
por el Dr. Enrique Díaz Araujo
Tomado de La Enciclopedia y el Enciclopedismo
Ediciones OIKOS, Buenos Aires, 1983...............

l mismo afán geométrico libertario-igualitario es el que preside la visión iluminista del orden del derecho y la política. Aquí es Carlos Luis de Secondant de la Bréde, barón de Montesquieu, quien formulará el pensamiento ilustrado en el plano institucional.
Por cierto que antes John Locke, con su estudio "Sobre el gobierno civil", y Thomas Hobbes, con su "Leviathan", habían sentado las bases del constitucionalismo racionalista y liberal. El afán de la burguesía por frenar el poder monárquico y obtener esa cuota para sí promovió esas teorías, como la de Locke, de "frenos y contrapesos", de división del poder que exaltaban al individuo frente al Estado. Recogiendo esas enseñanzas, en 1721 Montesquieu publicó sus Cartas persas, en las que difunde el criticismo y naturalismo religioso que también Locke había expuesto. Y en 1748 edita su Espíritu de las leyes, con el fin de divulgar el modelo parlamentario inglés, prototipo universal de buen gobierno por su división de poderes, en Francia, donde reinaría el despotismo más irracional. "Las leyes —dirá en esta segunda obra—, en la significación más amplia, son las relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas". Siguiendo en este tema a los iusnaturalistas protestantes Puffendorf, Thomasius, Wolf, Grotius, etc. —que han desconectado al derecho natural de la ley divina—, él, a su vez, desprenderá al derecho positivo del derecho natural, por lo menos de aquel que se fundaba en la virtud de la justicia. El solo objetivo jurídico debe ser la validez, la racionalidad de las leyes.
En las Cartas persas había usado un método que se tuvo por ingenioso, el de los supuestos viajeros que critican irónicamente al estado social de Francia. No era una originalidad suya. Era procedimiento común entre los enciclopedistas: "los viajeros imaginarios que no habían salido nunca de su casa, descubrieron países maravillosos que avergonzaban a Europa". O, a la inversa, que criticaban a despotismos remotos: "¡Vergüenza al despotismo! A falta de poder atacarlo directamente, se desquitaban con la antigüedad... lanzando sus fulminaciones contra César, contra Augusto... Mejor todavía, se denostaba en el despotismo oriental el gobierno arbitrario... De ese despotismo asiático se podía decir todo lo malo que se quería sin correr riesgo"(59). Si se recuerda que el encargado de la censura era Malesherbes, simpatizante de la Ilustración, los riesgos no debían ser muy grandes. Por eso Montesquieu fue un poco más allá y metió a dos jóvenes persas a que se burlaran de las instituciones políticas y religiosas de Europa.
Dos notas muy salientes del pensamiento de Montesquieu, que no siempre recuerdan sus epígonos, son su anticlericalismo y su antirrepublicanismo. Del Pontífice Romano dijo que es "un viejo ídolo al que se adula por hábito... Se pretende sucesor de uno de los primeros cristianos, el llamado San Pedro, y es ciertamente una rica sucesión". En cuanto al gobierno popular sostuvo: "No hay en el mundo nada más insolente que las repúblicas ...El pueblo bajo es el más insolente de cuantos tiranos puedo haber"(60).
Dos notas muy salientes del pensamiento de Montesquieu, que no siempre recuerdan sus epígonos, son su anticlericalismo y su antirrepublicanismo. Del Pontífice Romano dijo que es "un viejo ídolo al que se adula por hábito... Se pretende sucesor de uno de los primeros cristianos, el llamado San Pedro, y es ciertamente una rica sucesión". En cuanto al gobierno popular sostuvo: "No hay en el mundo nada más insolente que las repúblicas ...El pueblo bajo es el más insolente de cuantos tiranos puedo haber"(60).
El asunto provocó su revuelo y él tuvo que moderarse un poco. "Montesquieu —anota Jean Roger—, después del escándalo de las Cartas persas, había comprendido que aún no era posible atacar directamente a la religión católica ni al orden político". Por eso en L'Esprit des Lois veló la crítica y pasó sin problemas por la censura de la Sorbona. "Pero —agrega el autor citado— el veneno era activo y estaba introducido profundamente: el elogio de la Constitución inglesa...". Al mismo tiempo "se ve dominado por un odio violento hacia la intolerancia religiosa, hacia la Inquisición, hacia el despotismo; pero lo que ejerce mayor influencia en su obra es el poder con el cual Montesquieu derriba la fe mística francesa, la convicción de que la monarquía absoluta es voluntad de Dios. Todos los antiguos respetos estaban amenazados y su libro iba a obrar profundamente sobre los espíritus de fines del siglo XVII" (61). Para nosotros la clave del asunto estaba en proponer el reemplazo de un sistema, el monárquico, de tipo personal y hereditario, basado en la adhesión sentimental a una dinastía, a una familia real, por los bienes concretos que había procurado a los franceses, por otro régimen sacado del raciocinio, donde la soberanía quedaba despersonalizada y la responsabilidad diluída y que, precisamente por su abstractismo, se ponía por encima y a salvo de las contingencias del éxito o el fracaso cotidiano que mantienen o destruyen las adhesiones humanas. Lo cierto es que el libro tuvo un éxito inmediato y generalizado en la Europa de su tiempo. "Montesquieu con su L'Esprit des Lois —refiere Falcionelli—, pretende proporcionar a los futuros legisladores un método susceptible de hacerles encontrar las leyes que regularán de modo racional la vida social de los hombres. Con él, la legislación se hace ciencia aplicada y arte fundado sobre la investigación. Este método basado en la mera observación desconoce Ja presencia del bien y del mal en la historia. El bien y el mal, en efecto, no son hechos jurídicos puesto que no pertenecen a la razón ni a la ciencia. 'No justifico los usos; presento sus razones', establece nuestro magistrado. En un mundo que incluye las instituciones de todos los pueblos, nada en sí es bueno o malo, razón por la cual Montesquieu considera inútil una perfección, que no cuadra con su método". Su sola preocupación es, como la de lord Bolingbroke, alcanzar "un estado feliz, tranquilo o por lo menos soportable. .. Dejad hacer a los hombres, dice Montesquieu, dejadlos vivir a su modo" (62). Como vemos, este racionalista, cual sus congéneres "ilustrados", gusta de practicar el deporte del eclecticismo, y para ello nada mejor que esas incursiones por el campo del empirismo y del relativismo historicista. Pero su amable tolerancia se termina cuando se enfrenta con el "despotismo" de la monarquía francesa. El sistema de gobierno de los papúes o de los zulúes podrá ser aceptable, nunca el de las instituciones nacidas del cristianismo católico.
Pero dejando de lado esa pobre "filosofía de la historia" fabricada a base de una mezcla de teorías climáticas, raciales, etc., lo que queda en pie de su edificio es el proyecto racionalista. La división entre el derecho temporal y el divino, y el modelo ejemplar de la Constitución inglesa. Esa (inglomanía fue, también, la que en definitiva lo separó del proyecto revolucionario más consecuente. "Montesquieu —observa Guillermo Fraile— no es un revolucionario. Sus teorías son producto a la vez de su estima por la antigüedad —su Grandeza y decadencia de los romanos es un libro muy valioso— y de su entusiasmo por las costumbres e instituciones políticas de Inglaterra, cuyo equilibrio entre ley y libertad admiraba tanto que al regresar a Francia transformó el parque de su castillo en jardín inglés. No se proponía derribar la vieja monarquía francesa, sino reformarla y consolidarla con la división del poder Legislativo, Judicial y Ejecutivo por medio de "funcionarios ilustrados" y de una clase de jueces independientes". Pero a pesar de sus buenas intenciones, las condiciones de los tiempos hicieron que sus doctrinas se deslizaran mucho más allá de sus propósitos" (63). Y no fue un revolucionario genuino por su repulsa al igualitarismo, la nivelación por los pies, al democratismo. Fue un liberal no democrático cuya obra fue fuente de inspiración para el primer estadio de la Revolución Francesa y para todos los movimientos "constitucionalistas" y moderados del mundo. Tampoco olvidemos que —como lo enuncia Falcionelli— "estamos en presencia de un gran burgués conservador, anglómano como todos los componentes de la élite bordelesa, nada revolucionario. Así, contrariamente al plebeyo Rousseau, que pretenderá obligar a los hombres a ser libres, Montesquieu no intenta forzarles la mano. Trabaja tan sólo en favor de su clase y su ideal es la monarquía parlamentaria a la inglesa cuyas bases descubre en la moderación y en la tolerancia, con un poco de buena voluntad puesto que olvida los métodos con que dicha monarquía resolvía la cuestión católica y el problema irlandés" (64).
Estas úlitmas notas de su personalidad no entusiasmaron a sus colegas ilustrados. "Reprocharon a Montesquieu —informa Jean-Jacques Chevalier— ser demasiado historiador y no bastante filósofo, justificar los hechos, dar cuenta, con una especie de aprobación irritante, de un número considerable de instituciones absurdas en lugar de condenarlas, pura y simplemente, en nombre del derecho natural, de la razón pura, haciendo tabla rasa de todos los prejuicios." En éste sentido, El espíritu de las leyes les parecía retrasado. Helvetius escribía que Montesquieu, "con su género de talento de Montaigne, había conservado sus prejuicios de 'leguleyo y gentilhombre', y que ésta era la fuente de todos sus errores". A pesar de lo cual, terminaron reconociéndole "por haber dado el ejemplo de una investigación verdaderamente positiva y científica, desnuda de todo ese misticismo, que proyectaba sobre el dominio inmenso de las relaciones sociales esa lógica triunfante que ahuyenta lasi sombras" (65). Es que como ellos, en definitiva, participaba del obscurantismo racionalista y del misticismo progresista. "Montesquieu —dictamina en resumen Hazard— morirá siendo el más feliz de los mortales. Morirá siendo el más feliz de los mortales, pero dejando a otros el cuidado de conciliar la fatalidad, aunque fuese racional, con el progreso" (66).
Cuando los senderos de la razón y el sentimiento se bifurquen aparecerá un guía para iluminar el segundo de los caminos. Será el mayor de los "maestros" del siglo, el "padre de la democracia moderna": Juan Jacobo Rousseau.
Difícil tarea la de sintetizar la significación del escritor ginebrino, ya que casi toda la problemática de la revolución —el utopismo, el mesianismo, el cristianismo corrompido, la mística democrática, la voluntad general totalitaria, el monismo político-religioso, la religión secular, el optimismo ético, el progresismo indefinido, la pedagogía anárquica, la santificación del egoísmo, el romanticismo, etc.— pasa por su obra. Todos los revolucionarios prácticos, desde Marat y Saint-Just, pasando por Babeuf, Blanqui, Marx, Engels, Lenin, Bakunin, Trotsky, hasta llegar al Che Guevara y Mao-Tse-Tung, son tributarios suyos y discípulos confesos o vergonzantes.
Cuando los senderos de la razón y el sentimiento se bifurquen aparecerá un guía para iluminar el segundo de los caminos. Será el mayor de los "maestros" del siglo, el "padre de la democracia moderna": Juan Jacobo Rousseau.
Difícil tarea la de sintetizar la significación del escritor ginebrino, ya que casi toda la problemática de la revolución —el utopismo, el mesianismo, el cristianismo corrompido, la mística democrática, la voluntad general totalitaria, el monismo político-religioso, la religión secular, el optimismo ético, el progresismo indefinido, la pedagogía anárquica, la santificación del egoísmo, el romanticismo, etc.— pasa por su obra. Todos los revolucionarios prácticos, desde Marat y Saint-Just, pasando por Babeuf, Blanqui, Marx, Engels, Lenin, Bakunin, Trotsky, hasta llegar al Che Guevara y Mao-Tse-Tung, son tributarios suyos y discípulos confesos o vergonzantes.
Con genial intuición Goethe predijo que "con Voltaire termina un mundo, con Rousseau comienza otro", ya que el cínico de Ferney es el destructor más caracterizado del mundo clásico y el utopista de Ermenonville es el más sobresaliente constructor del mundo moderno.
Con menos talento y muchísima menos fineza intelectual, pero con mayor sentido de aprovechamiento práctico de estas figuras, los publicistas de la política del Kremlin trazan este parangón: "Si comparamos a los más mesurados, a los más antiguos enciclopedistas del siglo XVIII, y en primer lugar a Voltaire, con Rousseau, veremos el gran avance que éste significó en cuanto a la crítica del régimen de estado y de los usos políticos existentes en su tiempo, y también en cuanto a programa político. Voltaire hace las paces con el absolutismo ilustrado, Montesquieu se muestra dispuesto a aceptar el compromiso con la nobleza y a aprobar la monarquía consitucional. Rousseau, en cambio, postula... la teoría abstracta y formal de democracia, típica de los ideólogos burgueses, manifestándose, pese a todo, como decidido partidario de los principios democráticos... Es un ferviente defensor de las ideas democráticas, de la democracia radical pequeñoburguesa . . . Estos razonamientos de Rousseau acerca del origen y desarrollo de la desigualdad, como lo señala Engels, no carecen de elementos de dialéctica" (67). Corroborándolos, el escritor comunista italiano Galvano Della Volpe (en una serie de artículos que publicara en revistas soviéticas) escribe: "Una concepción realmente democrática de la persona humana es la herencia revolucionaria, aún viva hoy, que nos deja Rousseau... Sigue siendo una verdad que la problemática del socialismo científico constituye una prosecución y un desarrollo —sobre otro plano histórico e ideal— de la moderna problemática, igualitaria... La esencia fecunda del mensaje roussoniano sobre la libertad (igualitaria) debe verse en la instancia universal (democrática) del 'mérito' personal... desarrollada por Marx en la Crítica del programa de Gotha y por Lenin en Estado y revolución... destinada a representar la satisfacción histórica de la instancia roussoniana... En Rousseau nos encontramos, pues, ya no sólo con un proceso de ideas idénticas como dos gotas de agua a las que se desarrollan en El Capital de Marx, sino además, en detalle, con toda una serie de los mismos giros dialécticos que Marx emplea". De ahí que este autor confíe en la compatibilidad de la democracia roussoniana y la democracia marxista. "Dos métodos —concluye— que sólo pueden reconciliarse en esa original síntesis sociopolítica que es la legalidad socialista (soviética)" (68). Gracias a estos dos textos el lector irá comprendiendo mejor, en adelante, el significado profundo de la figura de Juan Jacobo Rousseau para éste, nuestro destrozado y pervertido orbe contemporáneo.
A pesar de lo proteico de su personalidad se lo ha definido, correctamente, con una sola palabra: romántico. Según su biógrafo Sailliéres, "romántico es todo aquel que no cree en el pecado original, o, dicho de otro modo, todo aquel que cree en la bondad natural del hombre" (69). Rousseau será el primer romántico que arrase con el mundo de nuestra civilización occidental. Si el giro metodológico obrado por Descartes fue copernicano, no lo fue menos el propuesto por Juan Jacobo. No sólo por colocar los sentimientos en primer término, sino por el subjetivismo de la operación, ya que trata de sus propios sentimientos. "Juan Jacobo Rousseau —indica en su magistral estudio Jacques Maritain— no profesa sólo en teoría la filosofía del sentimiento, como los moralistas ingleses de su tiempo, que son aún intelectuales y analistas que disertan sobre la sensibilidad. Se ha notado con frecuencia, la intensidad de su sentimiento. Vive en todas las fibras de su ser, con una especie de heroísmo, la primacía de la sensibilidad" (70). Es, por tanto, un romanticismo vivido el suyo. Profundamente antiintelectualista: "Aborrezco los libros —confiesa en El Emilio—, que no enseñan más que a hablar de lo que se ignora... El único medio de evitar el error es la ignorancia". Aunque se contradiga al escribir libros él para que otros los lean, su dogma contracultural tendrá éxito. Se convertirá en una "idea fuerza". Resulta "vano buscar en Rousseau ningún desarrollo filosófico serio ni profundo —explica Fraile—. Es hombre de muy pocas ideas, pero fijas y tenaces, que repite una y otra vez, al pie de la letra, en cada una de sus obras. En todas ellas el personaje principal siempre es él mismo" (71). El escribir machaconamente sobre sus sentimientos será su fórmula explosiva y propagandística. La que acredita su bien ganada fama de primer revolucionario. Por ello, antes de entrar en el análisis de su obra conviene conocer su vida.
Nacido en Ginebra en 1712, de familia calvinista, huyó de su casa y se refugió junto a la baronesa de Warens, a la que denominó "mamá", quien lo inició a un tiempo en los refinamientos del sexo y en las doctrinas católicas. Luego de vagar años "como un gitano", según cuenta, se desempeñó como lacayo del conde de Montaigú. Si su permanencia junto a Mdme. Warens selló su conciencia corrompida del cristianismo, el trabajo como cochero de un noble le produjo un resentimiento indeleble contra todos los ricos y los aristócratas. Ya en Francia se juntó con Teresa Levasseur, con la que tuvo cinco hijos, que uno a uno fueron enviados al Asilo de Huérfanos. Recibido por d'Holbach, colaboró en la Enciclopedia; pero a raíz de la "iluminación" que dice que tuvo en el bosque de Vincennes, cuando iba a visitar a Diderot, se le ocurrió escribir su Discurso sobre la igualdad para un concurso de la Academia de Dijon, con lo que se consiguió la enemistad de los enciclopedistas. Retornó al calvinismo, vagabundeó por diversos países europeos; recaló durante un tiempo en Inglaterra, gracias a la hospitalidad de David Hume, con quien terminó disgustado. Volvió a Francia, alternó los salones del príncipe de Conti con una estadía en un asilo, dando ya claras muestras de que su antigua inestabilidad emocional derivaba hacia la demencia mental. Y, por fin, detuvo su vida errabunda en Ermenonville, en una finca rural que le proporcionó el marqués de Girardin, donde murió en 1778.
Durante todo ese periplo vital acumuló una formación autodidacta, que desarrolló paralelamente con su sentimentalismo fabricado de misantropía, de resentimiento y de vanidad. De esa levadura humana emanará su producción escrita. En 1753 publica El discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, y luego las Cartas a D'Alembert (1758), la (1761), Nueva EloísaEl contrato social (1762), el Emilio (1762), y por último, las Confesiones (1770).
Precisamente en las Confesiones resumirá el punto de partida del sentimentalismo idolátrico. Afirma que al presentarse ante Dios y en presencia de los otros hombres, "ojalá haya uno solo que te diga, si se atreve: fui mejor que este hombre". Antes ha declarado: "Me iría intranquilo (del mundo), si conociera a un hombre mejor que yo". Y añadirá: "Con todo, estoy persuadido de que entre todos los hombres que he conocido en mi vida, ninguno fue mejor que yo", "me amo demasiado para odiar a quienquiera que sea". Por eso, concluirá: "Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la naturaleza... y este hombre seré yo. Yo solo. Siento mi corazón y conozco a los hombres. No estoy hecho como los que he visto; me atrevo a creer que no no estoy hecho como ninguno de los que existen" (72). Con razón, pues, su mujer Teresa preguntará: "Si mi marido no es un santo, ¿quién lo será?". Sí, le responde Maritain: un santo. "Un Santo pervertido, el santo del siglo, el caso más sorprendente de falsificación patológica, de religiosidad corrompida, que cree, con sinceridad, en lo que Sailliéres ha llamado, su inmaculada concepción" (73).
Tan "naturalmente bueno" era Rousseau que en sus Confesiones nos indica algunas de las virtudes que lo adornaban. "La primera es el deseo que siempre tuvo, desde su más tierna infancia y durante toda su vida, de recibir azotes de la mano de las mujeres". Luego añade esta otra: "Mi imaginación creció hasta el punto de que, no pudiendo contentar mis deseos, yo los avivaba por las más extravagantes maniobras. Buscaba las alamedas oscuras y los rincones escondidos donde podía mostrarme de lejos a las personas del otro sexo en el mismo estado en que hubiera deseado estar cerca de ellas... y el estúpido placer que yo experimentaba mostrándolo a sus ojos resultaría indescriptible". A raíz de su intimidad con Madame de Warens expresa: "¿Fui feliz? No, pero absorbía el placer. Una desconocida tristeza empañaba el encanto de aquello. Me sentía como si hubiese cometido un incesto". Y, por fin, completa su autorretrato con esta confesión: "Aprendí a la perfección este peligroso suplemento que engaña a la naturaleza y evita a tantos jóvenes de mi temperamento muchos desórdenes a expensas de su salud, de su vigor y a veces de su vida. Este vicio que la vergüenza y la timidez encuentran tan cómodo, tiene además un gran atractivo para las imaginaciones vivas; consiste en disponer, por así decirlo, a su antojo de todas las mujeres y en utilizar para el placer del momento a la beldad que más le tiente sin necesidad de obtener su consentimiento... Seducido por esta funesta ventaja, yo trabajaba en destruir la buena constitución que la naturaleza me había otorgado y a la que había dejado tiempo de formarse bien. Añádase a dicha disposición mi presente localización, alojado en casa de una mujer hermosa, acariciando su imagen en el fondo de mi corazón, viéóndola a lo largo de todo el día; de noche, rodeado de objetos que me la recuerdan, acostado en una cama donde sabía que ella se había acostado. ¡Estímulos innumerables! De sólo imaginarlos, algún lector me imaginará ya medio muerto" (Confesiones, III y V). Masoquista, exhibicionista, incestuoso y onanista, tal el santo de la democracia moderna. El taumaturgo que moldeará a su imagen al mundo contemporáneo. Poderes, éstos, de los que tenía perfecta lucidez, como cuando en 1743, luego de su actuación como mago y decidor de suertes en Venecia, afirma de sí: "Y como era modesto, me conformé con ser brujo, pues nadie me habría impedido, si hubiera tenido esa ambición, convertirme en profeta" (74). Pero esa ambición la tuvo también y la concretó, al punto que sus amigos Diderot y Grimm lo llamaban "jefe de secta" y "San Juan Bautista" del Iluminismo.
Aceptando su punto de partida, examinemos nosotros primero su personalidad. Por suerte no necesitamos inventar nada. Los más eminentes críticos ya lo han juzgado. Samuel Johnson dijo de él: "Es uno de los peores hombres que ha habido; un bribón que merece ser expulsado de toda sociedad". Para Burke era el "Sócrates loco de la Asamblea Nacional... gran profesor y fundador de la filosofía de la vanidad". Proudhon aseguró que, ""ningún hombre había unido a tanto orgullo espiritual, la sequedad del alma, la bajeza de inclinaciones, la depravación de costumbres, la ingratitud de corazón". Taine lo ve como un plebeyo, "mal educado; viciado por una experiencia precoz y nociva, de una sensualidad ardiente y repulsiva, enfermo del alma y del cuerpo". Gaxotte lo considera "pervertido hasta la médula... devorado por una rabia inquieta que al fin se convertirá en pura demencia". Carlton Hayes comparte esta idea, de que se trata de "un desajustado... pícaro, descontentadizo y, en sus últimos años, demente". Sabine apunta: "Era parásito por inclinación... proyectaba las contradicciones y desajustes de su propia naturaleza sobre la sociedad que encontraba a su alrededor". Hóffding reaskta su "extraña duplicidad de sentimientos". Mosca lo juzga "un decaído, un fracasado, lo que los franceses llamarían un desclasée, elemento bastante más hostil al orden de las cosas existentes do lo que suelen ser los verdaderos hijos del pueblo". Si para De Maistre es "uno de los sofistas más peligrosos de su siglo", para Donoso Cortés es directamente "el más terrible como el más seductor y elocuente de todos los sofistas". De la Bigne de la Villeneuve recuerda su "miseria lógica... su carnaval intelectual". Guillermo Ferrero lo nombra "el oscuro partero de la democracia moderna". Moeller señalará que "toda su obra es un itinerario de fuga", y Spranger advertirá que "el tumulto externo-de la Revolución Francesa tuvo su preludio en el caos interno de Rousseau" (75).
Después de estos concisos juicios, expongamos algunos más elaborados. Para Talmon fue "una de las más inadaptadas y egocéntricas naturalezas que han dejado testimonio de su condición. Fue un manojo de contradicciones; un solitario y un anarquista... conciencia abyecta, en contradicción con todo lo que le rodeaba, por una parte, y, por la otra, admirador de Esparta y de Roma, el predicador de la disciplina y de la sumisión del individuo a la entidad colectiva. El secreto de su doble personalidad estaba en que el hombre ordenancista fue el sueño ansiado del paranoico atormentado". Eterno modelo "de la extraña combinación de un mal ajuste psicológico y de una ideología totalitaria... dominado por una ambigüedad altamente fructífera, pero, al mismo tiempo, peligrosa" (76). Falcionelli lo consigna como "un patán grosero y un sentimental lleno de lágrimas equívocas que, sin el menor pudor, se destapa por sí solo. Villano llegado Dios sabe cómo a un mundo bien ordenado donde todos viven en función de los demás, donde todo está regulado firmemente, es, con la hipertrofia de su yo, el egoísta más estridentemente perfecto... es un loco delirante cuya preocupación patológica es el disfraz de la verdad, disfraz tan lógicamente llevado —la lógica de los locos— que llega a persuadirse a sí mismo de su propia sinceridad". Esa convicción en sí mismo le proporcionará tantos seguidores entre "los picapleitos y los abogaduchos de aldea, los taberneros, aves negras, maestros de postas parlanchines y politiqueros, sacerdotes sin Dios aunque con parroquia, todos lectores de Rousseau". Los futuros revolucionarios, a quienes El contrato social ha de entregarles la biblia de la edad de oro, el libro sagrado en el cual leerán a las turbas embrutecidas por ellos profecías de saqueo y de felicidad barata"(77). Y Frangois Mauriac, con su incisiva pluma de novelista, nos redondea un poco más el cuadro. "Jean-Jacques es el maestro de la mentira y el orgullo, de ahí el odio y el asco que es imposible no experimentar hacia Rousseau... él trata sus crímenes como trató a sus hijos: no los reconoce (N. del A.: Mauriac alude a los hurtos cometidos por Rousseau). Es el mejor de los hombres. Sin embargo, carga a la sirvienta Marión de un hurto siendo él mismo el culpable. Tiene el corazón más sensible de un siglo que vertió tantas lágrimas antes de cortar tantas cabezas. Pero el más tierno de todos los hombres abandona a sus cinco hijos. Tiene el valor de realizar cinco veces ese gesto atroz. Lo confiesa porque es sincero. La sinceridad, el placer de la confesión pública, la encontramos en su legado. Es cierto que nos dejaba al mismo tiempo un método para que la confesión no nos costara nada..., en la medida en que nuestros actos merecen condena, la sociedad carga con su peso. La sociedad, chivo emisario que asume los crímenes de Jean-Jacques, no es a sus ojos un poder abstracto. Cuando escribe la sociedad piensa los otros, y, entre los otros, en los grandes, los que tanto lo han cuidado, halagado, lisonjeado... ¡ Cómo los odia sin embargo!... odio confeso y regustado. La envidia, esa baja pasión de la igualdad que es el signo de nuestra época, existe ya cabalmente en Rousseau... En Rousseau el resentimiento llegó a ser creador, pero de todos sus hijos quizá sea Robespierre el que más se le parece... Rousseau siempre mintió, y la época moderna reposa en la mentira de Rousseau, esa mentira esencial: la trasmutación del plomo vil en oro puro, del mal en bien". He ahí "todos los sueños de Rousseau que pronto van a encarnarse, que se harán carne y sangre, sangre sobre todo" (78).
En el estudio más completo que sobre el ginebrino conocemos, Jules Lemaitre nos indica de entrada que Juan Jacobo, "sobre todo, fue un desdichado", "vagabundo", "holgazán", "autodidacto", "un pobre niño educado muy irracionalmente, que pasa noches enteras leyendo novelas con su padre..., abandonado por su padre a la edad de ocho años y que a partir de los diez años no recibió ninguna educación y volvióse, como lo dice él mismo varias veces, un truhán, un ladrón, un pillo" y adolescente "vicioso, vagabundo indisciplinado —perezoso, débil y quimérico—, mentiroso y ladrón, la última vez ladrón de vino, a los veintiocho años, en la casa del señor de Mably —protestante complicado con un católico—, tránsfuga excusable —pero tránsfuga de su patria y de su religión—, durante mucho tiempo amante tolerante... por otra parte muy enfermo, perdido de neurosis, candidato a la locura, tal es el hombre que a los veintinueve años va a buscar fortuna a París y que, años más tarde, emprende la reforma de la sociedad y se establecerá allí como profesor de virtud" (79). Lemaitre ha seguido las pistas que las mismas Confesiones proporcionan para encontrar las claves de la vida y de la obra de Rousseau. En ese "libro impúdico", pero relativamente veraz, Juan Jacobo cuenta cosas de sí —vergonzosas o ridículas— que sólo por él conocemos. Por ejemplo, que en Lausana "enseña música sin saberla y hasta da un concierto" (acabó por aprenderla a fuerza de enseñarla) ; que padecía de la enfermedad congénita, "una retención de orina, que sufrió toda su vida y que se agravó después de los treinta años", que se vincula con sus trastornos sentimentales. De estos affaires, el más sonado es el que sostiene con Mdme. Warens, a quien él daba el trato de "mamá" y ella el de "chiquito". "Las páginas en las que Juan Jacobo nos cuenta que la señora de Warens le propone entregársele para salvarlo de los peligros de su edad (él tenía veintidós años y ella treinta y cuatro) y se explica con toda gravedad y compostura, y le deja ocho días para contestar, y él acepta sin gran placer y sobre todo por gratitud, y sigue llamando a su amante, "mamá", y descubre un día que tiene al jardinero Claudio Anet de colaborador, lo que él admite sin resistencia, y la señora de Warens los bendice a los dos..., parecen una caricatura... y nos resultan hoy enormemente cómicas". Las relaciones con Teresa Levasseur no son mucho mejores: "¿Qué buscaba Rousseau cuando la conoció? Una enfermera y una sirvienta, tanto como una compañera. ¿Thérese había tenido un desliz? ¡Tanto mejor! 'En cuanto lo comprendí —dice Rousseau— lancé una exclamación de alegría'. ¿Por qué? Sin duda porque había temido otra cosa que nos dice sin ambages. Pero también porque, poco seguro de sí a causa de su enfermedad y de su neurosis, no tenía ningún interés en ser el primero en su corazón... él nos dice que a partir de los treinta años su enfermedad se agravó. Le era precisa una enfermera. Una mujer que le fuese inferior socialmente y de todos modos; hija del pueblo, y pobre, y que le debiese gratitud, y que no se hiciese la delicada ni la melindrosa, y ante quien él no tuviese vergüenza de miserias físicas ni de sus desfallecimientos sexuales, y que le prestase los cuidados más íntimos. Y he ahí por qué eligió a Thérese. Y también la eligió porque era ignorante y 'estúpida' como él mismo dice...". (1768: "Thérese es, en verdad, mucho más obtusa y más fácil de engañar de lo que yo había creído"). Estas dificultades se vinculan con el problema de los cinco hijos que, aparentemente, tuvo con Teresa y que mandó al orfelinato (llamado "Inclusa"). En 1761 Juan Jacobo la escribe a la Sra. de Luxemburgo: "Esos cinco niños fueron puestos en la Inclusa con tan pocas precauciones para reconocerlos algún día, que yo ni siquiera conservé la fecha de sus nacimientos". Ante esta enormidad no sólo moral sino hasta psicológica, Víctor Cherbuliez, sostuvo que "de esos niños Rousseau no era ni podía sin duda ser el padre". Su argumento es que el ginebrino prefirió pasar por criminal antes que por impotente o ridículo. Pero Lemaitre, estudiando con más cuidado los datos que surgen tanto de otras epístolas cuanto de los asientos del propio orfelinato, llega a la conclusión contraria. Por lo demás, estuvo casi toda su vida restante dando explicaciones del porqué de esos abandonos. Así, el 21 de abril de 1751, en carta a la Sra. de Francueil, da las siguientes razones: 1º) su miseria; 2º) que no quiso deshonrar a Thérese (lo que es bastante divertido); 3º) que no habría podido alimentar a sus hijos sino volviéndose pillo; 4º) que se está bien en la Inclusa... En fin, una quinta razón, ya dada: creyó obrar como ciudadano de la república de Platón. (Habría podido agregar aún esta excusa —que es la de Gustave Lanson—, la de que en su vida de vagabundo aprendió a usar sin escrúpulo de los establecimientos de caridad). La Sra. de Francueil habría podido contestarle que sus razones "no valían un demonio". Tales las relaciones familiares y sentimentales de Rousseau. Quizá convenga todavía anotar que la única aventura de amor propiamente dicha la mantuvo con la Sra. de Larnage, "la cual en verdad puso mucho de su parte, pues él creyó en un principio que ella quería burlarse de él. (El pobre Juan Jacobo cuenta esa única aventura con orgullo, y agrega: "Puedo decir que debo a la Sra. de Larnage no morir sin haber conocido el placer...)". Si hemos seguido a Lemaitre en la averiguación de estos datos de la vida privada de Rousseau es porque, como este gran ensayista francés lo probará, esas desventuras íntimas están estrechamente conectadas con la motivación de sus principales obras intelectuales. En efecto: el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, que presentara a la Academia de Dijon en 1753, se correlaciona con los sucesos privados del Ermitage, bungalow de propiedad de la Sra. de la Live de Espinay, donde Juan Jacobo ha sido instalado como jardinero. El círculo de la Sra. de Espinay era bastante disoluto, y entre las mujeres de vida alegre que lo integraban estaba una tal Madame Houdetot, que era amante de Saint-Lambert. Rousseau, como le sucedía siempre, se enamoró perdidamente de esta mujer, sin que, por lo que ya sabemos, la cosa pasase a mayores. Tanto este iluminista como Grimm, Diderot y otros contertulios del Ermitage saben de estos intrascendentes devaneos amorosos del ginebrino, y se burlan de él. Juan Jacobo termina enojándose con alguno de ellos y también con su anfitriona —patrona— y enamorada Sra. de Espinay (que en broma lo llamaba "su oso"), e indignado se aleja del lugar. Esto ocasiona una ruptura interior, y un más acentuado desdén por los ricos y los nobles. Lo que él llama su "conversión" y que, mejor dicho, es uno de los tramos de su resentimiento. El adorna el asunto exponiendo que, dado que la Sra. de Larnage lo creía inglés (porque él había mentido al respecto), temió ser desenmascarado, motivo, entre otros, que lo alejó de esta señora. Le quedaba ""mamá" Warens; entonces retorna a Chambéry, "halla su puesto ocupado por el peluquero Wintzenried, y la Sra. de Warens lo asegura que "todos sus derechos siguen siendo los mismos y que al compartirlos con otros no los perderá por eso". Juan Jacobo, que había aceptado al jardinero, "no acepta al peluquero". Es ahí cuando "emprende su propia reforma moral". Es decir, se desquita escribiendo una serie de Discursos, Cartas y Memorias, además de sus famosas novelas, La Nueva Eloísa y El Emilio. Es Rousseau quien lo documenta en sus Confesiones: "Entonces —dice—, la imposibilidad de alcanzar a los seres reales me arrojó al país de las quimeras; y no viendo nada existente que fuera digno de mi delirio, lo alimenté en un mundo ideal, que mi imaginación creadora pobló muy pronto de seres dilectos a mi corazón". Vive en un estado de exaltación que duró "por lo menos cuatro años" o "cerca de seis", según sus versiones. "Aquella embriaguez —añade— había comenzado en mi cabeza, pero había pasado a mi corazón"... "nada de lo bueno y grande que puede abrigar el corazón del hombre fue imposible para mí entre el cielo y yo. He ahí de dónde nació mi súbita elocuencia, he ahí de dónde salió en mis primerqs libros ese fuego verdaderamente celeste que me abrasaba". De los fracasos eróticos de este semiimpotente saldrá radiante de gloria la "democracia" moderna. Una compensación poco graficante, diría un psiquiatra. La indagación de Lemaitre nos ha permitido encontrar la fuente donde se genera tanto el fondo utópico como la forma llorosa de la ideología roussoniano-democrática. A propósito de esto observa Lemaitre: "Creo para mí que este estilo enfático y llorón es sincero en Rousseau; que ese estilo sin naturalidad le es natural. ¿Por qué?. Porque era un enfermo afectado por una neurosis profunda, porque en el sentido exacto de la palabra, tenía una sensibilidad morbosa; porque él mismo se deshacía realmente en lágrimas a la menor ocasión. Pero, ¡ay!, se lo imitó, y fue espantoso. En laépoca de Luis XVI, y aun bajo la Revolución, casi toda la literatura quedó infestada con esa sensibilidad a lo Rousseau. No tenía de sensibilidad más que el nombre: era sobre todo el cuidado que su ponía en parecer experimentar hasta el exceso las emociones altruistas, porque se consideraba honroso dicho exceso. Entrañaba pues mucho artificio y vanidad, y, en consecuencia, muy poca bondad real... Por eso su sensibilidad no les impidió a los hombres de la Revolución ser despiadados. Además, por ser dicha sensibilidad una moda, y en consecuencia afectada por los seres más mediocres, revistió enseguida formas de una indecible estupidez ... Rousseau no sólo legó a la Revolución su vocabulario político, sus fiestas y su concepción del Estado: le transmitió su estilo necio". Esa fraseología, esa jerga innominada, pasaría a ser el "estilo democrático de vida", al alcance de cualquier recitador de barrio más o menos floripondioso. Cuando se quiera detectar el origen de esa pedestre pedantería barata habrá que remontarse hasta el Discurso, hasta el Contrato, hasta La Nueva Eloísa, hasta El Emilio. En esta última obra, además, está ya íntegra la pedagogía permisivista contemporánea. Bien enseña Lemaitre que ese libro es producto directo de su propia experiencia : "El mismo se había desarrollado solo... No había recibido enseñanza de sus padres, ni de los maestros... Desde la edad de diez años no había leído sino lo que le gustaba... Sus propias tonterías lo habían formado, le habían enseñado la moral y la vida. Y de esa educación sin familia, ni colegio, ni preceptor, había salido aquella maravilla de sensatez, virtud y sensibilidad: él, Juan Jacobo. Luego aquélla será la educación que dará a su discípulo imaginario... La ternura parece singularmente ausente de esta pedagogía. Se desearía un pequeño resto de debilidad maternal. Y entonces recordamos que Rousseau no conoció a su madre, ni a sus hijos". Menta también las trampas y engaños con que el preceptor imaginario "educa" a Emilio, y concluye: "Toda esa educación es mentira. La mentira es el alma de las tres cuartas partes de la obra de Rousseau". Lemaitre sigue a su personaje hasta los años de 1772-1776, cuando escribe los Diálogos, cuadernos que registran una locura explícita. "Quienquiera que no se apasione por mí es indigno de mí... Quienquiera que no me ame a causa de mis libros, es un canalla" (28 de agosto de 1762). De ahí en más el desbarranco es completo. Se siente perseguido. "¿QuióncH le hacen todas esas maldades?" "Se". ¿Quién es "se"? Todo el mundo, los grandes, los autores, los médicos, los hombres altamente colocados, las mujeres galantes, Europa, el universo entero y, en particular, Grimm, la Sra. de Espinay, Diderot, Hume, D'Alembert y todos los filósofos, Choiseul a la cabeza de todos ellos. . . "Se" conspira contra él. Una vez más, ¿quién es "se"? "Esos señores", es decir, los filósofos, la "secta filosófica". Y él, ¿quién es? Lo responde en las Confesiones: "un alma perezosa que se asusta de todo cuidado, un temperamento ardiente, bilioso, fácil de ofenderse y en exceso sensible a todo lo que le afecta", un hombre que vive en "la nada de mis quimeras" (80). He aquí cómo, gracias a Jules Lemaitre, el lector cuenta con un cuadro bastante aproximado de esta personalidad anómala que fuera Juan Jacobo Rousseau, cuyas Confesiones debieran ser de lectura obligatoria, cuando menos, para todos los "democráticos-roussonianos" del mundo.
Inmediatamente y por separado analizaremos el pensamiento roussoniano; pero conviene dejar fijada ya su ubicación filosófica con respecto a la de los otros iluminados. Rousseau, a diferencia del optimismo racionalista de aquéllos, parte de un optimismo emocional. Comparte, a su vez, con Hume la idea de que el sentimiento es superior a la razón, pero se distingue de él al adjudicarle a la sensibilidad un signo racional. "El sentimiento —arguye— no es irracional, pues la naturaleza ha hecho las cosas tan sabiamente, que los sentimientos llevan en sí la más alta razón, conduciendo a los hombres al bien" (81). Esta teleología lo lleva a desembocar en un cientificismo mecánico: "No veo en todo animal más que una máquina ingeniosa a la cual la naturaleza ha dotado de sentidos para que se dé cuerda a sí misma", dirá en el Discurso sobre la desigualdad. Por ello, aunque insista en que "Dios no ha escrito su ley sobre las hojas de un libro, sino en el corazón de los hombres", su análisis general no será menos abstractista que el de los otros ilustrados.
En el estudio más completo que sobre el ginebrino conocemos, Jules Lemaitre nos indica de entrada que Juan Jacobo, "sobre todo, fue un desdichado", "vagabundo", "holgazán", "autodidacto", "un pobre niño educado muy irracionalmente, que pasa noches enteras leyendo novelas con su padre..., abandonado por su padre a la edad de ocho años y que a partir de los diez años no recibió ninguna educación y volvióse, como lo dice él mismo varias veces, un truhán, un ladrón, un pillo" y adolescente "vicioso, vagabundo indisciplinado —perezoso, débil y quimérico—, mentiroso y ladrón, la última vez ladrón de vino, a los veintiocho años, en la casa del señor de Mably —protestante complicado con un católico—, tránsfuga excusable —pero tránsfuga de su patria y de su religión—, durante mucho tiempo amante tolerante... por otra parte muy enfermo, perdido de neurosis, candidato a la locura, tal es el hombre que a los veintinueve años va a buscar fortuna a París y que, años más tarde, emprende la reforma de la sociedad y se establecerá allí como profesor de virtud" (79). Lemaitre ha seguido las pistas que las mismas Confesiones proporcionan para encontrar las claves de la vida y de la obra de Rousseau. En ese "libro impúdico", pero relativamente veraz, Juan Jacobo cuenta cosas de sí —vergonzosas o ridículas— que sólo por él conocemos. Por ejemplo, que en Lausana "enseña música sin saberla y hasta da un concierto" (acabó por aprenderla a fuerza de enseñarla) ; que padecía de la enfermedad congénita, "una retención de orina, que sufrió toda su vida y que se agravó después de los treinta años", que se vincula con sus trastornos sentimentales. De estos affaires, el más sonado es el que sostiene con Mdme. Warens, a quien él daba el trato de "mamá" y ella el de "chiquito". "Las páginas en las que Juan Jacobo nos cuenta que la señora de Warens le propone entregársele para salvarlo de los peligros de su edad (él tenía veintidós años y ella treinta y cuatro) y se explica con toda gravedad y compostura, y le deja ocho días para contestar, y él acepta sin gran placer y sobre todo por gratitud, y sigue llamando a su amante, "mamá", y descubre un día que tiene al jardinero Claudio Anet de colaborador, lo que él admite sin resistencia, y la señora de Warens los bendice a los dos..., parecen una caricatura... y nos resultan hoy enormemente cómicas". Las relaciones con Teresa Levasseur no son mucho mejores: "¿Qué buscaba Rousseau cuando la conoció? Una enfermera y una sirvienta, tanto como una compañera. ¿Thérese había tenido un desliz? ¡Tanto mejor! 'En cuanto lo comprendí —dice Rousseau— lancé una exclamación de alegría'. ¿Por qué? Sin duda porque había temido otra cosa que nos dice sin ambages. Pero también porque, poco seguro de sí a causa de su enfermedad y de su neurosis, no tenía ningún interés en ser el primero en su corazón... él nos dice que a partir de los treinta años su enfermedad se agravó. Le era precisa una enfermera. Una mujer que le fuese inferior socialmente y de todos modos; hija del pueblo, y pobre, y que le debiese gratitud, y que no se hiciese la delicada ni la melindrosa, y ante quien él no tuviese vergüenza de miserias físicas ni de sus desfallecimientos sexuales, y que le prestase los cuidados más íntimos. Y he ahí por qué eligió a Thérese. Y también la eligió porque era ignorante y 'estúpida' como él mismo dice...". (1768: "Thérese es, en verdad, mucho más obtusa y más fácil de engañar de lo que yo había creído"). Estas dificultades se vinculan con el problema de los cinco hijos que, aparentemente, tuvo con Teresa y que mandó al orfelinato (llamado "Inclusa"). En 1761 Juan Jacobo la escribe a la Sra. de Luxemburgo: "Esos cinco niños fueron puestos en la Inclusa con tan pocas precauciones para reconocerlos algún día, que yo ni siquiera conservé la fecha de sus nacimientos". Ante esta enormidad no sólo moral sino hasta psicológica, Víctor Cherbuliez, sostuvo que "de esos niños Rousseau no era ni podía sin duda ser el padre". Su argumento es que el ginebrino prefirió pasar por criminal antes que por impotente o ridículo. Pero Lemaitre, estudiando con más cuidado los datos que surgen tanto de otras epístolas cuanto de los asientos del propio orfelinato, llega a la conclusión contraria. Por lo demás, estuvo casi toda su vida restante dando explicaciones del porqué de esos abandonos. Así, el 21 de abril de 1751, en carta a la Sra. de Francueil, da las siguientes razones: 1º) su miseria; 2º) que no quiso deshonrar a Thérese (lo que es bastante divertido); 3º) que no habría podido alimentar a sus hijos sino volviéndose pillo; 4º) que se está bien en la Inclusa... En fin, una quinta razón, ya dada: creyó obrar como ciudadano de la república de Platón. (Habría podido agregar aún esta excusa —que es la de Gustave Lanson—, la de que en su vida de vagabundo aprendió a usar sin escrúpulo de los establecimientos de caridad). La Sra. de Francueil habría podido contestarle que sus razones "no valían un demonio". Tales las relaciones familiares y sentimentales de Rousseau. Quizá convenga todavía anotar que la única aventura de amor propiamente dicha la mantuvo con la Sra. de Larnage, "la cual en verdad puso mucho de su parte, pues él creyó en un principio que ella quería burlarse de él. (El pobre Juan Jacobo cuenta esa única aventura con orgullo, y agrega: "Puedo decir que debo a la Sra. de Larnage no morir sin haber conocido el placer...)". Si hemos seguido a Lemaitre en la averiguación de estos datos de la vida privada de Rousseau es porque, como este gran ensayista francés lo probará, esas desventuras íntimas están estrechamente conectadas con la motivación de sus principales obras intelectuales. En efecto: el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, que presentara a la Academia de Dijon en 1753, se correlaciona con los sucesos privados del Ermitage, bungalow de propiedad de la Sra. de la Live de Espinay, donde Juan Jacobo ha sido instalado como jardinero. El círculo de la Sra. de Espinay era bastante disoluto, y entre las mujeres de vida alegre que lo integraban estaba una tal Madame Houdetot, que era amante de Saint-Lambert. Rousseau, como le sucedía siempre, se enamoró perdidamente de esta mujer, sin que, por lo que ya sabemos, la cosa pasase a mayores. Tanto este iluminista como Grimm, Diderot y otros contertulios del Ermitage saben de estos intrascendentes devaneos amorosos del ginebrino, y se burlan de él. Juan Jacobo termina enojándose con alguno de ellos y también con su anfitriona —patrona— y enamorada Sra. de Espinay (que en broma lo llamaba "su oso"), e indignado se aleja del lugar. Esto ocasiona una ruptura interior, y un más acentuado desdén por los ricos y los nobles. Lo que él llama su "conversión" y que, mejor dicho, es uno de los tramos de su resentimiento. El adorna el asunto exponiendo que, dado que la Sra. de Larnage lo creía inglés (porque él había mentido al respecto), temió ser desenmascarado, motivo, entre otros, que lo alejó de esta señora. Le quedaba ""mamá" Warens; entonces retorna a Chambéry, "halla su puesto ocupado por el peluquero Wintzenried, y la Sra. de Warens lo asegura que "todos sus derechos siguen siendo los mismos y que al compartirlos con otros no los perderá por eso". Juan Jacobo, que había aceptado al jardinero, "no acepta al peluquero". Es ahí cuando "emprende su propia reforma moral". Es decir, se desquita escribiendo una serie de Discursos, Cartas y Memorias, además de sus famosas novelas, La Nueva Eloísa y El Emilio. Es Rousseau quien lo documenta en sus Confesiones: "Entonces —dice—, la imposibilidad de alcanzar a los seres reales me arrojó al país de las quimeras; y no viendo nada existente que fuera digno de mi delirio, lo alimenté en un mundo ideal, que mi imaginación creadora pobló muy pronto de seres dilectos a mi corazón". Vive en un estado de exaltación que duró "por lo menos cuatro años" o "cerca de seis", según sus versiones. "Aquella embriaguez —añade— había comenzado en mi cabeza, pero había pasado a mi corazón"... "nada de lo bueno y grande que puede abrigar el corazón del hombre fue imposible para mí entre el cielo y yo. He ahí de dónde nació mi súbita elocuencia, he ahí de dónde salió en mis primerqs libros ese fuego verdaderamente celeste que me abrasaba". De los fracasos eróticos de este semiimpotente saldrá radiante de gloria la "democracia" moderna. Una compensación poco graficante, diría un psiquiatra. La indagación de Lemaitre nos ha permitido encontrar la fuente donde se genera tanto el fondo utópico como la forma llorosa de la ideología roussoniano-democrática. A propósito de esto observa Lemaitre: "Creo para mí que este estilo enfático y llorón es sincero en Rousseau; que ese estilo sin naturalidad le es natural. ¿Por qué?. Porque era un enfermo afectado por una neurosis profunda, porque en el sentido exacto de la palabra, tenía una sensibilidad morbosa; porque él mismo se deshacía realmente en lágrimas a la menor ocasión. Pero, ¡ay!, se lo imitó, y fue espantoso. En la
(59)HAZARD, PAUL: op. cit., pp. 25, 236.
(60) GOULEMOT, JEAN-MARIE, y LAUNAY, MICHEL: op. cit., pp. 76, 86.
(61) ROGER, JEAN: Las ideas políticas de los católicos franceses, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1951, p. 34.
(62) FALCIONELLI, ALBERTO: op. cit., pp. 101, 102.
(63) FRAILE, GUILLERMO: op. cit., p. 877.
(64) FALCIONELLI, ALBERTO: op. cit., pp. 102, 103.
(65) CHEVALIER, JEAN-JACQUES: Los grandes textos políticos desde Maquiavelo hasta nuestros días, Madrid, Aguilar, 1954, p. 129.
(66) HAZARD, PAUL: op. cit., p. 441.
(67) KECHEKIAN, S. F., y FEDKIN, G. I.: op. cit., pp. 239, 236, 235.
(68) DELLA VOLPE, GALVANO: Rousseau y Marx y otros ensayos de crítica materialista, Barcelona, Martínez Roca, 1969, pp. 109, 67, 15, 16, 70, 75 nota 20.
(69 )VEGAS LATAPIE, EUGENIO: Romanticismo y democracia, Santander, Cultura Española, 1938, p. 21.
(70) MARITAIN, JACQUES: Tres reformadores, Buenos Aires. Excelsa,. 1945, p. 110.
(71) FRAILE, GUILLERMO: op. cit., p. 934.
(72) MARITAIN, JACQUES: op. cit., pp. 124, 125. Cf. FRAILE, GUILLERMO: op. cit., p. 935.
(73) MARITAIN, JACQUES: op. cit., pp. 121, 122, 126.
(74) GOULEMOT, JEAN-MARIE, y LAUNAY, MICHEL: op. cit., pp. 248, 249, 250, 251, 243.
(75) BARGALLÓ CIRIO, JUAN MIGUEL: Rousseau. El estado de naturaleza y el romanticismo político, Buenos Aires, V. Abeledo, 1952, pp. 28r 29, 30, 31, 33, 34, 39, 59.
(76) TALMON, J. L.: Los orígenes... cit. pp. 42, 43, 44.
(77) FALCIONELLI, ALBERTO: op. cit., pp. 128, 129, 134.
(78) MAURIAC, FRANÇOIS: De Pascal a Graham Greene, Buenos Aires, Emecé, 1955, pp. 47, 48, 49, 51, 56, 74.
(79) LEMAITRE, JULES: Juan Jacobo Rousseau, Buenos Aires, Huemul, 1967, pp. 12, 23, 37, 38.
(80) LEMAITRE, JULES: op. cit., pp. 15, 21, 29, 34, 51, 52, 53, 59, 61, 65, 32, 90, 89, 162, 163, 119, 120, 174, 175, 195, 204, 218, 284, 286, 287, 313, 314.
(81) THEIMER, WALTER: op. cit., p. 148.