n la cuarta parte de «Il Convivio», Dante hizo algunas reflexiones sobre la nobleza, muy interesantes para tomarlas como motivo de nuevas consideraciones. Nuestro propósito es advertir las fallas lamentables que se observan en una sociedad cuando ha descuidado el cultivo de sus minorías dirigentes, y en lugar de darles una educación adecuada a las funciones del comando, entrega el poder social a los grupos formados en las trastiendas de los comités y que sólo han adquirido competencia en las luchas demagógicas y las ofertas electorales.
El gran poeta cristiano lamentaba que en las definiciones existentes sobre la nobleza se acentuaran algunos aspectos accidentales, sin insistir suficiente en aquellos que consideraba —con justa razón— mucho más importantes y esenciales. Se hablaba de la riqueza o del linaje, como si estos elementos, condicionantes de una vida noble, fueran por sí solos determinantes de aquella jerarquía humana.
Como buen discípulo de Aristóteles —a quién llamaba «el maestro de la razón humana» — consideraba que la condición de noble era inherente a la existencia de un sistema de virtudes morales que otorgaban a su poseedor la aptitud para llevar una vida elevada y señorial, cualesquiera fuera su ascendencia o la situación personal con respecto a la fortuna.
Sería poco pertinente discutir la certeza de este juicio, pero conviene notar que para señalar los caracteres sociales de la función nobiliaria no se puede descuidar la influencia decisiva del linaje, ni aquélla —menos importante pero no desdeñable— de una condición económica que dé al noble el respaldo de su seguridad. Si esto faltara, la dependencia de quien económicamente lo sostiene produce en el talante noble un inevitable desmedro y, especialmente, limita la libertad de sus actos.
Dante no distinguió el noble del aristócrata o del notable de aquellos que son principales por la posesión de bienes y antecedentes que explican su situación eminente en una sociedad. Dijimos que la palabra noble designa, en buen castellano, un talante físico y moral en relación con las artes marciales, pero no tanto en virtud de la destreza profesional como por el coraje, la altivez y la generosidad con que se procede en los lances de la guerra. Se puede ser noble e inteligente, noble y tonto, pero no noble y astuto. Este último adjetivo pone su nota falsa en la condición del caballero, que siempre debe combatir sin cálculos mezquinos ni exageradas precauciones.
Hay en la nobleza una primera connotación corporal que corresponde tomar muy en cuanta para comprender en toda su latitud la significación del vocablo. Por esa razón decíamos que el término puede ser aplicado a ciertos animales: león, águila, caballo, perro, gallo de riña, sin que ningún hombre noble se sienta disminuido en su condición de tal por este parentesco zoológico. Es fácil advertir que existen muchos animales que resisten con bravura el ataque del enemigo, pero solamente cuando no tienen otra alternativa, porque normalmente prefieren la fuga o la seguridad que da el escondite. El furor y la desmesura de que hacen gala en su defensa no merecen el calificativo de noble, y decir de alguien que se defendió «como gato entre la leña» no es equivalente a decir que luchó «como un león». Hay una lucidez y un cierto gusto lúdico en el valor de la nobleza que evita el combate desesperado propio del que defiende su vida más como fiera que como hombre.
A este rasgo físico se refiere la ley sálica cuando afirma: «Nosotros los Francos, nobles de cuerpo y blancos de piel» , o ese otro reproche de Ulises, cuando reprocha a Tersites señalando su falta de vigor y aptitud para la guerra, que lo induce a preferir la murmuración y la charlatanería del demagogo al combate franco y abierto del guerrero.
El noble es, ante todo, guerrero y es en las funciones militares donde las sociedades forman su nobleza. Es una idea muy moderna y revolucionaria hacer de la milicia un oficio y del militar un técnico, sin otra preocupación que el adiestramiento en el ejercicio de las armas. En las sociedades tradicionales fue una escuela dura y llena de exigencias morales en la que se formaban los mejores jóvenes de la clase dirigente.
Dado que uno es siempre hijo de sus padres, no parece sabio negar el aporte de la estirpe a la formación del talante, tanto en el aspecto corporal como en el orden moral. No olvidemos que la educación empieza en la casa y allí, en contacto con las virtudes cultivadas por los padres, el hijo forma su propio temple y crece en la emulación de los paradigmas que ofrecen sus parientes. Los españoles llaman «hidalgo» al hombre de buena cuna, al que tenía en su haber las obras de sus antepasados. La sabiduría del pueblo hispánico ha recogido esta enseñanza a nivel popular cuando sentencia: «De tal palo tal astilla, de la buena sangre la buena morcilla».
Sería arriesgado suponer que inevitablemente se heredan las buenas cualidades paternas, y esta presunción es fácilmente desmentida por los muchos ejemplos de hijos indignos que da la historia. Pero de cualquier manera la sangre es más espesa que el agua, y existe una explicable tendencia a mezclar su raza con gente de una condición más o menos semejante, como si se quisieran perpetuar los rasgos de una tradición familiar que se considera positiva.
Cuando la energía de una estirpe disminuye, su primer movimiento es buscar alianzas matrimoniales fuera de su acostumbrado circuito de enlaces, ya para encontrarse con familias menos contaminadas con las propias debilidades o que posean virtudes compensadoras de las falencias comprobadas. Puede suceder también que los cambios operados en las costumbres impongan hábitos distintos de aquéllos que se cultivaron en el seno de la sociedad heril, y se haga necesario abrirse a las nuevas corrientes incorporando las cualidades de otra clase social.
No se puede desdeñar en la formación de un noble la existencia de un cierto desahogo pecuniario que favorezca el cultivo de las actitudes liberales. El hombre presionado por la chatura de una condición miserable no tiene tiempo ni ánimo para sacarse el peso de la pobreza. Piensa demasiado en sobrevivir como para cultivar los desprecios indispensables para el ejercicio de la condición noble. Lo dice Don Quijote en su respuesta al cura que le reprochaba sus andanzas: «Habiéndose criado algunos en la estrechez de algún pupilaje, sin haber visto más mundo que el que pueda contenerse en veinte o treinta leguas de distrito, pretende meterse de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros andantes» .
Pienso —como Dante— que tanto la riqueza como la estirpe no son de absoluta necesidad para la formación del ánimo noble, pero dado el innegable carácter social de la naturaleza humana, todo cuanto constituye el valor de una persona está inevitablemente condicionado por el medio social en que se realiza, y es en ese medio donde tienen que advertir los aspectos favorables o desfavorables para la formación de nobleza.
Las sociedades humanas elaboran, en el curso de su historia, los órganos que necesitan para cumplir con sus funciones esenciales, y esto de dos maneras: de acuerdo con las normas impuestas por la sabiduría tradicional o conforme a los artilugios de un contrato jurídico. La tradición es tanto más auténtica y más certera cuando más profundo y real su contacto con la fuente divina de la que emana. Esto da cuenta y razón de un hecho que el estudio prolijo de la historia corrobora con amplitud: la nobleza cristiana fue, en sus mejores ejemplares, la más pura y la más digna que el mundo ha conocido y la que podemos tomar por modelo cuando queremos fijar un tipo de hombre de guerra que sobresalió, tanto por su combativa eficacia, como por la generosidad de su ideal ético. Si un caballero como San Luis, Rey de Francia, no hubiera existido, habría que atribuirlo, inevitablemente, a las exageraciones paradigmáticas de la Leyenda Dorada.
Cuando una sociedad no pone sus armas en manos de una nobleza las coloca, inevitablemente, en las de gentes más o menos especializadas, pero sin preparación espiritual para servir un propósito de cierta grandeza. No nos engañemos confundiendo los ideales con la realidad. Tanto la caballería como la santidad pertenecen al plano de la causalidad ejemplar, pero cuando efectivamente obran en una sociedad no podemos, por escepticismo contumaz y metódico, despreciar su eficacia. No todos los nobles fueron caballeros en el sentido cabal del término, ni todos los cristianos son santos, pero así como hubo caballeros hubo también santos, y la presencia real del hombre que encarna los valores del ideal no deja de producir su efecto benéfico en el comportamiento de quienes tratan de emularlos.
Los paradigmas éticos propuestos por el cristianismo han desaparecido de nuestra civilización, y las palabras que servían para designarlos —despreciadas por la incidencia de una valoración deformadora— siguen usándose, pero con significados completamente distintos, cuando no opuestamente contradictorios. En las sociedades tradicionales el ejército combatiente estaba integrado por los hijos de las mejores familias, y no se podía representar un digno papel en el gobierno si no se estaba preparado para hacerlo en el combate. Los reyes cabalgaban a la cabeza de sus tropas y su guardia de corps era la flor y nata de la nobleza. Nuestras clases dirigentes no solamente no combaten, sino que hacen lo posible para eludir todas las consecuencias de un cotejo armado. El resultado inevitable es el carácter cada día más cruel y totalitario de las guerras modernas.
Nuestra conclusión puede parecer caprichosa si no pensamos que para preparar el ejercicio de las funciones más delicadas de la sociedad, y en especial las más responsables, se deben tener presente dos cosas: la generosidad del ideal y el egoísmo de nuestras propias flaquezas. Ningún ideal vive exclusivamente de la generosidad y mucho menos del egoísmo. Ni el altruismo puro, ni el frío interés personal son capaces de edificar una conducta duradera. El primero, porque carece de fundamento en la realidad y puede terminar en pura retórica; el segundo, porque no abre al espíritu las nobles justificaciones que necesita el hombre para dar a su existencia algo que la salve del oprobio y la autodestrucción. Cuando la nobleza era la única que combatía, las guerras se hicieron con ciertas normas lúdicas que tomaban en cuenta el honor de los vencidos y la generosidad de los vencedores. Cuando los que desatan las guerras no combaten, tales precauciones dejan de ser necesarias y las luchas armadas se resuelven en el cálculo frío del interés estratégico y en donde el horror de los métodos empleados puede ser considerado un elemento de persuasión perfectamente válido.
Para Dante la palabra nobleza era sinónimo de perfección en la línea de las buenas disposiciones naturales, acepción perfectamente aceptable si no se toma con atención el significado que le dio el uso cuando limitó su aplicación a la clase de los guerreros. De acuerdo con la semántica dantesca la santidad, en su sentido pleno, es nobleza, pero conforme al uso popular, un noble no tiene necesariamente que ser santo, y si se sutiliza un poco se puede hablar de nobles defectos y de vicios nobles, cuando se alude a ciertas malas inclinaciones que no atentan contra la noción de nobleza.
Así, se puede hablar en buen castellano de un noble despilfarro o de una noble falta de precaución o cautela en el trato con la gente. Se alude a un señorial descuido frente al peligro o a un displicente abandono de los detalles defensivos ante la inminencia del combate. Si se observa bien ninguno de estos defectos afea la conducta de un hombre de bien, aunque se trate siempre de efectivas faltas en el comportamiento. Arriesgar la propia vida en un gesto de orgullo o inútil vanidad es una acción que no carece de nobleza, pero al no guardar la proporción adecuada con aquello que la razón impone, resulta superflua y, si se quiere, viciosa en el verdadero sentido del término.
Lo importante, para un estudioso de la sociedad política tradicional, es el momento educativo de la nobleza y el buen uso que hace una sociedad saludable de ciertas inclinaciones violentas para obtener de ellas resultados favorables al bien común. La soberbia de la vida, el orgullo y algunos movimientos de la simple vanidad sirven para construir sobre ellos un temple de singular reciedumbre frente a las situaciones arduas donde los hombres arriesgan la vida. En ellos la virtud de fortaleza se ve socorrida por una serie de pasiones que, observadas por separado, no darían buenos frutos, pero al confluir con la disposición virtuosa llevan a un hombre mucho más allá de lo que puede esperarse de un ánimo común y hasta configuran, en alguna medida, la fisonomía moral del héroe.
Repito que no todos cuantos pertenecieron al estamento de la nobleza fueron nobles en el sentido paradigmático de la palabra. Sucedió también con demasiada frecuencia que aquellos que estaban colocados más alto en las jerarquías nobiliarias no eran los mejor dotados para el cumplimiento del oficio. La razón es simple y, por desgracia, demasiado humana, porque al no sufrir como los otros la presión constante del grupo social, pudieron descuidar con cierta impunidad sus obligaciones y permitirse algunas felonías, que para un noble de menor cuantía hubiera significado una deshonra irreparable y una inmediata descalificación con todas sus consecuencias sociales.
Hoy es uso corriente valorar a una persona por su popularidad y, aunque el criterio por sí mismo vale poco, no debe ser totalmente desdeñado en aras de una demofobia exagerada. En los buenos momentos de las sociedades tradicionales, tanto los reyes como los nobles gozaban de una sólida estima pública y no se les escatimaba el aplauso de las muchedumbres cuando se presentaba la ocasión. Es verdad que la noción de pueblo no se había convertido en una consigna subversiva y su acepción abarcaba todo el orden social en su configuración diferenciada y jerárquica: los reyes, los nobles, los sacerdotes, los notables, formaban parte del pueblo con el mismo derecho que los lacayos, los mozos de cuerda y los oficiales de diversos oficios. El prestigio de las clases más altas estaba ligado tanto a sus funciones específicas como a sus condiciones personales.
Nosotros vivimos en un mundo mucho más uniforme, horizontal y homogéneo, pero al mismo tiempo más separado por las situaciones económicas, los diversos grados de cultura, las distintas exigencias morales y la variada expresión de las creencias. La popularidad en nuestros ambientes es menos natural y espontánea. No surge del contacto personal con los astros del momento ya en la Iglesia, la calle, la palestra o la romería.
Hoy la popularidad se fabrica en los medios de difusión masiva, y si bien es cierto que conocen una difusión que jamás pudieron tener las popularidades antiguas, es siempre a través de imágenes, fotos y reproducciones artificiales que no tienen el calor y la vida del contacto directo y la proximidad amistosa. He visto centenares de fotografías de algún líder político calurosamente publicitado, pero nunca me arrimé a él para que curara mis verrugas o me bendijera a su paso en una fiesta solemne.
El noble era el protector natural del pueblo, y su familia heril se extendía a todos los hogares que dependían de su fuerza, de su prestigio, de sus riquezas. A él le correspondía defenderlos, y no solamente por la generosa disposición de su ánimo —que hubiera sido de poca duración— sino porque toda esa gente constituía esa fuerza, ese prestigio y esa riqueza de las que él disponía como jefe.
Sobre todas estas realidades —que las historias ideológicas han deformado de acuerdo con sus intereses publicitarios— hay dos maneras de hacer el imbécil: convirtiéndolas en leyendas doradas, que los defectos y los vicios de los hombres en todos los tiempos se encargan de desvirtuar, o negándoles todo valor en uso de un desprestigio sistemático que contraría la versión de los testimonios y el uso de la sana inteligencia.
La nobleza cumplió, en las sociedades tradicionales, una función irreemplazable. Su desaparición como estamento encargado de una permanente vigilia de armas ha dejado un vacío que no pueden llenar las improvisadas promociones de militares profesionales —más adiestradas que educadas— en las difíciles situaciones que impone el comando, tanto en la paz como en la guerra.
VII.
DINERO Y OLIGARQUÍA
El comercio y las especulaciones financieras —eso que en general se llama el mundo de los negocios— tiende a formar una clase social que posee una mentalidad espontáneamente opuesta a las normas tradicionales. Ven en ellas cortapisas para la expansión de sus fortunas. No se equivocaba Marx cuando veía en las oligarquías financieras un poder estrictamente revolucionario, porque con ellas nace la crítica al orden antiguo y el deseo de sustituir sus instituciones por otras más ágiles y adecuadas a la movilidad de las situaciones auspiciadas por el juego del dinero. «La burguesía —escribía Marx en el «Manifiesto Comunista»— ha ejercido en la historia una acción esencialmente revolucionaria» . No importa que esa acción no haya sido todo lo revolucionaria que Marx deseaba: basta que se reconozca su faena destructora del orden antiguo para que se comprenda su papel.
La primera relación de las oligarquías modernas con la política nace de las exigencias del soborno. No se puede hacer buenos negocios cuando los encargados de conducir los asuntos políticos de una ciudad se oponen a ciertas empresas o favorecen la situación de otras. El soborno es carta obligada para una oligarquía en proceso ascendente, y cuando se hace demasiado oneroso y perturba la buena marcha de las finanzas, se impone el cambio de gobierno mediante un golpe de estado que favorezca el advenimiento de agentes más tratables.
Generalmente las oligarquías financieras prefieren gobernar por interpósitas personas, y la fabricación de los hombres de paja está ligada al auge de estos poderes. Se recurre así a las condiciones demagógicas de los caudillos populares, fáciles de reemplazar cuando se impone un cambio de frente que no comprometa los objetivos fundamentales del sistema.
Solía suceder que el deseo de cumplir un papel principal en la conducción del gobierno tentara a ciertos oligarcas para ocuparse personalmente de la faena política y corrieran así con los peligros inherentes a una actividad realmente principesca. Los Medicis fueron en Florencia un ejemplo particularmente significativo de esta situación, pero al mismo tiempo señalaron al poder puramente oligárquico un sesgo aristocrático que éste prefiere ignorar. El más noble de todos los Medicis, Lorenzo, llamado «Il Magnifico» , lo dijo con una claridad que exime de cualquier comentario: «Acepté el gobierno sin entusiasmo. La carga me pareció poco conveniente para mi edad, muy pesada y peligrosa. La tomé únicamente para asegurar la conservación de nuestros amigos y de nuestra fortuna. En Florencia, cuando se es rico, es difícil vivir si no se es también dueño del Estado» .
Palabras que no fueron destinadas al público pero que expresan, sin otra explicación, la cruda realidad de un gobierno de financieros; pero que no obstante, y por el hecho de haber asumido personalmente el riesgo de gobernar, dio a nuestra civilización el espectáculo de una república de lujo, tan distinta de esas oligarquías solapadas que obran detrás de sus mezquinos demagogos.
Tanto Florencia como Venecia protagonizaron dos modelos oligárquicos que, muy a pesar de sus orígenes comerciales y usurarios, supieron dar a sus empresas un tono y un empaque parangonable a los de las mejores aristocracias, y esto porque en ningún momento se perdió de vista el cultivo de una noble educación.
Las oligarquías financieras modernas han sabido ocultar con mucha más habilidad su contrabando político, y han hecho creer a los pueblos que eligen sus propios gobernantes cuando sufragan por los comparsas que levanta la publicidad. Este engaño tiene enormes ventajas, porque no solamente conforma al votante común sino que disuelve de tal manera la responsabilidad del gobierno, que las culpas se reparten en la sucesión de las comanditas sin que se pueda conocer nunca a los que dirigen el baile.
Cuando una preferencia valorativa impone su rumbo axiológico a toda una sociedad se desencadenan una serie de consecuencias que son la lógica conclusión del camino emprendido. Si una civilización está signada en la marcha de sus intereses espirituales por los criterios económicos tenderá, inevitablemente, a hacer prevalecer tales criterios en el cultivo de todas sus actividades. Éstas irán, poco a poco, delatando en sus desarrollos la impronta deformadora de la actitud dominante. No obstante, conviene recordar que los procesos donde está comprometido el hombre no se desatan con la lógica precisión de un silogismo y se debe observar en ellos, junto a lo que constituye un eje de disposiciones imperantes, una variada gama de opciones y gustos que se deslizan un poco por todas partes y que hablan de la complejidad de los asuntos humanos.
En la historia del hombre la preponderancia del espíritu es innegable, y por mucho que concedamos a la materia —en el sentido marxista del término, o sea como aquello que el hombre transforma por medio del trabajo en la realización de su propia esencia— lo que opera y transforma es siempre el espíritu. Volveremos sobre este tema en páginas posteriores, pero conviene hacer recordar a los que ven en las ideologías un momento privilegiado del obrar humano, que éstas, muchas veces, no son otra cosa que modelos para desatar la acción constructiva del hombre y es en tal condición como se insertan en el trabajo.
En el sentido muy preciso de su valor, el dinero es poder; y de esta manera la búsqueda del dinero se convierte en lucha por el poder. Cuando los grupos financieros alcanzan un cierto grado de riqueza, gravitan sobre la política y hacen girar sus decisiones a favor de sus intereses, sean o no solidarios con el estado nacional sobre el cual imperan. De este modo la política deja de servir al bien común, y de faena esencialmente moral se convierte en una empresa militar de apoyo a los intereses de sus oligarquías.
Hoy puede resultar un poco cómico que se traiga a colación la memoria de Aristóteles para enfrentar la solución de un problema político. Hace siglos que no se piensa con las categorías ontológicas del Estagirita y sólo un gusto muy acentuado por el anacronismo puede llevarnos a convalidar su autoridad. De cualquier manera, y así fuere en el terreno de la normalidad preceptiva de la buena salud, una política desconectada de una benéfica acción moral sobre el pueblo es una aberración por partida doble. Primero, porque el hombre tiene un destino eterno y el orden de la ciudad debe ayudar a cumplirlo. Segundo, porque encerrar al hombre en la clausura de un universo mental economicista es destruirlo.
No se puede ser un buen político si no se tiene un hondo compromiso con las creencias religiosas de un pueblo, y es por la profunda cualidad de esta vinculación que no se puede separar la política de la religión. Si el político no cree que Dios o los dioses sostienen sus propósitos, mal puede hacerse responsable ante el divino tribunal de la conducción de sus compatriotas.
Admito la extrañeza que puede producir una afirmación de esta índole en cabezas hechas para una política típicamente administrativa. Es como traer al recuerdo los fantasmas de Carlomagno, de San Luis, de Carlos V o Felipe II, un pasatiempo anacrónico con una carencia casi absoluta de oportunidad histórica. No obstante, existen ejemplos un poco más modernos de una relación positiva entre la religión y la política como para que se imponga la necesidad de remontarnos a tiempos tan remotos ¿Son tan viejos Ghandi, Komeini o Zalazar?
Reconozco también que se puede pensar de muchas maneras cuando se examinan las sociedades y se trata de comprender las motivaciones más profundas de su naturaleza. Se puede pensar sin tener en cuenta para nada la orientación metafísica de la inteligencia, y limitarse a hacer una descripción higiénicamente fenomenológica de los hechos como si éstos se movieran, inevitablemente, en un campo sin compromisos sobrenaturales. Pero una vez eliminado de nuestra experiencia concreta todo cuanto se relaciona con Dios y con los demás hombres en función de compromisos religiosos, lo que queda es tan miserable que sólo se puede explicar por medio de una reflexión pervertida en sus líneas principales.
No creo estar cediendo a un gusto exclusivamente estético por el simbolismo religioso: obedezco a la necesidad de explicar los hechos humanos sobre principios que den cuenta y razón de sus manifestaciones. No podemos explicar ni siquiera nuestra condición de personas racionales si en el fundamento de nuestros orígenes no ponemos la actividad de Dios. De otro modo, habríamos llegado a ser personas por una azarosa combinación de substancias químicas, ninguna de las cuales contiene en sí lo que saldrá como consecuencia de su unión. Claro está que la combinación cromosómica tendría en su íntima programación explicado el misterio de una personalidad única e irreiterable.
En ese caso habría que reducir los movimientos propios de la inteligencia y de la voluntad a complejos instintivos que se disparan, de acuerdo con un modelo programado, según instancias exigidas por la especie. Esto abre una indagación que cuestiona todo el problema de la realidad humana en su más noble constitutivo.
El principio metafísico de que no puede haber en un efecto más realidad que aquella que está contenida en su causa, nos induce a pensar que sólo Dios puede ser el autor de cada uno de nosotros, porque sólo Él puede provocar la aparición de un ser personal y único dotado de inteligencia y voluntad.
Ahora podríamos preguntarnos ¿que relación guarda el origen metafísico del ser humano con el poder político de las oligarquías financieras? Adviertan que para el caso no significa mucho que sean de origen capitalista, se impongan por la subversión o nazcan del sufragio. El carácter, siempre nefasto, del resultado depende del poder social que se les conceda. Lo que importa para nuestro análisis es que un poder político de esta naturaleza constituye, en sentido estricto, una deformación del poder, porque ignora el verdadero sentido de la realidad humana, y prefiere decididamente ignorarlo para alcanzar sus propósitos deformantes.
Las oligarquías han sido siempre, sin lugar a dudas, formas viciosas del poder político, pero sucedió muchas veces que en el ejercicio de una potestad responsable logró ennoblecer sus rasgos y adquirir la fisonomía de una aceptable aristocracia.
2 comentarios:
¿Que se puede agregar a esta leccion magistral de Don Ruben?
Absolutamente nada. La definicion es clarisima. Y tambien la conclusion lamentable: No existe nobleza ni nobles en la Argentina (no en la acepcion dinastica europea sino en la mas minima actitud). Todo lo ha ocupado la escoria humana.
Patriotazo
Estimado amigo:
Ud dice que no hay nobleza en la Argentina.
Coincido con Ud. en que hay poca, pero niego que ninguna.
Lea por favor la entrada siguiente, a los 20 años de la muerte de Horacio Fernández Cutiellos, y verá que hay quien es capaz de morir por sus ideales de Caballero Cristiano.
Nunca se dijo en público, por políticamente incorrecto, pero por lo menos dos oficiales que estaban presos en la Prisión Militar de Campo de Mayo por el tema de los "carapintadas", abandonaron dicha cárcel y combatieron en La Tablada por la reconquista del cuartel.
Ellos eran el Tcnel Valiente y el Tte José D´Angelo. Terminado el combate, volvieron a su prisión.
Eso también es Nobleza.
Un abrazo en Xto Rey.
Cruzamante
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