Colección de escritos de distintos autores, de distintos tiempos históricos, y de distintos lugares geográficos, sobre temas de doctrina religiosa, filosófica y política, perennes e insoslayables para un católico, pues hacen al bien común terrenal, y a la salvación del alma.

sábado, 20 de septiembre de 2008

HISTORIADORES EN EL VATICANO


[1]DISCURSO DE PÍO XII AL

X CONGRESO INTERNACIONAL DE CIENCIAS HISTÓRICAS



Habéis Querido, señores, venir en gran número a visitarnos con ocasión del X Congreso Inter­nacional de Ciencias Históricas; os acogemos gozosos y con la convicción de que este acon­tecimiento reviste un alto signmcado. Quiza jamás se ha reunido en Roma, centro de la Iglesia, y en la morada del Papa un grupo tan distin­guido de sabios historiadores. Por otra parte, no tenemos en modo alguno la impresión de encontrarnos frente a desconocidos o extranjeros. Muchos de vosotros, en efecto, os habréis con­tado entre los millares de historiadores que han trabajado en la biblioteca o en los archivos vati­canos, abiertos desde hace exactamente setenta y cinco años. Y, de otra parte, vuestra actividad de investigadores o de profesores os habrá pro­porcinado ocasión, a la mayor parte si no a todos, de poneros de algún modo en contacto con la Iglesia católica y el Papado.

Aunque la historia sea una ciencia antigua, es necesario contemplar los últimos siglos y el desarrllo de la crítica histórica para que alcan­ce la perfección en que hoy está situada. Gracias a la rigurosa exigencia de su método y al celo infatigable de sus especialistas, podéis enorgulleceros de conocer el pasado con más detalles, de juzgarlo con más exactitud que cual­quiera de vuestros antecesores. Este hecho subraya más la importancia que Nos atribuimos a vuestra presencia en este lugar.


LA IGLESIA TIENE CONCIENCIA DE SER ELLA MISMA UN GRAN HECHO HISTÓRICO


La historia se sitúa entre las ciencias que guardan estrechas relaciones con la Iglesia ca­tólica. Hasta tal punto, que Nos no hemos podido dirigiros Nuestro saludo de bienvenida sin mencionar casi involuntariamente este hecho. La Iglesia católica es ella misma un hecho histórico; como una poderosa cordillera atraviesa la historia de los dos últimos milenios; cualquiera que sea la actitud adoptada respecto de ella, es cierto que es imposible no encontrarla en el camino. Los juicios que sobre ella se han dado, son muy variados; significan la aceptación total o el repudio más decisivo. Pero, cualquiera que sea el veredicto final del historiador, cuya tarea de ver y de exponer - tales cuales han sucedido, en la medida de lo posible - los hechos, los acontecimientos y las circunstancias, la Iglesia cree poder esperar de él que se informe en todo caso de la conciencia histórica que ella tiene de sí misma, es decir, de la manera en que ella se considera como un hecho histórico y de la for­ma en que ve su relación con la historia humana.

Esta conciencia que la Iglesia tiene de si misma os la quisiéramos decir, en una palabra, citando hechos, circunstancias y concepciones que nos parecen revestir una más fundamental significación.


LA IGLESIA NO CONCIBE LA HISTORIA COMO MANIFESTACIÓN DEL MAL


Para comenzar quisiéramos refutar una ob­jeción que, por decirlo así, se presenta de sope­tón. El cristianismo, se decía y se dice todavía, adopta ante la historia una posición hostil, porque ve en ella una manitestación del mal y del pecado; catolicismo e historicismo son conceptos antitéticos. Señalemos desde ahora que la obje­ción así formulada considera historia e histori­cismo como dos conceptos equivalentes. En ello está el error. El término «historicismo» designa un sistema filosófico que no percibe en toda la realidad espiritual, en el conocimiento de la ver­dad, en la religión, en la moralidad y en el de­recho más que cambio y evolución, y rechaza, por consiguiente, todo lo que es permanente, eternamente valioso y absoluto. Tal sistema es sin duda inconciliable con la concepción católica del mundo y, en general, con toda religión que reconozca un Dios personal.

La Iglesia católica sabe que todos los acon­tecimientos se desarrollan según la voluntad o la permisión de la Divina Providencia y que Dios persigue en la historia sus propios objeti­vos. Como el gran San Agustin ha dicho con una concisión muy clásica: Lo que Dios se propone «hoc fit, hoc agitur; etsí paulatim perag­tur, indesinenter agitur» (Enarratio in Ps. 109 n. 9. Migne P. L. t. 37, col. 1452). Dios es realmente el Señor de la historia.

Esta afirnación responde por sí sola a la objeción mencionada. Entre el cristianismo y la historia no se descubre ninguna oposición en el sentido de que la historia no sería sino una emanación o una manifestación del mal. Jamás la Iglesia católica ha enseñado tal doctrina. Des­de la antiguedad cristiana, desde la época Pa­trística, y más particularmente tras del conflicto espiritual con el protestantismo y el jansenismo, la Iglesia ha tomado neta posición ante la na­turaleza; de aquí que ella afirme que el pecado no la ha corrompido, que permanece interiormente intacta, aún en el hombre caído; que el hombre antes del cristianismo y el que no ha llegado a ser cristiano podía y puede realizar acciones buenas y honestas, aun haciendo abstracción del hecho de que toda la humanidad, incluida la anterior al cristianismo, esta bajo la influencia de la gracia de Cristo.

La Iglesia reconoce gustosa las realidades buenas y valiosas, incluso las que existían antes de ella, incluso las de fuera de su dominio. San Agustín, sobre el que se apoyan los contradic­tores interpretando mal su «De Civitate Dei», y que no disimula su pesimismo, es absolutamente claro en su pensamiento. En efecto, es­cribía al tribuno y notario imperial Flavio Mar­celino, a quien dedicó esta gran obra: «Deus enim sic ostendit in opulentlsisimo et praeclaro imperio Romanorum, quantum valerent civiles sine vera religione, virtutes, ut intelltgeretur, hac addita, fieri homines cives alterius civitatis, cuius rex veritas, cuius lex caritas, cuius modus æternitas» (Ep. 138 n. 17, Migne P. L. t. 33, col. 533). Agustín ha traducido en estas palabras la opinión constante de la Iglesia.


LA IGLESIA COMO HECHO HISTÓRICO


a) SUS ORÍGENES


Hablemos ahora de la Iglesia misma como hecho histórico. Al mismo tiempo que afirma la plenitud de su origen divino y su carácter sobrenatural, la Iglesia tiene concienca de haber en­trado en la humanidad como un hecho histórico. Su divino fundador, Jesucristo, es una persona­lidad histórica. Su vida, su muerte y su resurrec­ción son hechos históricos. Sucede a veces que aquellos mismos que niegan la divinidad de Cris­to admiten su Resurrección porque está, a su entender, muy bien atestiguada históricanente; quien quisiera negarlo tendría que borrar toda la historia antigua, puesto que ninguno de sus hechos está mejor probado que la Resurrección de Cristo. La misión y el desarrollo de la Iglesia son hechos históricos. Aquí en Roma conviene citar a San Pedro y a San Pablo: Pablo perte­nece, aun desde el punto de vista puramente his­tórico, a las figuras más destacables de la huma­nidad. En lo que concierne al apóstol Pedro y a su posición en la Iglesia de Cristo, aunque la prueba monumental de su permanencia y muer­te en Roma no tiene una esencial importancia para la fe católica, Nos, sin embargo, hemos mandado ejecutar bajo la basílica las excava­clones ya conocidas. Su método ha sido apro­bado por la crítica; el resultado - descubrimien­to de la tumba de San Pedro bajo la cúpula, justamente debajo del actual altar papal - fué admitido por la inmensa mayoría de los críticos e incluso los escépticos más severos quedaron impresionados por lo que las excavaciones pu­sieron de relieve. De otra parte, Nos tenemos motivos para creer que las investigaciones y los estudios ulteriores permitirán adquirir aún nuevos y preciosos conocimientos.

Los origenes del cristianismo y de la Iglesia católica son hechos históricos, probados y deter­minados en el tiempo y en el espacio. De ellos tiene la Iglesia plena conciencia.


b) SU ACTUACIÓN A TRAVÉS DE LA HISTORIA


La, Iglesia sabe también que su misión, aunque pertenezca por su naturaleza y sus fines propios al campo religioso y moral, situada en el más allá y en la eternidad, penetra plenamente en el corazón de la historia humana. Siempre y en todas partes, adaptándose sin cesar a las circunstancias de lugar y de tiempo, la Iglesia quiere modelar, de acuerdo con la ley de Cristo, a las personas, al individuo y, en cuanto sea posible, a todos los individuos llegando así a los fundamentos morales de la vida en sociedad. El fin de la Iglesia es el hombre, naturalmente bueno, penetrado, ennoblecido y fortificado por la verdad y la gracia de Cristo.

La Iglesia quiere formar hombres «firmes en su inviolable integridad como imágenes de Dios; hombres celosos de su dignidad personal y de su sana libertad; hombres ansiosos de la igualdad con sus semejantes en todo aquello que atañe a lo más íntimo de la dignidad humana; hombres sólidamente adheridos a su tierra y a su tradición». He aquí cual es el propósito de la Iglesia tal como Nos lo formulamos en Nuestra alocución de 20 de febrero de 1946 con ocasión de la imposición del Capelo a los nuevos Carde­nales. Ahora añadirnos: en el presente siglo como en el pasado, en que los problemas de la familia, de la sociedad, del Estado, del orden social, han adquirido una importancia capital y siempre creciente, la Iglesia no ha perdonado medio para contribuir a la solución de estas cuestiones, y creemos que con algún éxito. La Iglesia está, sin embargo, persuadida de que no se puede trabajar en esta materia más eficazmente que procurando formar a los hombres de la manera que hemos dicho.


LA IGLESIA ES MUCHO MÁS QUE UN SIMPLE SISTEMA IDEOLÓGICO: ES UN ORGANISMO VIVO


Para alcanzar estos fines la Iglesia no actúa solamente como un sistema ideológico. Sin duda se la define también como tal, cuando se utiliza la expresión «el catolicismo», que no le es habí­tual ni plenamente adecuada. La Iglesia es mu­cho más que un simple sistema ideológico; es una realidad como la naturaleza visible, corno el pueblo o el Estado. Es un organismo enteramente vivo con su finalidad y su principio de vida propios. Inmutable en la constitución y la es­tructura que su divino Fundador le dió, ha acep­tado y acepta los elementos de que tiene nece­sidad o que considera útiles para su desarrollo y para su acción: hombres e instituciones hu­manas, inspiraciones filosóficas y culturales, fuerzas políticas e ideas o instituciones sociales, prin­cipios y actividades. Así la Iglesia, extendiéndose por el mundo entero, ha experimentado en el curso de los siglos diversos cambios; pero, en su esencia, ha permanecido siempre idéntica a sí misma, porque la multitud de elementos que ha recibido estuvieron desde el principio cons­tanternente sometidos a la misma Fe fundamen­tal. La Iglesia podía ser muy vasta, podía tam­bién mostrarse inflexiblemente severa. Si se con­sidera el conjunto de su historia, se ve que fué lo uno y lo otro, con un instinto seguro de lo que convenía a los diferentes pueblos y a toda la humanidad. Por ello ha rechazado todos los movimientos demasiado naturalistas, contamina­dos de algún modo por el espíritu de licencia moral, pero también ha rechazado las tenden­cias gnósticas, falsamente espiritualistas y puri­tanas. La historia del derecho canónico. Hasta el Código actualmente en vigor, nos da buenas y significativas pruebas de ello. Coged, por ejemplo, la legislación eclesiástica sobre el matrimo­nio y las recientes declaraciones pontificias sobre los problemas de la sociedad conyugal y de la familia en todos sus aspectos. Encontraréis allí un ejemplo, entre muchos otros, de la manera cómo la Iglesia piensa y trabaja.


SU INTERVENCIÓN EN LA VIDA PÚBLICA.


En virtud de un principio análogo, la Iglesia interviene regularmente en el campo de la vida pública para garantizar el justo equilibrio entre deber y obligación, de un lado, y derecho y li­bertad, de otro. La autoridad política no ha dis­puesto jamás de un defensor más digno de confianza que la Iglesia católica; porque la Iglesia funda la autoridad y el estado sobre la voluntad del Creador, sobre el mandamiento de Dios. Pre­cisamente porque atribuye a la autoridad pública un valor religioso, la Iglesia se ha opuesto a la arbitrariedad del Estado, a la tiranía bajo todas sus formas. Nuestro Predecesor León XIII, en su Encíclica «Imortale Dei», del 1 de noviembre de 1885, escribió: «Revera quae res in civitate plurium ad communem salutem possunt: quae sunt contra licentíam principum populo male consulentium utiliter institutae: quae summam rem-publicam vetant in municipalem, vel domes­ticam rem importunius invadere: quae valent ad decus, ad personam hominis, ad aequabilita­tem iuris in singulis civibus conservandam, ea­run rerum omnium Ecclesiam catholicam vel in­ventricem, vel auspicem, vel custodem semper fuisse, superiorum aetatum monumenta testan­tur» (Leonis XIII P. M. Acta Ed Romana, vol. V, 1886, pág. 142). Cuando León XIII escribía estas palabras, hace setenta años, con la rnirada vuel­ta hacia el pasado, no podía adivinar a que pruebas les sometería el futuro inmediato. Hoy, Nos creemos poder decir que la Iglesia durante estos setenta años se ha mostrado fiel a su pa­sado y que las afirmaciones de León XIII han sido ampliamente sobrepasadas.


DOS PROBLEMAS MERECEN ESPECIA­LISIMA ATENCIÓN


A) RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO


Llegamos así a tratar dos problemas que merecen una especialisima atención: las rela­ciones entre la Iglesia y el Estado, entre la Iglesia y la cultura.

En la época precristiana la autoridad pú­blica, el Estado era competente tanto en mate­ria profana como en asuntos religiosos. La Iglesia católica tiene conciencia de que su divino fundador le ha transmitido el dominio de la religión, la dirección religiosa y moral de los hombres en toda su extensión, independientemente del poder del Estado. Desde entonces existe una historia de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, y esta historia ha cautivado fuertemente la atención de los investigadores.

León XIII ha encerrado, por decirlo así, en una fórmula la naturaleza propia de estas rela­ciones. de las que nos da una lurninosa expo­sición en sus Encíclicas «Diuturnum illud» (1881), «Immortale Dei» (1885) y «Sapientiae christianae» (1890); los dos poderes, la Iglesia y el Estado, son soberanos. Su naturaleza, como el fin que persiguen, fijan los límites dentro de los cuales gobieran «iure proprio». Como el Estado, posee la Iglesia también un derecho soberano sobre todo aquello de que tiene nece­sidad para alcanzar su fin, incluso sobre los medios materiales. «Quidquid igitur est in rebus humanis quoquo modo sacrum, quidquid ad salu­tem animorum cultumve Dei pertinet, sive tale illud sit natura sua, sive rursus tale intelliga­tur propter causam ad quam refertur, id est omne in potestate arbitrioque Ecclesiae» («Im­ortale Dei». Acta. Ed. Romana, vol. V, págs. 127-128). El Estado y la Iglesia son dos poderes indepedientes, pero que no por ello deben ignorarse y mucho menos combatirse; es mucho más conforme a la naturaleza y a la voluntad Divina que colaboren en una mutua comprensión, puesto que su acción se aplica al mismo sujeto, es decir, al ciudadano católico. Sin duda que pueden surgir entre ellos casos de conflic­to: cuando las leyes del Estado lesionan el derecho divino, la Iglesia tiene la obligación moral de oponerse.

Podrá tal vez decirse que, a excepción de pocos siglos - para todo el primer milenio y para los cuatro últimos siglos - la fórmula de León XIII refleja más o menos explícitamente la conciencia de la Iglesia; además, aún du­rante el período intermedio no faltaron repre­sentes de la doctrina de la Iglesia, quizá una mayoría, que compartieron la misma opi­nión.


LA IDEA MEDIEVAL


Cuando Nuestro Predecesor Bonifacio VIII decía, en 30 de abril de 1808, a los enviados del rey germánico Alberto de Habsburgo: «...sicut luna nullum lumen habet, nisi quod recipit a sole. sic nec aliqua terrena potest aliquid habet, nisi quod recipit ab ecelesiastica potestates... sunt a Christo et a nobis tamquan a vicario Iesu Christi» (Mon. Germ. hist. LL. sect. IV, tom. IV part.. 1 pág. 139. 19-32), se trataba, quizá, de la formulación más acentuada de la llamada idea medieval de las relaciones del poder espiritual y del poder temporal. De esta idea, hombres como Bonifacio deducirían las consecuencias lógicas. Más, incluso para ellos, se trataba aquí ni más ni menos que de la transmisión de la autoridad como tal, no de la designación de su detentador, como el mismo Bonifacio había de­clarado en el Consistorio de 24 de junio de 1302 (cfr. C. E. Bulaeus, «Historia Universitatis Parisiensis», t. IV París, 1688, pág. 3133). Esta concepción medieval estaba condicionada por la época. Quienes conozcan sus fuentes admí­tirán probablemente que hubiera sido sin duda más llamativo aún que no hubiese aparecido.

Concederán quizá también que aceptando luchas como las de las investiduras, la Igle­sia defendía ideales altamente espirituales y morales y que, desde los apóstoles hasta nues­tros días, sus esfuerzos para permanecer independiente del poder civil han tendido siempre a salvaguardar la libertad de los principios religiosos. Que no se objete que la Iglesia misma menosprecia las convicciones personales de quienes no piensan como ella. La Iglesia con­sideraba y considera el abandono voluntario de la verdadera fe como un pecado. Cuando a partir del año 1200, aproximadamente, esta de­fección entrañó consecuencias penales tanto de parte del poder espiritual como civil, fué para evitar que se deshiciera la unidad religiosa y eclesiástica de Occidente. Para los no católicos, la Iglesia aplica el principio reproducido en el código de Derecho canónico: «Ad amplexandam fidem catholicam nemo invitus cogatur» (can. 1.351), y estima que sus convicciones constitu­yen un motivo, pero no el principal, de tolerancia. Nos tratamos ya de esta materia en Nuestra alocución del 6 de diciembre de 1953 a los juristas católicos de Italia.


LOS TIEMPOS MODERNOS


El historiador no debería olvidar que, si la Iglesia y el Estado conocieron horas y años de lucha, hubo también, desde Constantino el Grande hasta la época contemporánea e inclu­so hasta nuestros días, períodos tranquilos, a rnenudo prolongados, durante los cuales colabo­raron, dentro de una plena comprensión, en la educación de las mismas personas. La Iglesia no disimula que en principio consider esta colaboración como normal y que mira como ideal la unidad del pueblo en la verdadera religión y la unanimidad de acción entre ella y el Estado. Pero sabe también que desde cier­to tiempo los acontecimientos evolucionan más bien en otro sentido, es decir, hacia la multi­plicidad de confesiones religiosas y de concep­ciones de vida dentro de la misma comunidad nacional en que los católicos constituyen una minoría más o menos fuerte. Puede ser intere­sante e incluso sorprendente para el historiador el encontrar en los Estados Unidos de América un ejemplo, entre otros, de la forma en que la Iglesia llega a expandirse en medio de las más diversas situaciones.


FUNCIÓN DE LOS CONCORDATOS


En la historia de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, los Concordatos juegan, co­mo sabeis, un papel importante. Lo que pusi­mos de relieve a este propósito en la alocución antes citada de 6 de diciembre de 1953, vale también de la apreciación histórica que se tiene sobre ellos. En los Concordatos, decíamos, busca la Iglesia la seguridad jurídica y la inde­penciencia necesaria para su misión. «Es posi­ble – añadíamos - que la Iglesia y el Estado proclamen en un Concordato su común con­vicción religiosa; pero puede suceder tanbién que el Concordato tenga por finalidad, entre otras, prevenir querellas en torno a cuestiones de principio y descartar desde el comienzo las posibles ocasiones de conflicto. Cuando la Igle­sia ha suscrito un Concordato, éste vale en todo su contenido. Pero en su sentido profundo puede implicar matices de los que las partes contra­tantes tienen conocimiento; puede significar una aprobación expresa, pero puede indicar también una simple tolerancia; según... (los) principios que sirven de norma para la coexis­tencia de la Iglesia y de sus fieles con los poderes y los hombres de otra creencia» (A. A. S. 45, 1953, 802).


B) LA IGLESIA Y LA CULTURA


La Iglesia católica ha ejercido una influencia poderosa, decisiva incluso, sobre el desarrollo cultural de los dos primeros milenios. Pero está bien convecida de que la fuente de esta in­fluencia reside en el elemento espiritual que la caracteriza, en su vida religiosa y moral. hasta el punto de que si este elemento espiri­tual viniese a debilitarse, su irradiación cultu­ral, por ejemplo, la que despliega en pro del orden y de la paz social debería también me­noscabarse.

No pocos historiadores, o más exactamente quizá filósofos de la historia, estiman que el puesto del cristianismo y por tanto dc la Igle­sia católica - «un acontecimiento tardío» -. «ein spätes Ergebnis», como piensa Karl Jaspers (Vom Ursprung und Ziel der Geschichte, Frankfurt/M-Hamburg, 1955, p. 65), está en el mundo occidental. Que la hora de Cristo sea un «acontecimiento tardío» es una cuestión que no tenemos intención de discutir aquí. Esen­cialmente esta desprovista de interés y, de otra parte, sobre el porvenir de la humanidad no se puede, en definitiva, hacer más que conje­turas. Lo que a Nos importa es que la Iglesia tiene conciencia de haber recibido su misión y su tarea para todos los tiempos futuros y para todos los hombres y, consiguientemente, que no está ligada a ninguna determinada cultura. Ya San Agustín se vió profundamente afectado cuando la conquista de Roma por Alarico sacu­dió al imperio con las primeras convulsiones que presagiaban su ruina; pero él no había nunca creído que hubiera de durar eternamen­te. «Transient quae fecit ipse Deus: quanto ci­tius quod condidit Romulus», dice (en el ser­món «Audivimus nos exhortantem Dominum nostrum» 105, e. 7, n. 10. Migne PL. t. 38, col. 623), y en la «Ciudad de Dios», ha distiguido netamente la existencia de la Iglesia del des­tino del imperio. Esto era pensar en católico.

Lo que se llama Occidente o mundo occiden­tal ha sufrido profundas modificaciones des­pués de la Edad Media: la escisión religiosa del siglo XVI, el racionalismo y el liberalismo qur condujo al Estado del siglo XIX a su polí­tica de fuerza y a su civilización secularizada. Se hacía, pues, inevitable que las relaciones de la Iglesia católica con el Occidente sufriesen un desplazamiento. Pero la cultura de la misma Edad Media no puede ser caracterizada como «la» cultura católica; aunque ligada estrecha­mente a la Iglesia, ha extraído sus elementos de diferentes fuentes. Incluso la unidad religiosa propia de la Edad Media no le es espe­cífica; era ya una nota típica de la antiguedad cristiana en el imperio romano en el Oriente y en el Occidente, de Constantino el Grande a Carlomagno.

La Iglesia católica no se identifica con nin­guna cultura; su esencia se lo prohibe. Está presta, sin embargo, a mantener relaciones con todas las culturas. Reconoce y deja subsistir aquello que en ellas no se opone a la naturaleza. Pero en cada una de ellas introduce la verdad y la gracia de Jesucristo y les confiere asi una impronta profunda; es mediante ella como con­tribuye con la mayor eficacia a procurar la paz del mundo.


LA CIENCIA Y LA TÉCNICA MODERNAS


El mundo entero experimenta aun hoy la acción de otro elemento del que se ha dicho que provocará en la historia de la humanidad (en su aspecto profano) subversiones muy con­siderables: la ciencia y la técnica modernas que Europa, o más bien los Países Occidentales, han creado durante los últimos siglos; el que no las asimile - se dice - retrocede y será eli­minado; quien las asimile, por el contrario, debe afrontar los peligros que aquéllas repre­senten «para el ser humano», fur dar Mensch­sein (Jaspers 1. c. p. 67 y 81). En efecto, la ciencia y la técnica están en trance de conver­tirse en bien común de la humanidad. Lo que motiva inquietudes no es solamente los peligros con que amenazan al «ser humano», sino la comprobación de que se manifiestan incapaces de poner dique a la diferenciación espiritual que separa a las razas y a los continentes; este último aspecto, por el contrario, se acre­cienta. Si se quiere evitar la catástrofe, será, pues, necesario llevar a cabo al mismo tiempo, sobre un plano superior, grandes realizaciones religiosas y morales y obras de unificación en busca del bien común de la humanidad. La Igle­sia católica tiene conciencia de poseer tales fuerzas y estima no estar obligada a ofrecer la prueba histórica dc ello. Por lo demás, ante la ciencia y la técnica modernas, la Iglesia no se coloca en la oposición, sino que más bien representa coíno un contrapeso y un factor de equilibrio. De este modo podrá la Iglesia, en la epoca en que la ciencia y la técnica triun­fan, llenar su tarea al igual que lo hizo en los pasados siglos.


LOS ARCHIVOS VATICANOS


Queremos exponeros cómo la Iglesia se mira ella misma como fenómeno histórico, cómo ve su tarea y sus relaciones respecto de otros datos históricos detcrrninados. Magnánimamente Nuestro Predecesor León XIII abrió a los in­vestigadores los archivos vaticanos. Los histo­riadores pueden allí contemplar como en un espejo la conciencia que la Iglesia tiene de sí misma. Vosotros sabéis que un documento solo puede inducir a error, pero no toda una colección de archivos, si, como la del Vaticano, con su considerable material que abarca ponti­ficados enteros, decenas de años y de siglos, pone de manifiesto, a través de los innumera­bles cambios de los acontecimientos, de los hombres y de las situaciones, una forma de pensar y de obrar bien caracterizada, convicciones y principios determinados. De este modo los archivos vaticanos son un testimonio digno de confianza de la conciencia de la Iglesia ca­tólica.

Deseando además responder a los deseos de los investigadores, Nos estudiamos actualmente los medios más oportunos de ampliar aún la iniciativa de Nuestro Predecesor, haciéndoles accesibles los documentos relativos a un perío­do ulterior.

Cuando abrió al público los archivos vatica­nos, León XIII apeló a la regla clásica que el historiador debe observar según la frase de Ci­cerón: «Primam esse historiae legem, ne quid falsí dicere audeat: deinde ne quid veri non audeat: ne qua suspicio gratiae sit in scribendo, ne qua simultatis» (Cicerón, De oratore. 1. 2, cap. 15; León X1II en la carta «Saepenumero considerantes», del 18 de agosto de 1883. -León XIII P. M. Acta, vol. III, Romae 1884, p. 268). Vosotros sabéis cuánto se ha discutido sobre el tema: «La ciencia debe estar libre de presupuestos». Este tema era un «slogan» Co­mo todos los «slogans», no carece de ambigüe­dad y se presta también a confusión. No existe ciencia, al menos ciencia positiva, que prescin­da realmente de presupuestos. Cada una postu­la, al menos, ciertas leyes del ser y del pensa­miento que utiliza para constituirse. ¡Si en lugar de decir: «Libre de presupuesto», se hu­biese dicho «imparcial»! Que la ciencia en su prosecución de la verdad no se deje influir por consideraciones subjetivas. He ahí una propo­sición sobre la que todos podrían estar de acuerdo.

Para que cada uno de vosotros y la ciencia a que os consagráis contribuyan a hacer del pasado histórico una enseñanza para el pre­sente y el porvenir, imploramos de todo cora­zón sobre vosotros las más abundantes bendi­ciones divinas.

Pío Papa XII


[1] Publicado en “L’Osservatore Romano” del 9 de septiembre de 1955, y A.A.S vol 57, página 672. Los subtítulos son del editor.

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