Colección de escritos de distintos autores, de distintos tiempos históricos, y de distintos lugares geográficos, sobre temas de doctrina religiosa, filosófica y política, perennes e insoslayables para un católico, pues hacen al bien común terrenal, y a la salvación del alma.

martes, 25 de noviembre de 2008

La bienaventuranza eterna consiste en la visión de Dios cara a cara, en el amor inmutable y en la alegría perfecta



por Don Columba Marmion

Extracto de su libro Jesucristo, Vida del Alma, publicado por la Fundación Gratis Date

Hablando de las virtudes teologales, que forman el séquito de la gracia santificante y son como las fuentes de la actividad sobrenatural en los hijos de Dios, dice San Pablo que «en esta vida perduran tres virtudes: fe, esperanza y caridad»; mas la caridad, añade, es la más excelente de todas (ib. 18,13). ¿Por qué razón? Porque al llegar al cielo, término de nuestra adopción, la fe en Dios truécase en visión de Dios, la esperanza se desvanece con la posesión de Dios, pero el amor permanece y nos une a Dios para siempre.

Ved ahí en qué consiste la glorificación que nos espera, la bienaventuranza de que gozaremos: veremos a Dios, amaremos a Dios, gozaremos de Dios; esos actos constituyen la Vida eterna, la participación asegurada y completa de la vida misma de Dios; de ahí nace la bienaventuranza del alma, bienaventuranza de que participará también el cuerpo después de la resurrección.

En el cielo veremos a Dios.- Ver a Dios como El se ve es el primer elemento de esa participación de la naturaleza divina que constituye la vida bienaventurada; es el primer acto vital en la gloria. En la tierra, dice San Pablo, no conocemos a Dios más que por la fe, de manera oscura; pero entonces veremos a Dios cara a cara: «Ahora, dice, no conozco a Dios sino de un modo imperfecto; mas entonces le conoceré como El mismo me conoce a mí» (ib. 13,12). No podemos ahora conocer lo que es en sí misma esa visión; pero el alma será fortalecida con la «luz de la gloria», que no es otra cosa que la gracia misma floreciendo en el cielo. Veremos a Dios con todas sus perfecciones; o mejor dicho, veremos que todas sus perfecciones se reducen a una perfección infinita, que es la Divinidad; contemplaremos la vida íntima de Dios; entraremos, como dice San Juan, «en sociedad con la santa y adorable Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo» la; contemplaremos la plenitud del Ser, la plenitud de toda verdad, de toda santidad, de toda hermosura, de toda bondad.- Contemplaremos, por siempre jamás, la humanidad del Verbo; veremos a Cristo Jesús, en quien el Padre puso sus complacencias; veremos al que quiso ser nuestro «hermano mayor», contemplaremos los rasgos, para siempre gloriosos, de Aquel que nos libró de la muerte por medio, de su cruenta Pasión y nos alcanzó el poder vivir esa vida inmortal. A El cantaremos reconocidos el himno del agradecimiento: «Con tu sangre, Señor, nos has rescatado; nos hiciste reinar con Dios en su reino; a Ti sea honra y gloria» (Ap 5,9,10 y 13). Veremos a la Virgen María, a los coros de los ángeles, a toda esa muchedumbre de escogidos, incontable, según dice San Juan, que rodea el trono de Dios.

Esa visión de Dios, sin velos, sin tinieblas, sin celajes, es nuestra futura herencia, es la consumación de la adopción divina. «La adopción de hijos de Dios, dice Santo Tomás (III, q.45, a.4), se efectúa mediante cierta conformidad de semejanza con Aquel que es su Hijo por naturaleza» (Rm 8,29). Eso se realiza de dos modos: en la tierra, por la gracia, que es conformidad imperfecta; en el cielo, por la gloria, que será la perfecta conformidad, según aquello de San Juan: «Carísimos, nosotros somos ya ahora hijos de Dios; mas lo que seremos algún día, no aparece aún; sabemos, sí, que cuando se manifieste claramente Dios, seremos semejantes a El, porque le veremos como es» (1Jn 3,2). Aquí, pues, nuestra semejanza con Dios no está acabada, mas en el cielo se mostrará con toda su perfección. En la tierra tenemos que trabajar, a la luz oscura de la fe, para hacernos semejantes a Dios, y para destruir el «hombre viejo», procurando se desarrolle el «hombre nuevo criado a imagen de Jesucristo» (Col 3,9,10. +Ef 4,22 y 24). Debemos renovarnos, perfeccionarnos constantemente, para acercarnos más al divino modelo. En el cielo se consumará esta transformación que nos hará semejantes a Dios y veremos que verdaderamente somos hijos de Dios.

Pero esta visión no nos sumirá en una inmovilidad de estatuas que impediría cualquier operación. Nuestra actividad no sufrirá menoscabo con la contemplación de Dios. Sin dejar un instante de contemplar a Dios, nuestra alma conservará el libre ejercicio de sus facultades. Mirad a Nuestro Señor. Aquí en la tierra su alma santa gozaba continuamente de la visión beatífica; y, sin embargo, esa contemplación no impedía su actividad humana, quedaba completamente expedita, manifestándose en sus tareas apostólicas, en su predicación, en sus milagros. La perfección del cielo no seria perfección si hubiera de anular la actividad de los escogidos.

Veremos a Dios. ¿Eso sólo? No. Ver a Dios es el primer elemento de la vida eterna; la primera fuente de bienaventuranza; pero si la inteligencia se sacia allí divinamente con la eterna Verdad, también es preciso que la voluntad se harte con la infinita bondad. Amaremos a Dios [Según Santo Tomás (I-II, q.3, a.4), la bienaventuranza consiste esencialmente en poseer a Dios contemplándole cara a cara. Esa visión beatífica es, ante todas las cosas, un acto de inteligencia; de esa posesión por inteligencia se deriva, como una propiedad, la bienaventuranza de la voluntad, que halla su hartura y su descanso en la posesión del objeto amado, hecho presente por la inteligencia].

«La caridad, dice San Pablo, nunca acabará» (1Cor 13,8). Amaremos a Dios, no con amor lánguido, vacilante, a las veces distraído por la criatura, expuesto a evaporarse, sino con amor fuerte, puro, perfecto y eterno. Si aun en este valle de lágrimas, en donde para conservar la vida de la gracia tenemos que llorar y luchar, el amor es ya tan fuerte en ciertas almas, que les arranca gemidos que nos llegan hasta el fondo del alma: «¿quién me separará del amor de Cristo? Ni la persecución, ni la muerte, ni criatura alguna podrá apartarme de Dios», ¿qué será ese amor cuando se abrace con el Bien infinito, para no separarse jamás ? ¡ Qué ímpetu hacia Dios, ya nunca contenido! ¡Qué abrazo el de ese amor ya para siempre y sin cesar saciado! Y ese amor eterno se expresará en actos de adoración, de complacencia, de acción de gracias. San Juan describe a los santos postrados ante Dios, y cantando en el cielo sus eternas alabanzas. «A vos, Señor, gloria, honor y potestad por los siglos de los siglos» (Ap 7,12). Así expresan su amor.

Finalmente, gozaremos de Dios.- En el Evangelio se lee que el mismo Cristo compara el reino de los cielos con un banquete que Dios ha preparado para honrar a su Hijo: «El mismo se ceñirá el vestido y se pondrá a servirnos, sentados a su mesa» (Lc 12,37). ¿Qué quiere decir esto, sino que Dios mismo ha de ser nuestro gozo? «¡Oh, Señor!, exclama el Salmista, embriagáis a vuestros escogidos con la abundancia de vuestra casa, y les dais a beber del torrente de vuestras delicias, porque en Vos está la fuente misma de la vida» (Sal 35,9). Dios dice al alma que le busca: «Yo mismo seré tu recompensa, y muy cumplida» (Gén 15,1). Como si dijera: «Te amé con amor tan grande, que he querido meterte dentro de mi propia casa, adoptarte por hijo, para que tengas parte en mi bienaventuranza. Quiero que mi vida sea tu vida, que mi felicidad sea tu felicidad. En la tierra te he dado a mi Hijo, siendo mortal en cuanto hombre, se entregó para merecerte la gracia que te transformase y conservase como hijo mío: se dio a ti en la Eucaristía bajo los velos de la fe, y ahora Yo mismo, en la gloria, me doy a ti para hacerte participante de mi vida, para ser tu bienaventuranza sin fin». «Se dará porque ya se dio antes; se dará inmortal a los que ya seremos inmortales, porque antes se dio mortal a los que éramos mortales» (San Agustín, Enarrat. in Ps. XLII, 2).

Aquí la gracia, allí la gloria; pero el mismo Dios es quien nos las da; y la gloria no es más que el desarrollo pleno de la gracia; es la adopción divina, velada e imperfecta en la tierra, sin velos y cumplida en el cielo.

Por eso el Salmista suspiraba tanto por esa posesión de Dios: «Como el ciervo ansía las fuentes de las aguas, así mi alma suspira por Ti, oh Dios mío. Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo» (Sal 41, 1-3). «Pues no me veré saciado sino cuando me sean reveladas las delicias de tu gloria» (Sal 16,15).

Así también, cuando Cristo habla de esa bienaventuranza, nos dice que Dios hace entrar al siervo fiel «en el gozo de su Señor» (Mt 25,21). Ese gozo es el gozo de Dios mismo, el gozo que Dios siente conociendo sus infinitas perfecciones, la felicidad de que disfruta en el inefable consorcio de las tres divinas personas; el sosiego y bienestar infinito en que Dios vive: «Su gozo será nuestro gozo». «Para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos» (Jn 17,13): su felicidad nuestra felicidad y su descanso nuestro descanso, su vida nuestra vida, vida perfecta, en la que todas nuestras facultades se verán plenamente saciadas.

Allí disfrutaremos de esa «plena participación en el bien inmutable», como acertadamente le llama San Agustín (Epist. ad Honorat., CXL, 31). «Hasta ese extremo nos ha amado Dios». ¡Oh, si supiéramos lo que Dios reserva para los que le aman!...

Y porque esa bienaventuranza y esa vida son las de Dios mismo, serán eternas también para nosotros.- No tendrán término ni fin. «Ni habrá ya muerte, ni llanto, ni alarido, ni dolor, sino que Dios enjugará las lágrimas de los ojos de aquellos que entren en su gloria» (Ap 21,4), dice San Juan. No habrá ya pecado, ni muerte, ni miedo de muerte; nadie nos quitará ese gozo; estaremos para siempre con el Señor (1Tes 4,16). Donde El está, estaremos nosotros.

Oíd con qué palabras tan expresivas nos da Cristo esta certidumbre: "Yo doy a mis ovejas la vida eterna, y no se perderán jamás, y ninguno las arrebatará de mis manos. Pues mi Padre, que me las dio, es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre; mi Padre y yo somos una misma cosa" (Jn 10, 28-30). ¡Qué seguridad la que nos da Cristo Jesús! Estaremos siempre con El, sin que nada pueda jamas separarnos; y en El gozaremos de una alegría infinita que nadie nos podrá quitar, porque es la alegría misma de Dios y de Cristo su Hijo: «Al presente, decía Jesús a sus discípulos, padecéis tristeza, pero yo volveré a visitaros, y vuestro corazón se bañará en gozo, y nadie os quitará vuestro gozo» (Jn 16,22). Digámosle con la Samaritana: «¡Oh Señor Jesús, divino Maestro, Redentor de nuestras almas (ib. 4,15), dadnos esa agua divina que nos saciará para siempre, que nos dara la vida; haced que aquí en la tierra permanezcamos unidos a Vos por la gracia, para que algún día merezcamos estar «donde Vos estáis», para que podamos ver eternamente, como lo pedisteis para nosotros al Padre (ib. 17, 24-26), la gloria de vuestra humanidad, y gozar de Vos para siempre en vuestro reino!».

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