Colección de escritos de distintos autores, de distintos tiempos históricos, y de distintos lugares geográficos, sobre temas de doctrina religiosa, filosófica y política, perennes e insoslayables para un católico, pues hacen al bien común terrenal, y a la salvación del alma.

lunes, 13 de abril de 2009

La Enciclopedia en la Historia (2)




por el Dr. Aníbal D´Angelo Rodríguez


Tomado de La Enciclopedia y el Enciclopedismo
Ediciones OIKOS, Buenos Aires, 1983




Un libro en la historia

Para ubicar con precisión a la Enciclopedia en la historia deberíamos comenzar por un ceñido análisis de su siglo, el decimoctavo de nuestra era. Tal empresa excede los límites de este trabajo, en el que nos limitaremos a señalar sus más notorias y principales características.
Al siglo XVIII se lo ha llamado "la edad de la razón", "el siglo de Voltaire", la época del despotismo ilustrado. Nombres todos que, en definitiva, aluden a un mismo fenómeno, aquel que Paul Hazard ha caracterizado magistralmente como "la crisis de la conciencia europea" (10). Lo que equivale a decir que en cierto sentido la época es el pivote entre dos concepciones del mundo, entre dos maneras de afrontar la realidad.
Tal carácter, sin embargo, no agota su significación. El siglo, en realidad, puede contemplarse como tres cosas a la vez, las que constituyen facetas de un momento particularmente rico y particularmente crítico de Occidente: como culminación de una época de transición, como continuidad de una cierta "singularidad occidental" y como tránsito o pórtico de un mundo nuevo. Y estos mismos caracteres sirven, a su vez, para definir el papel de la Enciclopedia en la historia.
Comencemos por su aspecto de culminación. Mousnier y Labrousse (11) recuerdan que la magna obra es "la Suma filosófica del siglo XVIII, destinada a sustituir la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino". La comparación no puede ser, en nuestra opinión, más exacta. Porque el siglo XIII es el último siglo plenamente medieval y el XVIII el primero plenamente "moderno", con lo que en el medio quedan encerrados los cuatro siglos de transición que los historiadores rutinarios siguen clasificando dos en la Edad Media y dos en la Edad Moderna.
Basta analizar esos cuatro siglos, con sus "movimientos" cataclísmicos en todas las esferas de la cultura, para comprender en qué forma y hasta qué extremos ha cambiado el hombre occidental. Del Renacimiento a la Reforma, de ésta al Racionalismo, una a una son trastrocadas las bases ideológicas de nuestra civilización. Así la Ilustración no es sino la puesta en fórmulas, al tiempo intelectuales y simplificadas, de lo que ya está en la mente de una ancha proporción de las clases dirigentes europeas en la forma aún confusa del estado de conciencia. Poco a poco se ha ido armando un modo de ver el mundo, una visión de lo que importa, que sustituye al modo y visión tradicionales. Pasa como en el conocido "trompe l'oeil", que representa al mismo tiempo un vaso y dos perfiles. Ojos distintos ven en las mismas líneas dos cosas diametralmente diferentes. De la misma manera, la ambigua realidad del cosmos es interpretada a partir de ciertas "líneas", de ciertos perfiles que se valorizan más que otros, dando una significación global al conjunto. Descubrir el vaso, en la mencionada ilusión óptica, es hacer predominar sobre otra una forma del espacio limitado que nos ofrece. Descubrir los dos perfiles es, por el contrario renunciar a admitir como importante un contorno y apreciar otro. La diferencia, mínima y esencial, está en las líneas, planos y perfiles que se advierten como significantes y los que se desechan como insignificantes.
Todo ello se desarrolla a partir de un cierto origen y desde allí se prolonga en conclusiones lógicas que tarde o temprano terminan por abrirse paso. Que el hombre sea naturalmente bueno y que la humanidad esté llamada a un progreso indefinido son dos premisas formidablemente cargadas de conclusiones. En otro lugar (12) hemos señalado que lo que suele llamarse liberalismo no es sino la última consecuencia de ellas. Pues el liberalismo, al que uno de sus últimos y más conspicuos representantes llama "la organización social de la libertad" (13), elude la pregunta crucial, que pone al descubierto la esencia real de su filiación ideológica: ¿por qué la libertad como fundamento de la organización social y como fin primordial del Estado? Pregunta que no tiene respuesta sino en la perspectiva del progresismo. Sólo en la inteligencia de que es condición necesaria para el progreso puede captarse la razón de este papel central de la libertad.
Y basta avanzar un paso más en la cadena de conclusiones lógicas para advertir hasta qué punto las fórmulas de los pensadores no crean ex nihilo sino que son invenciones (hallazgos) de lo que está en la naturaleza de las cosas. Pues suele atribuirse al barón de Montesquieu la fórmula de la división de poderes, que es uno de los pilares del liberalismo. Sin embargo, si se observa con cuidado, la definición del Estado como guardián de las libertades entrañaba un contrasentido lógico que de una u otra forma debía resolverse. Pues confiar al poder la custodia de la libertad (tal como la concebía el liberalismo) equivalía a encargar al lobo la custodia de las ovejas. ¿Cómo podría justificarse este papel del Estado si era precisamente él el que amenazaba la libertad? De esta aporía sólo podía escaparse mediante una "huida hacia adelante", es decir, buscando una argucia que hiciera del poder un eficaz custodio de las libertades concretas de los individuos en las que naufraga la antigua concepción de la libertad. Esa argucia no era, no podía ser otra que la fragmentación del poder en poderes. Así el lobo era inmisericordiosamente decapitado y sus fauces únicas sustituidas por tres cabezas que se vigilaban entre ellas. Las viejas funciones del Estado eran transmutadas en poderes. La contradicción lógica quedaba superada. Poco importa, en esta perspectiva, quién fuera la persona concreta que dotara al liberalismo de la teoría complementaria correspondiente. Montesquieu u otro, la conclusión estaba allí esperando a quien la hallara, a un inventor, no a un creador.
Lo que hemos querido señalar con esta digresión es que el siglo XVIII contempla precisamente el hallazgo de todas o casi todas las fórmulas que condensan las premisas que se han ido desarrollando en los siglos anteriores. Es, en este sentido, un siglo de "llegada", de entrada a puerto de la nave de las ilusiones progresistas. Y la Enciclopedia es —entre la inmensa literatura del siglo— la quintaesencia de aquellas fórmulas y estas ilusiones.
Así dice Diderot en el artículo "Enciclopedia": "Hoy la filosofía avanza con pasos de gigante, somete a su imperio todos los objetos que le interesan, su voz es la voz dominante y comienza a romper el yugo de la autoridad y de la tradición, a sostener las leyes de la razón...", usando fórmulas que le parecen profundas al tiempo que innovadoras. Mientras que hoy vemos en ella no más que una ingenua fe en la razón y un eco de la confianza ciega en la ciencia como develadora de todos los enigmas del hombre.
Pero este aspecto de culminación no debe oscurecer el segundo de los arriba señalados: el de continuidad. Pues de tal manera se produce la cultura humana que en ninguna concreta hay jamás, con el paso del tiempo, completa y total continuidad ni tampoco absoluta ruptura. De modo que si una primera aproximación nos muestra a la Ilustración —y a su hija la Enciclopedia— como la consecuencia final de un proceso de ruptura (el producido entre los siglos XIV y XVII), el fenómeno no puede entenderse si a su vez lo situamos en la línea de una cierta continuidad dentro de la forma diferenciada de cultura a la que llamamos "civilización occidental".
En tres sentidos principales puede apreciarse tal continuidad. En una primera forma muy genérica y laxa, dentro de la tendencia propia de Occidente pero heredada de la cultura grecorromana a considerar el cosmos como un conjunto de series en conexión lógica, susceptibles de indagación metódica. Este es el fundamento de la actitud científica, que en modos diversos pero sucesivos va llegando hasta el deslumbramiento de la comprensión científica del universo, que es mucho más que la suma de sus componentes, las ciencias particulares. Este punto de llegada, más que una apertura, es una cerrazón —como hemos dicho con anterioridad— pues implica una negación primero implícita y luego explícita de todo otro modo de aproximación al cosmos. Pero es fácil ver, aun en esta apretada síntesis, que hay un hilo conductor que es propio de Occidente y sólo de Occidente, lo que se exterioriza en el hecho de que únicamente nuestra civilización construyó el edificio de lo que hoy entendemos por ciencia, al lado de la cual los a veces profundos pero siempre parciales conocimientes científicos de otras civilizaciones no hacen ni siquiera el papel de precedentes.
En segundo lugar, pero en inevitable conexión con lo antedicho, la Enciclopedia representa un modo de conocimiento englobador ("en kykloi") que tiene repetidos precedentes occidentales," desde las grandes síntesis griegas a la Suma Teológica, pasando por las Etimologías de San Isidoro.
En tercer lugar, el más profundo sentido de continuidad está dado por la tradición filosófica occidental. No es éste lugar de hacer un análisis de tal tradición, especialmente porque tal análisis tiene su lugar reservado entre los ensayos que componen este volumen. Pero en el enfoque crítico de estos ensayos suele descartarse el elemento de ruptura sobre el de continuidad, descuidando los elementos de continuada trabazón que las distintas etapas del pensamiento filosófico tienen. Es lo que analiza con sin igual penetración un provocativo librito a cuyo estudio remitimos al lector (14). Allí pueden seguirse los problemas que razón y revelación planteaban al hombre medieval, los caminos de sus posibles soluciones y las vías por las que los resolvió el nominalismo, convirtiéndose en precedente de la actitud científica y, por ende, del Enciclopedismo.
Desde luego, estas trazas de continuidad que hemos analizado no pueden oscurecer el hecho central de que los desarrollos producidos no son, de ninguna manera, los únicos posibles y mucho menos los caminos inevitables. Sobre falacias de este tipo está edificada toda la actitud historicista, en especial la del marxismo. Lo único que puede afirmarse es que fueron consecuencias reales de situaciones que admitían una gama amplia de salidas posibles. En la trama siempre compleja de las acciones humanas, las fuerzas y circunstancias históricas y meta-históricas en juego produjeron situaciones desde las que se construyó un mundo real sobre la base de acciones libres ejercidas en el marco de esas fuerzas y circunstancias.

Por último, el siglo XVIII y la Enciclopedia representan también el pórtico de una época que se desarrollaría sin crisis profundas durante casi un siglo y medio. Es el mundo decimonónico, que transcurre desde las postrimerías del siglo XVIII hasta el comienzo del siglo XX histórico, es decir, 1914.
Cuando George Rudé (15) se pregunta por qué la Revolución comenzó en Francia y no en otro lugar de Europa, reflexiona en que "para hacer una revolución es necesario algo más que las dificultades económicas, el descontento social y la frustración de las ambiciones políticas y sociales. Para dar cohesión a los descontentos y a las aspiraciones de las diversas clases sociales debe existir un cuerpo unificador de ideas, un vocabulario común de esperanza y de protesta; en resumen, algo parecido a una 'psicología revolucionaria' común o un modelo de 'creencias generalizadas' ... En este caso el terreno lo prepararon, en un primer nivel, los escritores de la Ilustración. Fueron ellos, como señalaron Burke y Tocqueville, quienes debilitaron las defensas ideológicas del "ancien regime".
He aquí resumido, en nuestra opinión, el papel primordial de la Enciclopedia en los tiempos sucesivos, papel que —ya en crisis— se prolonga hasta nuestros días, papel que inclusive explica el método adoptado: el orden alfabético de exposición que, aunque rompa la unidad expositiva, constituye una forma de fácil acceso a una versión de cada palabra. Pues a partir de los trabajos de la semiótica y la semántica ha quedado demostrado lo que el simple sentido común ya advertía: la posibilidad de variación del sentido —juego de matices— de una palabra según el contexto de su ubicación. Ubicación que va desde el modo de entrada en la frase hasta el sentido final que sólo se completa por la colocación en el discurso.
Como inauguradora de una época, la Enciclopedia fue la semilla desde la que se desarrolló todo un lenguaje. "Un sistema semántico —dice Umberto Eco—(16) constituye un modo de dar forma al mundo. Como tal, constituye una interpretación parcial del propio mundo...". Así, la Enciclopedia se convirtió en el venero del que extrajeron sus vocablos —y a través de ellos, su cosmovisión— los hombres del siglo XIX, desde Comte hasta Spencer, pasando por Marx. Y a la luz de esa interpretación se comprende que no es demasiado importante que sólo el 15 % de los contemporáneos de la obra fueran capaces de leerla o que figurara en sólo 85 bibliotecas sobre 500. Ya que un lenguaje es —como dicen los semiólogos— un "continuum de transformaciones" que van desarrollándose "en cascada" a partir de minorías influyentes. Desde este punto de vista la Enciclopedia, no es más que la síntesis manejable de un modo de "decir el mundo", modo que reinó sobre Occidente por ciento cincuenta años y que está en la raíz de la crisis contemporánea.



(10) HAZARD, PAUL: La crisis de la conciencia europea, Madrid, 1975, tercera edición.
(11) MOUSNIER, R., y LABROUSSE, E.: op. cit., p. 87.
(12) Evolución y evolucionismo, OIKOS, Buenos Aires, 1982.
(13) MARÍAS, JULIÁN: "Sobre el liberalismo", en "La Nación" del 17 de junio de 1978.
(14) OAKLEY, FRANCIS: Los siglos decisivos. La experiencia medieval, Madrid, 1980, capítulo quinto.
(15) RUDÉ, GEOEGE: Europa en el siglo XVIII, Madrid, 1981, p. 307.
(16) ECO, UMBERTO: Tratado de semiótica general, México, 1978, p. 458.

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