Colección de escritos de distintos autores, de distintos tiempos históricos, y de distintos lugares geográficos, sobre temas de doctrina religiosa, filosófica y política, perennes e insoslayables para un católico, pues hacen al bien común terrenal, y a la salvación del alma.

martes, 8 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (2)






Tomado de la Editorial Virtual



Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow






II. EL FIN DE LA SOCIEDAD POLÍTICA

Exposición sobre los diez libros Éticos a Nicómaco, de Aristóteles
Libro I, lección 2, parágrafo 30

Es claro que una causa, mientras más extenso sea el ámbito en el que ejerce su poder, tiene prioridad sobre otras y es superior a ellas. Por lo cual el bien, que tiene razón de causa final, es superior en la medida en que se extiende a un ámbito mayor. Por lo cual, si un mismo bien es de un hombre y de toda la ciudad, mucho mejor y más perfecto es procurarlo y conservarlo en cuanto bien de toda la ciudad que en cuanto bien de un solo hombre.

Corresponde, por otra parte, al amor que debe existir entre los hombres, que se conserve el bien, aún el de un solo hombre. Ahora bien, mucho mejor y más divino es que este amor se manifieste respecto de toda la nación y a las ciudades. A veces es deseable que se manifieste respecto de una sola ciudad, pero es más divino que se extienda a toda la nación, en la cual se comprenden muchas ciudades. Se dice que esto es más divino, pues se da en ello en mayor grado la semejanza de Dios, que es la causa última de todos los bienes.

Este bien, el que es común a una o a muchas ciudades, es objeto de una actividad o un cierto arte, al cual se le llama civil.

Suma contra los Gentiles
Libro III, capítulo 24

El bien de una cosa puede ser entendido de varias maneras. La primera, en cuanto es propio de ella en razón de su individualidad. De este modo apetece el animal el alimento, por el cual se conserva en la existencia. La segunda, en cuanto es suyo en razón de su especie, y así el animal apetece su propio bien al apetecer la generación de la prole y su nutrición, o lo que se haga para la conservación y defensa de los individuos de su especie. La tercera, en cuanto lo es en razón del género. Y así apetece su propio bien al producir su efecto un agente equívoco, como el cielo. Y la cuarta forma, en cuanto a la semejanza de analogía entre los efectos y su principio. Y de este modo Dios, que está fuera de todo género, en razón de su propio bien da el ser a todas las cosas.

Por lo cual queda claro que, en tanto algo posea una virtud más perfecta y su grado de bondad sea más eminente, en esa medida posee el apetito más universal del bien, y lo quiere y lo realiza en lo más alejado de sí mismo. Las cosas imperfectas tienden sólo al bien propio del individuo; las perfectas al bien de la especie, y las más perfectas al bien del género: Dios, en cambio, que es perfectísimo en bondad, tiende al bien de todo ente. Por lo cual no sin razón dicen algunos que “el bien, en cuanto tal, es difusivo”: ya que, cuanto mejor es algo, a cosas tanto más remotas difunde su bondad.

Cuestión disputada sobre la Caridad,
Artículo 4, respuesta a la segunda objeción

Existe un bien propio de un hombre en cuanto es persona singular, y en cuanto al amor de este bien, cada uno es para sí el principal objeto de amor. Hay, por otra parte, un bien común que pertenece a éste o a aquél en cuanto son partes de un todo, como es el caso del soldado, en cuanto parte del ejército, y del ciudadano, que es parte de la ciudad; y en cuanto al amor de este bien, su principal objeto es aquello en lo cual este bien principalmente radica, tal como el bien del ejército radica en su conductor, y el bien de la ciudad en el rey. Por lo cual al oficio del buen soldado corresponde que descuide aún su propia conservación para conservar el bien del conductor, de la misma manera como un hombre naturalmente expone su brazo para salvar la cabeza.

Cuestión disputada sobre las creaturas espirituales
Artículo 8, respuesta a la quinta objeción

Puesto que el afecto sigue al conocimiento, cuanto más universal sea éste, en tanto el afecto consiguiente se referirá al bien común. Y cuanto más particular sea el conocimiento, en tanto el afecto que le sigue corresponde a un bien privado. Por lo cual, en nosotros, el amor del bien privado proviene del conocimiento sensitivo, y en cambio el amor del bien común y absoluto nace del conocimiento intelectivo.

Suma Teológica, parte II, sección II, cuestión 58, artículo 7
Respuesta a la segunda objeción

El bien común de la ciudad y el bien particular de una persona no difieren sólo como lo mucho difiere de lo poco, sino según una diferencia formal: son distintas, en efecto, la razón de bien común y la de bien particular, tal como son distintas la razón de todo y la de parte. Por esto el Filósofo, en el libro I de la Política, sostiene que “no dicen bien los que afirman que la ciudad y la casa y otras comunidades semejantes difieren sólo según multitud y parvedad, y no según especie”.

Suma Teológica, parte II, sección I, cuestión 92, artículo 1
Respuesta a la tercera objeción

Puesto que un hombre es parte de la ciudad, es imposible que sea bueno si no está bien ordenado respecto del bien común: un todo no puede estar bien constituido si sus partes no le están ordenadas. Por lo cual es imposible que el bien común de la ciudad sea bien logrado si los ciudadanos no son virtuosos, al menos aquellos a los cuales compete gobernar; respecto de los demás, y en lo que corresponde al bien de la comunidad, es suficiente que sean virtuosos en la obediencia a los mandatos del príncipe. Por esto el Filósofo dice, en el libro III de la Política, que “es la misma la virtud del príncipe y la del buen varón; en cambio no es la misma la virtud de cualquier ciudadano y la del buen varón”.

Suma Teológica, parte II, sección II, cuestión 47, artículo 10
Respuesta a la segunda objeción

Aquel que quiere el bien común de la multitud quiere también en consecuencia el bien suyo, por dos razones. Primero, porque el bien propio no puede existir sin el bien común, sea de la familia, de la ciudad o del reino. Por lo cual Máximo Valerio dice de los antiguos romanos que “preferían ser pobres en un imperio rico que ricos en un imperio pobre”.

Segundo, porque, por ser el hombre parte de la casa y de la ciudad, es menester que considere qué es lo bueno para él teniendo en cuenta qué es lo prudente respecto del bien de la multitud: pues, en efecto, la buena disposición de las partes se juzga de acuerdo a su relación al todo. Por esto Agustín dice, en el libro de las Confesiones, que “es deforme aquella parte que no está en congruencia con su todo”.

Suma Teológica, parte II, sección I, cuestión 21, artículo 4
Respuesta a la tercera objeción:

El hombre no se ordena a la comunidad política de modo absoluto y según todo lo que es suyo: y por tanto no es preciso que cualquier acto suyo sea meritorio o demeritorio por referencia a la comunidad política. Pero todo lo que el hombre es, y lo que puede y lo que tiene, ha de ser referido a Dios: por lo cual todo acto humano bueno o malo tiene, en cuanto tal, razón de mérito o de demérito ante Dios.


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