
por el R.P. Julio Meinvielle
(1) Copia escaneada de la tercera edición reproducida en la Colección “Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino”, volumen 3º, editado en Bs. Aires en el año 1974. Al final se agregan como Apéndices (incluidos también en el volumen citado) varios trabajos del autor relacionados con el tema y un ensayo sobre Maurras).
Introducción.

a política debe servir al hombre. He aquí una fórmula que condensa el presente libro, fórmula que dice muy poco y muy confusamente si no se tiene un verdadero concepto del hombre; fórmula que, en cambio, lo dice todo, y muy luminosamente, si se posee este auténtico concepto.
El filosofismo y la Revolución antes de corromper la política, y lo mismo dígase de la economía, corrompieron al hombre. La Iglesia, en cambio, antes de dar una política cristiana, ordenó al hombre y nos dió al cristiano.
De aquí que sea esencial, en la portada de este libro, indicar qué es el hombre. Porque esmanifiestamente claro que no puede ser igual la concepción de la política si hacemos del hombre un simpleejemplar de la escala zoológica que si hacemos de él un ser iluminado por la luz de la razón, con un destino eterno.
Y el hombre es esto: un ser con necesidades materiales, porque tiene un cuerpo, pero sobre todo con necesidades intelectuales, morales y espirituales, porque tiene un alma inmortal. Y esto no surge de una consideración apriorística, sino que es la comprobación de lo que observamos en nosotros mismos por el sentido íntimo, en los demás por la observación, y por la historia en todo el correr de la existencia humana.
Y con esto ya tendríamos lo suficiente para formular las leyes de una política humana, y por lomismo verdadera, y puesta al servicio del hombre. Y ésta no sería individualista, ni liberal, ni democratista, coma imaginó Rousseau; ni organicista, ni estatista, como han fingido los filósofos y juristas salidos de Hegel. Sería una política humana. No hay palabra más exacta y precisa para calificarla.
¿Sería también una política cristiana? Si, en el sentido de que todo ese ordenamiento político,derivado de una recta consideración de la naturaleza humana, es querido por Dios, y como tal inmutable y valedero aun en el caso de una política cristiana. Pero es evidente que una política cristiana, sin alterar ni disminuir las exigencias de una política puramente humana, está condicionada por una ley más alta, que deriva de principios más altos y nuevos que el cristianismo ha añadido a la naturaleza humana. La política cristiana es entonces más que humana, porque llena más cumplidamente las exigencias de ésta. De la misma manera que la vida cristiana, sin dejar de ser humana, es algo más que humana.
Y sabido es qué significa este "algo más". La vida cristiana es una vida sobrenatural que trasciende todas las exigencias de cualquier naturaleza creada o creable, es una nueva creatura en Cristo (San Pablo, II Con. 5, 17) que se injerta en la naturaleza del hombre y la transforma en divina, sin destruirla, del mismo modo que, sin destruirla, el injerto transforma la eficacia de la planta salvaje.
El hombre sobrenatural, u hombre católico, es un hombre de vida nueva (San Pablo, ROMANOS 6, 4), con operaciones nuevas porque todas sus operaciones están divinizadas, como lo está su naturaleza de hombre.
Sin la inteligencia de este misterio, todo es absolutamente absurdo en el catolicismo, porque cuanto en él hay recibe sentido de este misterio de vida que significa y opera. La Iglesia Visible, por ejemplo, es un misterio invisible. Peregrinando en la tierra, mezclada en cierto modo a las cosas de la tierra, opera la unión invisible de las almas con Cristo y por Cristo con Dios.
El hombre católico no es hombre y, además, católico, como si lo católico fuese algo separado de su cualidad de hombre o de padre de familia, artista, economista, político. El hombre católico es una unidad. Cuanto de hombre y de actividad hay en él, debe ser católico; esto es, adaptado a las exigencias de su fe y caridad cristianas.
El Verbo asumió toda la humanidad, excepto el pecado; la vida católica debe asumir y sobreelevar toda la vida humana, excepto las corrupciones de su debilidad.
La política es una actividad moral que nace naturalmente de las exigencias humanas en su vidaterrestre. De ahí que, tanto la ciencia política que legisla las condiciones esenciales de la ciudad terrestre, como la prudencia política que determina las acciones que convienen u ciertas circunstancias concretas, para el logro de determinados fines políticos, deban ajustarse a la vida sobrenatural. De suyo se desenvuelven en un dominio puramente humano con una autonomía de acción regulada por la razón; pero todo ese orden está sobreelevado, en la economía presente, al fin sobrenatural que Dios ha asignado al hombre.
Esta subordinación no es puramente extrínseca, como si la política se refiriese a un fin superior sin renovarse en su interior; debe tender positivamente a la realización de un fin sobrenatural, pues importa una renovación interior, una regulación nueva. Porque la política, aun quedando en el orden de las realizaciones temporales, debe disponer de medios superiores a los de la naturaleza en el estado de sus exigencias puras. La política cristiana es, pues, de un valor humano nuevo y superior al de la política simplemente tal.
El católico, como católico, debe ajustar su vida política a las exigencias de su recta razón, iluminada por la fe. Para ello necesita conocer reflexivamente las exigencias de su fe en su actividad de miembro de la colectividad.
Por otra parte, las condiciones presentes de la vida política reclaman con especial urgencia que el católico conozca la doctrina católica sobre la política. Pero este conocimiento, además de ser reflexivo, ha de penetrar en la esencia de la realidad política y en sus múltiples nexos causales: debe ser de orden filosófico.
La pura erudición de las teorías y de los hechos políticos, lo que se llama actualidad política, es nociva si no se está en posesión de la auténtica filosofía de la política; y por lo mismo de la metafísica natural de la inteligencia humana, lo que Santo Tomás llama sentido común, hoy completamente destruido por perversiones ideológicas casi inverosímiles. El hecho es contingente, individual, atado a las exigencias disolutas de la materia que divide e individualiza; aunque se multiplique y sistematice en leyes empíricamente formuladas, está destituído de toda explicación ontológica. Podrá revelarnos lo que se hace pero nunca lo que se debe hacer.
Los hechos logran explicaciones a la luz de los principios ontológicos; los hechos políticos a la luz de los principios ontológicos del ser humano. A la luz de estos principios, la observación e interpretación de esos hechos es necesaria para considerar las condiciones de hecho de una ciudad concreta y determinada. La metafísica no excluye la observación empírica, antes la exige; pero la exige sustentada en su propio seno. Cuando decimos metafísica, no decimos algo inextricable, inalcanzable para el común de los humanos; nos referimos simplemente a la sabiduría que considera los principios del ser.
Esta sabiduría, que posee espontáneamente todo hombre que no ha corrompido deliberadamente su propia inteligencia, observa los hechos, los valora y coloca a cada uno de ellos en el lugar de la jerarquía que le corresponde.
El signo más típico y grave de la descomposición del mundo moderno es, precisamente, esta guerra a la sabiduría que contempla los principios del ser.
De ahí que el mundo moderno sea una feria de fenómenos absolutos, llamados Estado, Individuo, Libertad, Soberanía, Revolución, Igualdad, Fascismo, Democracia, Derecha, Izquierda, Centro.
Cada uno de estos fenómenos sublimados a lo absoluto, lucha desordenadamente para imponer su tiránica dominación. Y el ser, el humano y el divino, perece víctima de esta lucha alocada y quimérica de los mitos que desató el hombre. Y en ella perecen también todos los valores humanos, incluso la política.
Por esto, sometiéndonos con humildad a esta sabiduría de los primeros principios, que Santo Tomás poseyó en alto grado, y bajo esa luz, enfocando los hechos que registra la observación, intentaremos este estudio de la política, que consideraremos en cuatro capítulos.
Primero: Naturaleza de la sociedad política.
Segundo: Naturaleza, condición y alcance de la soberanía.
Tercero: Organización de la sociedad y del Estado para que sea efectiva la procuración del bien común.
Cuarto: Funciones y atribuciones del Estado.
En estos cuatro capítulos condensaremos todo cuanto pueda exigirse para que la ciudad pueda gobernarse políticamente. Para que haya gobierno sin tiranía. Simplemente, para que haya gobierno.
Porque sólo en la medida en que éste defecciona por defecto o por exceso, hay tiranía. Para que haya una constante y permanente procuración del bien común, de ese bien común, fruto del reinado público de la justicia, único capaz de producir, a su vez, el don divino de la paz que es, aún entre todos los bienes terrestres y pasajeros, el más agradable del que hablar se pueda, el más deseable de cuantos se puedan apetecer, y el mejor que se pueda encontrar. (San Agustín).
Si siempre resulta difícil determinar la naturaleza de una cosa, mayor es la dificultad cuando se trata de realidades morales como la política.
Ante todo se ha de advertir que, si bien aquí nuestra tarea versa exclusivamente sobre la ciencia política, no se deja de lado lo que es propio de la prudencia política, o sea de la política en su acepción genuina que considera la formación, estructura y gobierno de las sociedades humanas llamadas políticas.
Y aquí nos preguntamos lo siguiente: ¿EI hecho de las sociedades políticas es un fenómeno natural, regido por leyes fijas e invariables, como por ejemplo, la formación de los cristales que estudia la cristalografía, o es un producto artificial de la actividad del hombre, como puede serlo un cuadro, una máquina o un artefacto cualquiera que puede el hombre a su total arbitrio hacerlo o dejar de hacerlo, hacerlo de esta o de aquella otra manera; o es por fin un hecho específicamente humano, de la categoría moral, como son los actos de la virtud de templanza o de fortaleza que no puede el hombre, sin quebrantar las leyes de la conducta, dejar de ejecutar?.
La cuestión consiste en averiguar si la ciencia política es una ciencia natural como la biología, o que indaga la constitución de los vivientes, o un puro arte como la fabricación, de navíos, que tiende a construir convenientemente un barco sin atención a la rectitud moral de la acción de fabricar, o si es en realidad una ética que comprende y regula la actividad específica del hombre, aquélla que no puede válidamente evadirse del campo de lo bueno y de lo malo.
Suponiendo, como es evidente y nadie lo niega, que sólo entre los hombres se realizan las sociedades llamadas políticas, habrá que examinar qué clase de tendencias del hombre le dan existencia: si fijas e invariables como las que llevan a la abeja a crear su colmena, o una acción libre y arbitraria como la que mueve al hombre a fabricar un artefacto, o bien una acción específicamente humana, libremente ejercida, aunque obedeciendo a las exigencias profundas de la misma naturaleza humana.
Porque si observamos las acciones que ejecuta el hombre, podemos clasificarlas en tres grandes categorías. En la primera podemos poner todas las acciones que se ejecutan en él, necesariamente, independientemente de su voluntad; así, por ejemplo, su actividad físico-química y biológica: de ellas se ocupan las distintas ciencias que formulan las leyes que rigen esta actividad fija e invariable. En una segunda categoría podemos incluir las acciones del hombre que se dirigen a la producción de cosas, tales como obras mecánicas o artísticas. Estas acciones las ejecuta libremente, sin estar necesitado a ejecutarlas por ninguna exigencia de su naturaleza racional, de suerte que aun cuando las dejara de ejecutar o las ejecutara de ésta o de aquélla otra manera, no violaría los dictados de su naturaleza racional de hombre. Hay, por fin, una tercera categoría de acciones que, si es cierto que las pone el hombre libremente, se ve impelido a ello en virtud de su naturaleza racional, que le dicta imperativamente que eso debe hacerlo y que no puede dejar de hacerlo. Estas acciones buscan la perfección del hombre en cuanto tal.
Hay, entonces, tres órdenes: el de la naturaleza física, el de las obras de arte y el de la conducta moral. ¿En cuál de los tres hemos de incluir la política? De la respuesta a esta cuestión depende toda teoría política.
1. DOS TEORIAS ERRONEAS
Aunque pueda parecer anacrónico mentar aquí a L'Action Française, nada más conveniente para fijar una posición definida en la cuestión presente. L'action Française, nutrida escuela de observadores vigorosos, concibe la política como una ciencia física que comprueba fenómenos de la naturaleza y los organiza en leyes, del mismo modo que la botánica o la cristalografía. La sociedad no sería una realización libre del hombre que actualiza las virtualidades sociales depositadas en su ser, sino el producto necesario de necesarios instintos, como en el caso de los hormigueros (2).
"La sociedad —dicen— (Maurice Pujo, en Comment Rome est Trompée, pág. 166, citado por Lallement en Clairvoyance de Rome, pág. 166) está fundada en lo más estable y firme de nuestra naturaleza, en el instinto de conservación, que expresa las necesidades elementales de la vida.
Este instinto de conservación, inseparable del instinto familiar, nos determina a defender nuestra vida y la de nuestros hijos, nos hace desear que esté asegurada contra la miseria, y para ello funda primero la propiedad y después la herencia; además, nos hace desear que esté defendida contra los peligros que la rodean, y para ello funda la sociedad. No hay en todo esto ningún esfuerzo virtuoso, ninguna intervención de la voluntad en el sentido moral de esta palabra".
Queda por tanto, eliminado de la fundación y estructura de la sociedad el elemento virtud, ya que en ella no interviene ninguna determinación libre. Excluída la virtud, resulta que la vida política es ajena a la justicia y a los preceptos evangélicos. Su fin específico no será el bien común temporal, como enseña la moral cristiana, sino el interés nacional, esto es, la realización, por todos los medios posibles, buenos o malos, de lo que parece servir a la "restauración monárquica" de Francia. Toda la política se reducirá no a lograr la vida perfectamente virtuosa de la sociedad, el totum bene vivere de los escolásticos, sino a poner "en buena marcha los negocios materiales de la nación, equilibrar su presupuesto, asegurar con una artillería de calidad la defensa nacional" (ib., pág. 163).
De donde resultaría que la política es tan independiente de la moral como el funcionamiento del páncreas.
Aunque inspirados en otras corrientes filosóficas, el maquiavelismo y el fascismo guardan grandes afinidades con la ideología maurrasiana.
Maquiavelo, privado de toda inteligencia religiosa e imbuido de las concepciones grecoromanas de la vida, ve en la patria la única grandeza espiritual capaz de inspirar y engendrar la gloria, el heroísmo, el trabajo y la creación. La patria es una divinidad en cuyo altar hay que inmolarlo todo.
Cuanto por ella se haga está permitido, y las acciones que en la vida privada serían malas, si se hacen por la patria son magnánimas. La razón de Estado, la famosa razón de Estado, encierra en sí plena justificación.
Continuando parcialmente esta tendencia maquiavélica, el fascismo, dirigido por una voluntad de acero y fundado en una comprensión de la realidad inmediata, se propone realizar la gran Italia, heredera plena de la Roma Imperial. Esta Italia grande, formada no por individuos, sino por cuerpos sociales empeñados todos en una producción armónica sería prácticamente suprahumana.
La definición que del fascismo hace el mismo Benito Mussolini en la Enciclopedia Italiana (LaNación, 30 de junio de 1932) refleja en forma intergiversable esta exaltación desorbitada del Estado: "El liberalismo —dice— negaba el Estado en provecho del individuo en particular; el fascismo refirma el Estado como la verdadera realidad del individuo. Y si la libertad ha de ser el atributo del hombre real y no del abstracto fantoche en que pensaba el liberalismo individualista, el fascismo se pronuncia en favor de la libertad. Está por la única libertad que pueda ser una cosa seria, la libertad de Estado y del individuo en el Estado, ya que para el fascista todo está dentro del Estado y nada de humano o espiritual se halla fuera del Estado, y mucho menos tiene valor. En tal sentido, el fascismo es totalitario, y el Estado fascista, síntesis y unidad de todos los valores, interpreta, desarrolla y encierra en potencia toda la vida del pueblo".
Hay, sin embargo, bajo el aspecto que aquí nos interesa, una diferencia entre la ideología deL'Action Française y la maquiavélico-fascista. La primera es amoral; la segunda, inmoral, porque establece la razón de Estado como norma de moralidad.
Pero una y otra coinciden en exaltar la noción de Estado, haciendo revivir el Estatismo pagano.
Se llama Estatismo toda concepción política en la cual el hombre está totalmente supeditado al Estado como la parte al todo. De igual manera que las raíces y otras partes del árbol no tienen razón de ser sino como parte del todo, así el hombre, miembro de la sociedad política. El Estado puede sacrificarlo omnímodamente como mejor convenga a sus intereses. Y según las particularidades históricas en que se verifique, lleva los nombres de fascismo, absolutismo, bolchevismo, comunismo platónico, cesarismo, etc. (3)
Al fisicismo de L'Action Française se opone diametralmente el individualismo de Rousseau.
Para Rousseau el hombre ha nacido libre, con la libertad del salvaje en un bosque, y así ha depermanecer esencialmente. Como los hombres son todos libres, existe entre ellos la igualdad aritmética más absoluta, siendo inconcebible e injusta la menor subordinación.
Como, por otra parte, la sociedad política es inevitable, Rousseau busca construirla en forma talque nadie se vea quebrantado en su libertad e igualdad esenciales. Finge para ello un contrato social por el cual los hombres hasta entonces libres se determinan a vivir en sociedad. Lo curioso de este pacto es que no anula la libertad individual de los contrayentes, porque éstos, al darse a todos, no se dan a ninguno; y en segundo lugar, porque al someterse al gran yo común, a la voluntad general que se engendra, se someten a sí mismos.
La voluntad general es la voluntad del pueblo soberano, o sea de la multitud numéricamentecomputada. De donde todos los derechos y obligaciones son engendrados por el número.
En Rousseau, patriarca del liberalismo, la sociedad es un producto artificial elaborado por el individuo para asegurar su intangible libertad individual.
Si examinamos empíricamente la concepción política de Rousseau y la de L'Action Française las hallamos completamente opuestas. Esta hace de la política una física; aquél, un mero arte. Uno la hace derivar íntegramente de la voluntad libre del hombre, como si fuese un artefacto cualquiera; la otra asegura que es el producto de una función natural, como la del páncreas, sin conexión con la voluntad del hombre. L'Action Française le asigna, como razón de ser, el interés colectivo; Rousseau, la libertad individual.
Artificialismo, liberalismo, individualismo, en Rousseau; fisicismo, estatismo, en L'ActionFrançaise.
Sin embargo, una consideración de orden filosófico demuestra que ambas concepciones, aunquedistintas, no son, en realidad, irreductibles. Una y otra, de igual modo que el autonomismo kantiano, implican la adoración del hombre, con la exigua diferencia de que, si en una son aduladas sus tendencias individuales, en la otra se exaltan sus tendencias sociales.
Daniel Rops destaca, en Le monde sans Ame (Plon, 1932), esta común derivación de todos lossistemas modernos, al parecer antagónicos: "La naturaleza humana —dice— está de tal suerte hecha, que reclama imperiosamente la existencia de un absoluto; si no lo coloca en Dios, lo glorificará en sí mismo; sea en el individuo, sea en los conceptos de él derivados, como la raza, la nación, el Estado".
Y el absurdo de ambas concepciones estriba precisamente en que se hace un dios del individuo o del Estado. En el primer caso se sacrifica al Estado y se desemboca en la anarquía; en el segundo se sacrifica al individuo y se entroniza el absolutismo. Es el sempiterno vaivén de una sociedad que ha repudiado a Dios, al Dios Vivo y Verdadero que a todas las naciones señaló quien las gobernase. (Eclesiástico, 17, 14)
(2) Puede admitirse una ciencia política positiva, una sociología política, distinta de la filosofía política que se reduzca a considerar los hechos políticos como hechos. Una tal ciencia busca tan solo lo que es, la realidad política de una sociedad concreta determinada, tratando de explicar la mutua interacción de los elementos en la vida social sin explicar las normas de la vida política y menos juzgar la moralidad de esas acciones. Tal ciencia no podrá explicar si tal forma de asociación es normal o anormal, buena o mala, porque tales juicios, que suponen el conocimiento del fin de la vida humana, sólo son posibles en la filosofía social política. Si los teorizadores de L'Action Française se hubieran reducido a eso, no serían censurables. Pero ellos han querido construir una política para Francia, lo cual no es posible sin formular juicios de valor sobre lo bueno o malo en política y sin tener un fin que fije la conformación de la buena sociedad política. Aquí no censuramos a Charles Maurras, sino sólo a algunos de sus discípulos, por cuanto creemos que el pensamiento del mismo Maurras es indemne de toda censura. (N. del A.).
(3) El análisis y juicio que formulamos aquí del fascismo tiene en cuenta únicamente su enunciado doctrinario. Considerado así no es posible, bajo el aspecto de la doctrina católica, formular de él sino un juicio severo y terminante, ya que es una aplicación a la política del panteísmo hegeliano. Pero el fascismo puede considerarse también en su realización concreta y entonces no es sino una reacción económico-política contra el demoliberalismo, que puede llegar, no sólo a ser sano, sino hasta católico, de acuerdo. al medio en que se desenvuelva. Bajo este aspecto le he considerado en otros libros míos, particularmente en Un juicio católico sobre los problemas nuevos de la política, adonde remito al lector. Recomiendo también el excelente libro de César E. Pico, Carta a Jacques Maritain sobre la colaboración de los católicos con los movimientos de tipo fascista. Con respecto al nacional-socialismo puede verse el libro mío Entre la Iglesia y el Reich. (N. del A.).
Y con esto ya tendríamos lo suficiente para formular las leyes de una política humana, y por lomismo verdadera, y puesta al servicio del hombre. Y ésta no sería individualista, ni liberal, ni democratista, coma imaginó Rousseau; ni organicista, ni estatista, como han fingido los filósofos y juristas salidos de Hegel. Sería una política humana. No hay palabra más exacta y precisa para calificarla.
¿Sería también una política cristiana? Si, en el sentido de que todo ese ordenamiento político,derivado de una recta consideración de la naturaleza humana, es querido por Dios, y como tal inmutable y valedero aun en el caso de una política cristiana. Pero es evidente que una política cristiana, sin alterar ni disminuir las exigencias de una política puramente humana, está condicionada por una ley más alta, que deriva de principios más altos y nuevos que el cristianismo ha añadido a la naturaleza humana. La política cristiana es entonces más que humana, porque llena más cumplidamente las exigencias de ésta. De la misma manera que la vida cristiana, sin dejar de ser humana, es algo más que humana.
Y sabido es qué significa este "algo más". La vida cristiana es una vida sobrenatural que trasciende todas las exigencias de cualquier naturaleza creada o creable, es una nueva creatura en Cristo (San Pablo, II Con. 5, 17) que se injerta en la naturaleza del hombre y la transforma en divina, sin destruirla, del mismo modo que, sin destruirla, el injerto transforma la eficacia de la planta salvaje.
El hombre sobrenatural, u hombre católico, es un hombre de vida nueva (San Pablo, ROMANOS 6, 4), con operaciones nuevas porque todas sus operaciones están divinizadas, como lo está su naturaleza de hombre.
Sin la inteligencia de este misterio, todo es absolutamente absurdo en el catolicismo, porque cuanto en él hay recibe sentido de este misterio de vida que significa y opera. La Iglesia Visible, por ejemplo, es un misterio invisible. Peregrinando en la tierra, mezclada en cierto modo a las cosas de la tierra, opera la unión invisible de las almas con Cristo y por Cristo con Dios.
El hombre católico no es hombre y, además, católico, como si lo católico fuese algo separado de su cualidad de hombre o de padre de familia, artista, economista, político. El hombre católico es una unidad. Cuanto de hombre y de actividad hay en él, debe ser católico; esto es, adaptado a las exigencias de su fe y caridad cristianas.
El Verbo asumió toda la humanidad, excepto el pecado; la vida católica debe asumir y sobreelevar toda la vida humana, excepto las corrupciones de su debilidad.
La política es una actividad moral que nace naturalmente de las exigencias humanas en su vidaterrestre. De ahí que, tanto la ciencia política que legisla las condiciones esenciales de la ciudad terrestre, como la prudencia política que determina las acciones que convienen u ciertas circunstancias concretas, para el logro de determinados fines políticos, deban ajustarse a la vida sobrenatural. De suyo se desenvuelven en un dominio puramente humano con una autonomía de acción regulada por la razón; pero todo ese orden está sobreelevado, en la economía presente, al fin sobrenatural que Dios ha asignado al hombre.
Esta subordinación no es puramente extrínseca, como si la política se refiriese a un fin superior sin renovarse en su interior; debe tender positivamente a la realización de un fin sobrenatural, pues importa una renovación interior, una regulación nueva. Porque la política, aun quedando en el orden de las realizaciones temporales, debe disponer de medios superiores a los de la naturaleza en el estado de sus exigencias puras. La política cristiana es, pues, de un valor humano nuevo y superior al de la política simplemente tal.
El católico, como católico, debe ajustar su vida política a las exigencias de su recta razón, iluminada por la fe. Para ello necesita conocer reflexivamente las exigencias de su fe en su actividad de miembro de la colectividad.
Por otra parte, las condiciones presentes de la vida política reclaman con especial urgencia que el católico conozca la doctrina católica sobre la política. Pero este conocimiento, además de ser reflexivo, ha de penetrar en la esencia de la realidad política y en sus múltiples nexos causales: debe ser de orden filosófico.
La pura erudición de las teorías y de los hechos políticos, lo que se llama actualidad política, es nociva si no se está en posesión de la auténtica filosofía de la política; y por lo mismo de la metafísica natural de la inteligencia humana, lo que Santo Tomás llama sentido común, hoy completamente destruido por perversiones ideológicas casi inverosímiles. El hecho es contingente, individual, atado a las exigencias disolutas de la materia que divide e individualiza; aunque se multiplique y sistematice en leyes empíricamente formuladas, está destituído de toda explicación ontológica. Podrá revelarnos lo que se hace pero nunca lo que se debe hacer.
Los hechos logran explicaciones a la luz de los principios ontológicos; los hechos políticos a la luz de los principios ontológicos del ser humano. A la luz de estos principios, la observación e interpretación de esos hechos es necesaria para considerar las condiciones de hecho de una ciudad concreta y determinada. La metafísica no excluye la observación empírica, antes la exige; pero la exige sustentada en su propio seno. Cuando decimos metafísica, no decimos algo inextricable, inalcanzable para el común de los humanos; nos referimos simplemente a la sabiduría que considera los principios del ser.
Esta sabiduría, que posee espontáneamente todo hombre que no ha corrompido deliberadamente su propia inteligencia, observa los hechos, los valora y coloca a cada uno de ellos en el lugar de la jerarquía que le corresponde.
El signo más típico y grave de la descomposición del mundo moderno es, precisamente, esta guerra a la sabiduría que contempla los principios del ser.
De ahí que el mundo moderno sea una feria de fenómenos absolutos, llamados Estado, Individuo, Libertad, Soberanía, Revolución, Igualdad, Fascismo, Democracia, Derecha, Izquierda, Centro.
Cada uno de estos fenómenos sublimados a lo absoluto, lucha desordenadamente para imponer su tiránica dominación. Y el ser, el humano y el divino, perece víctima de esta lucha alocada y quimérica de los mitos que desató el hombre. Y en ella perecen también todos los valores humanos, incluso la política.
Por esto, sometiéndonos con humildad a esta sabiduría de los primeros principios, que Santo Tomás poseyó en alto grado, y bajo esa luz, enfocando los hechos que registra la observación, intentaremos este estudio de la política, que consideraremos en cuatro capítulos.
Primero: Naturaleza de la sociedad política.
Segundo: Naturaleza, condición y alcance de la soberanía.
Tercero: Organización de la sociedad y del Estado para que sea efectiva la procuración del bien común.
Cuarto: Funciones y atribuciones del Estado.
En estos cuatro capítulos condensaremos todo cuanto pueda exigirse para que la ciudad pueda gobernarse políticamente. Para que haya gobierno sin tiranía. Simplemente, para que haya gobierno.
Porque sólo en la medida en que éste defecciona por defecto o por exceso, hay tiranía. Para que haya una constante y permanente procuración del bien común, de ese bien común, fruto del reinado público de la justicia, único capaz de producir, a su vez, el don divino de la paz que es, aún entre todos los bienes terrestres y pasajeros, el más agradable del que hablar se pueda, el más deseable de cuantos se puedan apetecer, y el mejor que se pueda encontrar. (San Agustín).
I. Naturaleza moral de la política
Si siempre resulta difícil determinar la naturaleza de una cosa, mayor es la dificultad cuando se trata de realidades morales como la política.
Ante todo se ha de advertir que, si bien aquí nuestra tarea versa exclusivamente sobre la ciencia política, no se deja de lado lo que es propio de la prudencia política, o sea de la política en su acepción genuina que considera la formación, estructura y gobierno de las sociedades humanas llamadas políticas.
Y aquí nos preguntamos lo siguiente: ¿EI hecho de las sociedades políticas es un fenómeno natural, regido por leyes fijas e invariables, como por ejemplo, la formación de los cristales que estudia la cristalografía, o es un producto artificial de la actividad del hombre, como puede serlo un cuadro, una máquina o un artefacto cualquiera que puede el hombre a su total arbitrio hacerlo o dejar de hacerlo, hacerlo de esta o de aquella otra manera; o es por fin un hecho específicamente humano, de la categoría moral, como son los actos de la virtud de templanza o de fortaleza que no puede el hombre, sin quebrantar las leyes de la conducta, dejar de ejecutar?.
La cuestión consiste en averiguar si la ciencia política es una ciencia natural como la biología, o que indaga la constitución de los vivientes, o un puro arte como la fabricación, de navíos, que tiende a construir convenientemente un barco sin atención a la rectitud moral de la acción de fabricar, o si es en realidad una ética que comprende y regula la actividad específica del hombre, aquélla que no puede válidamente evadirse del campo de lo bueno y de lo malo.
Suponiendo, como es evidente y nadie lo niega, que sólo entre los hombres se realizan las sociedades llamadas políticas, habrá que examinar qué clase de tendencias del hombre le dan existencia: si fijas e invariables como las que llevan a la abeja a crear su colmena, o una acción libre y arbitraria como la que mueve al hombre a fabricar un artefacto, o bien una acción específicamente humana, libremente ejercida, aunque obedeciendo a las exigencias profundas de la misma naturaleza humana.
Porque si observamos las acciones que ejecuta el hombre, podemos clasificarlas en tres grandes categorías. En la primera podemos poner todas las acciones que se ejecutan en él, necesariamente, independientemente de su voluntad; así, por ejemplo, su actividad físico-química y biológica: de ellas se ocupan las distintas ciencias que formulan las leyes que rigen esta actividad fija e invariable. En una segunda categoría podemos incluir las acciones del hombre que se dirigen a la producción de cosas, tales como obras mecánicas o artísticas. Estas acciones las ejecuta libremente, sin estar necesitado a ejecutarlas por ninguna exigencia de su naturaleza racional, de suerte que aun cuando las dejara de ejecutar o las ejecutara de ésta o de aquélla otra manera, no violaría los dictados de su naturaleza racional de hombre. Hay, por fin, una tercera categoría de acciones que, si es cierto que las pone el hombre libremente, se ve impelido a ello en virtud de su naturaleza racional, que le dicta imperativamente que eso debe hacerlo y que no puede dejar de hacerlo. Estas acciones buscan la perfección del hombre en cuanto tal.
Hay, entonces, tres órdenes: el de la naturaleza física, el de las obras de arte y el de la conducta moral. ¿En cuál de los tres hemos de incluir la política? De la respuesta a esta cuestión depende toda teoría política.
1. DOS TEORIAS ERRONEAS
Aunque pueda parecer anacrónico mentar aquí a L'Action Française, nada más conveniente para fijar una posición definida en la cuestión presente. L'action Française, nutrida escuela de observadores vigorosos, concibe la política como una ciencia física que comprueba fenómenos de la naturaleza y los organiza en leyes, del mismo modo que la botánica o la cristalografía. La sociedad no sería una realización libre del hombre que actualiza las virtualidades sociales depositadas en su ser, sino el producto necesario de necesarios instintos, como en el caso de los hormigueros (2).
"La sociedad —dicen— (Maurice Pujo, en Comment Rome est Trompée, pág. 166, citado por Lallement en Clairvoyance de Rome, pág. 166) está fundada en lo más estable y firme de nuestra naturaleza, en el instinto de conservación, que expresa las necesidades elementales de la vida.
Este instinto de conservación, inseparable del instinto familiar, nos determina a defender nuestra vida y la de nuestros hijos, nos hace desear que esté asegurada contra la miseria, y para ello funda primero la propiedad y después la herencia; además, nos hace desear que esté defendida contra los peligros que la rodean, y para ello funda la sociedad. No hay en todo esto ningún esfuerzo virtuoso, ninguna intervención de la voluntad en el sentido moral de esta palabra".
Queda por tanto, eliminado de la fundación y estructura de la sociedad el elemento virtud, ya que en ella no interviene ninguna determinación libre. Excluída la virtud, resulta que la vida política es ajena a la justicia y a los preceptos evangélicos. Su fin específico no será el bien común temporal, como enseña la moral cristiana, sino el interés nacional, esto es, la realización, por todos los medios posibles, buenos o malos, de lo que parece servir a la "restauración monárquica" de Francia. Toda la política se reducirá no a lograr la vida perfectamente virtuosa de la sociedad, el totum bene vivere de los escolásticos, sino a poner "en buena marcha los negocios materiales de la nación, equilibrar su presupuesto, asegurar con una artillería de calidad la defensa nacional" (ib., pág. 163).
De donde resultaría que la política es tan independiente de la moral como el funcionamiento del páncreas.
Aunque inspirados en otras corrientes filosóficas, el maquiavelismo y el fascismo guardan grandes afinidades con la ideología maurrasiana.
Maquiavelo, privado de toda inteligencia religiosa e imbuido de las concepciones grecoromanas de la vida, ve en la patria la única grandeza espiritual capaz de inspirar y engendrar la gloria, el heroísmo, el trabajo y la creación. La patria es una divinidad en cuyo altar hay que inmolarlo todo.
Cuanto por ella se haga está permitido, y las acciones que en la vida privada serían malas, si se hacen por la patria son magnánimas. La razón de Estado, la famosa razón de Estado, encierra en sí plena justificación.
Continuando parcialmente esta tendencia maquiavélica, el fascismo, dirigido por una voluntad de acero y fundado en una comprensión de la realidad inmediata, se propone realizar la gran Italia, heredera plena de la Roma Imperial. Esta Italia grande, formada no por individuos, sino por cuerpos sociales empeñados todos en una producción armónica sería prácticamente suprahumana.
La definición que del fascismo hace el mismo Benito Mussolini en la Enciclopedia Italiana (LaNación, 30 de junio de 1932) refleja en forma intergiversable esta exaltación desorbitada del Estado: "El liberalismo —dice— negaba el Estado en provecho del individuo en particular; el fascismo refirma el Estado como la verdadera realidad del individuo. Y si la libertad ha de ser el atributo del hombre real y no del abstracto fantoche en que pensaba el liberalismo individualista, el fascismo se pronuncia en favor de la libertad. Está por la única libertad que pueda ser una cosa seria, la libertad de Estado y del individuo en el Estado, ya que para el fascista todo está dentro del Estado y nada de humano o espiritual se halla fuera del Estado, y mucho menos tiene valor. En tal sentido, el fascismo es totalitario, y el Estado fascista, síntesis y unidad de todos los valores, interpreta, desarrolla y encierra en potencia toda la vida del pueblo".
Hay, sin embargo, bajo el aspecto que aquí nos interesa, una diferencia entre la ideología deL'Action Française y la maquiavélico-fascista. La primera es amoral; la segunda, inmoral, porque establece la razón de Estado como norma de moralidad.
Pero una y otra coinciden en exaltar la noción de Estado, haciendo revivir el Estatismo pagano.
Se llama Estatismo toda concepción política en la cual el hombre está totalmente supeditado al Estado como la parte al todo. De igual manera que las raíces y otras partes del árbol no tienen razón de ser sino como parte del todo, así el hombre, miembro de la sociedad política. El Estado puede sacrificarlo omnímodamente como mejor convenga a sus intereses. Y según las particularidades históricas en que se verifique, lleva los nombres de fascismo, absolutismo, bolchevismo, comunismo platónico, cesarismo, etc. (3)
Al fisicismo de L'Action Française se opone diametralmente el individualismo de Rousseau.
Para Rousseau el hombre ha nacido libre, con la libertad del salvaje en un bosque, y así ha depermanecer esencialmente. Como los hombres son todos libres, existe entre ellos la igualdad aritmética más absoluta, siendo inconcebible e injusta la menor subordinación.
Como, por otra parte, la sociedad política es inevitable, Rousseau busca construirla en forma talque nadie se vea quebrantado en su libertad e igualdad esenciales. Finge para ello un contrato social por el cual los hombres hasta entonces libres se determinan a vivir en sociedad. Lo curioso de este pacto es que no anula la libertad individual de los contrayentes, porque éstos, al darse a todos, no se dan a ninguno; y en segundo lugar, porque al someterse al gran yo común, a la voluntad general que se engendra, se someten a sí mismos.
La voluntad general es la voluntad del pueblo soberano, o sea de la multitud numéricamentecomputada. De donde todos los derechos y obligaciones son engendrados por el número.
En Rousseau, patriarca del liberalismo, la sociedad es un producto artificial elaborado por el individuo para asegurar su intangible libertad individual.
Si examinamos empíricamente la concepción política de Rousseau y la de L'Action Française las hallamos completamente opuestas. Esta hace de la política una física; aquél, un mero arte. Uno la hace derivar íntegramente de la voluntad libre del hombre, como si fuese un artefacto cualquiera; la otra asegura que es el producto de una función natural, como la del páncreas, sin conexión con la voluntad del hombre. L'Action Française le asigna, como razón de ser, el interés colectivo; Rousseau, la libertad individual.
Artificialismo, liberalismo, individualismo, en Rousseau; fisicismo, estatismo, en L'ActionFrançaise.
Sin embargo, una consideración de orden filosófico demuestra que ambas concepciones, aunquedistintas, no son, en realidad, irreductibles. Una y otra, de igual modo que el autonomismo kantiano, implican la adoración del hombre, con la exigua diferencia de que, si en una son aduladas sus tendencias individuales, en la otra se exaltan sus tendencias sociales.
Daniel Rops destaca, en Le monde sans Ame (Plon, 1932), esta común derivación de todos lossistemas modernos, al parecer antagónicos: "La naturaleza humana —dice— está de tal suerte hecha, que reclama imperiosamente la existencia de un absoluto; si no lo coloca en Dios, lo glorificará en sí mismo; sea en el individuo, sea en los conceptos de él derivados, como la raza, la nación, el Estado".
Y el absurdo de ambas concepciones estriba precisamente en que se hace un dios del individuo o del Estado. En el primer caso se sacrifica al Estado y se desemboca en la anarquía; en el segundo se sacrifica al individuo y se entroniza el absolutismo. Es el sempiterno vaivén de una sociedad que ha repudiado a Dios, al Dios Vivo y Verdadero que a todas las naciones señaló quien las gobernase. (Eclesiástico, 17, 14)
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(2) Puede admitirse una ciencia política positiva, una sociología política, distinta de la filosofía política que se reduzca a considerar los hechos políticos como hechos. Una tal ciencia busca tan solo lo que es, la realidad política de una sociedad concreta determinada, tratando de explicar la mutua interacción de los elementos en la vida social sin explicar las normas de la vida política y menos juzgar la moralidad de esas acciones. Tal ciencia no podrá explicar si tal forma de asociación es normal o anormal, buena o mala, porque tales juicios, que suponen el conocimiento del fin de la vida humana, sólo son posibles en la filosofía social política. Si los teorizadores de L'Action Française se hubieran reducido a eso, no serían censurables. Pero ellos han querido construir una política para Francia, lo cual no es posible sin formular juicios de valor sobre lo bueno o malo en política y sin tener un fin que fije la conformación de la buena sociedad política. Aquí no censuramos a Charles Maurras, sino sólo a algunos de sus discípulos, por cuanto creemos que el pensamiento del mismo Maurras es indemne de toda censura. (N. del A.).
(3) El análisis y juicio que formulamos aquí del fascismo tiene en cuenta únicamente su enunciado doctrinario. Considerado así no es posible, bajo el aspecto de la doctrina católica, formular de él sino un juicio severo y terminante, ya que es una aplicación a la política del panteísmo hegeliano. Pero el fascismo puede considerarse también en su realización concreta y entonces no es sino una reacción económico-política contra el demoliberalismo, que puede llegar, no sólo a ser sano, sino hasta católico, de acuerdo. al medio en que se desenvuelva. Bajo este aspecto le he considerado en otros libros míos, particularmente en Un juicio católico sobre los problemas nuevos de la política, adonde remito al lector. Recomiendo también el excelente libro de César E. Pico, Carta a Jacques Maritain sobre la colaboración de los católicos con los movimientos de tipo fascista. Con respecto al nacional-socialismo puede verse el libro mío Entre la Iglesia y el Reich. (N. del A.).