Colección de escritos de distintos autores, de distintos tiempos históricos, y de distintos lugares geográficos, sobre temas de doctrina religiosa, filosófica y política, perennes e insoslayables para un católico, pues hacen al bien común terrenal, y a la salvación del alma.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (4)








Tomado de la Editorial Virtual



Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow






IV. EL RÉGIMEN POLÍTICO

Acerca del régimen de los príncipes
Libro I, capítulos 1 a 6

Capítulo 1
“Es necesario que los hombres que viven en sociedad sean diligentemente gobernados por algún jefe”

2 Debemos empezar nuestro propósito exponiendo qué se entiende por la palabra Rey. En todas las cosas que se ordenan a un fin, y que pueden proceder de distinta manera, es necesario un dirigente que conduzca al fin debido. Pues no llegaría la nave al puerto de destino si, al ser movida en distintas direcciones por vientos diversos, no fuese dirigida al puerto por el gobierno del capitán. Ahora bien, el hombre tiene un fin al que se ordena toda su vida y su acción, por ser agente racional, de quien es propio evidentemente obrar por un fin. Sin embargo, ocurre que los hombres tienden de diversos modos al fin que se proponen, como manifiestan sus diversos afanes y acciones. El hombre, por consiguiente, necesita un dirigente que lo conduzca al fin.

3 Todo hombre tiene naturalmente impresa la luz de la razón, por la cual dirige sus actos al fin. Y si al hombre conviniese vivir solo, como a otros muchos animales, no necesitaría de nadie para dirigirse a su fin; cada uno sería rey de sí mismo bajo el mandato supremo de Dios, en cuanto que se dirigiría en sus actos por la luz de la razón dada por Dios. Pero es natural al hombre ser animal social y político, que vive en sociedad mucho más que todos los demás animales, como exigen sus necesidades naturales. En efecto, a los demás animales la naturaleza los proveyó de alimento, los vistió de pelos y los dotó de defensas, como los dientes, los cuernos y las uñas, o, al menos, les dio velocidad para la huida. El hombre, por el contrario, viene de la naturaleza desprovisto de todo eso. Pero en lugar de ello le ha sido dada la razón, mediante la cual y valiéndose de las manos puede proporcionarse todas esas cosas; si bien para ello no se basta uno solo, porque así no podría llevar una vida con suficiencia de medios. Es, por tanto, natural al hombre vivir en sociedad con muchos.

4 Es más: otros animales están provistos de instinto natural para conocer lo que les es útil o nocivo, como la oveja percibe naturalmente al lobo como enemigo, y otros animales conocen instintivamente ciertas hierbas medicinales y otras cosas necesarias para la vida. El hombre, en cambio, no tiene conocimiento natural de las cosas que son necesarias para su vida más que en común; pero por raciocinio, a partir de principios universales, puede llegar al conocimiento de las cosas necesarias para la vida humana. Sin embargo, no es posible que un solo hombre adquiera por sí todos estos conocimientos. Por lo tanto es necesario que el hombre viva en sociedad para que uno sea ayudado por otro, y sean diversos los que se ocupen de las diversas invenciones; por ejemplo, uno de la medicina, otro se ocupe de esto, y otro de aquello.

5 Esto mismo se echa de ver claramente por el uso de la palabra, que es propio del hombre, por medio de la cual cada hombre puede comunicar totalmente su pensamiento a los demás. Los demás animales se comunican sus pasiones en general, como el perro su ira ladrando, y los demás sus pasiones de diversos modos. Por consiguiente el hombre es más comunicativo que cualquier otro animal, incluso que los gregarios como la grulla, la hormiga y la abeja. Por eso dice Salomón en Eclesiastés 4, 9: “Más valen dos que uno solo, porque logran mejor fruto de su trabajo”.

6 Siendo, pues, natural que el hombre viva en sociedad, los hombres necesitan que alguien rija la multitud. Porque siendo muchos los hombres, y preocupándose cada uno de lo que le es conveniente, la multitud se desintegraría si no hubiese alguno que se preocupase del bien de todos, lo mismo que se desintegraría el cuerpo del hombre o de cualquier animal si no hubiese una fuerza regitiva común en el cuerpo que tendiese al bien común de todos los miembros. Por eso dice Salomón, en Proverbios 11, 14: “Donde no hay gobierno va el pueblo a la ruina”.

7 Lo cual ocurre razonablemente, porque no es lo mismo lo propio que lo común. Lo primero, divide; lo segundo, une. Causas diversas producen efectos diversos. Por consiguiente, es necesario que, además de lo que mueve al bien propio de cada uno, haya algo que mueva al bien común de muchos. De ahí que en todas las cosas que se ordenan a un fin se encuentre algo que rige a lo demás. Y así en el universo de los cuerpos, todos son regidos por un primer cuerpo — el celeste — según un cierto orden de la divina providencia; y todos ellos, por la criatura racional. También en el mismo hombre el alma rige al cuerpo, y entre las partes del alma el apetito irascible y el concupiscible son regidos por la razón. Y entre los miembros del cuerpo hay uno principal, como el corazón o la cabeza, que mueve a los demás. Es necesario, por tanto, que en toda multitud haya un principio de gobierno.

Capítulo 2
“Diversidad de dominio o régimen”

8 Sucede que entre los medios empleados para conseguir un fin, unos son rectos y otros no. De ahí que también en el régimen de la sociedad se dé lo recto y lo torcido. Cada cosa está bien ordenada cuando va al fin conveniente, y no está bien ordenada cuando no va al fin conveniente.

Ahora bien, es distinto el fin que conviene a una sociedad de hombres libres del que conviene a una sociedad de siervos. Pues libre es el que es dueño de sí mismo, mientras que el siervo, lo que es, lo es de otro. Por consiguiente, si una sociedad de hombres libres es conducida por quien la rige al bien común de la sociedad, el régimen será recto y justo, cual conviene a hombres libres: Pero si el régimen se ordena, no al bien común de la sociedad, sino al bien privado del regente, será un régimen injusto y perverso. Por eso el Señor amenaza a estos regentes por el profeta Ezequiel 34, 2, diciendo: “¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos (buscando su propio interés): ¿Los pastores no son para apacentar el rebaño?”. Efectivamente, los pastores deben buscar el bien del rebaño, y todos los que rigen, el bien de la comunidad que les está encomendada.

9 Si el régimen injusto está en manos de uno solo, que en el ejercicio del poder no busca el bien de la sociedad a él confiada, sino el propio interés, tal gobernante se llama tirano, palabra derivada de “fortaleza”, en razón de que oprime por la fuerza, no gobierna con justicia. De ahí que los antiguos llamasen tiranos a los poderosos. Mas si el régimen injusto está en manos, no de uno, sino de varios, aunque pocos, recibe el nombre de oligarquía, es decir, principado de unos pocos, que oprimen al pueblo por el lucro de riquezas, distinguiéndose del tirano sólo por la pluralidad. Si, finalmente, el régimen injusto es ejercido por muchos, se llama democracia, es decir, principado del pueblo, esto es, cuando la masa plebeya oprime a los ricos por la fuerza numérica de la multitud, en cuyo caso todo el pueblo viene a ser un tirano.

10 De modo parecido hay que distinguir el régimen justo. Pues si es administrado por muchos, tal régimen recibe el nombre común de política (república), como ocurre al dominar en la ciudad o en la provincia una multitud de guerreros. En cambio, si es administrado por unos pocos, que sean virtuosos, el régimen se llama aristocracia, es decir, principado óptimo o de los mejores, que por eso reciben el nombre de grandes. Si, finalmente, el gobierno justo está en manos de uno, éste se llama propiamente rey, conforme dice el Señor por Ezequiel 37, 24: “Mi siervo David será su rey, y tendrán todos un solo pastor”.

11 De lo dicho resulta claro que de la razón de rey es que sea uno el que presida y que sea un auténtico pastor que busca el bien común de la sociedad y no sus intereses. Ahora bien, como al hombre compete vivir en sociedad, puesto que viviendo en solitario no puede proveer a las necesidades de la vida, se sigue que tanto más perfecta será la sociedad cuanto más suficiente sea para cubrir dichas necesidades. Así en una familia de una sola casa se logra una cierta suficiencia de vida, esto es, en cuanto a los actos naturales de nutrición, procreación de prole y cosas semejantes; en un solo pueblo se logra esa suficiencia en cuanto a la común profesión, mas en una ciudad, que es una comunidad perfecta, se logra todo lo necesario para la vida; y más en una provincia, por la necesidad de asociarse y prestarse mutuo auxilio contra los enemigos. Por consiguiente, quien gobierna a una comunidad perfecta, es decir, una ciudad o provincia, se llama rey por antonomasia; quien rige una casa, no se llama rey, sino padre de familia, si bien tiene cierta similitud con el rey, y de ahí que también se llame a veces a los reyes padres de los pueblos.

Por tanto, se entiende por rey aquel que rige una ciudad o una provincia en orden al bien común, y así dice Salomón en Eclesiastés 5, 8: “El fruto del campo es para todos y aun el rey es para el campo”.

Capítulo 3
“Es más útil a la sociedad el gobierno de uno solo que el de muchos”

12 Sentadas estas premisas, es necesario indagar qué conviene más a la provincia o ciudad, si ser gobernada por muchos o por uno solo. Para ello debemos atender al fin del gobierno.

En efecto, la intención de cualquier gobernante debe mirar a procurar la salud del pueblo que tomó bajo su mando, tal como es función de quien gobierna la nave llevarla al puerto de salvación eludiendo los peligros del mar. Por tanto, siendo el bien y la salud de la sociedad la conservación de su unidad, que es la paz, sin la cual desaparece la utilidad de la vida social, y siendo la disensión tan perjudicial a la misma sociedad, lo que debe intentar ante todo el que rige la sociedad es procurar la unidad de la paz. La paz social no es materia de consejo para el gobernante, como no es materia de consejo para el médico la salud del enfermo que se le confía. Pues nadie debe someter a consejo el bien intentado, sino los medios para conseguirlo. Por eso el Apóstol, recomendando la unidad del pueblo fiel, dice a los Efesios 4, 3, que “sean solícitos de conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz”. Por consiguiente, cuanto más eficaz sea un gobierno para conservar la unidad de la paz, tanto más útil será, ya que llamamos más útil a lo que mejor conduce al fin. Ahora bien, es manifiesto que mejor puede causar la unidad lo que es de suyo uno que lo que es múltiple, lo mismo que la causa más eficaz para calentar es lo que es cálido por naturaleza. Es, pues, más útil el gobierno de uno que el de muchos.

13 Es también cierto que si muchos disienten entre sí son incapaces de conservar la multitud. Pues tratándose de muchos se requiere una cierta unidad para que puedan gobernar de algún modo, al igual que necesitan unir fuerzas los operarios que quieren arrastrar la nave a un determinado sitio. Ahora bien, la unión resulta de la aproximación a la unidad. Por tanto mejor gobierna uno que muchos que se acercan a la unidad.

14 Es más, las realidades naturales proceden perfectamente, pues en cada una obra la naturaleza, que es lo perfecto. Ahora bien, todo régimen natural obedece a un solo principio, pues entre la multitud de los miembros hay uno que mueve a los demás, esto es, el corazón; y entre las partes del alma hay una facultad principal que preside a las demás, esto es, la razón. También las abejas tienen un rey, y en el mundo universo un solo Dios es el autor y gobernador de todo. Lo cual es muy razonable, pues toda multitud se deriva de la unidad. Por consiguiente, si las cosas que proceden según arte imitan a las que proceden según naturaleza, y la obra de arte es tanto mejor cuanto más se asemeja a lo que es natural, hay que reconocer que el mejor régimen en la sociedad humana es el monárquico.

15 Esta misma conclusión es comprobada por la experiencia, porque las provincias y ciudades que no son gobernadas por uno solo sufren disensiones y fluctúan sin paz, de modo que parece cumplirse lo que lamenta el Señor por el profeta Jeremías 12, 10, diciendo: “Muchos pastores han entrado a saco en mi viña”. Por el contrario, las ciudades y provincias regidas por un solo rey gozan de paz y florecen en justicia y gozan de abundancia de bienes. De ahí que el Señor prometa a su pueblo por los profetas como un gran don darle un solo jefe y que haya un solo príncipe en medio de ellos.

Capítulo 4
“Así como el mejor gobierno es el monárquico, cuando es justo, así su contrario es el peor de todos”

16 Así como el régimen real es el mejor, así también el régimen tiránico es el peor. Pues mientras que al gobierno político se opone la democracia, ya que en ambos casos el gobierno es ejercido por muchos, a la aristocracia se opone la oligarquía, ya que en una y en otra el poder está en manos de pocos; y al reinado se opone la tiranía, ya que en uno y otro caso es uno solo quien manda. Por consiguiente, si la monarquía es la mejor forma de gobierno, según queda probado, y a lo mejor se opone lo peor, es necesario concluir que la tiranía es la peor forma de gobierno.

17 Además, la fuerza unida es más eficaz para lograr el efecto que la dispersa o dividida, pues entre muchos, aunadas las fuerzas, arrastran lo que no podría ser arrastrado si cada uno trabajase divididamente por su cuenta. Por consiguiente, así como es más útil que la fuerza operativa del bien esté lo más unida posible para lograrlo con más eficacia, así también, por el contrario, es más nociva la fuerza operativa del mal si está unida que si está dividida. Pues bien, la fuerza del que gobierna injustamente se emplea en mal de la sociedad, al desviar el bien común de la multitud a su propia y exclusiva utilidad. Y así como en el régimen justo, éste es más útil cuanto más uno es el gobernante, de modo que el reinado es mejor que la aristocracia, y la aristocracia mejor que la república (politia), lo contrario ocurre en el régimen injusto, de modo que cuanto más uno es el gobernante tanto más nocivo es el gobierno. De ahí que sea peor la tiranía que la oligarquía, y ésta peor que la democracia.

18 Es más: un régimen resulta injusto cuando busca el bien privado del gobernante, menospreciando el bien común de la sociedad, de modo que es tanto más injusto cuanto más descuida el bien común. Ahora bien, se descuida más el bien común en la oligarquía, en que prevalece la utilidad de unos pocos, que en la democracia, en que son muchos los que buscan la propia utilidad; y más se descuida en la tiranía, en la que se busca el bien privado de uno solo. Pues a todo lo común es más próximo lo de muchos que lo de pocos, y más lo de pocos que lo de uno. Por consiguiente, el régimen tiránico es el más injusto de todos los regímenes.

19 Esto resulta igualmente manifiesto a quien considere el orden de la divina providencia, que dispone perfectamente todas las cosas. En efecto, la perfección proviene en las cosas de la perfección de su causa, dotada de todos los elementos que concurren a la producción del bien, mientras que el mal resulta de cada uno de los defectos singulares. Pues no se da belleza en el cuerpo a no ser que todos los miembros estén debidamente dispuestos, mientras que la fealdad resulta de la anormalidad de cualquiera de los miembros, de modo que la fealdad proviene diversamente de muchas causas, pero la belleza sólo se da cuando hay integridad de causa. Esto sucede en todos los bienes y males, como si Dios hubiese dispuesto que el bien, respondiendo a una sola causa, sea más potente, y el mal, resultando de muchas causas, sea más débil. Conviene, por tanto, que el régimen justo esté en manos de uno solo para que sea más fuerte. Y, en cambio, si el régimen degenera en injusticia, es preferible que esté en manos de muchos para que sea más débil y se entorpezcan mutuamente. De ahí que entre todos los regímenes injustos, el más tolerable sea la democracia, y el peor de todos, la tiranía.

20 Esta conclusión resulta aún más evidente si se tienen en cuenta los males que provienen de la tiranía, porque al no buscar el tirano más que el propio interés, despreciando el bien común, grava a sus súbditos de diversas maneras, según sus diversas pasiones, para procurarse los bienes apetecidos. Pues quien está dominado por la avaricia se apodera de los bienes de los súbditos, según dijo Salomón, en Proverbios 29, 4: “El rey con la justicia mantiene el reino, pero el venal lo lleva a la ruina”; y quien está dominado por la iracundia derrama sangre sin motivo, según se lee en el profeta Ezequiel 22, 27: “Sus príncipes son como lobos, que despedazan la presa derramando sangre”. Por eso el Sabio amonesta a rehusar tal régimen, diciendo en Eclesiástico 9, 18: “Apártate del hombre que tiene poder para matar”, esto es, no en defensa de la justicia, sino que mata a placer de su voluntad. De este modo no habrá seguridad alguna, sino que todo será incierto al faltar el derecho, ni puede haber cosa alguna estable al estar todo puesto en la voluntad, por no decir en el capricho, de otro.

21 El tirano no sólo grava a los súbditos en las cosas corporales, sino que incluso impide también su bien espiritual, porque, al apetecer más presidir que ayudar, obstruye toda ventaja de los súbditos, sospechando que la excelencia de ellos resulta en menoscabo de su inicuo dominio. De ahí que para los tiranos son más sospechosos los buenos que los malos, y siempre temen la virtud ajena. Por consiguiente, procuran evitar que sus súbditos, siendo virtuosos, adquieran un espíritu de magnanimidad y no toleren su injusta dominación, o que entre los súbditos se establezcan lazos de amistad, o gocen de la ventaja de la paz mutua, a fin de que, careciendo de confianza los unos con los otros, no puedan conspirar contra su dominio. Por eso siembran discordias entre los súbditos o alimentan las existentes, y prohíben todas aquellas cosas que pertenecen a la alianza de los hombres, como matrimonios y banquetes y demás cosas por el estilo que ordinariamente engendran familiaridad y confianza mutua. También procuran que sus súbditos no se hagan poderosos o ricos, porque, juzgándolos según la conciencia de su propia malicia y sabiendo que ellos usan el poder y las riquezas para hacer daño, temen que el poder y las riquezas de los súbditos se vuelvan en contra de ellos. De ahí que del tirano se diga en Job 15, 21: “Suenan siempre en sus oídos gritos de espanto, y en tiempo de paz (es decir, cuando nadie intenta hacerle mal) se ve asaltado por el devastador”.

22 Esta es la razón de por qué, al tener gobernantes que en vez de inducir a los súbditos a la virtud, sienten envidia de ella y hacen lo imposible para impedirla, se encuentren tan pocos virtuosos bajo el dominio de las tiranías. Pues, según la sentencia de Aristóteles, se dan varones fuertes en aquellos entre quienes se honra a la fortaleza; y, a su vez, dice Cicerón (Tusculanae 1, 2) que “las cosas que no se aplauden decaen siempre y tienen poco vigor”. Además es natural que los hombres que se crían bajo el temor degeneren en ánimo servil y resulten pusilánimes para toda obra viril y arriesgada, como enseña la experiencia de aquellas provincias que vivieron largo tiempo bajo la tiranía. Por eso dice san Pablo a los Colosenses 3, 21: “Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, porque no se hagan pusilánimes”.

Considerando estos males de la tiranía dice el rey Salomón, en Proverbios 28, 12: “Cuando reinan los impíos es la ruina de los hombres”, es decir, que sujetos a la maldad de los tiranos, declinan de la perfección de las virtudes. Más adelante, Proverbios 29, 2, dice: “Cuando mandan los impíos el pueblo suspira”, como constituido en servidumbre; y en Proverbios 28, 28: “Cuando están en auge los impíos se esconde el hombre”, para evadir la crueldad de los tiranos. Lo cual no es de admirar, porque el hombre que preside sin razón, llevado de sus pasiones, en nada se diferencia de la bestia. Por eso dice Salomón, en Proverbios 28, 15: “León rugiente y oso hambriento es un mal príncipe a la cabeza de su pueblo”, de ahí que los hombres se escondan de los tiranos como de bestias crueles, y estar sometido a un tirano parece lo mismo que caer bajo una bestia cruel.

Capítulo 5
“Variación del poder entre los romanos. Aumento de la república bajo el gobierno de muchos”

23 Puesto que la monarquía, es decir, el gobierno de uno solo, constituye la mejor y la peor forma de régimen político, la dignidad real resulta odiosa para muchos debido a la maldad de los tiranos. Algunos, sin embargo, deseando el régimen monárquico, incurren en la crueldad de la tiranía, y muchos gobernantes ejercen la tiranía bajo pretexto de dignidad real.

Ejemplo evidente de ello ha sido la república romana. Pues después que el pueblo romano expulsó a sus reyes, cuya fastuosidad regia, o más bien tiránica, no podía soportar, instituyeron cónsules y otros magistrados, por quienes empezaron a gobernarse, deseando cambiar el régimen real en aristocracia. Tras lo cual, según refiere Salustio (De Catilinae coniuratione, cap. 7), “es increíble en cuán poco tiempo aumentó la población de Roma al alcanzar la libertad”.

Sucede efectivamente con frecuencia que los hombres que viven sometidos a un rey se esfuerzan menos por el bien común, al pensar que todo lo que hacen por el bien común no resulta en provecho propio, sino de aquel bajo cuya potestad están los bienes comunes. En cambio, cuando ven que el bien común no está bajo el poder de uno solo, ya no lo consideran tanto como un bien que es de otro, sino que cada uno se afana por él como por cosa propia. De ahí que la experiencia enseñe que una ciudad regida por funcionarios que se renuevan anualmente es a veces más poderosa que un rey que posea tres o cuatro ciudades; y hasta las pequeñas cargas públicas exigidas por los reyes se sobrellevan peor que otras más pesadas impuestas por el pueblo.

24 Esto es lo que sucedió en la república romana, pues el pueblo se alistaba a la milicia y la gente pagaba a los soldados con tanto desprendimiento que cuando no bastaba el erario público, como refiere san Agustín (De Civitate Dei III, 19), “las haciendas privadas pasaron a servir a los usos públicos, y cada uno dio lo que tenía, hasta el extremo de que el Senado mismo no se reservó nada de oro, fuera de sendos anillos y sendas bulas, insignias de su dignidad”.

Pero cuando se cansaron de las continuas disensiones, que degene raron en guerras civiles, con las que desapareció la libertad conseguida a tanta costa, se doblegaron al poder de los emperadores, que al principio rehusaron llamarse reyes, por haber sido este nombre odioso a los romanos. Algunos de ellos procuraron fielmente, de modo regio, el bien común, y debido a su empeño la república romana pudo crecer y conservarse. Otros muchos, por el contrario, a la vez que tiranizaban a sus súbditos, fueron desidiosos y débiles con los enemigos, y llevaron a la ruina la república romana.

25 Semejante proceso se dio entre los hebreos. Al principio, cuando eran gobernados por los jueces, los enemigos los desgarraban por todas partes, pues cada uno hacía lo que mejor le parecía a él. Pero cuando, a su instancia, les dio Dios reyes, la malicia de éstos les apartó del culto del único Dios y finalmente fueron llevados a la cautividad.

Dos son, por consiguiente, los peligros que amenazan: el rechazar la óptima forma de gobierno monárquico por temor a la tiranía, o que el poder real, aceptado por su prestancia, degenere en tiranía.

Capítulo 6
“El gobierno de muchos degenera más frecuentemente en tiranía que el de uno solo, y por tanto es preferible el régimen monárquico”

26 Siendo, pues, obligado elegir entre dos extremos, ambos expuestos a peligro, debe elegirse preferentemente aquel que está expuesto a menos males. Ahora bien, se siguen menos males de la monarquía cuando degenera en tiranía, que de la aristocracia cuando ésta se corrompe. Y es porque la disensión que ordinariamente surge en el régimen de muchos, es contraria al bien de la paz, que es el principal bien social, el cual no se pierde en la tiranía, la cual más bien perjudica a algunos bienes de los particulares, a menos que la tiranía sea tan grande que se encarnice contra toda la sociedad. Es, pues, preferible optar por el gobierno de uno que por el de muchos, aunque ambas formas tienen sus peligros.

27 Además, parece que debe evitarse más aquello de lo cual ordinariamente se pueden seguir mayores peligros. Ahora bien, los mayores peligros para la sociedad provienen más frecuentemente del régimen de muchos que del régimen de uno, pues ocurre con más frecuencia que entre muchos haya algunos que fallen en el cuidado del bien común, que si es uno solo el responsable. Y entonces, al desviar uno de los gobernantes su intención del bien común, amenaza el peligro de disensión entre los súbditos, porque si hay disensión entre los que mandan es natural que la haya también en el pueblo. En cambio, si es uno solo el que gobierna, ordinariamente mira por el bien común, y si alguna vez descuida esa atención, no se sigue que se convierta inmediatamente en opresor de los súbditos, que es el exceso de la tiranía, y el máximo grado de depravación del gobierno, como queda dicho. Por consiguiente, han de evitarse preferentemente los peligros que provienen del gobierno de muchos que los que provienen del gobierno de uno solo.

28 En tercer lugar, no es menos frecuente que degenere en tiranía el régimen de muchos que el régimen de uno solo, sino al contrario. Pues una vez que surge la disensión en el gobierno de muchos, ocurre con frecuencia que uno se imponga a los demás y usurpe para sí el poder total sobre el pueblo, como puede comprobarse en el curso de la historia. Casi todos los regímenes de muchos terminaron en tiranía, como es patente en la república romana, que, tras haber sido durante mucho tiempo administrada por muchos magistrados, cuando surgieron los odios, las disensiones y las guerras civiles, cayó en poder de crudelísimos tiranos. Y en general, si uno considera atentamente los hechos pretéritos y lo que sucede en nuestros días, verá que fueron más los que ejercieron la tiranía en las tierras regidas por muchos que en las que son gobernadas por uno solo.

Por consiguiente, si el régimen monárquico, que es el mejor, tiene su mayor inconveniente en el peligro de la tiranía, pero ésta no suele ocurrir menos, sino más, en el régimen de muchos, se sigue que en absoluto es más conveniente vivir bajo un rey que bajo un gobierno de muchos.

Suma Teológica, parte II, sección I, cuestión 105, artículo 1 en el cuerpo

Respecto de la buena constitución del régimen en alguna ciudad o nación, hay que tener en cuenta dos cosas. La primera es que todos tengan alguna parte en el régimen: de este modo se logra conservar la paz del pueblo, y todos aman y custodian tal constitución, como se dice en el libro II de la Política. La segunda es la que tiene relación con la especie del régimen o constitución. Aun cuando son diversas sus especies, como enseña el Filósofo en el libro III de la Política, las principales, sin embargo, son el reino, en el que uno gobierna según virtud, y la aristocracia, o potestad de los mejores, en la cual unos pocos gobiernan de acuerdo a su virtud. Por consiguiente, la óptima constitución del régimen de una ciudad o reino es aquella en que uno, de acuerdo a su virtud, está a la cabeza presidiendo a todos; subordinados a él hay algunos que son jefes por su virtud, perteneciendo, sin embargo, el régimen a todos, por ser estos últimos elegibles entre todos y por todos. Tal es la constitución mejor, buena combinación de reino, pues uno preside; de aristocracia, pues muchos gobiernan según su virtud, y de democracia, o potestad del pueblo, pues los jefes pueden ser elegidos entre los que pertenecen al pueblo, y a éste compete elegirlos.


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