
por el R.P. Julio Meinvielle
Copia escaneada de la tercera edición reproducida en la Colección “Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino”, volumen 3º, editado en Bs. Aires en el año 1974. Al final se agregan como Apéndices (incluidos también en el volumen citado) varios trabajos del autor relacionados con el tema y un ensayo sobre Maurras)
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4. Sufragio Universal

ada más deplorable, en cambio, y opuesto al bien común de la nación, que la representación a base del sufragio universal. Porque el sufragio universal es injusto, incompetente, corruptor.
Injusto, pues niega por su naturaleza la estructuración de lanación en unidades sociales (familia, taller, corporación); organiza numéricamente hechos vitales humanos que se substraen a la ley del número; se funda en la igualdad de losderechos cuando la ley natural impone derechos desiguales: no puede ser igual el derechodel padre y del hijo, el del maestro y el del alumno, el del sabio y el del ignorante, el del honrado y el del ladrón. La igual proporción, en cambio — esto es la justicia — exige que a derechos desiguales se impongan obligaciones desiguales.
Incompetente, por parte del elector, pues éste con su voto resuelve los más trascendentales y difíciles problemas religiosos, políticos, educacionales, económicos. De parte de los ungidos con veredicto popular, porque se les da carta blanca para tratar y resolver todos los problemas posibles y, en segundo lugar, porque tienen que ser elegidos, de ordinario, los más hábiles para seducir a las masas, o sea los más incapaces intelectual y moralmente.
Corruptor, porque crea los partidos políticos con sus secuelas de comités, esto es, oficinas de explotación del voto; donde, como es de imaginar, el voto se oferta al mejor postor, quien no puede ser sino el más corruptor y el más corrompido. Además, como las masas no pueden votar por lo que no conocen, el sufragio universal demanda el montaje de poderosas máquinas de propaganda con sus ingentes gastos. A nadie se le oculta que a costa del erario público se contraen compromisos y se realiza la propaganda.
Tan decisiva es la corrupción de la política por efecto del sufragio universal, que una persona honrada no puede dedicarse a ella sino vendiendo su honradez; hecho tanto más grave si recordamos que, según Santo Tomás, un gobernante no puede regir bien la sociedad si no es "simpliciter bonus", absolutamente bueno (S. T. I - II, q. 82, a. 2 ad 3).
El sufragio universal crea los parlamentos, que son Consejos donde la incompetencia resuelve todos los problemas posibles, dándoles siempre aquella solución que ha de surtir mejor efecto de conquista electoral. En las pretendidas democracias modernas (en realidad no existe hoy ningún gobierno puramente democrático, según se expondrá más adelante), donde el sufragio universal es el gran instrumento de acción, los legisladores tienen por misión preferente abrir y ampliar los diques de la corrupción popular. Hay quienes pretenden salvar el sufragio universal, y su corolario, el parlamento, imputando a los hombres y no a estas instituciones, los vicios que se observan. Pero no advierten que los vicios indicados les son inherentes, y es en ellas donde reside el principio de corrupción de las costumbres políticas. El individualismo, que es la esencia del sufragio universal, arranca de la materia, signada por la cantidad, y la materia, erigida en expresión de discernimiento, disuelve, destruye, corrompe, porque la bondad adviene siempre a las cosas por la vía de la forma, según los grandes principios de la metafísica tomista.
Fácil sería demostrar que los descalabros de la política moderna son consecuencia de considerar toda cuestión bajo el signo de la materia.
5. Regimenes Políticos
Supuesta la constitución del Cuerpo Social con facultad de dejar oír su voz por medio de un órgano que lo represente, tócanos fijar lo que la doctrina católica enseña respecto a los diversos regímenes políticos, según los cuales puede la autoridad pública constituirse. Será necesario estudiar con preferente atención el régimen democrático, porque ofrece especial interés.
Este asunto se ha de abordar con espíritu totalmente purgado de pasiones y de fobias políticas; si en alguna cuestión es necesaria la serenidad del filósofo, es precisamente en ésta. Ante todo, ha de suponerse resuelto el problema de la soberanía, para no incurrir en la confusión perenne de los democratistas, que pretenden justificar la democracia con argumentos tomados de la pretendida soberanía popular.
Aunque la soberanía viniese del pueblo o en él residiese, cosa abiertamente falsa, según se demostró, no argüiría ningún privilegio en favor de la democracia forma de gobierno. Porque el pueblo, que, como todo ser, está hecho para su propio bien, debe preferir aquella forma más apta para procurárselo, y no hay razón ninguna especial que justifique en este sentido la democracia; por el contrario, las hay muy abundantes en su contra.
No se pretende con esto invalidarla; sólo se busca hacer comprender la necesidad de distinguir cuestiones que generalmente se confunden con perjuicio de un conocimiento claro del problema y de su solución.
Entrando en materia, y siguiendo al Angélico Doctor, cuyo pensamiento ha expuesto Demongeot en su admirable estudio Le Meilleur Regimen Politique Selon Saint Thomas, distingamos cuatro tipos puros de regímenes políticos.
En caso de que gobierne uno, el gobierno tiende esencialmente a la unidad, a la cohesión y al poder más absoluto: régimen real o monarquía. Si gobiernan los mejores, la preocupación dominante es que el poder se dé a cada uno en proporción de su virtud: aristocracia. Si gobierna el más rico o los más ricos y poderosos, el ideal que determina la estructura es la riqueza: oligarquía. Cuando el poder está encomendado a la multitud que se gobierna libremente, el régimen se llama democracia.
Cualesquiera de estos regímenes, o una combinación de ellos, es permitida, siempre que pueda coexistir con el bien común temporal, ley fundamental de toda vida política. Esta posibilidad de coexistencia no se debe tan sólo determinar así en abstracto, de modo general, sino también en concreto, atendiendo a las condiciones geográficohistóricas de este pueblo determinado, pueblo determinado que no es el pueblo de un preciso momento, como si estuviese aislado en el tiempo, sino considerado en su relación con las generaciones pasadas y con las venideras.
León XIII ha difundido este principio que rige tan importantísima cuestión; y cuando lo enunciaba, parecía tener presente a los demócratas, que confían al capricho de la multitud la implantación de las formas de gobierno.
Después de recordar que los gobernantes pueden, en algunos casos, ser elegidos por la voluntad y juicio de la multitud sin que se oponga la doctrina católica, ya que entonces no se da el poder, sino que se establece quién lo ha de ejercer, prosigue: Nada impide que la Iglesia apruebe el gobierno de uno solo o de varios, con tal que sea justo y aplicado al bien común. Por lo cual, salva la justicia, no está vedado a los pueblos darse aquella forma política que mejor se adapte a su genio, tradiciones o costumbres.
Como se desprende del tenor del documento, no es el capricho de la multitud el que, de entre las formas posibles y lícitas, elige la forma concreta que ha de regir la ciudad.
Será necesario contemplar el genio, tradiciones, costumbres del propio pueblo para determinar aquélla que realmente es apta para asegurar eficazmente el bien común temporal de esa ciudad determinada. Nada más absurdo que implantar un régimen monárquico en un país de franca tradición republicana, e inversamente establecer la república en un país tradicionalmente monárquico.
En efecto, un régimen de gobierno postizo, sin verdadero arraigo en las tradiciones del pueblo, puede imponer al país una dirección contraria a la de su movimiento natural, exponiéndole a un desequilibrio constante.
6. La Democracia
Apliquemos este principio al régimen democrático y veamos hasta dónde puede coexistir con el bien común. Pero será necesario exponer antes, siguiendo la doctrina del Angélico Doctor, los constitutivos esenciales de la democracia en su estado simple o puro.
He dicho constitutivos esenciales, porque la democracia, como todo ser material, es una esencia que no puede existir sino en una realidad concreta, individualizada gracias a ciertas determinaciones accidentales, provenientes de la materia cuantitativa: materia signata quantitate, dice Santo Tomás. Por lo mismo que estas determinaciones vienen de la materia cuantitativa, carecen de inteligibilidad, ya que la materia de por sí es ininteligible.
Luego, si son ininteligibles, son distintas y separables de la esencia, que es en todo ser el principio necesario y primero de inteligibilidad. Al filósofo no puede interesarle el estudio de estas determinaciones accidentales. Porque él quiere entender (intelligere), esto es, leer dentro (intus-legere) de las cosas, captar las esencias o principios inteligibles de las cosas.
Digo además: de la democracia en su estado simple o puro. Porque hay esencias simples y hay otras que resultan de la combinación de varias simples. Así, por ejemplo, el hidrógeno es una esencia simple o en estado puro, mientras que el agua es una combinación de hidrógeno y oxígeno. Evidentemente que el agua es una sola y nueva esencia. Pero no es simple, en ella las cualidades de las esencias simples de que se compone están como templadas.
Supuesta la inteligencia de estas observaciones, podernos acometer el estudio presente. ¿Qué es, pues, la democracia en su estado simple o puro? Es el régimen en el que todos los ciudadanos son y se sienten libres, iguales y soberanos. Son tres las notas esenciales de este régimen: libertad, igualdad y soberanía de todos y de cada uno de los ciudadanos.
De las tres notas indicadas, la principal, aquélla que está ante todo implicada (Pol. VI, 2), y de la cual se derivan las otras dos, es la libertad. Ella es el principio y fin de la democracia (Pol. IV, 7), dice, en su lenguaje metafísico, Santo Tomás. De ahí que en una democracia el ciudadano no está dirigido por otro ni hacia el fin de otro, sino que por sí mismo se dirige hacia el fin de la ciudad (Pol. II, 2). El ciudadano, en su actividad política, es verdaderamente libre.
Si la libertad es un atributo esencial de todos los ciudadanos, todos deben gozar de ella igualmente. Todos serán, entonces, pura y simplemente iguales con derecho u participar en la misma medida de los favores o bienes comunes. (Pol. III, 4). Y esto, según una estricta igualdad aritmética, sin que se tenga en cuenta diferencias de dignidad, sino que tanto ha de participar el pobre como el rico, el sabio como el ignorante. (Pol.VI, 2).
La libertad política que todos igualmente poseen no consiste tan sólo en ser gobernado como libre, ni siquiera en controlar el gobierno o participar de él por el sufragio igualitario, sino que importa el acceso de todos los ciudadanos a las funciones más altas de la ciudad, y el que no haya nadie por encima de otro. (Pol.IV, 2). Es decir, que todo ciudadano sea soberano.
Luego, la democracia puede definirse: "régimen donde gobierna toda la multitud" (Pol.II, 7). Pero, ¿cómo gobierna toda la multitud? En primer lugar, porque los funcionarios son elegidos de entre todos, sin atender a consideraciones de dignidad o valor, al menos para el desempeño de las funciones que no reclaman especial sabiduría o prudencia. (Pol.VI, 2). Y como el sorteo es el único procedimiento capaz de asegurar esta perfecta igualdad, la ley ha decidido que por su medio sean escogidos los gobernantes (Pol. IV, 8), que duren poco en sus funciones y que no puedan desempeñar varias veces la misma. (Pol. VI, 2). En segundo lugar, porque el verdadero gobernante es la masa de ciudadanos reunidos en la Asamblea o Consilium (13), los funcionarios no vienen a ser más que ejecutores de la voluntad popular.
De las características apuntadas es fácil deducir que la democracia, en su estado puro, ha de ser la dominación de los pobres; porque si la multitud manda, como en ella hay más pobres que ricos (Pol. VI, 2), los pobres han de poseer más autoridad que los ricos. De ahí que en las democracias los gobernantes se caractericen por su nacimiento oscuro, pobreza e ignorancia, o por su oficio miserable, de suerte que así como en un estado aristocrático los que mandan son nobles, ricos y virtuosos, así en el democrático son hombres oscuros, pobres y sin razón social (Pol. VI, 2).
¿Qué juicio formular sobre la democracia así definida? ¿Es un gobierno justo, capaz de asegurar el bien común?
Es necesario distinguir. Si se trata de una sociedad en la que no existen desigualdades sociales porque todos son igualmente pobres e ignorantes, o todos igualmente ricos y virtuosos, el bien común está asegurado, por cuanto no es de temer que una clase, valida de su mayor número, oprima a las otras.(Pol. VI, 1). Caso, como se ve, utópico, sólo posible en un país de cretinos. Porque la desigualdad de las naturalezas individuales es cosa que se impone a la evidencia. No todos poseen ni pueden poseer las mismas riquezas espirituales o materiales. En este sentido es muy instructiva la experiencia realizada por el mundo moderno, o sea el mundo salido de los principios de la Reforma protestante. Llevaba en sus entrañas el mito de la realización democrática universal; y como no encontró la igualdad económico-social necesaria a la democracia política, quiso crearla. No pudiendo crearla levantando a todos a la misma medida de
virtud y riqueza, ya que no todos son capaces, de hecho, de una medida alta, se empeñó en rebajar las condiciones de cultura de todos por medio de la democratización de la escuela y del confort. Así se ha creado el tipo standard de incultura: una multitud obsesionada por los mismos mitos, regida por los mismos lujos en la universalización del automóvil y de la radio. Igualdad artificial, en una cierta participación en común de lo menos humano que hay en el hombre. La igualdad natural, en cambio, no se forja con un decreto (Pol. VI, 2) ni se crea artificialmente, afirma Santo Tomas con Aristóteles.
Ahora bien, si la igualdad natural no existe, la democracia será injusta, porque una clase, en virtud del número, se apoderaría del poder y dominaría a la otra. (cosa abiertamente injusta, ya que el poder ha de ejercerse en vista del bien común de todos y de todas las clases sociales. Esta es precisamente la crítica fundamental que Santo Tomás formula contra el régimen democrático en el opúsculo De Regno (L., I. 1). Si el gobierno inicuo es ejercido por muchos — dice —, se le llama democracia, es decir, dominación del pueblo; cuando, valida de su cantidad, la plebe oprime a los ricos, todo el pueblo llega a ser, entonces, como un único tirano. De aquí que Santo Tomás clasifique la democracia entre las formas corrompidas de gobierno.
Aunque la democracia en su estado simple o puro es esencialmente tiránica, ¿no sería posible escoger de ella algunos elementos buenos, que quizá contenga, y templarlos con elementos de las otras formas de gobierno, también simples, tales como la aristocracia (gobierno de los mejores), y monarquía (gobierno de uno), y dar nacimiento a una nueva forma de gobierno en la cual abunde el elemento democrático? Santo Tomás lo ha creído posible, y ha propuesto la república como forma buena de gobierno, oponiéndola a la democracia.
Porque si es mala la democracia en su estado puro, ya que lógicamente termina en un gobierno de clase, no es, sin embargo, mala la tendencia fundamental que la inspira: asegurar la libertad del cuerpo social en su movimiento hacia el bien común. Por supuesto que esa libertad también puede ser lograda en un régimen monárquico o aristocrático; nunca, por ejemplo, se han determinado los ciudadanos con mayor libertad que en la monarquía de San Luis, rey de Francia.
Pero, supuesta la psicología refleja del hombre, esta autodeterminación no aparece al ciudadano con tanta evidencia dentro de la monarquía como en el régimen republicano (14).
Sucede frecuentemente — dice San Tomás en De Regno (L. I, 4) — que los hombres que vivenbajo un rey no se mueven al bien común, con tanta eficacia porque estiman que la procuración del bien común no es cosa que interese a ellos, sino sólo al gobierno. Empero, cuando ven que el bien común está en poder de todos, tienden a él como a su propio bien. Como en el régimendemocrático todos los ciudadanos participan en una u otra forma del poder, lo aman como a cosa propia y quieren que persevere. Nada más conveniente para la estabilidad de un régimen, como que las diversas partes o clases que constituyen la ciudad estén interesadas en su conservación. (Pol. II, 14).
Con esta discriminación, aparece el elemento bueno y el malo de la forma democrática en su estado puro. La participación de todos los ciudadanos en el gobierno es, de suyo, buena; la participación aritmética igualitaria es mala, porque conduce al gobierno de una clase, y precisamente de la menos capacitada.
Será necesario, entonces, templar el régimen democrático con el principio de la aristocracia (gobierno de los más virtuosos) y con el de la oligarquía (gobierno de los de mayor eficiencia económica), y aun con el de la monarquía (gobierno de la unidad), para que resulte un régimen donde todos gobiernen en la procuración del único bien común del cuerpo social. (Pol. IV, 7).
Esta temperación se logrará compensando la exigua cantidad de buenos, de sabios y de ricos con un aumento de sus derechos políticos, proporcional a su función social; en lo cual no habrá injusticia, sino por el contrario, ya que la igualdad de la justicia distributiva consiste en que de diverso modo sean honradas y beneficiadas las personas diversas en atención a su dignidad. (S. T. II - II., q. 63, a. 1).
Porque en la justicia distributiva no se da a cada uno según una igualdad aritmética de cosa a cosa (tanto por tanto), sino según una proporción de las cosas con respecto a las personas, de suerte que, así como una persona es superior a otra, así la cosa que se otorga a una sea superior a
la que se otorga a otra. Por esto dice el Filósofo que en la justicia distributiva el justo medio seequilibra según una proporcionalidad geométrica, en la cual la igualdad no es cuantitativa, sinoproporcional; como si dijésemos que así como seis es a cuatro, tres es a dos porque en una y otraexiste la misma proporción, que es dos, aunque no hay una misma igualdad cuantitativa, porque seis es mayor que cuatro en dos unidades tres mayor que dos en una unidad. (II - II, p. 61, a. 2).
De suerte que esta compensación proporcional de derechos políticos en atención a la dignidad económico-social de las personas no sólo es conveniente para la estabilidad del cuerpo social, sino que está exigida por la justicia distributiva, que, según la enseñanza del Doctor Angélico, reclama que a una diversidad de dignidad responda una diversidad de derechos y de honores.
Recuérdese, para entender plenamente esta doctrina, que es cierto que la virtud es la única causa justa de honor. Pero puede uno ser honrado no sólo por su virtud personal, sino también por la virtud funcional, como cuando se da honra a los príncipes y prelados, aunque sean malos, por cuanto son representantes de Dios y de la comunidad que gobiernan... Y así igualmente son honrados los padres y señores por la participación de la dignidad de Dios, que es Padre y Señor de todas las cosas. Son honrados los ancianos por la ancianidad, que es signo de virtud, aun cuando este signo a veces falle. Son honrados los ricos porque ocupan un lugar más alto en la sociedad (II - II, q. 63, a. 3). Es claro que el honor no se da sin el correspondiente contrapeso del deber. El gobernante dispone del poder en servicio de los súbditos, y el rico no debe tener las cosas exteriores como propias, sino como comunes, de modo que fácilmente dé parte en ella a los otros cuando lo necesiten. Por esto, dice el Apóstol, (I Tim 6, 17), manda a los ricos de este siglo... que den y repartan francamente de sus bienes... (II. II, q. 66, a. 2).
Toda esta doctrina descansa sobre la evidencia natural de la desigualdad de las "naturalezas individuales", evidencia que es peligroso eludir.
En la doctrina católica, tan maravillosamente expuesta por Santo Tomás en la Suma Teológica, la esencia del hombre, o sea el principio necesario y primero de inteligibilidad (15), es la misma y única en todos los hombres, ya que no existe sino una sola especie humana.
No así la naturaleza individual, la esencia de hombre realizada en una materia cuantitativa concreta: ésta es individual, y por tanto incomunicable, diferente y desigual de uno a otro hombre.
La doctrina metafísica del Angélico se hace evidente por la experiencia cotidiana, que nos muestra que no hay en la naturaleza dos cosas o personas iguales. Todo es diferente y jerárquico, como aparece espléndidamente en el microcosmos humano, en el que cada órgano tiene su función específica, propia, jerarquizada con el bien total de todo el compuesto.
La sociedad, que es el conjunto de naturalezas individuales armonizadas en la procuración del bien común, no podía estar constituida en forma que contradijese este hecho de las desigualdades individuales. Precisamente porque trata de asegurar el bien común de todos, debe atender a la condición desigual del bien de cada uno.
No se crea que esto implica un rebajamiento de las funciones sociales inferiores; al contrario, porque el bien del pie no está en mandar a la cabeza, sino en ser dirigido por ella. Si el pie manda, no sólo destruye la cabeza, sino que se inutiliza a sí mismo, pues sin la dirección de la cabeza caminará a su ruina. Por otra parte, la cabeza no puede engreírse de su superioridad, como si dirigiese sin necesitar de los pies, pues sin ellos no podría estar dignamente sustentada ni lograr la ejecución de muchos de sus designios.
Es verdad incontrovertible que la jerarquía natural de la sociedad no ha podido negarse sin trastornos mortales para la vida humana.
Así, el mundo moderno, que ha igualado políticamente lo inferior y lo superior, presenta dos fenómenos opuestos: por una parte, las clases superiores abandonan su función directiva y sólo quieren aumentar su riqueza; y por la otra, la plebe exasperada afirma su tiranía, con lo que el esclavo económico se erige en divinidad política.
(13) En esta Asamblea intervienen inmediatamente todos los ciudadanos; es cosa muy distinta de los parlamentos en los cuales los parlamentarios fingen representar al pueblo. (N. del A.).
(14) Por eso el régimen democrático tuvo que aparecer como necesario en las épocas reflejas de la historia, tales como la edad moderna. Lo cual señala la inferioridad de esta forma ante las otras. Porque la reflexividad es un síntoma evidente de enfermedad, ya que supone que el hombre se mira más a sí mismo, que al ser exterior. Ahora bien: el hombre no es actualizado y perfeccionado sino por el Ser, que está fuera de él; el hombre se halla en un estado de potencia pasiva con respecto a esa su perfección; es una tabla rasa, en la cual nada hay escrito, según la sabiduría de Santo Tomás y de Aristóteles. (N. del A.).
(15) Ver Maritain INTRODUCCIÓN GÉNÉRALE A LA PHILOSOPHIE, 1930, pág. 149 y sig. (N. del A.).
Incompetente, por parte del elector, pues éste con su voto resuelve los más trascendentales y difíciles problemas religiosos, políticos, educacionales, económicos. De parte de los ungidos con veredicto popular, porque se les da carta blanca para tratar y resolver todos los problemas posibles y, en segundo lugar, porque tienen que ser elegidos, de ordinario, los más hábiles para seducir a las masas, o sea los más incapaces intelectual y moralmente.
Corruptor, porque crea los partidos políticos con sus secuelas de comités, esto es, oficinas de explotación del voto; donde, como es de imaginar, el voto se oferta al mejor postor, quien no puede ser sino el más corruptor y el más corrompido. Además, como las masas no pueden votar por lo que no conocen, el sufragio universal demanda el montaje de poderosas máquinas de propaganda con sus ingentes gastos. A nadie se le oculta que a costa del erario público se contraen compromisos y se realiza la propaganda.
Tan decisiva es la corrupción de la política por efecto del sufragio universal, que una persona honrada no puede dedicarse a ella sino vendiendo su honradez; hecho tanto más grave si recordamos que, según Santo Tomás, un gobernante no puede regir bien la sociedad si no es "simpliciter bonus", absolutamente bueno (S. T. I - II, q. 82, a. 2 ad 3).
El sufragio universal crea los parlamentos, que son Consejos donde la incompetencia resuelve todos los problemas posibles, dándoles siempre aquella solución que ha de surtir mejor efecto de conquista electoral. En las pretendidas democracias modernas (en realidad no existe hoy ningún gobierno puramente democrático, según se expondrá más adelante), donde el sufragio universal es el gran instrumento de acción, los legisladores tienen por misión preferente abrir y ampliar los diques de la corrupción popular. Hay quienes pretenden salvar el sufragio universal, y su corolario, el parlamento, imputando a los hombres y no a estas instituciones, los vicios que se observan. Pero no advierten que los vicios indicados les son inherentes, y es en ellas donde reside el principio de corrupción de las costumbres políticas. El individualismo, que es la esencia del sufragio universal, arranca de la materia, signada por la cantidad, y la materia, erigida en expresión de discernimiento, disuelve, destruye, corrompe, porque la bondad adviene siempre a las cosas por la vía de la forma, según los grandes principios de la metafísica tomista.
Fácil sería demostrar que los descalabros de la política moderna son consecuencia de considerar toda cuestión bajo el signo de la materia.
5. Regimenes Políticos
Supuesta la constitución del Cuerpo Social con facultad de dejar oír su voz por medio de un órgano que lo represente, tócanos fijar lo que la doctrina católica enseña respecto a los diversos regímenes políticos, según los cuales puede la autoridad pública constituirse. Será necesario estudiar con preferente atención el régimen democrático, porque ofrece especial interés.
Este asunto se ha de abordar con espíritu totalmente purgado de pasiones y de fobias políticas; si en alguna cuestión es necesaria la serenidad del filósofo, es precisamente en ésta. Ante todo, ha de suponerse resuelto el problema de la soberanía, para no incurrir en la confusión perenne de los democratistas, que pretenden justificar la democracia con argumentos tomados de la pretendida soberanía popular.
Aunque la soberanía viniese del pueblo o en él residiese, cosa abiertamente falsa, según se demostró, no argüiría ningún privilegio en favor de la democracia forma de gobierno. Porque el pueblo, que, como todo ser, está hecho para su propio bien, debe preferir aquella forma más apta para procurárselo, y no hay razón ninguna especial que justifique en este sentido la democracia; por el contrario, las hay muy abundantes en su contra.
No se pretende con esto invalidarla; sólo se busca hacer comprender la necesidad de distinguir cuestiones que generalmente se confunden con perjuicio de un conocimiento claro del problema y de su solución.
Entrando en materia, y siguiendo al Angélico Doctor, cuyo pensamiento ha expuesto Demongeot en su admirable estudio Le Meilleur Regimen Politique Selon Saint Thomas, distingamos cuatro tipos puros de regímenes políticos.
En caso de que gobierne uno, el gobierno tiende esencialmente a la unidad, a la cohesión y al poder más absoluto: régimen real o monarquía. Si gobiernan los mejores, la preocupación dominante es que el poder se dé a cada uno en proporción de su virtud: aristocracia. Si gobierna el más rico o los más ricos y poderosos, el ideal que determina la estructura es la riqueza: oligarquía. Cuando el poder está encomendado a la multitud que se gobierna libremente, el régimen se llama democracia.
Cualesquiera de estos regímenes, o una combinación de ellos, es permitida, siempre que pueda coexistir con el bien común temporal, ley fundamental de toda vida política. Esta posibilidad de coexistencia no se debe tan sólo determinar así en abstracto, de modo general, sino también en concreto, atendiendo a las condiciones geográficohistóricas de este pueblo determinado, pueblo determinado que no es el pueblo de un preciso momento, como si estuviese aislado en el tiempo, sino considerado en su relación con las generaciones pasadas y con las venideras.
León XIII ha difundido este principio que rige tan importantísima cuestión; y cuando lo enunciaba, parecía tener presente a los demócratas, que confían al capricho de la multitud la implantación de las formas de gobierno.
Después de recordar que los gobernantes pueden, en algunos casos, ser elegidos por la voluntad y juicio de la multitud sin que se oponga la doctrina católica, ya que entonces no se da el poder, sino que se establece quién lo ha de ejercer, prosigue: Nada impide que la Iglesia apruebe el gobierno de uno solo o de varios, con tal que sea justo y aplicado al bien común. Por lo cual, salva la justicia, no está vedado a los pueblos darse aquella forma política que mejor se adapte a su genio, tradiciones o costumbres.
Como se desprende del tenor del documento, no es el capricho de la multitud el que, de entre las formas posibles y lícitas, elige la forma concreta que ha de regir la ciudad.
Será necesario contemplar el genio, tradiciones, costumbres del propio pueblo para determinar aquélla que realmente es apta para asegurar eficazmente el bien común temporal de esa ciudad determinada. Nada más absurdo que implantar un régimen monárquico en un país de franca tradición republicana, e inversamente establecer la república en un país tradicionalmente monárquico.
En efecto, un régimen de gobierno postizo, sin verdadero arraigo en las tradiciones del pueblo, puede imponer al país una dirección contraria a la de su movimiento natural, exponiéndole a un desequilibrio constante.
6. La Democracia
Apliquemos este principio al régimen democrático y veamos hasta dónde puede coexistir con el bien común. Pero será necesario exponer antes, siguiendo la doctrina del Angélico Doctor, los constitutivos esenciales de la democracia en su estado simple o puro.
He dicho constitutivos esenciales, porque la democracia, como todo ser material, es una esencia que no puede existir sino en una realidad concreta, individualizada gracias a ciertas determinaciones accidentales, provenientes de la materia cuantitativa: materia signata quantitate, dice Santo Tomás. Por lo mismo que estas determinaciones vienen de la materia cuantitativa, carecen de inteligibilidad, ya que la materia de por sí es ininteligible.
Luego, si son ininteligibles, son distintas y separables de la esencia, que es en todo ser el principio necesario y primero de inteligibilidad. Al filósofo no puede interesarle el estudio de estas determinaciones accidentales. Porque él quiere entender (intelligere), esto es, leer dentro (intus-legere) de las cosas, captar las esencias o principios inteligibles de las cosas.
Digo además: de la democracia en su estado simple o puro. Porque hay esencias simples y hay otras que resultan de la combinación de varias simples. Así, por ejemplo, el hidrógeno es una esencia simple o en estado puro, mientras que el agua es una combinación de hidrógeno y oxígeno. Evidentemente que el agua es una sola y nueva esencia. Pero no es simple, en ella las cualidades de las esencias simples de que se compone están como templadas.
Supuesta la inteligencia de estas observaciones, podernos acometer el estudio presente. ¿Qué es, pues, la democracia en su estado simple o puro? Es el régimen en el que todos los ciudadanos son y se sienten libres, iguales y soberanos. Son tres las notas esenciales de este régimen: libertad, igualdad y soberanía de todos y de cada uno de los ciudadanos.
De las tres notas indicadas, la principal, aquélla que está ante todo implicada (Pol. VI, 2), y de la cual se derivan las otras dos, es la libertad. Ella es el principio y fin de la democracia (Pol. IV, 7), dice, en su lenguaje metafísico, Santo Tomás. De ahí que en una democracia el ciudadano no está dirigido por otro ni hacia el fin de otro, sino que por sí mismo se dirige hacia el fin de la ciudad (Pol. II, 2). El ciudadano, en su actividad política, es verdaderamente libre.
Si la libertad es un atributo esencial de todos los ciudadanos, todos deben gozar de ella igualmente. Todos serán, entonces, pura y simplemente iguales con derecho u participar en la misma medida de los favores o bienes comunes. (Pol. III, 4). Y esto, según una estricta igualdad aritmética, sin que se tenga en cuenta diferencias de dignidad, sino que tanto ha de participar el pobre como el rico, el sabio como el ignorante. (Pol.VI, 2).
La libertad política que todos igualmente poseen no consiste tan sólo en ser gobernado como libre, ni siquiera en controlar el gobierno o participar de él por el sufragio igualitario, sino que importa el acceso de todos los ciudadanos a las funciones más altas de la ciudad, y el que no haya nadie por encima de otro. (Pol.IV, 2). Es decir, que todo ciudadano sea soberano.
Luego, la democracia puede definirse: "régimen donde gobierna toda la multitud" (Pol.II, 7). Pero, ¿cómo gobierna toda la multitud? En primer lugar, porque los funcionarios son elegidos de entre todos, sin atender a consideraciones de dignidad o valor, al menos para el desempeño de las funciones que no reclaman especial sabiduría o prudencia. (Pol.VI, 2). Y como el sorteo es el único procedimiento capaz de asegurar esta perfecta igualdad, la ley ha decidido que por su medio sean escogidos los gobernantes (Pol. IV, 8), que duren poco en sus funciones y que no puedan desempeñar varias veces la misma. (Pol. VI, 2). En segundo lugar, porque el verdadero gobernante es la masa de ciudadanos reunidos en la Asamblea o Consilium (13), los funcionarios no vienen a ser más que ejecutores de la voluntad popular.
De las características apuntadas es fácil deducir que la democracia, en su estado puro, ha de ser la dominación de los pobres; porque si la multitud manda, como en ella hay más pobres que ricos (Pol. VI, 2), los pobres han de poseer más autoridad que los ricos. De ahí que en las democracias los gobernantes se caractericen por su nacimiento oscuro, pobreza e ignorancia, o por su oficio miserable, de suerte que así como en un estado aristocrático los que mandan son nobles, ricos y virtuosos, así en el democrático son hombres oscuros, pobres y sin razón social (Pol. VI, 2).
¿Qué juicio formular sobre la democracia así definida? ¿Es un gobierno justo, capaz de asegurar el bien común?
Es necesario distinguir. Si se trata de una sociedad en la que no existen desigualdades sociales porque todos son igualmente pobres e ignorantes, o todos igualmente ricos y virtuosos, el bien común está asegurado, por cuanto no es de temer que una clase, valida de su mayor número, oprima a las otras.(Pol. VI, 1). Caso, como se ve, utópico, sólo posible en un país de cretinos. Porque la desigualdad de las naturalezas individuales es cosa que se impone a la evidencia. No todos poseen ni pueden poseer las mismas riquezas espirituales o materiales. En este sentido es muy instructiva la experiencia realizada por el mundo moderno, o sea el mundo salido de los principios de la Reforma protestante. Llevaba en sus entrañas el mito de la realización democrática universal; y como no encontró la igualdad económico-social necesaria a la democracia política, quiso crearla. No pudiendo crearla levantando a todos a la misma medida de
virtud y riqueza, ya que no todos son capaces, de hecho, de una medida alta, se empeñó en rebajar las condiciones de cultura de todos por medio de la democratización de la escuela y del confort. Así se ha creado el tipo standard de incultura: una multitud obsesionada por los mismos mitos, regida por los mismos lujos en la universalización del automóvil y de la radio. Igualdad artificial, en una cierta participación en común de lo menos humano que hay en el hombre. La igualdad natural, en cambio, no se forja con un decreto (Pol. VI, 2) ni se crea artificialmente, afirma Santo Tomas con Aristóteles.
Ahora bien, si la igualdad natural no existe, la democracia será injusta, porque una clase, en virtud del número, se apoderaría del poder y dominaría a la otra. (cosa abiertamente injusta, ya que el poder ha de ejercerse en vista del bien común de todos y de todas las clases sociales. Esta es precisamente la crítica fundamental que Santo Tomás formula contra el régimen democrático en el opúsculo De Regno (L., I. 1). Si el gobierno inicuo es ejercido por muchos — dice —, se le llama democracia, es decir, dominación del pueblo; cuando, valida de su cantidad, la plebe oprime a los ricos, todo el pueblo llega a ser, entonces, como un único tirano. De aquí que Santo Tomás clasifique la democracia entre las formas corrompidas de gobierno.
Aunque la democracia en su estado simple o puro es esencialmente tiránica, ¿no sería posible escoger de ella algunos elementos buenos, que quizá contenga, y templarlos con elementos de las otras formas de gobierno, también simples, tales como la aristocracia (gobierno de los mejores), y monarquía (gobierno de uno), y dar nacimiento a una nueva forma de gobierno en la cual abunde el elemento democrático? Santo Tomás lo ha creído posible, y ha propuesto la república como forma buena de gobierno, oponiéndola a la democracia.
Porque si es mala la democracia en su estado puro, ya que lógicamente termina en un gobierno de clase, no es, sin embargo, mala la tendencia fundamental que la inspira: asegurar la libertad del cuerpo social en su movimiento hacia el bien común. Por supuesto que esa libertad también puede ser lograda en un régimen monárquico o aristocrático; nunca, por ejemplo, se han determinado los ciudadanos con mayor libertad que en la monarquía de San Luis, rey de Francia.
Pero, supuesta la psicología refleja del hombre, esta autodeterminación no aparece al ciudadano con tanta evidencia dentro de la monarquía como en el régimen republicano (14).
Sucede frecuentemente — dice San Tomás en De Regno (L. I, 4) — que los hombres que vivenbajo un rey no se mueven al bien común, con tanta eficacia porque estiman que la procuración del bien común no es cosa que interese a ellos, sino sólo al gobierno. Empero, cuando ven que el bien común está en poder de todos, tienden a él como a su propio bien. Como en el régimendemocrático todos los ciudadanos participan en una u otra forma del poder, lo aman como a cosa propia y quieren que persevere. Nada más conveniente para la estabilidad de un régimen, como que las diversas partes o clases que constituyen la ciudad estén interesadas en su conservación. (Pol. II, 14).
Con esta discriminación, aparece el elemento bueno y el malo de la forma democrática en su estado puro. La participación de todos los ciudadanos en el gobierno es, de suyo, buena; la participación aritmética igualitaria es mala, porque conduce al gobierno de una clase, y precisamente de la menos capacitada.
Será necesario, entonces, templar el régimen democrático con el principio de la aristocracia (gobierno de los más virtuosos) y con el de la oligarquía (gobierno de los de mayor eficiencia económica), y aun con el de la monarquía (gobierno de la unidad), para que resulte un régimen donde todos gobiernen en la procuración del único bien común del cuerpo social. (Pol. IV, 7).
Esta temperación se logrará compensando la exigua cantidad de buenos, de sabios y de ricos con un aumento de sus derechos políticos, proporcional a su función social; en lo cual no habrá injusticia, sino por el contrario, ya que la igualdad de la justicia distributiva consiste en que de diverso modo sean honradas y beneficiadas las personas diversas en atención a su dignidad. (S. T. II - II., q. 63, a. 1).
Porque en la justicia distributiva no se da a cada uno según una igualdad aritmética de cosa a cosa (tanto por tanto), sino según una proporción de las cosas con respecto a las personas, de suerte que, así como una persona es superior a otra, así la cosa que se otorga a una sea superior a
la que se otorga a otra. Por esto dice el Filósofo que en la justicia distributiva el justo medio seequilibra según una proporcionalidad geométrica, en la cual la igualdad no es cuantitativa, sinoproporcional; como si dijésemos que así como seis es a cuatro, tres es a dos porque en una y otraexiste la misma proporción, que es dos, aunque no hay una misma igualdad cuantitativa, porque seis es mayor que cuatro en dos unidades tres mayor que dos en una unidad. (II - II, p. 61, a. 2).
De suerte que esta compensación proporcional de derechos políticos en atención a la dignidad económico-social de las personas no sólo es conveniente para la estabilidad del cuerpo social, sino que está exigida por la justicia distributiva, que, según la enseñanza del Doctor Angélico, reclama que a una diversidad de dignidad responda una diversidad de derechos y de honores.
Recuérdese, para entender plenamente esta doctrina, que es cierto que la virtud es la única causa justa de honor. Pero puede uno ser honrado no sólo por su virtud personal, sino también por la virtud funcional, como cuando se da honra a los príncipes y prelados, aunque sean malos, por cuanto son representantes de Dios y de la comunidad que gobiernan... Y así igualmente son honrados los padres y señores por la participación de la dignidad de Dios, que es Padre y Señor de todas las cosas. Son honrados los ancianos por la ancianidad, que es signo de virtud, aun cuando este signo a veces falle. Son honrados los ricos porque ocupan un lugar más alto en la sociedad (II - II, q. 63, a. 3). Es claro que el honor no se da sin el correspondiente contrapeso del deber. El gobernante dispone del poder en servicio de los súbditos, y el rico no debe tener las cosas exteriores como propias, sino como comunes, de modo que fácilmente dé parte en ella a los otros cuando lo necesiten. Por esto, dice el Apóstol, (I Tim 6, 17), manda a los ricos de este siglo... que den y repartan francamente de sus bienes... (II. II, q. 66, a. 2).
Toda esta doctrina descansa sobre la evidencia natural de la desigualdad de las "naturalezas individuales", evidencia que es peligroso eludir.
En la doctrina católica, tan maravillosamente expuesta por Santo Tomás en la Suma Teológica, la esencia del hombre, o sea el principio necesario y primero de inteligibilidad (15), es la misma y única en todos los hombres, ya que no existe sino una sola especie humana.
No así la naturaleza individual, la esencia de hombre realizada en una materia cuantitativa concreta: ésta es individual, y por tanto incomunicable, diferente y desigual de uno a otro hombre.
La doctrina metafísica del Angélico se hace evidente por la experiencia cotidiana, que nos muestra que no hay en la naturaleza dos cosas o personas iguales. Todo es diferente y jerárquico, como aparece espléndidamente en el microcosmos humano, en el que cada órgano tiene su función específica, propia, jerarquizada con el bien total de todo el compuesto.
La sociedad, que es el conjunto de naturalezas individuales armonizadas en la procuración del bien común, no podía estar constituida en forma que contradijese este hecho de las desigualdades individuales. Precisamente porque trata de asegurar el bien común de todos, debe atender a la condición desigual del bien de cada uno.
No se crea que esto implica un rebajamiento de las funciones sociales inferiores; al contrario, porque el bien del pie no está en mandar a la cabeza, sino en ser dirigido por ella. Si el pie manda, no sólo destruye la cabeza, sino que se inutiliza a sí mismo, pues sin la dirección de la cabeza caminará a su ruina. Por otra parte, la cabeza no puede engreírse de su superioridad, como si dirigiese sin necesitar de los pies, pues sin ellos no podría estar dignamente sustentada ni lograr la ejecución de muchos de sus designios.
Es verdad incontrovertible que la jerarquía natural de la sociedad no ha podido negarse sin trastornos mortales para la vida humana.
Así, el mundo moderno, que ha igualado políticamente lo inferior y lo superior, presenta dos fenómenos opuestos: por una parte, las clases superiores abandonan su función directiva y sólo quieren aumentar su riqueza; y por la otra, la plebe exasperada afirma su tiranía, con lo que el esclavo económico se erige en divinidad política.
(13) En esta Asamblea intervienen inmediatamente todos los ciudadanos; es cosa muy distinta de los parlamentos en los cuales los parlamentarios fingen representar al pueblo. (N. del A.).
(14) Por eso el régimen democrático tuvo que aparecer como necesario en las épocas reflejas de la historia, tales como la edad moderna. Lo cual señala la inferioridad de esta forma ante las otras. Porque la reflexividad es un síntoma evidente de enfermedad, ya que supone que el hombre se mira más a sí mismo, que al ser exterior. Ahora bien: el hombre no es actualizado y perfeccionado sino por el Ser, que está fuera de él; el hombre se halla en un estado de potencia pasiva con respecto a esa su perfección; es una tabla rasa, en la cual nada hay escrito, según la sabiduría de Santo Tomás y de Aristóteles. (N. del A.).
(15) Ver Maritain INTRODUCCIÓN GÉNÉRALE A LA PHILOSOPHIE, 1930, pág. 149 y sig. (N. del A.).