
por el Dr. Alberto C. J. Falcionelli
Tomado de La Enciclopedia y el Enciclopedismo
Ediciones OIKOS, Buenos Aires, 1983
Las ideas del siglo XVIII han servido para disimular o favorecer cambios políticos que se han ido radicalizando especialmente durante los siglos XIX y XX. El camino así abierto en el Setecientos lleva, primero, al demoliberalismo por la extensión del sufragio universal, luego, a la democracia del tipo llamado popular, por la radicalización revolucionaria del movimiento abierto en 1750 por la Enciclopedia y de los portadores de los "valores" humanos que pretendió encarnar.
quí se toman los términos "enciclopedia" y "enciclopedismo" estrictamente como expresiones de aquellos movimientos de ideas que nacieron e irradiaron de la empresa editorial lanzada por Rousseau y D'Alembert a partir de 1750 y que la prepararon o acompañaron a lo largo del siglo XVIII como operación destinada a revolucionar las creencias pluriseculares del antiguo régimen y las estructuras políticas, las costumbres morales, las tradiciones intelectuales en las que éste se sustentaba. Para salvar cualquier posibilidad de confusión, especifiquemos que en ningún caso se intenta aludir a lo que se da en llamar, cuando nos referimos al valor científico de tal o cual personalidad, su "espíritu", sus "conocimientos enciclopédicos".
Un Tomás de Aquino, un Pico della Mirándola se valían con entero derecho de conocimientos que sus contemporáneos, de haber existido el término, hubiesen calificado de enciclopédicos. Nosotros podemos hacerlo sin que ello implique la menor analogía entre su obra y la empresa de demolición o de desestabilización de la cristiandad, de la que estamos estudiando los principales aspectos. Esta empresa de desestabilización tiene su punto de arranque, "fáctico" por así decir, en la Revolución Inglesa de 1688, su placa giratoria precisamente en la Enciclopedia, su primera gran etapa en la Revolución Francesa de 1789 y su punto de llegada hacia nuevas proyecciones en la Revolución Soviética de 1917. Pues ésta, si hemos de seguir a Marx y Lenin y los profetas menores de la Iglesia dialéctica, habrá sido la última de las revoluciones gracias, a la cual la humanidad, liberada al fin de sus antiguas sujeciones, limpia de supersticiones y de prejuicios, se instalará confiadamente en el estado irreversible de paz y de felicidad anhelado por el hombre en el momento mismo en que logró erguirse y sostenerse en posición vertical. Por lo visto, estamos en buen camino...
Un Tomás de Aquino, un Pico della Mirándola se valían con entero derecho de conocimientos que sus contemporáneos, de haber existido el término, hubiesen calificado de enciclopédicos. Nosotros podemos hacerlo sin que ello implique la menor analogía entre su obra y la empresa de demolición o de desestabilización de la cristiandad, de la que estamos estudiando los principales aspectos. Esta empresa de desestabilización tiene su punto de arranque, "fáctico" por así decir, en la Revolución Inglesa de 1688, su placa giratoria precisamente en la Enciclopedia, su primera gran etapa en la Revolución Francesa de 1789 y su punto de llegada hacia nuevas proyecciones en la Revolución Soviética de 1917. Pues ésta, si hemos de seguir a Marx y Lenin y los profetas menores de la Iglesia dialéctica, habrá sido la última de las revoluciones gracias, a la cual la humanidad, liberada al fin de sus antiguas sujeciones, limpia de supersticiones y de prejuicios, se instalará confiadamente en el estado irreversible de paz y de felicidad anhelado por el hombre en el momento mismo en que logró erguirse y sostenerse en posición vertical. Por lo visto, estamos en buen camino...
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Las instituciones que, desde hace dos siglos, han ido imponiéndose como por contaminación en el mundo que nos empeñamos en llamar libre, quiero decir, las instituciones surgidas de la matriz liberal de la Ilustración y de su bastardización populista por obra de los discípulos de Rousseau, acelerada por la Revolución Francesa, triunfante con el capitalismo financiero y plutocrático del siglo XIX y comienzos del XX, se han revelado ineficaces a partir del momento en que tuvieron, no ya que imponerse a la sociedad, sino, más duramente, que oponerse a la empresa de subversión general instrumentada por el marxismo-leninismo. Repetirlo suena ahora a tautológico y, sin embargo, es indispensable hacerlo aun corriendo el riesgo de caer en la monotonía y la indiscreción.
El absurdo "no hay enemigo a la izquierda", que, hasta no hace tanto, parecía una paradoja jocosa en su enunciado mismo, nunca lo fue en la mente de quienes lo formulaban. Para el liberal, para el demócrata "de ley" —los términos "liberal" y "demócrata", pese a su proclamada irreconciliabilidad, han acabado haciéndose intercambiables y utilizándose como meros sinónimos—, no existe tal paradoja. En la apreciación del demoliberal de nuestro tiempo, el único enemigo posible, el único imaginable, en el pasado, en el presente, en el futuro, puede encontrarse únicamente a la derecha. Pues todo liberalismo, todo populismo —todo demo-liberalismo, en suma— se nutre en una substancia genuinamente izquierdista, puesto que izquierda es sinónimo de progreso y derecha, necesariamente, de regresión. Aquí cabe puntualizar.
Existe innegablemente una contradicción histórica, es decir, registrada como hecho cumplido, entre liberalismo y populismo, entre un liberal y un demócrata, si nos atenemos al origen respectivo de los vocablos. Con demasiada facilidad se olvida que, si no en los términos todavía, por lo menos en los hechos el proyecto de la Revolución Inglesa de 1688 y el de la revolución intelectual europea del siglo XVIII, cunas del liberalismo, no buscaban, no preconizaban en absoluto la participación de todos los hombres en los asuntos del Estado. En la parte del Setecientos que va de la muerte de Luis XIV —y de la, anulación de su testamento por la alta aristocracia, ansiosa de "pluralismo" feudal, y la gran burguesía económica, dueña del Parlamento y del dinero— a la convocatoria de los Estados Generales en 1789, nacieron y se expandieron corrientes de pensamiento cuyo propósito común era poner en jaque al instituto dinástico acusado por ellas de tiránico y obsoleto.
En ningún caso previsible, aceptaban que el pueblo pudiera hacer oír su voz, directa o indirectamente, en las tareas de gobierno. Los mismos "padres fundadores" de la nación americana, Jefferson incluido, "temían a la democracia más que al pecado original", en cuya presencia y efectividad satánica creían firmemente. Hasta entonces, el instituto dinástico había logrado mantener los intereses particulares de los grupos sociales en los marcos del interés general, para cuyo logro el interés del Estado debía conciliarse con el de los subditos, aun el de los menos provistos, que, por su condición, no pertenecían a la nobleza y al clero ni eran admitidos en el Estado Llano. Se olvida, por consiguiente, que, en el ánimo de sus promotores, la "revolución liberal''' habría de cumplirse en provecho exclusivo de la más alta aristocracia —le partí des Ducs, caro a Saint-Simon— reducida a funciones marginales después de la Fronda pero que había conservado incólume su sed de poder, fundado éste en el parcelamiento feudal del reino; y de la capa más encumbrada de la burguesía, que, aunque detentara ya todas las llaves de la economía nacional, no lograba generalizar su imperio en la medida en que la monarquía no le dejaba controlar la vida política de la nación. En este sentido, el golpe de Estado de 1688, en el que la aristocracia, deseosa, de enriquecerse sin trabas —aristocracia casi toda de reciente promoción, por lo demás—, y la gran burguesía, que quería gobernar, habían derribado la vieja dinastía acusándola de "papismo" para imponerse al conjunto de la nación inglesa, ofrece con el despotismo ilustrado del continente más similitudes de lo que se sospecha por lo general. El propósito era el mismo: hacer de la nación un instrumento pasivo en manos exclusivamente de los "mejores". No cambia nada al asunto que algunos soberanos como José II, Federico el Grande, Catalina II, Carlos III hayan aceptado durante un tiempo prolongado seguir el camino trazado por los nuevos tratadistas políticos como único conducente a una mayor eficacia de gobierno, la cual sólo podría conseguirse mediante una "auto-tiranización" del poder, que, para lograrlo, debía liberarse de toda traba tradicional poniendo el interés del Estado por encima del deseo de los subditos.
"Mi pueblo es un niño enfermo", sentenciaba Federico II con la aprobación incondicional de Voltaire, que emitía juicios idénticos acerca de sus compatriotas. Pues, según esos nuevos filósofos, "aquello que convenía al príncipe era lo que convenía al pueblo" y éste era un dictamen que había de imponerse sin limitaciones. Esta adhesión significa solamente que Austria, Rusia, España, Prusia querían darse los medios que les permitiesen colocarse en el nivel de Inglaterra, considerada por ellos como modelo ejemplar que había que imitar con los medios más apropiados a las condiciones particulares de esos reinos.
Es indiferente que los "déspotas ilustrados" no cayeran en la cuenta de que, para imitar cumplidamente a Inglaterra, era necesario por de pronto adoptar el sistema parlamentario aun cuando éste, tal como se lo practicaba en las islas, no fuese sino una forma hipócrita de despotismo de clase, puesto que se sustentaba en el desprecio absoluto de las masas y en la voluntad deliberada de mantenerlas cuidadosamente alejadas del poder; y que, más aún, era indispensable situarse en niveles económicos como los que el Reino Unido estaba alcanzando con su incipiente Revolución Industrial. Tampoco importa que estos príncipes, o sus sucesores, se hayan echado atrás al comprobar más tarde que el rechazo del proyecto de despotismo ilustrado por la monarquía francesa, lejos de haberse debido, como se pretendía entre "filósofos", a la ceguera de un soberano retrógrado, había sido simple espíritu de previsión por cuanto la radicalización jacobina —por la que ese despotismo pasó del trono a la guillotina— no tardó en darle toda la razón al juicioso Luis XV.
Las diferencias que corren entre la revolución inglesa y sus efectos en el Reino Unido y fuera de él, los propósitos de los promotores del despotismo ilustrado, y la revolución francesa y las esperanzas de sus portadores primitivos son de método y de circunstancia, no por cierto de naturaleza.
Es indiferente que los "déspotas ilustrados" no cayeran en la cuenta de que, para imitar cumplidamente a Inglaterra, era necesario por de pronto adoptar el sistema parlamentario aun cuando éste, tal como se lo practicaba en las islas, no fuese sino una forma hipócrita de despotismo de clase, puesto que se sustentaba en el desprecio absoluto de las masas y en la voluntad deliberada de mantenerlas cuidadosamente alejadas del poder; y que, más aún, era indispensable situarse en niveles económicos como los que el Reino Unido estaba alcanzando con su incipiente Revolución Industrial. Tampoco importa que estos príncipes, o sus sucesores, se hayan echado atrás al comprobar más tarde que el rechazo del proyecto de despotismo ilustrado por la monarquía francesa, lejos de haberse debido, como se pretendía entre "filósofos", a la ceguera de un soberano retrógrado, había sido simple espíritu de previsión por cuanto la radicalización jacobina —por la que ese despotismo pasó del trono a la guillotina— no tardó en darle toda la razón al juicioso Luis XV.
Las diferencias que corren entre la revolución inglesa y sus efectos en el Reino Unido y fuera de él, los propósitos de los promotores del despotismo ilustrado, y la revolución francesa y las esperanzas de sus portadores primitivos son de método y de circunstancia, no por cierto de naturaleza.
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Admitirlo no es caer en un anticomunismo somero desprovisto de trastienda doctrinal propia. Es ir a buscar las causas reales de lo que nos sucede, es decir, remontar del efecto comunista a la causa liberal de la descomposición de la sociedad occidental, pasando por el aglutinante democrático. Es, pura y simplemente, "revolución de salud", esto es, voluntad de reforma intelectual y moral. Quien se coloque en esta perspectiva estará plenamente autorizado a hablar sin reserva de las instituciones que nos rigen y de las fuentes de que han sacado el veneno que las corroe.
(3) La bastardilla es del autor.
(4) SCHLAMM, W. S.: Die Grenzen der Wunders, Zürich, 1959.
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