Capítulo VII
CARACTERÍSTICAS DE PIO X
El amable carácter de Pío X y la bondad de su corazón han sido atestiguados por todos cuantos tuvieron con él algún contacto, siendo unánime la opinión, cuando se trata de exaltar lo que generalmente se designa con el nombre de su "bondad" Y esto, ciertamente, no tiene nada de extraño. Un aspecto tan destacado de su personalidad no podía menos de impresionar las mentes de tantos millares de personas que se acercaron a él en los once años de su pontificado, sin mencionar a los que habían sido objeto directo de su caridad inagotable y del suave celo del humilde cura rural de Tómbolo, del párroco de Salzano o de aquellos que le habían conocido íntimamente cuando trabajaba en medio de ellos como canciller de Treviso, Obispo de Mantua y Cardenal Patriarca de Venecia.
Si a esta paterna solicitud en todos los casos de sufrimiento o de desgracia que tenía ocasión de conocer, añadimos la generosa ayuda de su dictamen y consejo, aun en aquellas cuestiones que, aparentemente, carecían de importancia para los no directamente nteresados, la ayuda material y generosas limosnas que dispensaba, tanto en público como en privado, y su extrema delicadeza para los sentimientos de aquellos a quienes favorecía, se comprenderá perfectamente por qué no podrá ser nunca olvidada aquella "bondad" de Pío X y por qué tantas personas se limitan a ensalzar sólo esta visible muestra de su personalidad que tan verdaderamente reflejaba el amor de su Divino Maestro.
Pero sería un gran error creer que esta característica tan atrayente de Pío X le retratara plenamente o resumiera sus dotes y cualidades, nada más lejos de la verdad. Al lado de esta "bondad", y felizmente combinada con la ternura de su corazón paternal, poseía una indomable energía de carácter y una fuerza de voluntad que podrían testificar sin vacilación los que realmente le conocieron, aunque, en más de una ocasión, sorprendiera y aun causara extrañeza a aquellos que tan sólo habían tenido ocasión de experimentar su delicadeza y reserva habituales. Mantenía un absoluto señorío de sí y dominaba los impulsos de su ardiente temperamento. No vacilaba en ceder en asuntos que no consideraba esenciales, y aun estaba dispuesto a considerar y aceptar la opinión de otros si ello no implicaba riesgo de un principio; pero no había en él ninguna debilidad.
Cuando surgía alguna cuestión en la que se hacía necesario definir y mantener los derechos y libertad de la Iglesia, cuando la pureza e integridad de la verdad católica requerían afirmación y defensa o era preciso sostener la disciplina eclesiástica contra la relajación o la influencia mundanas, Pío X revelaba entonces toda la fuerza y energía de su carácter y el intrépido valor de un gran Pontífice consciente de la responsabilidad de su sagrado ministerio y de los deberes que creía tenía que cumplir a toda costa. Era inútil, en tales ocasiones, que nadie tratara de doblegar su constancia; toda tentativa de intimidarle con amenazas o de halagarle con especiosos pretextos o recursos meramente sentimentales, estaba condenada al fracaso.
En tales casos, al cabo de muchos días de reflexión y noches en vela, solía yo verle con una mano extendida sobre la mesa, que iba cerrando poco a poco hasta apretar el puño; entonces, levantando la cabeza, con una mirada severa y decidida en sus ojos, habitualmente tan serenos y tranquilos, me expresaba su resolución definitiva o me daba su juicio en frases breves y mesuradas. Sin necesidad de más palabras, ya sabía uno a qué atenerse.
Para evitar la duda de que quizá yo quisiera supervalorar esta faceta del carácter del Santo Padre y de que mis apreciaciones pudieran hallarse influidas por el afecto, no estará de más apelar aquí al testimonio de otras personas, que, aunque indudablemente menos en contacto con Pío X de lo que yo estuve, se hallaban, no obstante, en condiciones de formular una opinión digna de tenerse en cuenta, basada en su conocimiento y experiencia personales.
Monseñor Baudrillart, miembro de la Academia Francesa y rector del Instituto Católico de París, escribió las palabras siguientes en un artículo de la Revue Pratique d'Apologétique, que bien merecen su reproducción. Dicen así:
"Su mirada, su conversación, todo su ser, respiraban tres cosas: bondad, firmeza, fe. La bondad del hombre, la firmeza del dirigente y la fe del cristiano, del sacerdote, del Pontífice, del hombre de Dios.
"Tu autem, o homo Dei." Esta exclamación del Apóstol subía del corazón a los labios tan pronto se hallaba uno en presencia del Papa. ¡Cuan lejos se hallaba uno entonces de las maquinaciones del mundo y de los manejos políticos! ¡Qué seguridad la que se experimentaba de que de su boca no saldría más palabra que la de Dios! ¡Cuan imposible pensar que se podría acudir al más pequeño artificio o maniobra diplomática en su presencia para engañarle! Había que decirle las cosas tales como eran, sencillamente, y esperar su respuesta con la firme resolución de cumplir con la mejor voluntad cualquiera de sus indicaciones.
"A veces parecía un poco dura esta respuesta. ¡Con qué energía, entonces nos ordenaba el Papa desarraigar la cizaña de aquella parte de la Iglesia que había confiado a nuestro celo!... No teníamos más que mirarle para leer en sus ojos, suaves y tristes, brillantes en su fondo, pero velados por una sombra frases como éstas: "Yo también sufro y más que vosotros, porque tengo que actuar en todas direcciones, reprendiendo y castigando, yo que soy el padre, el padre de todos; pero ése es el deber de mi oficio, el deber que no puedo eludir: el peligro de la Iglesia me lo impone, el peligro de afuera y el todavía peor, de adentro; y ¿tengo acaso derecho a considerar mi propio sufrimiento?
"Pío X era el más sobrenatural de los hombres; el Deus providebit (Dios proveerá) que tenía siempre en los labios es la expresión auténtica de todo su ser religioso y moral. Y ésta es la razón por que, una vez seguro de que su deber era actuar en esta o aquella dirección, no se paraba a considerar las consecuencias, confiado en que Dios sabría sacar un bien mayor y duradero de un mal menor y transitorio.
"Tenía la clara visión de la rectitud, y esta clara visión no podían engañarla ninguna mentira, sofisma o hipocresía.
"Con calma, sin inmutarse, denunciaba y condenaba el error adondequiera que lo viese; ninguna consideración era capaz de doblegarle...
"Pío X demostró ser un verdadero dirigente. Su nombre permanecerá para siempre ligado a la reorganización de los Tribunales y Congregaciones Romanas y a la codificación del Derecho Canónico, trabajo colosal terminado con rapidez, que dará mayores facilidades, claridad, fuerza y unidad al gobierno de la Iglesia.
"Ningún Papa ha sido tan reformador y tan moderno como este valiente adversario de los errores modernistas. Fiel a su consigna, acometió la empresa de restaurar y renovar todas las cosas en Jesucristo.
"Los Gobiernos pudieron temerle y desconfiar de él. Pero era amado y tiernamente amado de los pueblos, de todos los buenos y sencillos fieles, porque era bueno, porque era piadoso, porque era un santo, porque era un padre... Santo Padre, ¡hermoso nombre! Pío X era lo uno y lo otro: Santo y Padre". (1)
No menos notables y conmovedoras, a este respecto, son las palabras de Su Eminencia el Cardenal Mercier en su Pastoral de Cuaresma del 2 de febrero de 1 915. Me permito reproducir los párrafos siguientes:
"La bondad cautivadora del Santo Padre no tenía nada de la sentimentalidad muelle del débil. Pío X era todo fortaleza. Se afirma insistentemente que fue el autor de una breve plegaria que los sacerdotes han de decir en días determinados por su Obispo. Es como sigue: "Oremus et pro Antistite nostro N." (Roguemos también por nuestro Obispo.) "Stet et pascat in fortitudine tua, Domine, in sublimitate nominis tui." (Fuerte con tu fortaleza, ¡oh Señor!, esté en pie y alimente su rebaño en la sublimidad de tu nombre) "
"Y ésta, si no me equivoco, era la nota característica del Papa; una feliz combinación de ternura paternal y de firmeza de carácter, que le hacía perfecto dueño de sí, confería a su alma fortaleza y equilibrio y daba a su expresión aquella mezcla de gravedajovialidad, que tan fuertemente atraía a todos con su encanto.
"Los fieles contemplaban interrogantes, con admiración y, más de una vez, con ansiedad al viril Pontífice en la lucha cuerpo a cuerpo con el modernismo."
En los días de Lutero y Calvino, si la Iglesia hubiera contado con Papas del temperamento de Pío X, ¿hubiese podido el Protestantismo arrastrar a una tercera parte de Europa a desligarse de Roma?
"Pío X era un hombre de visión clara y gran decisión. No se prestaba a dejarse convencer por halagos de reformadores ingenuamente ambiciosos de infundir nueva sangre en las venas de la Iglesia que soñaban en modernizar, adaptándola a las fantasías y errores del Protestantismo y del racionalismo modernos. Fiel a la tradición católica, proclamaba nuevamente el axioma que San Vicente de Leríns, discípulo, a su vez, de San Cipriano, Obispo mártir del siglo III, empleaba en el siglo V contra aquellos que propugnaban un avance doctrinal que la conciencia cristiana hubiera considerado, no como un adelanto, sino como una revolución en la que habrían desaparecido todos los tesoros del pasado: "Nihil innovetur nisi quod traditum est" (Nada de innovaciones; sed fieles a la tradición.)
"Una vez decidido su plan, el Papa lo cumplió en su totalidad y en sus partes, por encíclicas y por decretos, en el terreno de la doctrina y en el de la disciplina, en trabajos científicos, en la prensa, en literatura, en la enseñanza de Seminarios y Universidades y aun en las personas de aquellos a quienes más amaba; lo llevó a cabo hasta su realización completa —repito— con una energía y perseverancia a veces desconcertantes.
"Cuando, después de largo tiempo, revisemos esta línea de conducta, de aspectos tan múltiples, pero de unidad tan perfecta, amplia y profunda, nos sentiremos unánimes en admirar la inquebrantable fuerza de voluntad del Papa, y agradeceremos a la Providencia el haber salvado a la Cristiandad de un peligro inmenso, no sólo de una herejía, sino de todas las herejías combinadas, amalgamadas unas con otras de modo más o menos visible". (2)
Tenemos asimismo prueba evidente de este espíritu y fortaleza en importantes Encíclicas y decretos promulgados por Pío X en el curso de su pontificado, en sus alocuciones públicas, en sus frecuentes admoniciones y exhortaciones de toda clase y en su correspondencia privada.
Bueno será afirmar aquí que el Santo Padre escribía por sí mismo muchas veces las minutas de importantes documentos o facilitaba copiosas notas y material para su redacción. Algunos de estos autógrafos, tan claramente escritos, así como muchas de sus cartas particulares o no publicadas, obran en mi poder, y en consecuencia, puedo transcribir directamente del original algunos párrafos.
Especialmente notable, entre otros documentos, es la breve y característica exhortación que dirigió a los Obispos franceses consagrados por él mismo en el altar de la "Cátedra" de San Pedro el 25 de febrero de 1906, después de la ruptura del Concordato por el Gobierno francés. Sin el reconocimiento ni la ayuda oficial, dichos Prelados se disponían a librar la batalla, y nadie podía prever lo que les esperaba. Pío X les recibió privadamente en su biblioteca, donde quiso que yo permaneciera, y les habló de esta manera:
"Estaba ansioso de veros a todos reunidos para dirigiros una palabra de confianza y afecto, aunque bajo el sigilo del secreto, y expresaros cuánto aprecio el gran sacrificio que os habéis impuesto de enfrentaros con la pobreza, las privaciones y hasta —Dios no lo permita— con el riesgo de ver menospreciada vuestra autoridad o ser objeto de persecución.
"En este mismo día os serán dadas instrucciones concretas relativas a la línea de conducta que habréis de seguir al regresar a vuestra Patria y tomar posesión de las Diócesis que os han sido confiadas. No os conmino a observar exactamente las normas que en dichas instrucciones se os sugieren, ya que ello significaría ignorar vuestros sentimientos de obediencia y reverencia hacia cada una de las normas de la Santa Sede Apostólica.
"A su debido tiempo, seréis convocados para la asamblea general de Obispos franceses, a fin de que podáis exponer vuestras opiniones sobre la nueva ley, tan pronto hayan sido publicados sus preceptos; a saber: si es conveniente soportarla y bajo qué condiciones, cuándo y cómo será lícito oponerle resistencia, etc.
"No es improbable que durante vuestra estancia en Roma hayáis oído alguna alusión sobre este asunto, e incluso recibido sugestiones relativas al mismo. Os exhorto a que hagáis caso omiso de ellas, puesto que el Papa, que hasta el presente se ha inhibido de revelar a nadie su opinión antes de proferir su última palabra, desea conocer los puntos de vista de todos los Obispos, libres como son de expresar su opinión sobre todo aquello que estimen puede redundar en la mayor gloria de Dios, salvación de las almas, honor del clero y seguridad de la religión en Francia.
"Todo lo que os pido es que en esta Conferencia de Obispos, próxima a celebrarse, al dar vuestro voto, respondiendo a las preguntas que os sean sometidas:
1°Os conforméis con el espíritu de Jesucristo, quacumque humana postposita.
2° Os acordéis de que hemos venido para luchar, non veni pacem mittere, sed gladium.
3° Que, al formar vuestro juicio, consideréis el espíritu de los verdaderos católicos de vuestra patria.
4° Penséis que estáis llamados a salvaguardar los principios esenciales de justicia y defender los derechos de la Iglesia, que son los derechos de Dios.
5° Tengáis en cuenta, no sólo el juicio de Dios, sino también el del mundo, que tiene sus ojos puestos en vosotros, si en alguna ocasión os vierais tentandos de faltar a vuestra dignidad o a los deberes que os incumben.
"Y aquí termino, afirmándoos que envidio vuestra suerte, que gustosamente compartiría vuestras tristezas y ansiedades, permaneciendo con vosotros para alentaros. Pero, aunque materialmente lejos, estaré en espíritu constantemente a vuestro lado y nos encontraremos cada día en el Divino Sacrificio de la Misa, ante el Santo Tabernáculo, de donde obtendremos fuerzas para la batalla y medios seguros para la victoria."
Ninguna persona más, salvo yo mismo, estuvo presente a esta audiencia, concedida por el Santo Padre en su biblioteca privada dos días después de la grandiosa ceremonia de la Consagración en San Pedro. Contrariamente a sus prácticas habituales, había confiado esta breve alocución a la memoria, pero la leyó de su propio manuscrito, con entonación solemne, detentenctose en cada palabra para hacer resaltar con mayor fuerza la importancia de lo que deseaba decir a sus oyentes.
Aunque esta misma energía y fuerza de carácter, en modo alguno se hallaban ausentes de su labor diaria, cuando se trataba de casos más particulares, en los que no podía evitar el proferir un reproche o imponer un castigo, a menos de faltar al cumplimiento de su sagrado deber, la severidad de Pío X, en tales casos, corría siempre parejas con la ternura de su afecto paternal; y si se veía obligado a sancionar al culpable, sentía la falta y miraba su dolor como propio.
Entre otros muchos ejemplos que podría citar, recuerdo exactamente que una mañana el Santo Padre me confesó estaba a punto de recibir en audiencia a una persona que había faltado muy gravemente a sus sagrados deberes. Era un caso bastante triste. La intervención directa del Papa se había hecho inevitable, pues el delincuente había prescindido de todo decoro y no parecía muy inclinado al arrepentimiento y a la penitencia. Encontré a Su Santidad con aspecto triste y cansado.
Me comunicó que había pasado muy mala noche, preocupado con esta entrevista y la necesidad de hablar con la máxima severidad. Estaba decidido a resolver cuanto antes el asunto —me dijo—; pero le costaba enorme trabajo, comprendiendo el golpe que significaría para el desgraciado culpable. "Rezad por mí un Avemaria, Eminencia —añadió—, para que el Señor bendiga esta audiencia y haga que el interesado no se rebele y me obligue a ir más lejos."
Pocas horas después, el Santo Padre irradiaba satisfacción. "No sabéis; todo ha ido perfectamente—exclamó sonriendo—. El desgraciado ha terminado por confesar que era verdad cuanto yo le decía. No he escatimado el rigor; pero, gracias a Dios, se ha sometido, y ahora tendremos que hacer lo que podamos para ayudarle."
Cuando así imponía algún castigo, la severidad de su continente y la resonancia solemne de su voz eran impresionantes, y, por lo común, producían una impresión abrumadora en la persona que había incurrido en su desagrado; pero esta ira era la del cordero, la ira que no peca.
La enfermedad, la fatiga o el dolor sufridos por otros, especialmente por las personas a quienes conocía más íntimamente, o por aquellos que estaban a su servicio, aun en menudos menesteres, despertaban infaliblemente su más honda simpatía, y no parecía descansar hasta asegurarse de que habían sido aliviados.
"No os preocupéis respecto a ... —escribía en estos casos—: ya habéis hecho bastante, y todavía menos debéis preocuparos por mí, ya que, disfrutando de buena salud como la que tengo, vivo feliz y contento con el bienestar de todos los que me son queridos; sólo el temor de que ellos puedan sufrir me angustia. Así, pues, buen ánimo."
Otras veces decía: "No debéis preocuparos por los temores expuestos por el Rev. N. N. Su elección fue hecha después de serio examen, y confiemos en que el Señor bendecirá su apostolado. En todo caso, la responsabilidad no es sólo vuestra, sino también mía, y ambos la compartiremos en paz. Así, pues, adelante y buen ánimo."
Y, sin embargo, aunque nada podía igualar la sensibilidad de su temperamento afectuoso, no había en Pío X la menor huella de sentimentalismo débil o de emoción no razonable. Como el Cardenal Mercier afirma acertadamente, Pío X tenía un carácter fuerte. Si otros eran incapaces de dominar sus emociones y daban rienda suelta en presencia suya a una tendencia excesiva hacia el sentimiento, "Esto vir..., sed hombre", era la respuesta que constatemente salía de sus labios, acompañada de un gesto enérgico y firme. Ciertamente que, en mi opinión, el fino sentido del humor que poseía, hubiese solo bastado para evitar que sus emociones se enseñorearan de su ánimo fuera de los límites razonables.
Puedo ampliar esta observación con una anécdota. En 1912 iba a ser solemnemente inaugurado el campanario, restaurado, de San Marcos, en Venecia. El Santo Padre se había tomado, naturalmente, el mayor interés en la reconstrucción del histórico monumento, tan caro al corazón de todo buen veneciano. El mismo había colocado la primera piedra del nuevo edificio, y era indudable que en su mente estaban asociados con el viejo campanario recuerdos muy queridos. Había seguido con gran interés el curso de las obras en todas su fases, y había hecho donación de una de las nuevas campanas.
Por antes de la vistosa ceremonia que había de solemnizar la terminación de la gran empresa, fue publicada en la prensa una información anunciando que el Gobierno italiano tenía intención de instalar un hilo telefónico directo entre Venecia y el Vaticano, al objeto de que Su Santidad pudiera oír el repique de San Marcos. A continuación se decía que habían intervenido los consejeros médicos del Papa, oponiéndose a este proyecto, y afirmando que el Santo Padre experimentaría con ello una emoción demasiado intensa que podría perjudicar a su salud.
Este falso rumor le hizo francamente gracia. En realidad, la idea de solicitar el Gobierno italiano la instalación de una línea telefónica directa entre Venecia y el Vaticano había sido sugerida por algunos amigos impacientes del antiguo Patriarca de Venecia; pero Pío X desechó la proposición, según él mismo me dijo, sin que los médicos consideraran necesaria su intervención y sin que hubieran expresado el menor temor respecto a la impresión que pudiera producir en Su Santidad.
Rió de buena gana con esta historia y, comentándola, me decía divertido, guiñando el ojo: "¿Es que me toman por una jovencita? No he accedido a la sugerencia que me ha hecho esa buena gente, entre otras razones, y para ser sincero, porque, con toda probabilidad, hubiera sido el último en oír algo claramente. Podéis estar seguro de que la línea hubiera sido intervenida, y que poco o nada hubiese podido escuchar. Y, además, tengo suficientes campanas que escuchar en Roma, y hasta quizá demasiadas."
Al hacer esta observación, el Santo Padre aludía al interminable repique de las campanas de San Pedro, tan próximas a sus habitaciones privadas, y que en algunas ocasiones era duro soportar. Pero los familiarizados con la frase italiana "Sentiré troppe camparte" comprenderán fácilmente que se refería principalmente al antagonismo inevitable de opiniones, peticiones y quejas con las que tenía que luchar constantemente.
Poseía un corazón alegre y amable, una voluntad firme y viril, y estas cualidades, apoyadas por su confianza en Dios, eran las que le ayudaban a soportar tan valientemente el peso y la preocupación de su arduo oficio.
(1) Revue Pratique d'Apologétique, 15 agosto-T septiembre 1914.
(2) Lettre Pastorale et mandement de Caréme de 1915.

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