
Tomado de la Editorial Virtual
Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow
III. LA POTESTAD POLÍTICA
Comentarios a los libros de las Sentencias, de Pedro Lombardo
Libro II, distinción 44, cuestión 2, artículo 2, en el cuerpo
La obediencia a un precepto se da en la medida de la obligatoriedad de su observancia. Esta obligatoriedad es efecto del orden de la potestad, la cual dispone de fuerza coactiva, no sólo respecto de lo temporal sino también de lo espiritual, “en razón de conciencia”, como dice el Apóstol a los Romanos, XIII, 5, porque el orden de la potestad desciende de Dios, según el Apóstol allí mismo indica. Por tanto, en cuanto las potestades proceden de Dios, los cristianos están obligados a obedecerlas; no lo están, en cambio, respecto de aquellas que no proceden de Dios.
Ahora bien, una potestad puede no proceder de Dios por dos motivos: sea en cuanto al modo de ser adquirida, sea en cuanto al uso que se haga de ella. Lo primero puede ocurrir de dos maneras: por defecto de la persona, en cuanto que sea indigna, o por defecto del mismo modo de adquirir la potestad, en cuanto sea adquirida por violencia, o por simonía, o por cualquier modo ilícito. Por el primer defecto no se impide que alguien adquiera el derecho de la potestad; y, puesto que la potestad, según su razón formal, siempre procede de Dios (lo cual es causa del deber de obediencia), por ello, a los que así la adquieren, aunque indignos, los súbditos les deben obediencia.
Pero el segundo defecto impide el derecho de la potestad: en efecto, quien se hace del dominio por violencia no se convierte por ello verdaderamente en magistrado o señor; y por esto, cuando exista la posibilidad, puede alguien repeler tal dominio: a menos que con posterioridad se haga legítimo, sea por el consenso de los súbditos, sea en virtud de autoridad superior.
El abuso de la potestad puede darse de dos maneras: sea, en primer término, porque lo mandado por la potestad sea contrario a aquello a lo cual dicha potestad está ordenada, como sería el caso de que preceptuase un acto que fuese el pecado contrario a la virtud para cuyo cuidado y conservación ha sido ordenada. En tal caso no sólo no hay deber de obediencia, sino además hay deber de no obedecer: así fue como los santos mártires sufrieron la muerte por no obedecer los mandatos impíos de los tiranos.
Sea, en segundo lugar, porque se obligue a algo a lo cual el orden de la potestad no se extiende: tal como si un señor exige un tributo que el siervo no está obligado a dar, o situaciones semejantes; en tales casos el siervo no está obligado a obedecer, pero tampoco a no obedecer.
Exposición sobre la epístola de San Pablo apóstol a los Romanos
Capítulo XIII, versículo 1
La potestad regia, o cualquier otra dignidad, puede ser considerada bajo tres aspectos. El primero en cuanto a la misma potestad, y así ésta procede de Dios, por quien los reyes reinan, como se dice en Proverbios, 8,15.
El segundo corresponde al modo de obtener la potestad, y así a veces la potestad procede de Dios, lo cual es cuando se obtiene según el orden debido, según aquello de Hebreos, 5, 4: “Nadie asume el honor, sino aquel que es llamado por Dios como Aarón”.
A veces, en cambio, no procede de Dios, sino del apetito perverso del hombre, el cual por ambición o por cualquier otro motivo ilícito obtiene la potestad. Amós, 6, 14: “¿Es que acaso no hemos conquistado por nuestra propia fuerza a Carnaím?”.
El tercer aspecto corresponde al uso de la potestad. Y así a veces procede de Dios, como cuando alguien usa la potestad que le ha sido concedida según los preceptos de la divina justicia, según aquello de Proverbios, 8, 15: “Por mí los reyes reinan, etc.”. Y a veces, por el contrario, no procede de Dios, como cuando alguien usa contra la divina justicia la potestad que se le ha dado, según aquello del Salmo 2, 2: “Se alzaron los reyes de la tierra, y los príncipes se confabularon contra el Señor, etc.”.
Se suele dudar acerca de la potestad de pecar, si procede de Dios. A lo cual hay que decir que la misma potencia por la cual se peca procede de Dios. En efecto, es la misma la potencia por la cual se peca y por la cual se actúa rectamente: pero que se ordene al bien, depende de Dios; que se ordene al pecado, depende del defecto de la creatura, en cuanto procede de la nada.
Suma Teológica, parte II, sección I, cuestión 90, artículo 3,
en el cuerpo
La ley propia, primera y principalmente tiene en cuenta el orden al bien común. Ahora bien, ordenar algo al bien común corresponde a toda la multitud o a quien actúa por la multitud. Por tanto, establecer la ley corresponde a toda la multitud, o corresponde a la persona pública que tiene el cuidado de toda la multitud. Pues en todas las cosas, ordenar al fin compete a aquel al cual es propio dicho fin.
Acerca del régimen de los príncipes
Capítulo 7
"La conclusión de que el régimen monárquico es absolutamente el mejor demuestra también cómo se ha de haber el pueblo con él, evitando toda ocasión de tiranía, y que aun en este caso se ha de practicar la tolerancia para evitar mayores males."
29 Puesto que el régimen monárquico es el preferible, por ser el mejor, y corre el peligro de degenerar en tiranía, que es el peor, según queda dicho, se ha de trabajar diligentemente para proveer al pueblo de rey y evitar que caiga en manos de un tirano.
Ante todo es necesario que sea promovido para rey, por aquellos a quienes corresponda, aquel hombre que sea de tal condición, que no es probable que degenere en tirano. De ahí que diga Samuel, en I Reyes 13, 14, recomendando la providencia de Dios en la institución del rey: “Ha buscado Yavé un hombre según su corazón para que sea jefe de su pueblo”. Luego ha de disponerse el gobierno del reino de modo que se evite la ocasión de tiranía. A la vez debe temperarse su poder de modo que no pueda fácilmente declinar hacia el abuso tiránico del mismo. De todo ello nos ocuparemos a continuación.
Finalmente, hay que ver lo que se hace ante un rey que se ha convertido en tirano.
30 Pues bien, si la tiranía no fuese excesiva, es preferible tolerarla por algún tiempo que levantarse contra el tirano, embarcándose en muchos peligros que resultan más funestos que la misma tiranía. Pues puede suceder que los que se levantan contra el tirano no logren triunfar, y entonces el tirano, irritado, se hará más cruel; y si alguno puede prevalecer contra el tirano, ello llevará consigo las más de las veces graves disensiones en el pueblo, tanto en la insurrección contra el tirano como después de su derrocamiento, al dividirse la multitud cuando se trate de reorganizar el gobierno. También ocurre a veces que aquel que ayudó al pueblo a librarse del tirano, una vez que se adueña del poder, temiendo que otro haga con él lo que él hizo con el tirano anterior, oprima al pueblo con mayor servidumbre. Efectivamente, así suele ocurrir en las tiranías, que el tirano posterior sea peor que el precedente, porque no corrige los abusos anteriores y añade otros propios de la malicia de su corazón. De ahí que cuando en Siracusa todos deseaban la muerte de Dionisio, una anciana no dejaba de pedir que sobreviviese incólume. Al saberlo el tirano, le preguntó a qué obedecía su actitud. Ella le contestó diciendo: “Cuando yo era joven teníamos un tirano cruel, cuya muerte deseaba, muerto el cual le sucedió otro más duro, y también deseé vivamente el final de su dominio; luego empezamos a aguantarte a ti, más insoportable que los anteriores. Por tanto, si tú eres removido, otro peor ocupará tu sitio”.
31 En caso de que la tiranía llegue a excesos intolerables, han creído algunos que es deber de los hombres fuertes matar al tirano, exponiendo su vida a los peligros de la muerte por la liberación del pueblo. De ello se encuentra incluso un ejemplo en el Antiguo Testamento, pues un tal Aod mató con su daga a Eglon, rey de Moab, que oprimía al pueblo de Dios con insoportable servidumbre, y fue constituido en juez del pueblo, según se narra en el libro de los Jueces 3, 15-28. Mas esto no concuerda con la doctrina apostólica, pues San Pedro nos enseña (I Pedro 2, 18) que es necesario estar reverentemente sometidos tanto a los señores buenos y moderados como a los rigurosos. Pues es una gracia que uno, por la conciencia de Dios, sobrelleve las tristezas sufriendo injustamente. De ahí que cuando muchos emperadores romanos perseguían tiránicamente la fe de Cristo, una gran multitud de fieles, tanto de la nobleza como del pueblo, son justamente alabados, no por resistir, sino por soportar paciente y animosamente la muerte por Cristo, como fue notorio en el caso de la legión tebana. La acción de Aod fue más bien dar muerte al enemigo que al gobernante tirano del pueblo. De hecho también se lee en el Antiguo Testamento que fueron muertos los que mataron a Joas, rey de Judá, a pesar de haberse apartado del culto de Dios, aunque los hijos de ellos fueron preservados conforme a la ley.
Por lo demás, sería peligrosísimo para la sociedad y para sus gobernantes que cualquiera, movido por su estimación personal, pudiese atentar contra la vida de los gobernantes, aunque sean tiranos. Pues las más de las veces son los malos, y no los buenos, los que se exponen a tales peligros; y a los malos suele resultarles opresor tanto el dominio de los reyes como el de los tiranos, puesto que, según la sentencia de Salomón, en Proverbios 20, 26, “el rey sabio disipa a los impíos”. Por consiguiente, de esa libertad para atentar contra el gobernante, más bien se seguiría el peligro de quedarse el pueblo sin rey que la garantía de liberarse del tirano.
32 Parece más razonable proceder contra la crueldad de los tiranos, no por iniciativa privada de algunos, sino por la autoridad pública. En primer lugar, si al derecho de una multitud pertenece el darse un rey, la misma multitud puede justamente deponerlo o refrenar su potestad, si abusa tiránicamente del poder real. Y no hay que pensar que tal multitud cometa una infidelidad destituyendo al tirano, aun cuando se hubiese sometido a él a perpetuidad, ya que él mismo se mereció que, no comportándose fielmente en el gobierno del pueblo tal como exige su deber, los súbditos no guarden el pacto con él contraído. Así los romanos destituyeron del reinado a Tarquino el Soberbio, a quien habían constituido rey, debido a la tiranía de él y de sus hijos, sustituyendo el reinado por un poder inferior, cual es el consular. Así también Domiciano, que había sucedido a los muy comedidos emperadores Vespasiano, su padre, y Tito, su hermano, cuando se desmandó en tiranía fue muerto por el Senado romano, que revocó justa y saludablemente todas las disposiciones perversas a que había sometido a los romanos. A ello se debió que san Juan Evangelista, el discípulo amado de Dios, que había sido exiliado por el mismo Domiciano a la isla de Patmos, pudiese volver a Éfeso por disposición del Senado.
33 Pero si compete al derecho de un superior proveer de rey a un pueblo, de él es de quien debe esperarse el remedio contra la injusticia del tirano. Así ocurrió con Arquelao, que había empezado a reinar en Judea, sucediendo a su padre Herodes, a quien también imitaba en maldad, cuando al quejarse de él los judíos ante César Augusto, éste empezó a disminuirle el poder, privándole del título de rey y dividiendo la mitad de su reino entre sus dos hermanos; después, al no bastar esto para reprimir su tiranía, César Tiberio lo exilió a Lyon, ciudad de las Galias.
34 En caso de no contar con auxilio humano alguno contra el tirano, debe recurrirse a Dios, Rey de todos, que es, según el Salmo 9, 10, “el asilo del oprimido al tiempo de la calamidad”. Pues en su poder está convertir a la mansedumbre el cruel corazón del tirano, según la sentencia de Salomón, en Proverbios 21, 1: “Arroyo de agua es el corazón del rey, que Él dirige a donde le place”.
Él fue efectivamente quien cambió en mansedumbre la crueldad del rey Asuero que se disponía a dar muerte a los judíos. Él fue quien convirtió al cruel rey Nabucodonosor de tal modo que vino a ser el predicador del poder divino, según se narra en Daniel 4, 34: “Y ahora yo, Nabucodonosor, alabo, ensalzo y glorifico al Rey del cielo, cuyas obras todas son verdad, cuyos caminos todos son justos, y que puede humillar a los que andan en soberbia”. En cambio, a los tiranos que juzga indignos de conversión, los puede quitar de en medio o reducirlos al ínfimo estado, según aquello del Sabio, en Eclesiástico 10, 17: “Los tronos de los príncipes derriba el Señor, y en lugar suyo asienta a los mansos”. También fue Él quien viendo la aflicción de su pueblo en Egipto y oyendo su clamor, sumergió en el mar al faraón tirano con todo su ejército, según se refiere en Éxodo 14, 28. Igualmente fue Él quien transformó al mencionado Nabucodonosor en semejanza de bestia, cuando, en su soberbia, no sólo lo arrojó del trono real, sino también de la comunidad de los hombres, según se narra en Daniel 4, 30. No es que “no se haya acortado la mano salvadora de Yavé” (Isaías 59, 1), de modo que no pueda liberar a su pueblo de los tiranos, pues por el mismo Isaías (14, 3; 58, 1), promete dar a su pueblo el descanso del trabajo y de la confusión y librarle de la dura servidumbre que antes había padecido. Y por boca de Ezequiel 34, 10, dice: “Les arrancaré de la boca mis ovejas”, es decir, de los pastores que se apacientan a sí mismos.
Mas para que el pueblo pueda merecer este beneficio de Dios debe cesar de cometer pecados, porque los impíos llegan al poder por permisión divina en castigo del pecado, conforme dice el Señor por Oseas, 13, 11: “Te di rey en mi furor”; y en Job, 34, 30, se dice que “hace que reine un hombre hipócrita por los pecados del pueblo”. Por consiguiente, para que cese la plaga de los tiranos es necesario quitar la culpa.