Colección de escritos de distintos autores, de distintos tiempos históricos, y de distintos lugares geográficos, sobre temas de doctrina religiosa, filosófica y política, perennes e insoslayables para un católico, pues hacen al bien común terrenal, y a la salvación del alma.

viernes, 17 de abril de 2009

Diderot, o el burgués vagabundo





por D. Ruben Calderón Bouchet




Tomado de La Enciclopedia y el Enciclopedismo
Ediciones OIKOS, Buenos Aires, 1983.









"Escritor incorrecto, traductor infiel, metafísico atrevido, moralista peligroso, mal geómetra, físico mediocre, filósofo entusiasta, literato que ha escrito muchas obras pero del que no podemos decir que conozcamos un buen libro", así pre­senta la figura de Diderot un enjundioso estudio sobre el Siglo de las Luces realizado por Jean-Marie Goulemot y Michel Launay, autores que se declaran continuadores de la Ilustración. Su frase "Todo cambia todo pasa. Sólo el todo dura" es un ejemplo de la profundidad filosófica de Diderot. Sin em­bargo su figura ha sido exaltada tanto en el Occidente liberal como en la URSS como campeón del progresismo y como defensor de la soberanía popular.


La vida de Diderot

En el siglo XVIII la preponderancia social y espiritual del burgués impone ya su marca utilitaria a todo el ámbito de la cultura. Las ciencias positivas substituyen, entre la gente ilus­trada, el saber tradicional y determinan en alguna medida la "forma mentis" de la nueva sabiduría filosófica que hallará en Alemania sus expresiones más acabadas. En Francia, la filosofía es apenas una retórica y, como lo expresó el mismo Denis Diderot, no se podía ser filósofo sin sacri­ficar un gallo a las musas, especialmente a la del teatro y la poesía, porque eran las formas más extendidas de la literatura. Diderot consideraba también imprescindible que para ser filósofo había que ser ateo. Voltaire no llegó a una conclusión tan terminante y se contentó con ser deísta: una modalidad más atenuada del ateísmo y más de acuerdo con su espíritu utilitario.
Diderot amó demasiado sus caprichos y sus fantasías para frenar su inteligencia en los umbrales de la conveniencia social. No era, como Voltaire, un gran burgués que preparaba, conforme a las exigencias del poder absoluto, el predominio de un raciona­lismo ilustrado contenido en los límites de un economicismo prag­mático. Diderot era un hijo del pueblo, destinado por su proce­dencia y su capacidad intelectual a hacer carrera en el clero. Hay en su porte, en su blandura física y en sus gustos por las franca­chelas voluptuosas una falta de mesura y circunspección que hace pensar en un clérigo vagabundo, perdido en el tumulto de la Ilus­tración. Catalina La Grande, que tuvo la oportunidad de cono­cerlo personalmente y de echar sobre él una mirada libre del espejismo literario, dijo que era un atolondrado, un charlatán y un payaso. No obstante, no le escatimó su ayuda, y gracias a las mercedes de la zarina Diderot pasó sus últimos años en una rela­tiva holgura.
Nació en Langres, en octubre de 1713, en el seno de una fa­milia de artesanos-comerciantes. El padre fabricaba y vendía cu­chillos, navajas, tijeras y otros instrumentos cortantes de fácil ubicación comercial en una zona rural como aquélla. Fue alumno de los jesuítas, como Voltaire, pero no tenía, como el hijo del notario Arouet, la posibilidad de entrar a tra­bajar en el despacho paterno. Los Diderot, al sobresalir en los latines, podían aspirar al cargo de canónigos. Este hubiera sido el destino de Denis, si su precocidad erótica no hubiese pesado tanto en la orientación de sus propósitos. Un tío ya canónigo, que suponemos cargado con todas las alforjas de la sabiduría familiar, hizo brillar ante los ojos de los padres una prebenda eclesiástica como un seguro sobre el porvenir del muchacho. Denis no se tentó y aceptó abandonar sus estudios y ponerse modestamente en la fragua paterna y seguir con los cuchillos. El morbo de la cultura había afectado seriamente el cerebro del joven estudiante y, tras haber martillado unos días sobre el yunque, volvió a los latines, convencido de que sus manos habían sido hechas para sostener la pluma y dar vueltas las hojas de los libros.
Los jesuítas pensaban lo mismo y trataron de persuadir a Denis que era mucho más conveniente entrar en el seminario de la Compañía de Jesús que amontonar sebo en el pedestre usu­fructo de una canonjía eclesiástica. Diderot estaba en la edad del heroísmo y probablemente no amaba en exceso a su impor­tante tío, el canónigo de Vigneron. y decidió seguir el señuelo pro­puesto por los jesuítas: un par de años en el colegio Louis Le Grand de París y luego el noviciado.
El padre, que decididamente prefería la canonjía, lo llevó a la capital de Francia y lo puso en el Colegio d'Harcourt, donde Denis completó sus estudios hasta recibir el título de "maestro de artes".
El ambiente de París puso término a sus inclinaciones sa­cerdotales y Diderot se lanzó a una franca bohemia, de la que extrajo esa experiencia que volcó en su obra maestra, Le Neveu de Rameau, que tanto gustó a Goethe. Cuando el padre se enteró de sus andanzas le cortó los víveres y Denis se vio librado a sus propias fuerzas y a algunos subsidios clandestinos que la madre le hacía llegar con una sirvienta de la casa.
Sus propias fuerzas no daban para mucho. Era un intelec­tual, pero como tenía ingenio y pocos escrúpulos alternó las lec­ciones particulares con algunos sermones que escribía para sa­cerdotes de poco caletre. A otros, no mejor dotados, les sacaba dinero con el cuento de que se preparaba para entrar en una orden. No era sobrino del gran Rameau, pero algunos carismas clericales que le quedaban de su paso por el colegio y de sus visitas al tío le sirvieron para sobrevivir durante esos diez largos años de su juventud.
Diderot era alegre, superficial e ingenioso, y, como le gus­taban las mujeres y no hacía especial hincapié en la calidad, muy pronto se convenció de que la madre naturaleza era mejor maes­tra que la Iglesia Católica y se abandonó a esos impulsos que dirigían tan sabiamente sus preferencias. Esta certeza terminó por hacerle perder la fe y las lecturas de Shaftesbury, Montaigne, Voltaire, Locke, Pope, Toland, Ramsay y Tindal lo con­vencieron de que estaba en la buena vía. Se propuso entonces vivir de acuerdo con los instintos, que, por provenir de tan buena madre, no podían ser tan malos como algunos supersticiosos ten­dían a creer.
Si hubiera podido leer a Kant, habría comprendido que la naturaleza también tiene sus señuelos y sus trampas. Es verdad que ninguno de ellos concluye en el seminario, pero pueden ter­minar en el matrimonio, que no suele ser una coyuntura tan feliz como la que auspicia sus primeros pasos. Diderot se enamoró de una encajera. Como a sus frecuentes encuentros sucedió el embarazo, Denis habló con sus padres para concertar el matrimo­nio. El padre, que soñaba con otro destino matrimonial, se opuso al casorio con la encajera y lo hizo encerrar, como Denis insistiera, mediante una "lettre de cachet", en un reformatorio de Vincennes.
La prisión era un convento destinado a la reclusión de algún monje descarriado o de algún hijo de papá tan poco obediente como Diderot. No había grillos ni calabozos demasiado profun­dos, de tal modo que nuestro héroe logró fugarse con sólo abrir una ventana y dejarse caer a la vereda. Lograda la libertad, hizo enmienda honorable de su mal paso y juró no volver a ver a su amada Nanette. Pero había tres cosas que se oponían a la reali­zación de este proyecto: su frágil voluntad, el asedio permanente de la gentil Nanette y una oportuna enfermedad que, al pos­trarlo en su lecho, permitió a la encajera erigirse en ángel cus­todio y demostrar a Denis que la ternura, cuando se suma al erotismo, es invencible. Contrajeron matrimonio en la iglesia de Saint Fierre aux Boeufs, especialmente reservada para las situaciones apuradas. El padre tardó varios años en enterarse.
El matrimonio es un sacramento y también un orden de vida. La novel esposa, que era algo mayor que nuestro héroe, creyó conveniente asumir la tarea de ponerlo en vereda y reve­larle los encantos de una existencia responsable y laboriosa. Tiempo perdido. Denis tenía condiciones para realizar una labor, pero le gustaba hacerla a su modo y sin renunciar a ninguno de los encantos de una perezosa bohemia. No podía vivir sin pasar, largas veladas en algún café arreglando el mundo en compañía de otros vagabundos. Uno de ellos, el ginebrino Juan Jacobo Rousseau, que se había propuesto la conquista de París con una comedia llamada Narciso, le presentó al padre Condillac, y por medio de este singular sacerdote conoció al impresor Le Bretón, que le propuso traducir al francés la Enciclopedia inglesa de Chambers.
Diderot tuvo por ese trabajo una entrada fija de cien fran­cos mensuales y la gran oportunidad de conocer el pintoresco mundo de los salones frecuentados por los filósofos y los escri­tores del momento. En uno de ellos se enamoró de Mme. Puisieux y en otro de Sofía Volland, quien, durante muchos años, fue su Egeria en el escarpado camino de la fama. Mientras se esfor­zaba en realizar la Enciclopedia escribió teatro, crítica de arte, ensayos, novelas y una copiosa correspondencia. En 1773 viajó a Rusia invitado por Catalina II y redactó para ella el plan de una universidad. La zarina, que gozaba en su papel de corresponsal de filósofos, tuvo el tino de no tomarlo muy en serio y, colmándolo de regalos, no hizo ningún caso de sus consejos políticos. De vuelta a París, Denis pasó sus últimos años en un suntuoso departamento de la calle Richelieu, regalado por Catalina de Rusia. El despotismo ilustrado pagaba mejor que la burguesía, y los promotores intelectuales de la revolución su­pieron beneficiarse con las larguezas de sus regios protectores. Los accidentes de su viaje de retorno comprometieron su salud y desde esa fecha se quejó de sufrir de una afección bronquial. Murió en 1784, probablemente de tisis.

La Enciclopedia

André Billy en la introducción a las Oeuvres de Diderot, editadas por la Bibliothéque de la Pléiade, hace una reseña cro­nológica de este enorme trabajo, marcando los principales acon­tecimientos de su proceso de composición.
El 21 de enero de 1746 el canciller D'Aguesseau designa a. Diderot editor responsable de la obra y nombra, al mismo tiempo, los censores teológicos que acreditarán su ortodoxia. Un año más tarde Diderot es denunciado por el párroco de San Medardo y conducido por la policía a la cárcel de Vincennes.
Antes de transcurrido un mes el gobernador de la prisión recibe la orden de trasladar al prisionero a su propio domicilio, en donde se le continuará el proceso. Los editores suplican al mi­nistro de policía D'Argenson que considere con mejores ojos la situación de ellos y le piden interesarse por la continuidad de la Enciclopedia. Diderot redacta a encargo del ministro un pedido de exculpación y es puesto en libertad ese mismo año.
En 1750 aparecen los primeros fascículos de la obra y aumentan extraordinariamente los pedidos de suscripción. Un año después está terminado el primer volumen. Gran alborozo entre los intelectuales franceses y profunda desconfianza en el obispo de Mirepoix, Jean François Boyer, que denuncia el conte­nido de los artículos publicados. El rey decide que no saldrá nin­gún otro artículo sin el debido "imprimatur" de la Iglesia Católica.
En 1752 aparece el segundo volumen y el escándalo suscitado por los artículos se hace mayúsculo. Se suspende la publicación y Diderot abandona París, mientras D'Argenson maniobra para obtener que sea levantado el interdicto. En 1753 aparece el tercer volumen y al año siguiente el cuarto. Hasta 1756 el ritmo de la obra es de un volumen por año, pero en 1757 se desencadena la tormenta encabezada por el delfín y los jesuítas. La discusión se reanuda, y, como suele suceder, aumenta el interés por la obra y el número de los suscritores. En este ambiente de polémica continúa la edición hasta 1759, en que es nuevamente suspendida.
Diderot decide continuarla clandestinamente y recibe la en­tusiasta adhesión de los suscritores, entre los que figuraban las mejores familias de Francia y no pocos altos prelados de la Iglesia. Se desata una guerra de intrigas, procesos, delaciones e infidencias que obliga al editor Le Bretón a intervenir personal­mente. Este, pasando sobre la autoridad de Diderot, elimina los trozos más censurables.
Denis se indigna y escribe:
"Así, la más grande empresa literaria desde la invención de la imprenta fue librada por la persecución a la imbecilidad y a la timidez de un impresor que se convirtió en árbitro con una audacia de la que no creo exista otro ejemplo en la historia".
La constancia sin desfallecimientos de Diderot dio término á la grandiosa obra. Los últimos volúmenes aparecieron en 1769, poco después que Catalina II de Rusia comprara la biblioteca personal de Diderot por un precio bastante superior al real y la dejara en su posesión para que pudiese continuar su faena.

La filosofía de un diletante

Pocos términos han sufrido tantos avatares como la palabra filosofía. Desde que los griegos la acuñaron en el tiempo de Pitágoras hasta nuestra propia época, cada generación la ha usado con propósitos más atentos a destacar sus prejuicios sapienciales que a determinar un objetivo científico. En el siglo XVIII todos coincidían en que la filosofía era el trabajo de la razón madura, en franco tren de abandonar la tutela del saber teológico. Teólo­gos, publicistas, escritores de toda índole y hasta panfletistas ocasionales hablaban de la filosofía, ya para combatir sus consecuencias, ya para alabar sus méritos, pero siempre con el fin de destacar su actitud agresiva frente al magisterio de la Iglesia.
Diderot no era un filósofo en el sentido clásico del término; era, para hablar con propiedad, un escritor que le gustaba meter baza en todos los asuntos, incluso en algunos que han preocupado a los filósofos desde Tales de Mileto, sin que se encuentre en sus trabajos una sola respuesta sistemática, capaz de dar rigor y coherencia a sus opiniones sobre la naturaleza, Dios, el alma o el mundo.
Saint Beuve, en sus famosos retratos literarios, dice que Diderot era una de las más alemanas entre las cabezas francesas de su época. Sin duda alude a sus efusiones panteísticas, que nacían más de su sensibilidad que de su inteligencia. En una carta a Sofía Volland, citada por Saint Beuve, dice Diderot todo cuanto podía decir de su amor a la sabiduría:
"He estudiado toda la sabiduría de los pueblos; pienso que no vale la dulce locura que me inspira mi amiga. He oído todos sus discursos sublimes y pienso que una sola palabra de la boca de mi amiga daría a mi alma una emoción que ellos no pueden dar. Me describen la virtud y sus imágenes me alientan, pero me hubiese gustado más ver a mi amiga, mirarla en silencio y verter una lágrima que su mano hubiera enjugado o que sus labios hu­bieran recogido. Ellos trataban de desacreditar la voluptuosidad y su embriaguez, porque es pasajera y engañadora; yo ardía por hallarla entre los brazos de mi amada, porque me renueva cuando le place, porque mi corazón es recto y sus caricias son verdaderas. Ellos me dicen: 'Tú envejecerás'. Yo respondo en mí mismo: 'Sus años pasarán con los míos, moriréis ambos'. Yo digo: 'Si mi amiga muere conmigo la lloraré y seré feliz llorándola. Ella es hoy mi felicidad, y mañana y pasado mañana, todavía y siem­pre, porque ella no cambiará porque los dioses le han dado un espíritu bueno, la rectitud, la sensibilidad, la franqueza, la virtud y la veracidad que no cambian'. Cierro las orejas al consejo aus­tero de los filósofos; y hago muy bien. ¿No es verdad, mi Sofía?".
El nombre de Mme. Volland se prestaba para un equívoco gracioso que el ingenio procaz de Diderot no podía dejar de apreciar. Pero aparte del espíritu de broma que campea en la epístola no se puede tomar al pie de la letra la opinión de Saint Beuve sobre la filosofía de Diderot . ¡Estaba tan lejos como el mismo Saint Beuve de ser un metafísico!
El principio de la sabiduría del siglo XVIII fue la incredulidad, y Diderot, en cuanto se liberó de la fe, lo hizo suyo y comenzó para él la búsqueda de una felicidad completamente terrena y a espaldas de eso que llamó "el galimatías metafísico teológico".
La verdad es el padre, que engendra la bondad, que es el hijo, y de ambos procede el espíritu santo, que es la belleza. Este es el trinitarismo de Diderot. De haber poseído una cabeza alemana tal vez se hubiese dejado tentar por una explicación dialéctica de esta boutade; pero estaba en su índole no tomar demasiado en serio su retórica, ni extraer conclusiones para una welstanchaung a la manera de Herder o de Hegel.
Diderot se inició en la moda de las opiniones filosóficas con una traducción bastante libre de un libro de Shaftesbury a la que llamó Essai sur le mérite et la vertu. Su libertad interpretativa estaba en el estilo y en alguno que otro pasaje donde trataba de atenuar un poco la acerba crítica del inglés a la ética tradicio­nal. Su segundo libro, que puede calificarse de filosófico, se titula Les pensées Philosophiques. En él expone un vago deísmo, pero con una tendencia que se irá acentuando hacia un ateísmo mate­rialista. Esta última posición aparecerá en todo su esplendor en sus Pensées sur l'interpretation de la nature y en algunos traba­jos que fueron publicados después de su muerte y cuando en Fran­cia soplaban vientos más favorables a este modo de pensar.
El mismo Diderot, en un alarde de síntesis, resumió su pen­samiento en un juicio sobre el hombre que domina el horizonte de su espíritu, si se lo toma como a un animal dotado de un in­genio especial para el placer y la voluptuosidad. Decía Diderot, parafraseando a Protágoras, que "el hombre es el término único del que hay que partir y al cual debe reducirse todo".
No pocos historiadores franceses han visto en este libro de Diderot una suerte de precursor del Evolucionismo. Si se toman aisladamente algunas reflexiones en que aparece la dificultad de señalar la transición entre el vegetal y el animal u otras donde afirma que las moléculas de la materia están dotadas de una fuerza viviente capaz de hacer nacer las especies inferiores, se podría ubicarlo sin esfuerzo en la línea de un Spencer o de un Haeckel. Pero aquí termina el parentesco y su lirismo biológico está más enlazado con Lucrecio que con Darwin. Simplemente creía, como el gran poeta latino, que "vermes ex stercore existunt".
El paso de la vida animal a la humana era tan espontáneo y natural como el de la materia inanimada a la viviente. En el fondo no había ningún paso y el secreto de los cambios yacía en el carácter eterno y vivo de las moléculas cuyas asociaciones engendran todas las mutaciones de la realidad. Un principio perfecto, pero tan difícil de probar como la existencia de Dios. Diderot lo consideraba cómodo para el manejo de sus propios ne­gocios y la entrega sin problemas a la felicidad del momento.
Se dice que su materialismo es menos grosero que el de Holbach y el de Helvetius. En el fondo se trata de una exposición literariamente más ingeniosa y con una inventiva mucho más aguda para describir los movimientos fundamentales del animal hombre. D'Holbach era un barón alemán que pensaba en un "de­recho de pernada" igual para todos, sin complicarse demasiado con la manera de desvestir sus conquistas. Denis fue más deli­cado. Se había formado en París y detestaba el sensualismo gro­sero de sus amigos nórdicos. El arte es parte de nuestra natura­leza y tiene mucho que ver con el atuendo y las diversas maneras de exponer el cuerpo femenino a la concupiscencia del varón.
Daniel Mornet, en la Histoire de la Litterature Française publicada bajo la dirección de Bédier et Hazard, se complace demasiado en hacer resaltar la originalidad de Diderot con res­pecto a sus anticipos científicos. Diderot era un juglar que poseía un oído magnífico y a quien no se le escapaba nada de lo que oía por los salones. Curioso, movedizo, ingenioso y perfectamente capaz de imaginar cien hipótesis plausibles sobre la base de algu­nas observaciones pescadas al azar de innumerables diálogos con hombres de ciencia, no tenía ninguna experiencia científica y ca­recía totalmente de método para investigar lo que fuere.
Mornet pone el dedo en la llaga cuando afirma: "Nada de una doctrina ordenada. Diderot no sabe de fisiología o de historia natural nada más que aquello que aprendió de otros. Sus hechos y experiencias no son numerosos y carecen de precisión para fundar sobre ellos hipótesis metódicas. Diderot enseñó que se de­bía desconfiar de los sistemas y temía caer en las trampas que denunciaba. Salía de sus compromisos diciendo que soñaba o se divertía. Pero sus sueños y sus diversiones son más juiciosas y profundas que muchos tratados. Es él quien anuncia el porvenir".
Me abstengo de considerar el porvenir anunciado por Dide­rot en sus juiciosas divagaciones científicas. Todas sus anticipa­ciones siguen siendo tan hipotéticas como gratuitas. No obstante acepto que el hombre era inteligente y tenía un humor que lo ponía a salvo de tomarse con excesiva seriedad.

La ética

Diderot moralista parece una broma a expensas de quien hizo de la inconducta una suerte de principio ético y extrajo de sus desvarios la leche y la miel de su sabiduría moral. El término moralista tiene en Francia varias acepciones y no es absolutamente necesario verlo encarnado en un varón de costumbres austeras como Kant para que emita una resonancia cabal. Cuando alguien vive bajo el impulso del capricho y no ad­mite ninguna razón para dominarlo y someterlo al orden impuesto por el espíritu, cree fácilmente en el determinismo y en la ausen­cia de toda libertad. La vida es como un viento que nos empuja a satisfacer las necesidades y buscar el placer. Hacerle repro­ches es tan inútil como protestar porque el sol calienta o la lluvia moja.
El cristianismo impuso una moral inhumana porque ofreció al hombre un final metafísico y trató de imponer a la ley de los instintos un orden que trataba de conducirlo más allá de este mundo. Si la vida se cierra en la finitud de la existencia terrena, nuestro deber es ser felices aquí y el único modo de lograrlo es mediante una bondadosa tolerancia con las debilidades na­turales. Diderot no fue un romántico y a su modo materialista; era bastante clásico, si con tal palabra entendemos una inteligencia dispuesta a poner orden en el tumulto de la inspiración literaria. Si hubiese sido un auténtico romántico habría hablado del de­recho a la pasión como una protesta contra el racionalismo acar­tonado de la burguesía que imponía sus cálculos sobre todos los movimientos de la sensibilidad.
Diderot no escapó totalmente a la ética del interés y admitió que uno de los mejores negocios de este mundo "era practicar la virtud". Es también muy cierto que en su época no existía un acuerdo general sobre lo que se podía entender por virtud, y la palabra, en su amplitud generosa, podía albergar muchas significaciones.
La ética de Diderot, mucho más alegre en la práctica que en su retórica, exigía el teatro para extender sus enseñanzas. Sus obras Le Pére de famille y Le Fils Naturel pertenecen a la peor especie del drama de ideas.
Inclinó el teatro hacia la democracia y escribió en prosa tratando de llegar al alma de los burgueses y hacerlos así más tolerantes con las debilidades de la carne: "Bella ilusión —escribe Keéber Haedens— que languidece en la escena en forma de personajes empapados en lágrimas, que se arrojan de rodillas los unos delante de los otros con grandes sollozos y grandilocuentes recriminaciones. Es el triunfo de la naturaleza, de los humildes y de la pureza de corazón. La muchacha pobre desposa al joven burgués virtuoso que vive en una buhardilla disfrazado de obrero para seducirla. Diderot meditaba una revolución social por el teatro".
Si se examinan los ingredientes de sus mensajes teatrales se advierte su falsedad. Probablemente consideró que era un medio adecuado para obtener fáciles éxitos, halagando el gusto burgués con la exaltación de esa moral para costureras. No triunfó. El público de su tiempo tenía gusto por las comedias ingeniosas y por las sátiras restallantes. Esta moralina rosa lo dejaba indi­ferente.
Decía Mornet que la marca esencial del carácter de Diderot fue la debilidad. Esta nacía, fundamentalmente, de sus contra­dicciones. Había una oposición invencible entre su temperamento y su filosofía, entre su lógica y su corazón. Sus contemporáneos lo consideraban un filósofo, pero él, que se conocía mejor, dirigió a Mme. de Meaux estos versos, que revelan su falta de fe en su propia seriedad:
De la nature enfant gaté
Tel on m'a fait, je crois, dans un moment d'ivresse
Tel sans remora je suis resté!
De la triste raison, de l'austére sagesse,
Remettant les conseils du jour au lendemain,
A Soixante ans passés, la marotte a la main,
De sa rivale turbulente.
Je suis, le dos courbé, les bataillons falots,
Et quelque fois dans ma tête tremblante,
De momus on entena résonner les grélots,
Prés de vous j'áurais pu connaître,
Un rêle 'plus décent, s'il n'est pas aussi doux:
C'est celui de rire de fous
Quand il n'est plus saisons de l'être;
Avoir un gran sens, être vous.
A mon age il est difficile
De passer sur une autre loi,
Et vous avez, sage Lucile,
Du moins quinze ans encoré a vous moquer de moi
Oui, quinze ans soyez en certaine,
Des vieux soupirs ronflé, brulé des vieux désirs
Je sentirai ce coeur a la quatre vingtaine
Batiré por vos menus plaisirs
Mais lorsque sur mon sarcophage
Une grande Pallas qui se désolerá
Du doigt aux passants montrera
Les mots graves: ci git un sage,
N'allez pos d'un rire indiscret,
Dementir Minerve éploré
Flétrir ma memoire honorés
Dire: ci git un fou... Gardez moi le secret.

Diderot salva en este verso su responsabilidad personal frente al renombre que le hará la fama. Nadie que lea esta poesía podrá decir que era un imbécil, aunque tenga muchos motivos para dudar de la buena fe de su ética. No olvidemos que escribió para justificar sus locuras, y tanto su determinismo materialista como sus contradictorios reclamos libertarios eran el producto de su sensualidad.

Diderot y la política

Atribuir la revolución a una sola causa es siempre demasiado esquemático. Pero admitida con toda su complejidad la recíproca implicación que tienen todas las causas en un proceso histórico, queda, en buen aristotelismo, que la causa final es la más im­portante de todas porque preside el decurso del dinamismo etiológico.
La historia, como disposición cualitativa del acto humano, no tiene un fin distinto al que pueden tener las diversas acciones de los hombres, pero como son éstos quienes hacen la historia podemos afirmar que sus preferencias valorativas marcan el rumbo de su praxis y el carácter esencial de los hechos que son su inmediata consecuencia.
La revolución, como afirma Marx y todos cuantos le suce­dieron en la tarea de encauzar este fenómeno, nace con el auge de la burguesía y avanza al ritmo en que se van imponiendo sus valores. Todas las actividades del espíritu, con retardos, sobresaltos y reacciones, sufren la influencia paulatina del economicismo triunfante. Hasta la religión concluye cediendo a su pres­tigio como si el negocio de la salvación dependiera esencialmente de un cambio de estructuras económicas.
Diderot fue un burgués no porque tuviera la preocupación fundamental de las ganancias, sino porque había hecho de la vida terrena y sus goces más inmediatos el fin último de sus aspira­ciones. Cuando el amor al placer se convierte en decisión orien­tadora, el odio a cuanto se le opone bajo la presión de cualquier autoridad puede convertir a un blanducho gozador de la vida en un verdadero enérgeta. Esto explica, en gran parte, el ardor que puso Diderot en su combate contra el orden tradicional y en su rabia por sacar a luz la Enciclopedia: la consideraba un arma intelectual de primera calidad.
Diderot no soñó como Mably, Condorcet, D'Holbach o Helvetius en una república donde reinara la virtud y todos gozaran por igual los beneficios de las luces. Sus ideas políticas, difundidas por sus obras, no alcanzan el tono revolucionario de sus coetáneos. Pero puesto en la tarea de llevar a buen término ese emporio de ideas libertarias que fue la Enciclopedia, este voluptuoso no se concedió una tregua y ninguna amenaza disminuyó la fe de este escéptico. Es verdad que tenía apoyos importantes y sus opinio­nes coincidían con las de la mayoría de la gente establecida.
No creía en Dios ni en la religión. En este sentido había dado unos pasos más que el propio Voltaire, pero, igual que el sabio de Ferney, creía que ambas cosas eran necesarias para ase­gurar, la moral y el buen comportamiento del rebaño.
Siempre estuvo dispuesto a pactar con el despotismo, como lo revela su nutrida correspondencia con Catalina de Rusia, pero lo quería ilustrado y con una marcada predilección a poner a los filósofos por encima de los curas. Como Voltaire, soñaba con una capellanía laica en el palacio de un rey absoluto. ¡Lástima que Catalina vivía en un país espantoso! Si el rey de Francia lo hubiese aceptado como director espiritual, habría colmado las as­piraciones de la felicidad política de Diderot. Desgraciadamente, los Luises, si no todos fieles, fueron indefectiblemente leales al credo tradicional.
Mientras tanto solía soñar con Taití o alguna otra isla en donde los aborígenes gozaban de sus impulsos naturales, sin su­frir las limitaciones de una religión pensada por enfermos y agria­dos. No obstante sus abandonos oníricos al prestigio del buen salvaje, Diderot distinguía perfectamente bien entre el sueño y la realidad. Cuando en alguna oportunidad opinó sobre la situación política de Holanda, lo hizo después de una minuciosa investiga­ción del clima, la organización administrativa y económica de la sociedad civil, el ejército, la marina, la policía y el comercio.

Diderot y la posteridad

El Gran Canciller de las letras alemanas y administrador titular de los prestigios europeos, Goethe, emitió con respecto a Diderot un juicio tan lapidario como indiscutible. Aseguró que Diderot era Diderot, y, para que no quedara ninguna duda con respecto a la originalidad de esta identificación, añadió: "un in­dividuo de excepción".
Tradujo al alemán Le Neveu de Rameau, una de las obras dialogadas mejor logradas del repertorio de Denis Diderot. Más tarde se conoció en Francia gracias a una traducción de la tra­ducción de Goethe. Es una suerte de novela en torno a la personalidad de un auténtico sobrino del músico Rameau que Diderot tuvo la oportu­nidad de conocer en sus vagabundeos por los bistrots de París. El cinismo rencoroso y el hechizo subversivo de este trotacalles se­dujeron durante un tiempo la curiosidad de Diderot. El diálogo está sostenido con vivacidad e ingenio y probablemente estas dos cualidades tan francesas hicieron el encanto de Goethe.
Repitió la misma receta en otro trabajo que llamó Jacques le Fataliste, pero no resultó tan buena. En primer lugar porque el protagonista, un borracho sentimental y conversador, no tenía la frescura ni la veracidad del sobrino de Rameau y en segundo lugar porque la trama del libro se pierde en un barullo de anéc­dotas mal cocidas, donde abundan personajes de folletín. Su otra obra maestra fue, sin lugar a dudas, La Religieuse, llevada al cine hace unos años con cierto éxito de escándalo. En esta novela, donde los diálogos se enlazan hábilmente con la trama, Diderot llevó un ataque cerrado y totalmente deshonesto contra las costumbres conventuales. Como era de presumir en un ines­crupuloso libertino, todo gira en torno al problema erótico de una pobre muchacha candorosa, asediada por la concupiscencia mal satisfecha de monjas y sacerdotes. Con perversa habilidad con­juga la inocencia con la depravación más refinada y crea un clima de expectación morbosa que alimentará, durante mucho tiempo, la imaginación de sus émulos, menos talentosos pero con mayor dedicación a las escenas procaces.
Lo más vivo de Diderot es su correspondencia. Especialmente la que sostuvo con Sofía Volland por el lapso de muchos años. En ella el historiador puede encontrar un magnífico cantero para informarse acerca de la vida cotidiana en el pintoresco mundo que precedió a la Revolución Francesa.


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