por D. Rubén Calderón Bouchet
II. EL SACERDOTE Y LA REALEZA
a corona y la mitra que Dante recibe de las manos de Virgilio, luego que atravesó el lago de fuego en el Purgatorio, son los símbolos que testimonian por la perfección del hombre más allá de su aventura terrestre. Adán, padre de nuestra estirpe, fue en el Edén rey y sacerdote. Esta doble calidad de su mandato no fue totalmente perdida por sus sucesores, quienes a su vez la trasmitieron a sus descendientes en las precarias condiciones de la naturaleza herida. Por muchos siglos el hombre que presidía el destino político de un pueblo era, al mismo tiempo, el encargado de sostener el contacto con la fuente divina y proceder al uso de las fuerzas compulsivas que necesitaba para mantener a sus súbditos en la obediencia.
La idea de un rey del mundo que fuera al mismo tiempo origen del nuevo sacrificio es una de esas nociones que, bajo distintos aspectos pero siempre en la oscuridad de un misterioso simbolismo, se mantuvo en la tradición de casi todos los pueblos. René Guenón, en uno de sus libros más inspirados y profundos, «Le Roi du Monde» , habló de este difícil tema con autoridad y erudición. No voy a repetir el contexto de su trabajo ni las atinadas reflexiones que lo acompañan, en tanto su punto de partida difiere algo del que me sirve a mí para hilvanar esta reflexión. Yo parto del aporte teológico del cristianismo y trato de resolver el problema en los límites de la religión cristiana, sin meterme para nada con las dificultades de una tradición metafísica esotérica de la que ignoro todo.
Esta idea de un Rey del Mundo que es, al mismo tiempo, Sumo Sacerdote es, desde los comienzos, una prefiguración mesiánica. Con ella se apunta directamente a ése que ha de llegar para llevar a sus elegidos hasta su morada del cielo, donde reinará por los siglos de los siglos.
El rey sacerdote de las antiguas sociedades tradicionales ofrecía por su pueblo el viejo sacrificio que sería definitivamente abolido cuando el Rey del Mundo ofreciera su sangre en «el cáliz del nuevo y eterno sacrificio» . Sangre que sería derramada por todos cuantos creyeran en Él, para la remisión de los pecados.
Después de haber reivindicado para sí el título de Rey, Cristo quiso dejar claramente establecido que no venía a disputar las jurisdicciones de los reyes temporales, por cuanto consideraba la precariedad de sus mandatos y Él reclamaba el cetro y la corona de un reinado sin mengua. Prometió a los que creyeran en Él y lo siguieran en el ofrecimiento sacrificial de su sangre, una efectiva participación en su sacerdocio y en su realeza. No es extraño que, dada nuestra humana inclinación a tomar los signos como si fueran realidades totalmente independientes de lo significado, interpretáramos sus promesas como si la realeza y el sacerdocio fueran dones que podíamos obtener sin cruz ni sacrificio.
Todos los momentos de la historia moderna jalonan un itinerario conducido por este equívoco, y cuando más profundamente penetramos en el espíritu de la Revolución vemos con más claridad que se trata de un cristianismo invertido, de esa caricatura que la profecía apocalíptica señala con el nombre de Reino del Anti-Cristo.
La sociedad antigua conoció al rey sacerdote y —como dijimos más arriba— esta figura política y sacerdotal debe ser entendida como un anticipo que debía consumarse en Cristo como realidad religiosa definitiva pero, al mismo tiempo, como piedra de tropiezo y motivo de escándalo para quienes carecen de la fe que ilumina la dimensión sobrenatural de su mensaje.
La figura del Anticristo aparece también en la doble perspectiva del rey y del sacerdote, pero rey de una humanidad despojada del señorío sobre las propias pasiones y de la gracia que la coloca en el camino del encuentro con Dios. La acción protagonizada por Johan von Leyde cuando instauró en Münster «el Reino de los últimos días» señala el carácter anárquico que adquiere la idea de que todos somos reyes y sacerdotes, cuando la noción no está esclarecida por la sabia conducción del Magisterio Católico.
Erigidos por decreto en reyes y sacerdotes, los anabaptistas suprimieron la moneda, abolieron las propiedades y, sintiéndose ángeles, se abandonaron a los excesos de la carne con la profunda convicción de haber abolido la ley para siempre. Era menester destruir todas las cortapisas para construir el nuevo mundo sobre las ruinas del viejo. La prostituta de Babilonia —nombre que daban a la Iglesia Romana— debía ser suprimida para que Dios reinara y fuera venerado en ese templo vivo que es el corazón del hombre.
La aparición del hombre nuevo —del que hablan las Escrituras— es resultado de una metódica liquidación de todo cuanto se opone a la eclosión de una mentalidad colectiva. La realeza sacerdotal surge en el terreno de la masificación absoluta. Individualmente se ha perdido la esperanza de ser reyes y sacerdotes, pero podemos serlo colectivamente, masivamente, si nos liberamos del peso de una responsable santificación personal.
La masa, instalada en el lugar donde hubo pueblos, adorará su propia imagen deificada considerándose a sí misma rey y sacerdote, porque sumará a la propaganda política en torno a su soberanía la publicidad religiosa del culto del hombre, en eso que el ecumenismo llama la civilización del amor.
De esta manera la convocación de Cristo para que participemos libremente en la creación del Reino de Dios se convierte en una siniestra orgía destructiva, bajo la ilusoria apariencia de una liberación de toda disciplina interior. Al Reino de Dios se llega en la santidad, luego de liberarnos del error por la sabiduría que da la fe; del pecado, por la perseverancia en la gracia santificante; y finalmente, de la miseria, una vez purgado el último resto de culpa para entrar, reyes y sacerdotes, en la contemplación de la Verdad Divina.
Al reino del Anticristo se va por otro camino, y aun cuando negáramos las verdades de fe y consideráramos al Reino de Dios como una peligrosa utopía, capaz de enajenarnos la felicidad terrena, sucede que su advenimiento se inscribe en la línea del perfeccionamiento espiritual. Diríamos que, a pesar de su carácter sobrenatural, acentúa las disposiciones que conducen, por la posesión de sí mismo, al desarrollo de la plenitud personal del hombre. El camino del Anticristo es también contrario a la marcha ascendente de nuestra naturaleza, y obedece a las instigaciones de la caída en su ilusoria liberación del hombre genérico, que es —para decir verdad— la bestia colectiva, y lo hace bajo la presión férrea de su fuerza masificadora.
III. LA TEOCRACIA
El descenso paulatino de los niveles en que se aprecia la realidad provoca una correlativa reducción ontológica en el conocimiento de las cosas. La renuncia moderna a la sabiduría teológica ha disminuido de tal modo nuestra comprensión del mundo, que hasta las mismas palabras que antaño sirvieron para expresar una plenitud entitativa hoy parecen empeñadas en señalar todo lo contrario. Si efectivamente —como decían los escolásticos— Dios es el «summum esse subsistens» , el gobierno que Dios ejerce sobre su pueblo —directamente o a través de sus portavoces— no puede ser sino el más perfecto que el hombre puede desear y, en este sentido muy preciso, la teocracia hebrea fue una prefiguración de la ciudad de Dios en la que Cristo reinará para siempre entre los suyos.
Cuando un autor —higiénicamente podado de toda preocupación teológica como M. Marcel Pacaut— escribe sobre la teocracia medieval, no solamente se equivoca en el uso de una designación que no corresponde a esa época, sino que manifiesta, al mismo tiempo, una ignorancia cabal sobre la significación del término. Como no cree que se pueda dar en la historia la existencia de una auténtica teocracia, atribuye la palabra a una desmedida pretensión humana para ocultar los designios de un gobierno opresor. En este sentido la teocracia pasa de ser el gobierno directo de Dios a convertirse en una abyecta tiranía de un grupo sacerdotal que domina a todo un pueblo bajo el peso de los temores supersticiosos bien administrados.
La teocracia, como prefiguración del Reino de Dios, se dio en Israel para señalar el carácter único que tenía esta comunidad sacrificial ante los ojos del Altísimo. El régimen político cristiano no fue teocrático y jamás la cristiandad, en su personal más preparado, confundió el gobierno temporal de los pueblos con el gobierno espiritual de las almas. El Magisterio de la Iglesia ha señalado la distinción con todos los recaudos de un prolijo análisis teológico, y si M. Pacaut no lo ha examinado con la debida seriedad habrá que atribuirlo a un invencible desprecio por ese tipo de especulaciones. Si se parte de la idea que Dios no existe o es una suerte de principio lógico sin ningún fundamento fuera de la mente humana, simplemente no habría nada que se parezca a la teocracia, y este término —como lo aseveran sesudos racionalistas— sólo encubriría el deseo de imponer una voluntad indiscutida. Ahora, si Dios existe y es efectivamente lo que la tradición religiosa enseña, su gobierno directo sobre la comunidad de Israel no solamente significó una selección sino también el goce de una libertad en la santificación que ningún otro pueblo de la antigüedad conoció con tal grado de perfección.
Basta leer la historia del pueblo de Israel para certificar esta constancia. Si fueran pocas las manifestaciones de su libertad bajo el gobierno de los Profetas —como Moisés, Aarón o Josué— basta señalar la aparición de la monarquía de Saúl para comprender que la desaparición del régimen teocrático trajo consigo más servidumbre que libertades espirituales.
Si consideramos la Iglesia fundada por Cristo como una sociedad que obra de mancomún con otras sociedades políticas en la historia de nuestra civilización, podríamos encontrar en ella una pretensión teocrática en el carácter infalible de su magisterio, por medio del cual dirige la cristiandad a su destino eterno. Pero si observamos con atención el rumbo de su mandato veremos sin dificultad que no es político, sino específicamente religioso y, por lo tanto, no puede ser llamado teocrático si esa palabra apunta a una particular modalidad del gobierno de las cosas temporales.
Para el hombre interesado en las cuestiones teológicas la diferencia entre el teocratismo de Israel —que obra a la vez sobre los intereses temporales y el destino eterno de su pueblo— y la asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia de Cristo, con efectos exclusivamente espirituales, puede inspirarle la opinión de que, en resumidas cuentas, parecería más completa la asistencia divina sobre el pueblo elegido que sobre su sucesora la Iglesia Católica. No obstante, conviene pensar en el carácter histórico de la misión de Israel. Es un pueblo elegido con un propósito determinado en el tiempo, por eso es bueno que en ese lapso sea regido con criterios que no escapen a la férula de Yavé. La Iglesia Católica, aunque está en el tiempo, tiene una misión que se termina y se completa allende la historia, y como lleva el sello de la eternidad en su destino, es imprescindible que sea gobernada con criterios religiosos y no políticos. Está muy clara la referencia de Nuestro Señor cuando felicita a Pedro porque ha reconocido en Él al Hijo del Dios vivo y, a poco andar, lo reta duramente porque se deja influir por una preocupación mundana con respecto al destino del propio Cristo. (Ver: Mateo XVI, vers. 17 y ss.).
A partir de Cristo, la misión histórica de los pueblos que constituyen la Cristiandad es crear una situación política propicia a la propagación del Evangelio, y esto debe hacerse ahora, ya, porque el tiempo del Mesías ha llegado y obra en este preciso momento sobre el ánimo de los creyentes. Los israelitas trabajaron para el futuro, y por esa razón era conveniente que dispusieran su acción con respecto al tiempo que debía venir con recaudos y cautelas temporales. Cristo llegó al mundo bajo el signo de ese tiempo esencial, el «Jairos», y su convocatoria exige una respuesta inmediata: ahora o nunca más.
Yavé cuidó de Israel como comunidad sacrificial, como pueblo elegido. Quiso preservarlo de las acechanzas de una historia irremediablemente política, porque si bien el destino de Israel era religioso y no político, el propósito se debía cumplir en un momento preciso del tiempo histórico y no en cualquier momento. En el cristianismo lo esencial es la persona y no la comunidad. Esa persona está colocada frente a la eternidad en el instante en que todavía puede elegir, y de su acierto espiritual depende su destino. Este paso del interés religioso de una sociedad a las personas individuales da razón del porqué de la teocracia en el pueblo de Israel y porqué no fue necesaria en los pueblos cristianos.
No hacía falta que Dios vigilase personalmente la conducta política de los pueblos cristianos. Ninguno de ellos, fuera de cumplir con las exigencias religiosas del Magisterio Eclesiástico, tenía un mandato especial para ser realizado en el tiempo histórico. Se suele hablar de la organización política de los Estados Pontificios, como si en ellos se hubiera dado una suerte de teocracia sacerdotal. Es confundir el gobierno directo de Dios con la potestad política del Sumo Pontífice, al margen de su misión eclesiástica fundamental. Los Estados Pontificios fueron gobernados con criterios políticos, y cualquier reproche que se les pueda hacer en ese terreno no tiene nada que ver con lo que corresponde al gobierno de la Iglesia como institución sagrada. ¿Qué propósito cumplía en la economía de la Salvación el Estado Romano?
Cuando se trabaja con estas nociones conviene mantener con claridad la distinción entre una y otra esfera de la actividad humana. Que lo político se impregne de religiosidad o la religión de politicidad, no quiere decir que lo propio de una y otra función no sea esencialmente distinto. En el caso del pueblo de Israel se puede hablar legítimamente de teocracia, porque la comunidad política hebrea estaba encargada por Dios de traer al mundo al Mesías. Era todo el pueblo de Israel el que tenía la misión de preparar los caminos del Señor en virtud del pacto existente entre Yavé y la estirpe de Abraham. Esto explica también por qué razón las tentaciones propias de Israel son de carácter nacional.
Cuando el Mesías llega en la persona de Jesús de Nazareth muchos israelitas creyeron en Él, pero la comunidad política constituida lo rechaza, porque su prédica no coincide con los designios de la nación. Es el pueblo de Israel el que se aparta y se cierra y vigila celosamente la conducta de sus connacionales para que no adhieran a una situación mesiánica que desconoce la singularidad de su misión nacional. En cambio, la tentación propia de los cristianos es el personalismo, es decir, la creencia de que la persona —destinada por Dios a la visión beatífica en su Reino— tiene desde su nacimiento ese derecho y, por lo tanto, la libertad de aquellos que habitan en el cielo junto a Nuestro Señor Jesucristo. Sin esta ilusión no se podría entender por qué se ha escrito en el encabezamiento de la «Declaración de los Derechos del Hombre» que los hombres nacen libres. ¿Libres de qué? ¿Del error? ¿Del pecado? ¿De la muerte?
Cuando Yavé prometió a Abraham que lo haría cabeza de un pueblo innumerable, selló una vocación que se cumplió con el advenimiento de Cristo. Este pueblo, por razones atribuibles a la tentación propia de una situación excepcional, no aceptó que Cristo fuera realmente el Mesías y con su rechazo se cerró a la corriente viva de la revelación religiosa, convirtiéndose en un fósil espiritual. Quién sabe si Dios quiso que se quedara así, como la higuera estéril, para dar un testimonio negativo de la verdad cristiana, o acaso lo reservó también para un postrer reverdecimiento, antes que termine la narración de nuestra historia. ¿Habrá que entender así la frase que le inspira la esterilidad de la higuera?: «cuando la veas reverdecer estará cerca el fin de los tiempos».
La presencia del judío en el curso histórico de nuestra tradición es siempre de una singular importancia cultural, en los dos sentidos en que la civilización puede ser marcada con fuerza: en el terreno de las ideas y en el de la acción política. En uno y otro han combatido con denuedo para destruir las raíces de la tradición cristiana y, en uno y otro, sus éxitos rotundos han quebrantado la vigencia social del cristianismo hasta reducirla a un minúsculo ghetto en lo que antaño fuera la Cristiandad.
Se dice con toda razón que la naturaleza no ama el vacío, y cuando una realidad es despojada de su función esencial, es reemplazada por otra que cumple un papel homólogo. Dios condujo al pueblo de Israel hasta los umbrales de la madurez de los tiempos, o hasta esa situación que Tillich llama el «Jairos» y que es donde se debía producir el gran suceso religioso que debía colmar la esperanza de Israel. Hasta ese momento la teocracia era previsible y se justificaba plenamente, porque los propósitos religiosos del Señor y la política de Israel coincidían. Desde el momento en que ya no hay más coincidencia ¿no será otra fuerza sobrenatural la encargada de encabezar la marcha de esta nación presdestinada?
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