
por el R.P. Julio Meinvielle
Copia escaneada de la tercera edición reproducida en la Colección “Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino”, volumen 3º, editado en Bs. Aires en el año 1974. Al final se agregan como Apéndices (incluidos también en el volumen citado) varios trabajos del autor relacionados con el tema y un ensayo sobre Maurras).
.........................
4. POLITICA Y TEOLOGIA

a política debe servir al hombre. He aquí la gran verdad, que estamos proclamando con insistencia.
De aquí que, llegado el caso de que este bien moral del hombre, sin ser destruido, fuese subordinado a un bien superior, la política tendría también que subordinarse a ese mismo bien superior.
Tal es lo que ocurre en la presente economía de cosas en que Dios, por un efecto de su infinita bondad, se ha dignado elevar al hombre a un fin sobrenatural, totalmente no debido a toda naturaleza creada o creable.
El bien que ha de procurar la política en la presente condición de la humanidad rescatada no espuramente ético: está subordinado al fin sobrenatural. Lo cual no significa que deba regir a los ciudadanos para llevarlos a la vida eterna. Ni tiene potestad, ni es capaz de ello. Su misión es ordenar la vida de la comunidad en su condición terrestre. Pero al ordenarla en su condición terrestre, al legislar las condiciones de la convivencia social, ha de tener presente esta elevación sobrenatural del hombre, y no solamente no ha de dictaminar nada que se oponga a la fe cristiana, sino que ha de ponerse al servicio de ella, según explicaremos al referirnos a las funciones de la autoridad.
La política no es independiente de la teología; está intrínsecamente subordinada a ella como loestá toda actividad moral. La verdad de esta doctrina escapa a la mutilada inteligencia moderna, que ni conoce el ámbito propio de la política ni el de la teología, ni posee el sentido de la subordinación jerárquica.
Santo Tomás la expone de modo admirable en su mencionado opúsculo DEL. REINO.
Puesto que el fin de esta vida que merece aquí abajo el nombre de vida buena es la beatitud celeste —dice Santo Tomás—, es propio de la función real procurar la vida buena de la multitud en cuanto le es necesaria para hacerle obtener la felicidad celeste; lo cual significa que el rey debe prescribir lo que conduce a ese fin y, en la medida de lo posible, prohibir lo que se opone.
Cual sea el camino que conduce a la verdadera beatitud y cuáles sus obstáculos, conócese por la ley divina, cuya doctrina está reservada al sacerdote, según aquello de Malaquías: "Los labios del sacerdote son depositarios del saber".
De aquí que para el buen gobierno de una sociedad política sea menester instruirse del magisterio de la Iglesia, la cual, poseedora de todo saber humano y divino, conoce "la verdadera finalidad de la sociedad política". Si el laicismo es un sangriento absurdo en el puro orden natural, en el orden sobrenatural a que está elevado el hombre, no hay palabra adecuada para definirlo. Sólo el diablo ha podido alucinar con este engendro de imbecilidad a las naciones cristianas, convenciéndolas de que hay sectores de la actividad humana que se bastan a sí mismos, que están dotados del privilegio de la Aseidad, que no necesitan doblegarse ni ante la Iglesia ni ante Dios. Hasta ha podido convencer a buen número de católicos, que sólo conocen de la Escritura —por haberlo leído en los autores liberales y socialistas— aquello de "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", ha podido convencerlos —digo— de que el César (la política) forma un mundo aparte, omnisuficiente. Como si el César, con lo que al César pertenece, no estuviera subordinado, como todo lo contingente, a Aquél de quien desciende todo bien.
En resumen, la sociedad política es esencialmente moral, porque moral es el movimiento que laorigina y porque del orden moral es la ley fundamental que la rige. De ahí que deba permanecer intrínsecamente suspendida del orden teológico.
Todo lo dicho nos conduce a determinar en la constitución esencial de la sociedad política lascuatro causas: eficiente, material, formal y final, que, según enseña Aristóteles, agotan la esencia de todo ser.
Las familias y demás asociaciones naturales y libres que se congregan en la unidad social son lacausa material, el elemento indeterminado de la esencia política. No son, pues, los individuos quienes integran inmediatamente la sociedad, ni en quienes, en último término, ella se resuelve. Esta observación es de capital importancia para resolver los problemas planteados por la democracia moderna, con el sufragio universal y el feminismo.
El vínculo concreto, el régimen de sociedad por el cual todas las familias viven congregadas en la conspiración del bien común, constituye la causa formal.
El bien común temporal, cuya realización se procura, es la causa final próxima de la sociedad, ylos hombres, impulsados por la ley natural a entrar en sociedad política, son la causa eficiente de la misma.
5. NI INDIVIDUALISMO NI ESTATISMO
Al exponer los errores modernos en la cuestión presente, decíamos que así como el artificialismode Rousseau es individualista, el fisicismo de Maurras es estatista.
La concepción católica, al mismo tiempo que corrige los dos mencionados errores sobre la naturaleza de la política —que convulsionan el mundo moderno—, evita sus dos desastrosos corolarios: el individualismo, que, desatando al hombre de todos los vínculos que lo protegían en la vida social, lo condena a perecer indefenso en las fauces del más fuerte, y el estatismo, que, so pretexto de salvar a la nación desquiciada por la anarquía individual, absorbe en el Dios-Estado los derechos intangibles de cada hombre.
Ni individualismo, ni estatismo. No lo primero, porque la incorporación al Estado es necesariapara que el individuo logre su plena formación humana. Tampoco lo segundo, porque su incorporación al Estado es una y no la única de las etapas en la serie de bienes que perfeccionan al hombre.
La doctrina católica es la cima de un monte que salva, trascendiendo, cuanto de verdad contieneel individualismo y el estatismo. Santo Tomás, como siempre, nos proporciona en fórmula transparente la doctrina católica más pura.
Manifiesto es —dice— que todos los que viven en comunidad son, respecto a la comunidad, como partes de un todo y, como tal, ordenables al bien del todo (II - II, q. 58, a. 5); pero el hombre nose ordena a la comunidad política con todo su ser y todas sus cosas (secundum se totum et secundum omnia sua), sino tan sólo bajo el aspecto de la temporalidad pública de sus actos. Esta ordinabilidad parcial del hombre a la ciudad terrestre está subordinada, por otra parte, al otro aspecto que tiene por fin último el Bien Increado. (I - II, q. 21, a. 4, ad 3).
La Iglesia, que ha enseñado siempre la obligación moral de obedecer a la potestad civil, no hainmolado ante ningún poder de la tierra los derechos de Dios, que prevalecen sobre los del hombre. Los mártires nos dan la más persuasiva lección a este respecto.
La persona humana que se ordena, con cierta relatividad, al bien del Estado, como una parte del todo, se ordena también, con una relatividad más estrecha, al bien sobrenatural que nos comunica la Iglesia, y se ordena, de un modo absoluto y total, a Dios, que es bien común de todos. (S. Tomás, II – II, q. 26, a. 3).
Durante su peregrinación terrestre, toda persona humana pertenece a dos ciudades: una ciudadterrestre, que tiene por fin el bien común temporal; y una ciudad celeste, cuyo fin es la vida eterna. Entre los mismos muros y en la misma multitud humana hay dos pueblos, y estos dos pueblos dan origen a dos vidas distintas, a dos principados, a un doble orden jurídico.
Verdad antigua como la Iglesia, que el Papa Gelasio enseñaba en el siglo V: "Hay dos poderes por los cuales está este mundo soberanamente gobernado: la santa autoridad del Pontífice y el poder
real".
Distinción de una y otra vida, de uno y otro poder, explicada magistralmente por León XIII en la famosa IMMORTALE DEI: "Dios ha repartido entre el poder eclesiástico y el poder civil el cuidado de procurar el bien del género humano. Ha propuesto el primero para las cosas divinas y el segundo para las humanas. Cada uno, en su orden, es soberano. Uno y otro están circunscriptos dentro de limites perfectamente determinados y trazados en conformidad con su naturaleza y su principio".
Mas distinción no es separación. Son dos cosas distintas, pero unidas. Unidas jerárquicamente en la primacía de lo eterno sobre lo temporal, de la Iglesia sobre la sociedad política, de Dios sobre el
hombre.
Como puede apreciar el lector, nos cuidamos de anatemizar este error del absolutismo o estatismo, recurriendo a una falaz distinción de individuo y persona que ha alcanzado últimamente popularidad, como si el error del estatismo proviniese de considerar al hombre como un mero individuo, desprovisto de los atributos de persona.
Sin entrar a replicar lo inconsistente de esta distinción y su inaplicabilidad al caso presente (8) hacemos notar que la anatematización del estatismo o absolutismo del Estado es tan antigua como la Iglesia, la cual, ya en timpos del apóstol San Pedro, no muchos días después de la Ascensión de Jesucristo, enseñaba: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres (HECHOS DE LOS APÓSTOLES, 2, 29) , sin que, ni entonces ni después, se les haya ocurrido invocar ésta o parecida distinción.
El estatismo es un absurdo monstruoso, porque hace derivar del Estado todo Derecho, cuando lasana razón enseña que si es cierto que el Estado tiene ciertos y determinados derechos, también tienen los suyos —y tan inalienables como los del Estado— el hombre-individuo, el hombre-familia y el hombre-sociedad particular. Y precisamente la ordenación divina, manifestada por la ley natural, dice que si el Estado debe ordenar al bien común todos estos derechos del hombre-individuo, del hombre-familia y del hombre-sociedad, debe ordenarlos, no devorándolos, sino defendiéndolos y protegiéndolos.
Porque para esto viven los hombres en sociedad: para proteger sus legítimos e inalienables derechos, que no podrían hacer valer en la selva, donde imperaría la ley del más fuerte. De manera que la razón que justifica la existencia y la necesidad del Estado condena el estatismo. Porque el Estado no es para suprimir, sino para asegurar los derechos de las unidades que le están subordinadas.
Además, como hemos visto en aquel luminoso artículo donde Santo Tomás (I - II, q. 94, a. 2)establece el orden de los preceptos naturales, primero que los deberes y derechos sociales son para cada hombre los deberes y derechos que le competen en la conservación de su propio ser y en la perpetuación de la especie; es decir, sus deberes y derechos como hombre-individuo y como hombre-familia. Luego, si de la ley natural arranca la necesidad del Estado, no puede éste constituirse en forma tal que quebrante y destruya aquellos derechos anteriores que la misma ley natural ha acordado al hombre.
En fin, que es tal la condición del hombre, en atención precisamente, a su naturaleza racional, asu alma inmortal, que no puede ser absorbida por ninguna atadura terrestre. Su fin, su destino eterno, sobrepasa infinitamente el destino temporal de la estadía terrestre en que vive ordenado bajo el Estado.
Ahora bien; si el Estado quisiera ordenar el destino eterno del hombre, condicionándolo a sus fines temporales, sería absurdo y monstruoso, porque es lo temporal lo que ha de ponerse al servicio de lo eterno, como lo relativo debe servir a lo absoluto.
Finalmente: el estatismo o totalitarismo proviene de hacer del Estado el supremo Todo, del cualse derivan los derechos de los individuos y de las familias como si el hombre-individuo no tuviese otra ordenación y otro destino que ser una parte más o menos conspicua de este Todo; en cambio, en la sana doctrina, el hombre es un todo, completo, autónomo, que en razón de su destino no se ordena sino a Dios, y de Él deriva el Estado, como una sociedad que ha de perfeccionarle.
De lo dicho se desprende que la órbita de actividad de un hombre, por indefenso que se le suponga, no puede ser comprendida totalmente por la sociedad política ni por ninguna otra sociedad, inclusive la Iglesia. En otro sitio (UN JUICIO CATÓLICO SOBRE LOS PROBLEMAS NUEVOS DE LA POLÍTICA), ha sido esto expuesto en forma terminante, que merece recordarse aquí: ..."la política es una parte de la actividad humana. No es el poder único que lo abarca todo y lo constituye todo. Tiene un ámbito limitado de actividad, especificado por su objeto propio. Fuera de la política hay otras actividades y otros poderes que de ningún modo pueden fundirse en el político. Son éstos: el Poder religioso, los poderes económicos (9) los poderes individuales... De esta suerte, la actividad del hombre no puede ser gobernada totalmente por un solo poder. Pretenderlo sería incurrir en el totalitarismo, que es una concepción brutal y antihumana del hombre".
Es éste el error del comunismo, lo es asimismo del nacional-socialismo, y no lo es menos deldemoliberalismo, "ya que, éste, al suprimir el Poder Espiritual y los poderes económicos, deja entregados los individuos y la sociedad a una burguesía materialista devoradora y todo queda totalitarizado en un régimen laico, burgués y democratista. (Ver ibidem, pág. 42).
Por esto, nada más admirable que la doctrina católica, que al hacer descender de Dios —Simplísima y Riquísima Unidad — al hombre, hace descender de Él también aquellas sociedades tales como la familia, el Estado y la Iglesia, que si bien limitan al hombre, es para ponerse reverentes a su servicio y hacerle llegar hasta Aquél de cuyas manos ha salido. Porque si el hombre salió de Dios, a Él ha de volver, pero ha de volver a través de la familia, del Estado y de la Iglesia, que son los cauces naturales por donde Dios quiere que vuelva. Pero para que en verdad pueda el hombre, a través de estos cauces, llegar hasta Dios, es menester que éstos se conserven dentro de sus propios límites, fijados por el Creador. De aquí que sólo una doctrina como la católica, que pone el Primer Principio como fuente y coronamiento del hombre, pueda salvarle a él y a aquellas sociedades que a él se refieren, porque lo múltiple sólo puede ser armonizado y unificado por el principio Uno del que ha salido.
Por el contrario, toda doctrina desconocedora del Primer Principio, que parta de una idea o de un hecho, llámese libertad individual o nación, Estado, comunidad, clase trabajadora o raza, fingirá un Absoluto, que por lo mismo no puede ser limitado por nadie ni por nada.
Es fácil adivinar los absurdos monstruosos que de aquí se derivan. Porque este Absoluto, ilimitado, es por definición un hecho que por serlo está sujeto a mil limitaciones; es un hecho que coexiste en medio de otros mil que pueden ser glorificados como él y de donde han de surgir una infinidad de Absolutos o ilimitados, que a la postre han de terminar con un total y absoluto desgarramiento del hombre. ¿Quién podrá imaginar el destino de esta pobre piltrafa humana que es cada hombre si es tironeado por infinitos absolutos?.
Sólo entonces aquella doctrina que ponga un Absoluto, uno sólo, allí donde deba ponerlo, podrásalvar a la sociedad política, y con ella al hombre en función de quien aquélla existe. Porque este Absoluto no será entonces el engendro de un pobre cerebro humano, sino la eterna e infinita substancia, que en riquísima y fecunda simplicidad lo contiene todo, y de quien todo lo creado deriva y a quien todo ha de retornar.
Porque toda dádiva preciosa y todo don perfecto de arriba viene, como que desciende del Padre de las luces, es quien no cabe mudanza ni sombra de variación. (Santiago, I, 7).
II. El problema de la soberanía
Hemos estudiado las bases filosóficas de la política para llegar a la conclusión de que es una ética que tiene por ley fundamental asegurar el bien común terrestre a las familias congregadas en elcuerpo social.
Determinamos la naturaleza de este bien público destacando sus dos caracteres de moral y teológico, ya que ha de responder al fin asignado por Dios al hombre en la economía presente, a saber: el mismo Dios poseído en la visión intuitiva. Lo cual significa que el Estado, al regular al hombre en la vida social, ha de tener en cuenta su elevación sobrenatural, no dictaminando nada que pueda obstaculizar esta elevación, y al mismo tiempo proporcionándole los demás bienes humanos, de tal manera que le dispongan, en el orden natural, para alcanzar esta sobreelevación.
Movida la sociedad política por el bien humano, como por su bien específico, queda excluido elliberalismo rousseauniano, que finge la sociedad política como medio de garantizar las libertades individuales; y el estatismo, que sacrifica en las fauces del Moloc-Estado los derechos de los individuos humanos.
Pero si la sociedad política es un conjunto de unidades que debe aspirar a un bien específicopropio, que no es la resultante de los bienes particulares a que éstas tienden, es necesario que haya en ella una autoridad que promueva eficazmente este bien común a que aspira. Santo Tomás de Aquino ha expresado con su habitual luminosidad esta doctrina, en el primer capítulo de su opúsculo sobre DEL REINO: Si es natural al hombre —dice— que viva en sociedad con otros, es necesario que alguien rija la multitud. Porque existiendo muchos hombres, y cada uno buscando aquello que le conviene, la multitud se disolvería si no hubiese quien cuidase del bien de la multitud; del mismo modo que se disolvería el cuerpo del hombre y el de cualquier animal si no existiese en su cuerpo una fuerza de dirección que atendiese al bien común de todos los miembros. Esta consideración movió a Salomón a decir: "Donde no hay un gobernador, el pueblo se disipa". (Prov. 11, 3). Acontece esto razonablemente, pues no es lo mismo lo propio que lo común. Porque en cuanto a lo propio, las cosas difieren: y en cuanto a lo común, se unen. Porque cosas diversas tienen causas diversas. Es, pues, necesario que además de lo que mueve a cada uno a su bien propio, haya algo que lo mueva al bien común de todos.
Con estos términos establece el Angélico Doctor la necesidad de la autoridad pública y, por tanto,el derecho de la soberanía, que no es otra cosa que la facultad que compete a toda sociedad, plenamente suficiente en el ámbito de lo temporal, de procurar eficazmente su propio bien.
Si el cuerpo social, que es una institución de derecho natural, reclamada por ley que ha inscriptoDios en el fondo del ser humano, exige, en forma ineludible, para su existencia permanente, un poder soberano, se sigue que la soberanía política es también de derecho natural, lo que significa que tiene a Dios por autor. La soberanía, entonces, viene de Dios. Omnis potestas a Deo est, dice San Pablo en recio lenguaje.
Si el bien común temporal es la razón especificativa del cuerpo social; y si para asegurar la existencia de éste es reclamada la soberanía política, se sigue que ésta, en su esencia y funciones, está limitada por este mismo bien común temporal. Quedan, entonces, fijados con precisión los límites de la soberanía política. El poder soberano, cualquiera que fuere su organización, no puede extralimitarse en sus funciones, de suerte que salga fuera del ámbito de su propia esencia, que es la procuración eficaz del bien común.
Si ampliando el concepto de autoridad pública, tenemos presente que ésta ha de ordenar al biencomún los esfuerzos individuales y sociales de seres que se determinan libremente por su razón, concluiremos que la soberanía importa la facultad de imponer a los súbditos ordenaciones razonables que dirijan su actividad hacia el bien común, o sea de regularlos por la ley. Y como la ley sería completamente ineficaz sin la facultad de juzgar sobre su cumplimiento e infracción y de aplicar las sanciones correspondientes a los que la violen, se sigue que la soberanía incluye la potestad de legislar, juzgar y castigar a los miembros de la colectividad social para hacerles realizar el bien colectivo.
En resumen: la soberanía política es, entonces, en la buena doctrina de la Iglesia, que encuentrasu mejor expresión en Santo Tomás, la facultad que compete a la sociedad política de imponer, en forma efectiva, leyes que aseguren el bien colectivo de la multitud congregada.
1. DOCTRINA FALSA DE LA SOBERANIA
Retengamos firme este concepto para apreciar cuán al margen de la verdad católica y de la sanarazón es la idea de soberanía que se forjan los estadistas modernos. Para ellos "la soberanía es la fuente de todo el poder del Estado, con los caracteres de absoluta, ilimitada, indivisible, inalienable e imprescriptible".
Y recalcando estas expresiones, se añade: "la soberanía es un concepto absoluto; cualquierlimitación la hace desaparecer; su nota esencial consiste en que nada ni nadie puede limitarla". (Mariano de Vedia y Mitre. CURSO DE DERECHO POLÍTICO).
Es explicable que tal concepto de la soberanía no lo encuentre el citado profesor formulado porprimera vez sino en el siglo XVI, por Bodin, y haga a Rousseau el teórico integral de ella. "Ni a Aristóteles ni a Santo Tomás les preocupó nunca la idea de la soberanía", añade.
Si por soberanía se entiende cosa tan monstruosa —un absoluto en el orden fenoménico—, nodebe sorprendernos que Santo Tomás ni Aristóteles hayan imaginado tal engendro. Es menester arribar a la época moderna, donde la inteligencia, desviada de su objeto propio, que es la consideración del ser, se mueve vertiginosamente en el vacío, para encontrar una infinidad de entes absolutos que fabrica el hombre y se llaman Estado, Derecho, Pueblo, Soberanía, Democracia, Libertad, Ciencia, Humanidad, etc. Otros tantos mitos o ídolos que llenan la mente de una sociedad que está dispuesta a endiosarlo todo con tal de destronar al Único que tiene derecho de reinar con absoluta soberanía sobre todo lo creado.
Lo que sí causa estupefacción es la petulancia de tanto homúnculo moderno que llega a imaginarque de tal suerte ha escalado el hombre del siglo XIX la cima del progreso, que sólo él, gracias aJuan Jacobo Rousseau, ha podido usufructuar de la soberanía. El hombre, que ha conocido las más diversas y perfeccionadas civilizaciones en todas las latitudes, habría vivido durante decenas de siglos sin sospechar la existencia de algo tan esencial a la sociedad política como la soberanía.
Pero no es la soberanía lo que inventó Juan Jacobo, sino el mito de la soberanía popular. Elpueblo, que, lejos de ser gobernado y encaminado al bien, es gobernante y creador de toda moralidad y derecho.
No es necesario ya recurrir a un ser extramundano, a una Inteligencia Ordenadora, para saber si el hombre debe vivir en la selva o en la sociedad, si ha de ajustarse a la ley o no, si ha de mandar o ha de obedecer. El mismo hombre, dejado a su libérrimo y soberano arbitrio, dará respuesta a estos interrogantes.
Y no será el hombre, precisamente, que por el cultivo de su propio ser ha alcanzado la plenitudde su perfección, de suerte que vive constante y perpetuamente la ley de la razón, sino el hombre, cualquier hombre, por plebeyo que fuere, quien, agrupado en la multitud, dictaminará sobre estos trascendentales problemas.
Para ello imagina Rousseau que los hombres, libres e iguales, reunidos en solemne convención,acuerdan vivir mancomunados; en virtud de este pacto engéndrase una todopoderosa voluntad general, dotada de absolutismo —ya que absorbió en sus entrañas la irrefrenable libertad de los millares de asociados—, y con un impetuoso dinamismo para crear todos los derechos y obligaciones.
Esta Voluntad General es la voluntad del pueblo, de la mayoría, de la mitad más uno. La soberanía reside, pues, esencial y absolutamente en el pueblo, en la masa informe de todas las unidades individuales, y tiene como razón de ser: asegurar el máximo de libertad a estas mismas unidades.
Dejemos a Rousseau que nos explique las cláusulas del Contrato Social: "Estas cláusulas —dice—, debidamente entendidas, se reducen todas a una sola, a saber: la enajenación total de cada asociado, con todos sus derechos, a toda la comunidad; porque, en primer lugar, dándose cada uno por entero, la condición es la misma para todos; y siendo la condición igual para todos, nadie tiene interés en hacerla onerosa a los demás".
"En fin, dándose cada cual a todos, no se da a nadie; y como no hay un asociado sobre quien no se adquiera el mismo derecho que se le concede sobre sí, se gana el equivalente de todo lo que se pierde y más fuerza para conservar lo que se tiene". "Por lo tanto, si se elimina del pacto social lo que no le es de esencia, nos encontraremos con que se reduce a los términos siguientes: «Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general, y nosotros recibimos, además, a cada miembro como parte indivisible del todo»". (Rousseau, CONTRATO SOCIAL, traducción por Fernando de los Ríos).
Lo que haya que pensar de este engendro lo ha resumido en forma definitiva un ilustre teólogo.
"Referir esta ficción — dice — es haberla refutado, porque a simple vista aparece impío en sus fundamentos, contradictorio en su concepto, monstruoso en sus consecuencias y completamente quimérico y absurdo. Impío, digo, en los fundamentos, porque del ateísmo se origina, esto es, de la radical negación de la sujeción natural del hombre a Dios y a su ley. Contradictorio en su concepto; porque si la innata libertad del hombre no puede limitarse antes del pacto por ninguna obligación, ni derecho, no aparece por qué pueda enajenarse irrevocablemente, total o parcialmente, en virtud del pacto, ya que, excluída una ley superior que dé firmeza a los pactos y donaciones celebrados entre los hombres, no puede concebirse ninguna estable transferencia de dominio de uno a otro. Monstruoso en sus consecuencias, ya que doblega todas las cosas delante del ídolo de la voluntad general; y en lo que a los hechos se refiere, opone a los demás ciudadanos la violencia desenfrenada y la tiranía de los partidos dominantes. Por fin, completamente ridículo y absurdo, porque asigna a la sociedad un origen quimérico, que está en contradicción con el sentido íntimo, con la historia del género humano y con los hechos más evidentes”.
"Y aunque no merece el asunto insistir más, observemos dos puntos, a los que se reduce todo elsistema. El primero es que todo el poder político viene de sólo el pueblo y que de él depende tanto en su origen como en su ser; el segundo es que la misma soberanía popular nace del contrato, ya que cada miembro de la sociedad hizo cesión voluntaria de su propio derecho, y cada uno se entrega al poder, resultante de todos aquellos derechos parciales, o sea al poder de la comunidad. Ahora bien, de estos dos principios, el primero, por su propio y natural peso, conduce a una perfecta anarquía (10), y el otro a un perfecto despotismo y portentoso comunismo”(11). (Cardenal Billot, DE ECCLESIA CRISTI).
-----000-----
(8) Sobre esta cuestión del personalismo cristiano, defendida por Maritain en La personne et le bien commun (París, 1947), ver mi libro, Crítica de la Concepción de Maritain sobre la Persona Humana, Charles de Koninck, De la Primauté du Bien commun. (Traducido al castellano, Madrid, 1952) y Teófilo Urdanoz, O. P. Suma Teológica, T. VIII, Apéndice II, El Bien Común, según Santo Tomás. (N. del A.).
(9) Por poderes económicos no entendemos precisamente los grandes "trusts" financieros que alusivamente regulan hoy toda la vida económica sino la fuerza de que, en lo económico, están dotados los diversos individuos y grupos sociales y que constituyen un sector y dimensión de la sociedad irreductible al poder propiamente político, aunque esté vinculado con él. (N. del A.).
(10) El pueblo es soberano y el gobierno es su empleado, menos que su empleado: su sirviente. No hay entre ellos contrato definido o, por lo menos, duradero. Está contra la naturaleza del cuerpo político que el soberano se imponga una ley que nunca pueda infringir. No debe haber carta consagrada e inviolable que encadene un pueblo a formas constitucionales preestablecidas. El derecho de cambiarlas es la primera de todas las garantías. No hay, no puede haber, ninguna ley fundamental obligatoria para el cuerpo popular, ni siquiera el contrato social. El acto por el cual un pueblo se somete a jefes no es absolutamente sino una comisión, un empleo, en el cual, simplemente oficiales del soberano, ejercen en su nombre el poder del cual los ha hecho depositarias, y que él puede modificar, limitar, volver a tomar cuando le place... Frente a él notiene ningún derecho. No se trata, para ellos, de contratar, sino de obedecer. No tienen condiciones que imponerle; ni pueden reclamar de él ningún compromiso... De grado o a la fuerza, ellos (los magistrados) son los changadores del Estado, más desgraciados que un mucamo o un estibador, puesto que el estibador trabaja en condiciones preestablecidas y el mucamo despedido puede reclamar sus jornales de ocho días. En cuanto el gobierno sale de esa humilde actitud, usurpa, y las constituciones proclamarán que en ese caso la insurrección es, no sólo el más santo de los derechos, sino el primero de los deberes", Taine, en "El antiguo régimen", 1-3, c. 4. 3, citando a Rousseau, "El contrato social", 1-7 III-1, IV-3, etc. (N. del A.).
(11) "La teoría tiene dos caras, y mientras por un lado conduce a la demolición perpetua del gobierno, desemboca por el otro en la dictadura ilimitada del Estado... En efecto, las cláusulas del contrato social se reducen todas a una sola, a saber, la alienación total de cada asociado con todos sus derechos a la comunidad. Cada uno se da entero, tal como se encuentra actualmente él mismo y todas sus fuerzas, de las cuales forman parte los bienes que posee. No hay ninguna excepción ni restricción; nada de cuanto era o poseía anteriormente le pertenece ya en propiedad. Lo que en adelante será y tendrá, sólo le será adjudicado por la delegación del cuerpo social, propietario universal y amo absoluto. Es necesario que el Estado tenga todos los derechos y que los particulares no tengan ninguno; de lo contrario habría entre ellos y él litigios, y como no hay ningún superior común que pueda pronunciarse entre ellos y él esos litigios no tendrían fin. Al contrario, por la completa donación que hace cada uno de sí mismo, la unión es lo más perfecta posible. Por haber renunciado a todo y así mismo, ya nada le queda par reclamar... Todos esos artículos son consecuencia forzosa del contrato social. Desde que, ingresando en un cuerpo, nada reservo de mí mismo, renuncio, por eso solo, a mis bienes, a mis hijos, a mi Iglesia, a mis opiniones. Dejo de ser propietario, padre, cristiano, filósofo. Es el Estado, quien se substituye a mí en todas esas funciones. En lugar de mi voluntad existe en adelante la voluntad pública, es decir, teóricamente, el arbitrio mutable de la mayoría contada por cabezas; de hecho, el arbitrio rígido de la asamblea, de la facción, del individuo que detenta el poder público", Taine, 1. e. § 4 y 5. (N. del A.).