
Enviado por María Luz López Pérez, desde España Peninsular. Gracias una vez más.
por José Lois Estévez. TEOLOGÍA HOY. El Correo gallego 25 – X - 2004
Un poeta ha escrito: "Hacer más hombre al hombre es el camino y dar con Dios nuestra mayor proeza". La idea desarrollada en estos dos versos puede parecer de una simplicidad monótona, pero propugna la expansión de lo que verdaderamente dignifica al hombre. Pues, y por encima de todo lo único que de verdad nos sublima, haciéndonos superiores a todos los seres de nuestra experiencia, es la demostración científico filosófica de la existencia de Dios.
En la Filosofía clásica, se ofrecían seis vías que implicaban esa demostración, aparte de muchas otras pruebas particulares, basadas todas en hechos concretos que se reputaban insostenibles sin la existencia de ese ser supremo. Existían, se afirmaba en el universo, seres contingentes cuya inexistencia era intrascendente para la evolución universal. Podían suprimirse sin que al mundo le ocurriera nada. Un ser contingente -se decía- podría existir o no. Eliminarlo era indiferente al cuadro cósmico. Esto era predicable de todos los seres de nuestra experiencia. No conocíamos ser alguno cuya supresión supusiera la abolición completa del mundo físico. Cuando meditando sobre esto nos preguntábamos si habría algún ser cuya existencia fuera de tal significado que sin él fuera imposible comprender el universo, llamándose por ello el Ser
Necesario, la Filosofía tradicional contestaba negando la imposibilidad de la afirmación de que todos los seres tuvieran carácter contingente: era imposible concebir un universo compuesto solamente por seres contingentes: era la cadena evolutiva sin un primer eslabón. La Filosofía descubría así el principio de causalidad. Todo efecto era la consecuencia de una causa. Hubo importantes discusiones en la teoría filosófica sobre el valor del principio de causalidad que fue planteada, en sus términos más generales, por Kant, al preguntarse si la razón podría ser o no fuente autónoma de conocimientos.
La cuestión es más complicada de lo que parece. Puede formularse con otra pregunta enormemente sugestiva que viene de muy lejos en la historia, la de si existen o no ideas innatas: todo conocimiento es hijo de alguna experiencia particular.
El hecho de suprimir de la enseñanza la religión es privar al hombre de la máxima verdad que lo realza.
El 28 de enero de 1949 la emisora londinense de la BBC dio espacio a una polémica entre dos filósofos, Bertrand Russell y el Padre Coppleston, que intentaron discutir la existencia de Dios como problema filosófico. El Padre Coppleston aceptó la versión leibnisiana de la contingencia, según la cual es evidente que en el mundo existen seres que pueden existir o no. Suprimidos no sucedería nada. Pero todo ser contingente hace inevitable pensar en un ser necesario por ser imposible que la totalidad de los seres tenga este carácter; al no ser ellos mismos necesarios tienen que deberse a otro que lo sea; luego algún ser necesario tiene que existir.
Frente a esto, Lord Russell no discute la efectividad del argumento sino que lo considera ilegítimo y sin sentido. Decía, la palabra necesaria, yo sostendría que sólo puede aplicarse con sentido a las proposiciones y, por cierto, sólo a las analíticas, es decir, las que no pueden negarse sin contradicción manifiesta. Solamente podría admitirse un ser necesario si hubiese un ser cuya existencia fuese una contradicción manifiesta el negarlo.
Este fue el argumento ontológico que expuso San Anselmo en su Proslogio, obra filosófica de inigualada profundidad cuyo resumen hizo el poeta francés Sully Proudon en unos versos impresionantes: 'Tu fe vacila Anselmo, y la razón te asiste: de perfecciones sumas, tal es de Dios la idea. Si el ser es perfección, se sigue que Él existe, perfecto concebirlo, es exigir que sea". Es decir, el ser omniperfecto no puede no existir porque si no existiera le faltaría esa perfección. Cabe pensar en un ser cuyos atributos lo definan como el mayor concebible.
Si queremos enfocar el principio de causalidad en sus últimas raíces tenemos que referirlo al mundo exterior. ¿Por qué afirmamos la existencia del universo? Porque es la causa de todas nuestras sensaciones. No aceptamos la idea de los solipsistas de que sea una creación de nuestra mente, ya que sería imposible la coordinación de las innumerables imágenes individuales que resultarían: habríamos perdido la unidad física del mundo. Cada uno se lo fabricaría a su medida .
¿Y por qué habría de darse coincidencia entre las diversas visiones? La existencia no es, de por sí, un dato sensible, pero subyace a todos como substrato inseparable. No es fruto de ninguna sensación específica ni tiene envoltura formal propia. O sea: no nos consta la existencia de las cosas por alguna sensación autónoma, pero tampoco la justificación racional de la misma tiene sentido. Resulta absurdo tratar de acreditar racionalmente la existencia del universo, porque la evidencia que pudiera deparamos el raciocinio sería siempre mucho menor que esa evidencia inmediata que, con fuerza de convicción aplastante, nos atraviesa la conciencia.
Además de constituir un ingrediente de nuestro hardware, el principio de causalidad ha de admitirse también como una realidad óntica. ¿Qué significa esto? En una primera aproximación, la causalidad se reduce a una adición de elementos. El árbol no es, así, más que la suma de los ingredientes activos, encerrados en la semilla, más la energía solar y los principios nutricios extraídos por la plantita de la tierra. No hay, según esto, en el árbol ninguna cosa que previamente no estuviera en la naturaleza. La nada es inerte. Lo que es ya preexistía en otra forma: cambia, pero no irrumpe de la nada.
La pregunta es susceptible de muchas fórmulas. Podemos proponer una muy concreta: el canto de los pájaros. ¿Canta siempre un pájaro según una lección aprendida o puede recibirla de sus antepasados por una vía incógnita sin previa audiencia de sus padres? Si es así, estamos ante un hecho innato que da lugar a un conocimiento metaempírico; hoy estudios concretos han demostrado que los conocimientos metaempíricos existen y sabemos ya a través del ADN que hay un lenguaje cuyo carácter meta empírico consta.
La versión más sugestiva de la causalidad resulta precisamente de un examen ontológico de la identidad, configurada como fórmula lógica suprema ¿Lo es realmente? Es un hecho evidente que el principio de identidad tiene un peso que equivale a todos los conocimientos matemáticos. Todos sabemos que dos y dos son cuatro y que todos los cálculos matemáticos tienen que ser ciertos.
El problema es responder a la pregunta ¿por qué? Si nos imaginamos un mundo de partículas elementales, nos cabe suponer que cada una de dichas partículas se fragmente instantáneamente en otras muchas. Si tal cosa pudiera ocurrir sería imposible el principio de identidad, pues cada partícula se habría convertido, instantáneamente, en otras muchas, con lo cual sería y dejaría de ser la misma en todo tiempo: dos más dos ya no serían cuatro, si no sabe Dios cuánto. ¿Quién nos garantiza la existencia de un mundo coherente y lógicamente incompatible por la negación de la identidad? Sólo la existencia de la causalidad. No hay una proliferación de cada partícula universal porque implica efectos incausados. Esto prueba que la causalidad es necesaria para que la lógica pueda existir.
Examinemos, en particular, esas relaciones de incertidumbre puestas en cuarentena, desde el sesgo físico de la interdependencia causal: ¿no han sido la insospechada e involuntaria consecuencia de resultados experimentales que no hubo más remedio que admitir? ¡Se ha negado el determinismo bien a despecho y con pasividad inicial absoluta de los investigadores! Porque nuestro intelecto si, en su empeño por conocer, no puede menos que respetar los fenómenos, tiene que supeditarse a la realidad y aceptarla como causa.
El pensamiento científico, para brindar explicación al mundo, precisa ser siempre mero reflejo, en abreviatura, de los sucesos naturales. Pues si la verdad estriba en la correspondencia con lo dado, el error habrá de reducirse a representaciones fingidas, donde el pensamiento, actuando por su cuenta, olvida su papel y hace traición a sus causas.
Cabe aún una mayor generalización. El tránsito de la esencia a la existencia y viceversa no tiene sentido si no se postula en alguna forma el principio de causalidad. Pues o bien nuestras sensaciones e ideas son un producto psíquico autónomo, y entonces la mente, creándolas, deviene su causa; o bien, con originaria pasividad, se comporta como una réplica del mundo, resonándolo primero en sensaciones y después en conceptos.
Se dijo también: "Fuente de ser, inmune a modo y fecha, que arrancas de ti mismo nuestra espuma, en esta orilla en que la nada acecha: ya en mi pensar se tiene tu evidencia. Pues, donde a cada luz su noche abruma, alza tu plenitud su persistencia". Recordamos así un famoso texto de Heráclito: "La sabiduría consiste en conocer la mente que lo gobierna todo desde todo".
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