territorio, de una lengua, de una misma vida general, lo que se llama nación.
"La ley natural nos ordena amar con un amor de predilección y defender el país en donde hemos nacido y en donde fuimos educados, hasta tal punto que el buen ciudadano no tema afrontar la muerte por su patria". (León XIII, SAP. CHRIST.).
"El amor a la patria y al propio suelo es una fuente poderosa de múltiples virtudes y de actos de heroísmo cuando se halla regulado por la ley cristiana". (Pío XI, URI ARCANO).
Pero el amor a la propia nación, para que sea virtuoso, debe basarse en el respeto de los derechos de los demás. De aquí que la Iglesia anatematice un "nacionalismo" tan enemigo de la paz verdadera y de la prosperidad como lleno de exageración y falsedad.
"Los otros países tienen, como el nuestro, derecho a la vida y a la prosperidad. No es permitido, ni es un buen expediente, el separar lo útil de lo honesto: la justicia hace la grandeza de las naciones, el pecado hace la desgracia de los pueblos (PROV. XIV, 34). Porque si un Estado ha obtenido ventajas en detrimento de otros, esto podrá parecer a los hombres una acción brillante y de alta política; pero San Agustín nos advierte con sabiduría que "es una felicidad que tiene el brillo y también la fragilidad del cristal, por la cual se teme que de pronto se quiebre para siempre". (DE CIV. DEI. N° 3, Pío XI, UBI ARCANO).
Pío XII ha expuesto los principios de derecho internacional que deben regir toda política católica en las presentes circunstancias de desarrollo del mundo.
El camino que lleva a la comunidad de los pueblos no tiene como norma única y última la voluntad de los Estados, sino que es Dios, autor de la naturaleza humana, quien dicta al hombre este precepto de superar, sin suprimir, la vida nacional y estatal y conjugarse en una comunidad que abrace a todos los pueblos. De aquí que sean también naturales los derechos que dimanan de este primer derecho fundamental, tales como el derecho a la existencia de cada Estado, el derecho al respeto y al buen nombre, el derecho al propio carácter y a una cultura propia, el derecho a desarrollarse, el derecho a la observancia de los tratados internacionales.
Es, por tanto, la ley moral que dimana de la ley natural la que funda un derecho internacional que asegura a todos los pueblos una paz justa y duradera, fecunda de bienestar y de prosperidad. De aquí que sea un error concebir la soberanía de un Estado como la ausencia absoluta de límites. Sobera-nía significa poder supremo e independiente en el ámbito nacional, en los casos que son de su incum-bencia, de suerte que no se vea sometido a otro Estado. Pero todo Estado está so-metido directamente al derecho internacional. La Soberanía no es la divinización o la omnipotencia del Estarlo, como en el sentido de Hegel o a la manera de un positivismo jurídico absoluto.
La organización mundial de naciones no debe unificarse en un unitarismo mecánico, sino que debe estructurarse como una unidad de unidades naturales que respete la diversidad y común destino de los pueblos. Por ello, anterior a la comunidad mundial de Estados, y como preparación para ella, ha de promoverse la federación de pueblos que por razones históricas tengan un destino común.
En el campo de una organización mundial fundada sobre las leyes naturales no hay lugar para la violación de la libertad, de la seguridad e integridad de otras naciones, cualquiera sea su extensión territorial o su capacidad de defensa. Si es inevitable que los grandes Estados, a causa de sus mayores posibilidades y de su poderío, tracen el camino para la constitución de grupos económicos, no debe efectuarse esto a costa del desarrollo de los países débiles. También debe superarse, en bien de la paz internacional y de la concordia de los pueblos, el acaparamiento de las fuentes económicas y de las materias de uso común, de modo que ningún pueblo sea de ellas excluido.
En el campo de una nueva organización mundial fundada sobre los principios morales no puede haber lugar para una guerra total ni para una carrera desenfrenada de armamentos. No se debe permitir que la desgracia de una guerra mundial, con sus ruinas económicas y sociales, con sus aberraciones y perversiones sociales, caiga por tercera vez sobre la humanidad. Para poner a ésta al abrigo de tal azote es necesario que se proceda con seriedad y honradez a una limitación progresiva y adecuada de armamentos. El desequilibrio entre el armamento exagerado de los Estados poderosos y el armamento insuficiente de los débiles crea un peligro para la conservación de la tranquilidad y de la paz de los pueblos, y aconseja llegar a una limitación amplia y proporcionada en la fabricación y posesión de armas defensivas.
La Iglesia enseña, además, que no se logrará la paz efectiva de los pueblos si no se logra la paz de los espíritus. Por ello se debe obtener hoy la victoria sobre el odio y la desconfianza, renunciando a sistemas y prácticas que alimentan uno y otra. De aquí la necesidad de practicar, también en el orden de las relaciones mundiales, la veracidad, la justicia, la cortesía, la cooperación en el bien y sobre todo el sublime ideal sobrenatural del amor fraterno traído al mundo por Cristo. En esto estriba la falla de los organismos internacionales que dirigen hoy la vida mundial. Inspirados en principios iluministas, lejos de servir, muchas veces, a una efectiva pacificación del mundo, dentro de los principios cristianos de convivencia, fomentan la desconfianza que nace de todo planteo falso y engañoso.
Decíase antes que la función de defensa que ha de ejercer el Estado debe ser cristiana, católica. Porque el Estado debe ser católico.
A Dios le debe culto todo lo humano, y el Estado, como vimos en el primer capítulo, es cosa esencialmente humana. Además, el Estado, encarnación de la soberanía, es ministro de Dios, y como tal le debe culto en razón del ministerio que ejerce.
La profesión de fe católica importará la defensa y protección de la Iglesia Católica, la Sociedad Espiritual donde se rinden a Dios cumplidamente los homenajes que se le deben. Para entender cómo se ejerce esta protección, debe recordarse aquello de San Agustín: ¿Cómo sirven los reyes al Señor sino prohibiendo y castigando con severidad religiosa cuanto se hace contra los mandatos del Señor? Pues de un modo sirve en cuanto hombre, de otro en cuanto rey: como hombre sirve viviendo fielmente, en cuanto rey sirve disponiendo leyes justas y prohibiendo las injustas. Es decir, que la profesión y la protección de la fe católica se verificará si las leyes son católicas.
Será, pues, menester reprimir enérgicamente todas las licencias. El liberalismo, con sus decantadas libertades de pensamiento y de prensa, es repudiable en un régimen ajustado a las normas católicas. Por otra parte, hace imposible una discreta regulación política. Porque si todo el mundo puede pensar, decir e imprimir cuanto sus apetitos exijan, se creará una atmósfera pública reacia a toda regulación y se ampararán legalmente las teorías y prácticas subversivas del orden social más elemental.
En lo que se refiere a la libertad de cultos, conocidas son las condenaciones fulminadas por Gregorio XVI en MIRARI VOS, Pío IX en el SYLLABUS y León XIII en sus Encíclicas.
Si a Dios hay que prestarle culto, tendrá que ser ciertamente un culto digno y aceptable de su Divina Majestad. Si el Hijo de Dios ha venido a enseñarnos que El es el Camino, petulancia imbécil sería querer acercarnos al Padre por otro camino. Petulancia que nos llevará por nuestro camino al lugar de las Tinieblas. El camino es Cristo, y con Cristo andamos si nos unimos como miembros a su Cuerpo que es la Iglesia. Un solo Cristo, una sola Iglesia. Cristo, cabeza; la Iglesia, cuerpo. Cristo, la vid; la Iglesia, los sarmientos. La profesión de fe católica es nuestra unión con Cristo, y por Cristo con Dios.
Si el Estado no debe ser indiferente, puede, sin embargo, ser tolerante. Tolerancia que no brota del desprecio de Dios, ni se muestra indiferente respecto a todas las religiones, ni oprime a la verdad equiparándola al error, sino que tolera, esto es, permite el ejercicio de los falsos cultos cuando existen razones que justifican esta tolerancia.
En la sociedad liberal, donde se ha roto la unidad de creencia, sería desastroso perseguir los cultos falsos. Los errores no tienen derechos, pero las conciencias que yerran los tienen. Si en tesis el Estado debe ser exclusivamente católico, en la hipótesis de la diversidad de creencias deberá ser tolerante.
La Iglesia — enseña León XIII —, en su apreciación maternal tiene cuenta de la impiedad humana: no ignora los movimientos que en nuestra época arrastran los espíritus y las cosas. Por este motivo, aunque no reconoce derechos sino a lo verdadero y bueno, no se opone, con todo, a la tolerancia, de la cual cree poder y deber usar el poder público... Dios mismo, aunque infinitamente bueno y poderoso, permite la existencia del mal en el mundo, ya para impedir mayores males, ya para no impedir bienes más excelentes. Conviene, en el gobierno de los Estados, imitar la sabiduría que gobierna el Universo.
La protección que el Estado debe a la Iglesia importará, en tesis, una ayuda económica, porque la Iglesia debe ser ayudada por los fieles para los ingentes gastos que demanda su acción cultural y caritativa; y, como decía antes, el Estado es el primer fiel.
En las sociedades contemporáneas la ayuda oficial no se hace por este concepto, sino en restitución de los bienes defraudados en momentos en que el sectarismo recrudeció. Quizá haya llegado una época en que convendría auspiciar una independencia económica absoluta de la Iglesia respecto del Estado. No parece espiritualmente ventajoso que la Inmaculada Iglesia de Jesucristo esté ligada por unos centavos —aunque se le deben en justicia — con gobiernos impíos e insolentes, en el mejor de los casos incomprensivos de los derechos espirituales. Además, esa ridícula ayuda dispensada sirve de pretexto para los que pretenden impedir la acción espiritual de los pastores (como si fuesen funcionarios públicos) y para difundir en las envenenadas masas no sé cuántos embustes sobre la riqueza de la Iglesia.
Por último, la profesión de fe católica en un Estado Cristiano, como los conoció la Edad Media, exige de éste su colaboración con la Iglesia para reprimir las herejías contumaces y públicas que pudieran perturbar la unidad y corromper la fe del pueblo cristiano. Brazo secular puesto al servicio de la Iglesia para reprimir la difusión de los errores, y jamás para propagar la verdad.
Los derechos de la Iglesia y los del poder civil se han de armonizar por medio de un régimen concordatario estipulado entre la Santa Sede y los respectivos gobiernos. No cabe duda que aunque uno y otro poder se desenvuelven en esferas diferentes, muchos y graves puntos de contacto existen en una y otra esfera para que los conflictos no se produzcan. Por esto la separación es inadmisible en tesis, y en las hipótesis corrientes. La unión substancial, tal como la conoció la Edad Media, por la plena subordinación de lo temporal a lo espiritual, es imposible por el desquicio que en las conciencias y en las instituciones ha sembrado el virus liberal. Sólo es posible, entonces, que ambos poderes se pongan de acuerdo y traten de armonizar sus intereses en un concordato.
De esta suerte, las naciones, aún desmembradas en su interior por ideologías deletéreas, se vigorizarán por la acción maternal de la Iglesia, que paciente pero eficazmente irá higienizando las inteligencias y los corazones de las corrupciones espantosas que ha engendrado en ellas el liberalismo. Precisamente en esta hora en que el hombre ha perdido la fe en el hombre porque para salvar a Europa se pensó en el Oriente, y el Oriente sigue corrompido como Europa; se pensó en América, y América es Babilonia que vacila un momento antes de caer. Ahora hay quienes sueñan no sé en qué mesianismo reservado para la América latina, cuando nosotros experimentamos que América latina sufre idénticos males. Cuando se ha perdido la fe en el hombre, digo, es necesario volver con humildad penitente al regazo de la Madre que hemos abandonado. Retorno a la Madre suave, para que Ella, antes de vestirnos con las preseas de los hijos, nos purifique del lodo que nos mancha. El Concordato hará posible la acción suave y eficaz de esta Madre que nos devolverá la vida.
"LA CIUDAD FRATERNAL" DE MARITAINSabido es que Maritain defendió la doctrina tradicional de la Iglesia y del Estado en su primera época, en que escribió ANTIMODERNE y PRIMAUTÉ DU SPIRITUEL. Pero después de 1930 comenzó a excogitar y a elaborar una ciudad "cristiana" para la nueva época, en que, según él, entra la humanidad. Escribió entonces HUMANISME INTÉGRAL y muchas otras obras, de valor inferior, donde defendió lo que él llamó "una sociedad vitalmente cristiana". De un modo particular explicitó los lineamientos de esta sociedad en LOS DERECHOS DEL HOMBRE Y LA LEY NATURAL y en CRISTIANISMO Y DEMOCRACIA.
Para la elaboración de su ciudad, Maritain comienza por separar — separar, digo, y no simplemente distinguir — el plano de la ciudad temporal del plano de la Iglesia o ciudad espiritual. La ciudad temporal no se subordina, como lo exige la concepción tradicional enseñada por León XIII en INMORTALE DEI a la Iglesia, sino que se mueve por principios enteramente propios e independientes que buscan satisfacer igualmente a las personas humanas que la integran, cualesquiera sean sus creencias o falta de creencias. "Quienes no creen en Dios, enseña Maritain, o no profesan el cristianismo, pueden, empero, si creen en la dignidad de la persona humana, en la justicia, en la libertad, en el amor al prójimo, cooperar a la realización de tal concepción de la sociedad (vitalmente cristiana) y cooperar al bien común, aunque no sepan llegar a los primeros principios de sus convicciones prácticas o procuren fundarlas sobre principios deficientes".
En el planteo de Maritain hay varios errores sumamente graves. Primero, el calificar de cristiana una sociedad que no alcanza a ser teísta. No alcanza a ser teísta porque la sociedad, en cuanto tal, no profesa la creencia en Dios. Y no podría profesarla, para no ejercer presión sobre los posibles ateos que encerraría en su seno. Segundo, el alterar el concepto de cristiano. Para ser cristiano no basta creer en la dignidad de la persona y en otros valores humanos; es necesario creer, con fe sobrenatural., en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Y una sociedad cristiana es aquélla que en su legislación y en su vida vivida acepta las normas de la ley natural y de la ley evangélica, sustentadas por la Iglesia. Tercero, el rebajar el esfuerzo de los católicos que trabajan en la vida cívica. Los católicos que trabajan en la vida cívica de nuestras ciudades descristianizadas no deben contentarse can trabajar por un ideal puramente iluminista de una ciudad fraterna o humanista, sino que, siguiendo el mandato expreso de Cristo, deben buscar primero el reino de Dios y su justicia, que lo demás se les dará por añadidura (MT. 6, 33). Los católicos, si aman a sus hermanos extraviados, deben tender a la ciudad católica, porque sólo ésta es solución de los problemas gravísimos a que están abocadas las sociedades modernas. Cuarto, el hecho de que en las sociedades otrora totalmente cristianas haya hoy división de creencias, no debe ser óbice a que se trabaje por la ciudad católicamente conformada. La prudencia deberá indicar el grado de tolerancia que se habrá de tener para con las diversos errores y extravíos. Lo que no deberá admitirse es la consolidación de una ciudad fraternal iluminista, donde todos los errores tengan los mismos derechos que la verdad. Quinto, la ciudad católica exige que no sólo la sociedad esté conformada por una concepción sobrenatural de la vida, única que merece llamarse vitalmente cristiana, sino que de modo particular el poder público se ponga al servicio del reino de Dios. Es un error sumamente grave insinuar, como lo hace Maritain, que el poder político ha de permanecer neutro con respecto a los derechos de Dios. Precisamente la gran dignidad de que está dotado el poder público y la eficacia que posee le fuerzan a promover el bien común de la ciudad, que no será tal si no encamina a los ciudadanos a su fin último, Dios, que es en realidad el único bien común absolutamente tal (17).
CONCLUSIÓNSe ha esbozado la naturaleza de la política en una concepción católica. Pero ¿es posible realizar una política cristiana?
Según se insinúa en el capítulo anterior, querer volver a una política cristiana sin el Espíritu cristiano que mueve las almas no sólo es imposible, sino que sería lo más pernicioso que pudiera acontecer a una nación y a la misma política cristiana. Sería reproducir el grave error de la Acción Francesa. Ideólogos que fabrican una política de encargo, sin metafísica, teología ni mística.
Si es así, ¿para qué, entonces, estas páginas de política cristiana? Misterio fecundo será siempre si logramos llevar a otros la convicción de que la política, tal como la quiere la Iglesia, no es posible sin Jesucristo. El es Vida, Verdad y Camino, y no hay nada, absolutamente nada, que sea en verdad humano que pueda lograr su integridad sin El. Más: todo lo humano que sin El nazca y se desarrolle caerá bajo la protección del diablo. La política, pues, la política concreta, militante, del mundo moderno, que debió ser cristiana, y por malicia del hombre no lo es, está amasada en cenizas de condenación.
Pero he aquí que este mundo se deshace. El hombre moderno había cifrado su ideal en realizar el "homo oeconomicus", el hombre regido por sus necesidades económicas. Y creyó haber triunfado. Despliegue gigantesco de industrias, obra del hombre y para el hombre.
Pero llegamos a un punto en que el "homo oeconomicus" siente que todo en él es barro. Se deshace este mundo imbécil que pretendió ser cómodo sin Jesucristo. No que Cristo le haga cómodo, pues la Cruz es lo opuesto al "confort" de los burgueses. Pero la locura de la Cruz, al mismo tiempo que restituía al hombre a la participación sobrenatural de la vida de la Trinidad, le salvaba la integridad de su propia condición humana, hacía posible su vida ele destierro.
La Iglesia y Cristo, su cabeza, nunca han prometido más de lo que la realidad presente permite. "Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura". Se nos prometió, es verdad, el reino de los cielos y no la comodidad de la tierra. Mas por añadidura se nos aseguraba la habitabilidad de este valle.
Los pretendidos filósofos, en cambio, los teóricos de la política liberal y socialista, nos prometieron el paraíso en la tierra y nos han dado un confortable infierno aquí abajo y la garantía del inextinguible fuego en la vida venidera.
Por fortuna para el hombre, para los auténticos derechos del Hombre, que no son otros que los derechos de Cristo — Salvador del hombre —, este mundo estúpido se deshace. En ésta su liquidación se salvarán las piedras de un mundo nuevo. Este mundo nuevo no lo elaborarán ni la economía, ni la política, ni la ciencia, ni siquiera la sabiduría metafísica. Sólo la teología, la sabiduría divina, en su realización auténtica que es la mística o sabiduría de los santos, podrá con su hálito trocar la muerte en vida. Un poderoso soplo de santidad ha de reanimar los despojos del mundo moderno.
¿Y los católicos? ¿Andaremos, mientras tanto, afanosos por tomar posiciones a la derecha, en el centro, o a la izquierda?
¿A la derecha, en el centro, o a la izquierda de quién? Nos rodea la podredumbre, ¿y pretendemos situarnos en el centro, o a sus lados? Dejémosles a los mundanos estos términos, y dejémosles que tomen posiciones en las filas del diablo.¿Haremos alianza con el fascismo o con la democracia? ¿Propiciaremos las conquistas modernas del sufragio femenino? ¿Trataremos de cristianizar el liberalismo, el socialismo, la democracia, el feminismo?
Sería más saludable que nos cristianicemos nosotros mismos. Seamos católicos. Y como católico significa únicamente santo, tratemos verdaderamente de ser santos.
La santidad es vida sobrenatural. No consiste en hablar y pensar de la santidad. Es vida. Si es cierto que toma raíces en la fe, o sea en el conocimiento sobrenatural de Jesucristo, no culmina sino en la Caridad, que es el amor de Dios sobre todas las cosas y del prójimo por amor de Dios.
La vida católica, plenamente vivida en el ejercicio de la caridad, nos impondrá, por añadidura, una fisonomía católica en las manifestaciones puramente humanas de la vida: en arte, ciencia, economía y política. La sobreabundancia de la caridad dará lugar a un arte, ciencia, economía y política católicas.
Precisamente es éste el programa de la acción católica, a la que con instancias supremas nos invita el vicario de Cristo. Acción católica, no acción nuestra, no acción de los católicos como si fuesen una agrupación partidaria que tiene que defenderse como se defienden los burgueses o socialistas y comunistas.
Acción católica: esto es, acción del Padre por Jesucristo que vive sobrenaturalmente en el alma cristiana; acción santa y santificadora; acción imposible de realizarse aunque se posea una ciencia y habilidad muy grande de las cosas de religión, mientras no se esté en contacto con Jesucristo; acción cuya eficacia no está en proporción del movimiento o de la energía desplegada, sino de la santidad de que se vive.
Acción católica, que es el apostolado de los laicos con la jerarquía. Pero que es apostolado, o sea actividad de la santidad interior que, por su sobreabundancia, se derrama y comunica.
Acción católica: he ahí la posición indispensable de los católicos. Adviértase bien: indispensable.
¿Será, entonces, necesario que los católicos abandonemos las luchas en el mismo terreno político y económico y nos concretemos tan sólo a la acción católica?
La acción católica es la posición indispensable, pero no exclusiva. Ella es primera, de suerte que no podemos ocuparnos en otra actividad si resulta en su detrimento, y toda otra actividad debe ejercérsela en cuanto tienda, directa o indirectamente, a auxiliar a la acción católica. Lo exige el sentido de la jerarquía de las obras. Jerarquía no es absorción ni negación, sino afirmación de los derechos autónomos en la unidad del conjunto.
Salvada, entonces, esta primacía de la acción católica, los católicos, teniendo en cuenta las exigencias de su fe y de su misión, y las posibilidades de su propia vocación, pueden dedicarse especialmente a forjar la ciudad católica en nuestras sociedades descristianizadas. El programa de la ciudad católica para los tiempos actuales está ya elaborado. En documentos públicos, León XIII, San Pío X, Pío XI, Pío XII y Juan XXIII han dado las bases de un orden social cristiano de la sociedad. Ningún problema fundamental, económico o político ha sido omitido. Sólo falta que los católicos, con seriedad y honradez, asimilen esa doctrina que constituye el derecho público cristiano. Digo con seriedad y honradez, porque, desgraciadamente, los católicos, en lugar de escuchar atenta y fielmente a los Pontífices, sin mezclar con lo que ellos dicen sus propias concepciones, a veces hacen una mezcla de principios cristianos con liberalismo, socialismo y comunismo, que resulta un peligroso explosivo.
Una vez asimilados los principios que han de regir la ciudad católica, hay que diseminarlos en todos los ambientes y capas sociales. Esta es, por excelencia, la obra de la ciudad católica.
Referente a esta tarea específica de la construcción en nuestro tiempo de la ciudad católica, como misión que les compete a los ciudadanos católicos, aunque no sea propiamente una misión de apostolado, conviene tener presente las palabras pertinentes de Pío XII a los Comités Cívicos Italianos el 15 de abril de 1953. Les decía entonces el gran Pontífice:
"Advertidlo bien; desde que la humanidad ha realizado su progresiva apostasía lejos de Jesús, muchos maestros han pretendido reemplazarle para instruirla y guiarla; muchos constructores han ensayado suministrarle las estructuras necesarias; muchos médicos han emprendido la curación de sus enfermedades y llagas. Pero todos, al terminar, se han encontrado delante de una humanidad desorientada, desanimada, sin fuerza".
"Es menester por tanto, con tanto mayor empeño, llevar a los hombres a la persuación final de que sólo Cristo es el único Maestro y de que en El sólo, se puede encontrar la salvación del mundo con todas sus estructuras y de los hombres con todos sus problemas: Non est in alio aliquo salus".
"Un tal estado de cosas reclama la intervención pronta y animosa, no sólo — es evidente — de la Iglesia docente y jerárquica, sino también de todos los cristianos comprometidos en el cuerpo social. Se trata de subrayar la necesidad de impregnar de sentido cristiano todos los campos de la vida humana. Tal ha sido siempre la voluntad de Cristo y la espera de una parte de humanidad, cansada de vivir en las construcciones que se desmoronan del mundo de hoy". "Considerad por tanto, queridos hijos, vuestra vocación. Llevad vuestra acción a todos los lugares y a los ambientes de toda clase".
"No se puede decir ciertamente que vosotros — como tales — seais llamados al apostolado propiamente dicho. Vosotros sois ciudadanos que queréis interesaros más directamente en la formación de mejores estructuras económicas, políticas, jurídicas y sociales..."
"Como ciudadanos leales y activos, vosotros buscáis crear en todos una conciencia cívica recta que lleve a cada uno a mirar como propias las necesidades de la colectividad... "
"Como cristianos decididos a la acción, vosotros consideráis un deber vigilar que nada llegue a herir los intereses de la verdadera religión, de vuestra religión. Vosotros no formáis un partido político, pero nadie puede negaros el derecho de uniros, de organizaros por todo medio lícito, para que la legislación sobre la familia, las normas para una distribución más equitativa de la riqueza y para la educación de la juventud, en todos los artículos que tocan al campo de la fe y de la moral sean realizados según los postulados del pensamiento cristiano y de la enseñanza de la Iglesia".
Cabe también al católico intervenir en la gestión de negocios públicos y en tomas de posiciones, aun de política partidaria, respecto a la procuración del bien común.
En esta tarea concreta de la procuración del bien común el católico podrá encontrarse frente a dos clases principales de problemas: los unos, que comprometen los derechos o el bien de la Iglesia en la vida de la ciudad, y entonces el católico ha de actuar con fortaleza en calidad de tal, sabiendo que su actuación crea también ante la comunidad una cierta responsabilidad de la Iglesia misma; los otros, en que no hay tal compromiso, ha de resolverlos bajo su propia y exclusiva responsabilidad de ciudadano, tratando, sin embargo, de darles la solución que mejor contemple el bien común, el cual, en definitiva, concurrirá no sólo al bien de la nación, sino también al de la Iglesia.
Labor difícil y peligrosa ésta de la acción política concreta, porque se desenvuelve en un plano de hechos y contingencias sumamente variables, y por lo mismo difíciles de conciliar con los intereses eternos; labor, sin embargo, necesaria, porque hasta ella debe en cierta medida llegar la influencia de la acción cristiana; labor, entonces, que exige, de parte de los que a ella se dediquen, una vocación especial, que es patrimonio de pocos, y en cuyo defecto es preferible abstenerse, o limitar estrictamente las energías que a ella se dediquen a la posibilidad del propio esfuerzo, labor que hay que emprender con entusiasmo, sí, pero con cierta modestia, sin creernos predestinados a reformarlo o a mejorarlo todo, como si estuviera en nuestras manos el gobierno de los acontecimientos y de los hombres, y no fuera Dios quien, por caminos que sólo El conoce, dispone todas las cosas a sus fines providenciales; labor, en fin, que por lo mismo que se desarrolla en lo variable y en un terreno resbaladizo, entregado a los pareceres o disputas de los hombres, ni debe desunir los esfuerzos de todos los ciudadanos, que, en lo estrictamente temporal, han de converger hacia el bien común de la nación; ni mucho menos desunir a los católicos que, en lo espiritual, han de converger siempre su actividad y su vida al cumplimiento del supremo mandamiento, para que todos unidos en Cristo, haya un solo cuerpo y un solo espíritu, como uno es el Dios y Padre de todos, el cual es sobre todas y gobierna todas las cosas y habita en todos. (San Pablo a los efesios).
(16) Ver mi libro CONCEPTOS FUNDAMENTALES DE LA ECONOMÍA (N. del A.).
(17) Sobre los errores sociales-políticos de Maritain, ver mis libros, DE LAMENNAIS A MARITAIN y CRÍTICA DE LA CONCEPCIÓN DE MARITAIN SOBRE LA PERSONA HUMANA. (N. del A.).