
por el Dr. Aníbal D´Angelo Rodríguez
Tomado de La Enciclopedia y el Enciclopedismo
Ediciones OIKOS, Buenos Aires, 1983
La Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, de las artes y de los oficios representa, por una parte, la continuidad de ciertos hábitos intelectuales de Occidente, por otra, la culminación de un proceso iniciado cuatro siglos antes y, por último, el tránsito a una época nueva signada por el predominio de una cosmovisión antropocéntrica. Sólo partiendo de esta triple perspectiva histórica puede entenderse su decisiva importancia.
La historia de un libro
l 28 de junio de 1751 debió ser un día de intenso trabajo en la Imprenta de M. Le Bretón, "Imprimeur ordinaire du roy". En su establecimiento de la rué dé la Harpe se terminaba de imprimir un inmenso volumen en cuya portada, a la moda del siglo, se leía un largo título: Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, de las artes y de los oficios, aclarándose a continuación que lo había redactado "une société de gens de lettre". Y para mayor precisión, la portada añadía que la obra había sido "puesta en orden y publicada por M. Diderot, de la Academia Real de Ciencias y Literatura de Prusia", salvo en cuanto a la parte matemática, confiada a los cuidados del señor D'Alembert, el cual le ganaba a su socio, pues era miembro de dos academias: la de Ciencias de París y la Sociedad Real de Londres. No era poca cosa la aventura que con tal volumen se emprendía. Desde el punto de vista tecnológico, estaba justo en los límites de las posibilidades de la era preindustrial. Los cuatro impresores comprometidos (Briasson, David y Durand, además del Le Bretón mencionado) debieron apelar a la última palabra del arte de entintar papel: unos cilindros llamados "hollanders", que simplificaban las técnicas artesanales de la época(1).La aventura no se limitaba al aspecto material, ya de por sí riesgoso, ni al área económica, nada desdeñable. Lo más problemático había sido —y lo seguía siendo al comenzar la publicación— sortear el escollo de la censura, que en aquellos remotos tiempos todavía se tomaba en serio su tarea de proteger a la sociedad del error. Doscientos años habrían de pasar para que al Estado le preocupara terriblemente la polución del ambiente y la contaminación de las aguas y al mismo tiempo dejara a los comerciantes polucionar el espíritu y contaminar la mente. Pero la Enciclopedia, como rezaba también la portada, salía con "aprobación y privilegio del rey", lo que demuestra que también la censura puede ser a veces tuerta. Pues bastaba ver el dibujo del frontispicio para sospechar la filiación de la obra: unos angelotes entretenidos en la matemática, la geometría y los oficios, unas señoras de opulentos senos representando a las ciencias en general, libros en el fondo, figuras coronadas de laurel... a lo que la portada añadía una humanidad marchando a tientas hacia el conocimiento.
Toda la simbología de lo que ya se delineaba en Europa bajo el nombre de "Ilustration", "Aufklärung", "Enlightening" y que no pocos espíritus lúcidos denunciaban como profundamente destructor de la tradición cristiana.
Sin embargo, nadie se movió y nadie se hubiera movido de no ser por un incidente hasta cierto punto casual. A fines de ese mismo año de 1751 un oscuro personaje llamado Jean Martin de Prades obtuvo su título en la Sorbona con una tesis que causó escándalo por lo herética y blasfema y que terminó provocando la huida de su autor a Prusia, donde vivió en adelante bajo la protección de Voltaire, el que a su vez vivía bajo la protección de Federico el Grande.
Sin embargo, nadie se movió y nadie se hubiera movido de no ser por un incidente hasta cierto punto casual. A fines de ese mismo año de 1751 un oscuro personaje llamado Jean Martin de Prades obtuvo su título en la Sorbona con una tesis que causó escándalo por lo herética y blasfema y que terminó provocando la huida de su autor a Prusia, donde vivió en adelante bajo la protección de Voltaire, el que a su vez vivía bajo la protección de Federico el Grande.
Un entrometido, de los que nunca faltan, observó que el susodicho Prades era nada menos que el autor del artículo "certidumbre" de la Enciclopedia. Era demasiado, aún para la Francia cada vez más descreída de mediados del siglo XVIII. En febrero de 1752 un decreto del Consejo de Estado prohibió "la ulterior venta o publicación" de la obra y provocó el secuestro del material reunido por Diderot. Parecía el fin de la aventura.
Los editores, compiladores, impresores y entusiastas debieron desesperarse. Eran casi diez años de esfuerzos desperdiciados. Pues ya en 1743 se había producido el primer movimiento de esta "sinfonía" originada en una iniciativa del más conspicuo editor del reino de Francia, André Frangois Le Bretón. La idea original de Le Bretón había sido una simple traducción de otro mamotreto de origen inglés: la Cyclopedia o Diccionario universal de artes y ciencias, que en 1728 editara Chambers en Londres. Era la moda de la época. "El siglo XVIII—dice Gaxotte(2)— es el siglo de los diccionarios. Se inaugura con el Diccionario de Bayle. La enciclopedia lo divide en dos. Se clausura con la Enciclopedia metódica de Panckoucke en 166 volúmenes, una de las más vastas empresas editoriales que jamás se hayan llevado a buen término. De un extremo al otro proliferan los inventarios, los tratados, las bibliografías, los diccionarios de medicina, de jurisprudencia, de artes domésticas, de pintura, de cocina, de policía, de geografía, de historia, de literatura, el diccionario del agricultor, el diccionario social, el diccionario del amor, el diccionario de los orígenes...".
Los editores, compiladores, impresores y entusiastas debieron desesperarse. Eran casi diez años de esfuerzos desperdiciados. Pues ya en 1743 se había producido el primer movimiento de esta "sinfonía" originada en una iniciativa del más conspicuo editor del reino de Francia, André Frangois Le Bretón. La idea original de Le Bretón había sido una simple traducción de otro mamotreto de origen inglés: la Cyclopedia o Diccionario universal de artes y ciencias, que en 1728 editara Chambers en Londres. Era la moda de la época. "El siglo XVIII—dice Gaxotte(2)— es el siglo de los diccionarios. Se inaugura con el Diccionario de Bayle. La enciclopedia lo divide en dos. Se clausura con la Enciclopedia metódica de Panckoucke en 166 volúmenes, una de las más vastas empresas editoriales que jamás se hayan llevado a buen término. De un extremo al otro proliferan los inventarios, los tratados, las bibliografías, los diccionarios de medicina, de jurisprudencia, de artes domésticas, de pintura, de cocina, de policía, de geografía, de historia, de literatura, el diccionario del agricultor, el diccionario social, el diccionario del amor, el diccionario de los orígenes...".
Para timonear la traducción de la obra de Chambers, Le Bretón seleccionó a un abate de los muchos que pululaban en el París de los últimos Luises. Se llamaba Gua de Malves y dos años después —en 1745— cometió el error de asociar a un muchachote de 32 años llamado Denis Diderot, casado no hacía mucho contra la voluntad paterna y que andaba desesperadamente necesitado de un conchabo. Lo consiguió y le llevó menos de dos años desplazar al abate y encargarse él mismo de la dirección de la obra con una remuneración de 144 libras mensuales, que venía a equivaler (según Darnton) a poco menos de la mitad de lo que ganaba un obrero de París "relativamente bien pagado", por año.
Como puede verse, el negocio del progresismo comenzaba bien y los intelectuales izquierdistas refugiados en doradas cátedras norteamericanas tienen un ilustre precedente.
Como puede verse, el negocio del progresismo comenzaba bien y los intelectuales izquierdistas refugiados en doradas cátedras norteamericanas tienen un ilustre precedente.
No tardó mucho tiempo Diderot en advertir que una simple traducción era poca cosa como pedestal de una personalidad cuya megalomanía ya despuntaba, En 1748 logró que el editor aceptara su proyecto de emprender la publicación de una Enciclopedia (por "en kykloi paideia", conocimiento o educación en círculo o panorámica) que dejaba muy atrás a la obra de Chambers. Bajo el manto del plan original regenteado por el abate, no fue difícil obtener del canciller D'Aguesseau el "privilegio del rey" o permiso de la censura.
Quedaba, sin embargo, pendiente la cuestión de la financiación. Como la extensión total era aún un proyecto vagoroso en la mente de Diderot, el presupuesto oscilaba entre dos extremos tan alejados como uno y dos millones de libras. (El gasto final se aproximó más a la primera cifra) (3). Lo cual planteaba el no pequeño problema de conseguirlas, para lo que se acudió al procedimiento entonces en boga de la suscripción. Y para promoverla, Diderot redactó un prospecto que lo convierte, de alguna manera, en el padre de la moderna publicidad. No tanto por la respuesta concreta que obtuvo como por la fantasía de sus datos, que rozaban la lisa y llana mentira. Se prometían ocho volúmenes de texto y dos de láminas: fueron diecisiete y once, más un "Suplemento" en cinco y un "índice" en dos. Se hablaba de un precio de 280 libras: el verdadero fue de 980. Se aseguraba que la obra quedaría completada en dos años: tardó casi treinta en ver la luz el último volumen.
Quedaba, sin embargo, pendiente la cuestión de la financiación. Como la extensión total era aún un proyecto vagoroso en la mente de Diderot, el presupuesto oscilaba entre dos extremos tan alejados como uno y dos millones de libras. (El gasto final se aproximó más a la primera cifra) (3). Lo cual planteaba el no pequeño problema de conseguirlas, para lo que se acudió al procedimiento entonces en boga de la suscripción. Y para promoverla, Diderot redactó un prospecto que lo convierte, de alguna manera, en el padre de la moderna publicidad. No tanto por la respuesta concreta que obtuvo como por la fantasía de sus datos, que rozaban la lisa y llana mentira. Se prometían ocho volúmenes de texto y dos de láminas: fueron diecisiete y once, más un "Suplemento" en cinco y un "índice" en dos. Se hablaba de un precio de 280 libras: el verdadero fue de 980. Se aseguraba que la obra quedaría completada en dos años: tardó casi treinta en ver la luz el último volumen.
En cuanto al dinero, vino de otras fuentes. Casi la mitad de la inversión se debió a un curioso personaje de ese curioso siglo: Mme. Geoffrin, "née Marie Therese Rodet", dueña de un salón en el que los "filósofos" de moda eran siempre bien acogidos y que convenció a su marido para que interviniera en un negocio por demás vidrioso.
De una u otra manera, el resto del dinero se consiguió, a lo que no fueron ajenos los 4.000 suscriptores que se anotaron (4) y otros fondos de cuyo origen puede sospecharse, aunque nada pueda probarse. Por algo "Paul Hazard ha llegado a preguntarse si la Enciclopedia no fue obra de los francmasones" (5).
Todo este esfuerzo, toda esta inversión se vio de pronto comprometida por el incidente causado por la imprudencia de Jean Martin de Prades. Un "arret du conseil" no era chiste y Le Bretón y Diderot debieron sentirse angustiados frente a la posibilidad cierta de perder el uno su inversión y el otro su trabajo. Como es de rigor, se movieron influencias —y seguramente complicidades secretas— y poco a poco los obstáculos fueron desmoronándose. De las intervenciones que constan suele mencionarse la de la favorita madame Pompadour y la de Chretien Guillaume de Lamoignon de Malesherbes, por entonces "directeur de la librairie" del rey, es decir jefe de los censores. Sobre las intervenciones que no constan puede uno hacer —a la luz de la recordada pregunta de Paul Hazard— toda clase de conjeturas...
El resultado de todo ello fue que apenas unos meses después de la prohibición, el Consejo de Estado revisó su decisión y permitió la continuidad de la edición. A razón de uno por año, aparecieron entre 1753 y 1756 los volúmenes tercero a sexto. Para eludir discretamente la censura, los artículos dedicados en forma directa a temas religiosos se mantenían en los límites de una irreprochable ortodoxia. El veneno se segregaba en los temas aparentemente más ajenos a las cuestiones de la fe. Así, por ejemplo, unas reflexiones sobre los caldeos servían para denigrar a la Iglesia o el artículo sobre el caos daba pie a la crítica del Génesis.
De una u otra manera, el resto del dinero se consiguió, a lo que no fueron ajenos los 4.000 suscriptores que se anotaron (4) y otros fondos de cuyo origen puede sospecharse, aunque nada pueda probarse. Por algo "Paul Hazard ha llegado a preguntarse si la Enciclopedia no fue obra de los francmasones" (5).
Todo este esfuerzo, toda esta inversión se vio de pronto comprometida por el incidente causado por la imprudencia de Jean Martin de Prades. Un "arret du conseil" no era chiste y Le Bretón y Diderot debieron sentirse angustiados frente a la posibilidad cierta de perder el uno su inversión y el otro su trabajo. Como es de rigor, se movieron influencias —y seguramente complicidades secretas— y poco a poco los obstáculos fueron desmoronándose. De las intervenciones que constan suele mencionarse la de la favorita madame Pompadour y la de Chretien Guillaume de Lamoignon de Malesherbes, por entonces "directeur de la librairie" del rey, es decir jefe de los censores. Sobre las intervenciones que no constan puede uno hacer —a la luz de la recordada pregunta de Paul Hazard— toda clase de conjeturas...
El resultado de todo ello fue que apenas unos meses después de la prohibición, el Consejo de Estado revisó su decisión y permitió la continuidad de la edición. A razón de uno por año, aparecieron entre 1753 y 1756 los volúmenes tercero a sexto. Para eludir discretamente la censura, los artículos dedicados en forma directa a temas religiosos se mantenían en los límites de una irreprochable ortodoxia. El veneno se segregaba en los temas aparentemente más ajenos a las cuestiones de la fe. Así, por ejemplo, unas reflexiones sobre los caldeos servían para denigrar a la Iglesia o el artículo sobre el caos daba pie a la crítica del Génesis.
El prestigio de la Enciclopedia creció entre los medios intelectuales. Los más caracterizados pugnaron por "meter" un articulejo que hacía crecer ese prestigio y de paso el del colaborador, en un efecto de rebote por demás conocido. Así se añadieron Turgot, Necker, Quesnay y hasta el mismo Voltaire, que entraba por entonces en sus sesenta años, ya cubiertos de gloria literaria y del oro de los déspotas.
El volumen VII y el año 1757 fueron la señal de otra crisis de la empresa. Se juntaron dos hechos que los enemigos de los filósofos — con buen tino — no dejaron de aunar. Al comenzar el año, el 5 de enero, se produjo un atentado contra el rey. "El atentado de Damiens — dice Gaxotte (6) — vino a sumir al reino en la inquietud y a imponer silencio por un tiempo". Por ello, cuando en el otoño del mismo año, en el artículo sobre Ginebra, M. D'Alembert abandonó el seguro puerto de la matemática y se internó en la teología a propósito del calvinismo, el escándalo fue mayúsculo. Se desenterró una antigua ley que permitía condenar a muerte a "los autores, editores y vendedores de libros que atacaran a la religión o perturbaran al Estado" (7).
El volumen VII y el año 1757 fueron la señal de otra crisis de la empresa. Se juntaron dos hechos que los enemigos de los filósofos — con buen tino — no dejaron de aunar. Al comenzar el año, el 5 de enero, se produjo un atentado contra el rey. "El atentado de Damiens — dice Gaxotte (6) — vino a sumir al reino en la inquietud y a imponer silencio por un tiempo". Por ello, cuando en el otoño del mismo año, en el artículo sobre Ginebra, M. D'Alembert abandonó el seguro puerto de la matemática y se internó en la teología a propósito del calvinismo, el escándalo fue mayúsculo. Se desenterró una antigua ley que permitía condenar a muerte a "los autores, editores y vendedores de libros que atacaran a la religión o perturbaran al Estado" (7).
Los bravos "philosophes" que tanto gustaban recordar la actitud estoica ante la muerte, retrocedieron a toda máquina. En los meses siguientes se excluyó de la empresa enciclopédica una buena cantidad de sus adeptos, desde D'Alembert hasta Rousseau pasando por Turgot, Duelos, Morellet y otros. Un ataque de los obispos — creyentes por entonces en Dios y no en el progreso — culminó con un nuevo mandato del Consejo de Estado (8 de marzo de 1759) que prohibía la edición y la venta de la obra con el siguiente — y sensato — argumento: "Las ventajas que puedan obtenerse por la publicación de este libro en relación con el progreso en las artes y ciencias nunca compensarán el irreparable daño que resulta de ella respecto de la moral y de la religión"(8).
Es evidente, aunque de ello queden una vez más pocas huellas, que apenas publicado el "arret du Conseil" comenzaron a moverse de nuevo poderosas y ocultas influencias. ¿Cómo explicar, si no, que a pocos meses de tan grande escándalo los editores, que sin embargo habían gastado ya buena parte de los fondos recaudados, renovaran el contrato con Diderot, ahora por una suma global de 25.000 libras? ¿Cómo entender que los tránsfugas perdieran rápidamente su miedo y volvieran uno a uno al trabajo? ¿Cómo aceptar que las autoridades se dejaran engañar por la transparente argucia de que los tomos restantes aparecieran con pie de imprenta en Neuchatel, cuando era evidente que sólo la tecnología de la capital francesa podía emprender una publicación de esa magnitud? Es verdad que se movilizaron protecciones tan poderosas como las de Catalina de Rusia y Federico de Prusia, los dos "grandes" que constituyen el "tipo" característico del déspota ilustrado. Pero entre bambalinas otras influencias cegaron sin duda los ojos que debían haber visto, ensordecieron los oídos que debieron oír, cerraron las bocas que debieron hablar. Entre 1762 y 1765 aparecen en rápida sucesión los últimos nueve tomos de texto; entre esta última fecha y 1772 se publican los once volúmenes de láminas, y, por fin, entre 1776 y 1780 ven la luz los cinco tomos del "Apéndice" y los "índices". La gran obra del siglo XVIII estaba terminada.
Darnton calcula que los treinta mil ejemplares de la Enciclopedia representan, al fin de los treinta años de su publicación, más de un millón de volúmenes, lo que sería una hazaña técnica aun para nuestros días. Pero se pregunta a continuación por la verdadera repercusión que pudo tener en un siglo en el que no pasaba del 35 % la proporción de los que sabían firmar, del 30 % la de los que sabían leer y del 15 % la de los que eran capaces de seguir un texto difícil en lengua culta. Gaxotte, por su parte, recuerda que en el estudio que Daniel Mornet hizo de los catálogos de quinientas biblotecas de los principales personajes de París, la Enciclopedia sólo figura en ochenta y dos (9). Emmanuel Le Roy Ladurie, por último, en el prefacio de la obra de Darnton, califica a la obra dirigida por Diderot de antecedente de los medios masivos de difusión. Es posible que tenga más razón de la que él mismo se imagina, pues los "medios" no son hijos espontáneos del avance tecnológico. Tal avance es en todo caso el padre. Su madre insustituible es la concepción progresista del mundo, de la que la Enciclopedia es, a su vez, signo visible y acabado.
(1) DARNTON, ROBERT: L'Aventure de l'Encyclopedie, París, 1982.
(2) GAXOTTE, PIERRE: El siglo de Luis XV, Buenos Aires, 1967.
(3) DURANT, WILL y ARIEL: La Edad de Voltaire, Buenos Aires, 1973, p. 166.
(4) SAULNIER V. L.: La literatura francesa del siglo filosófico, México, 1964, p. 88.
(5) MOUSNIER, R., y LABROUSSE, E.: El siglo XVIII, Barcelona, 1958, p. 92.
(6) GAXOTTE, PIERRE: op. cit., p. 237.
(7) DURANT, WILL y ARIEL: op. cit., p. 163.
(8) Ibídem, p. 165.
(9) GAXOTTE, PIERRE: op. cit., p. 281.
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