Colección de escritos de distintos autores, de distintos tiempos históricos, y de distintos lugares geográficos, sobre temas de doctrina religiosa, filosófica y política, perennes e insoslayables para un católico, pues hacen al bien común terrenal, y a la salvación del alma.

lunes, 21 de julio de 2008

Sobre la Autoridad


Un lector del blog, el Sr Aldo H. Delorenzi, me envió un e-mail, adjuntándole un discurso de un sacerdote francés del siglo XIX.
Dicho texto versa sobre la Autoridad.
Debo confesar que su extensión me acobardó un poco.
Pero al comenzar a leerlo no pude parar de hacerlo.
¡Qué clarividencia!
Casi diría profético.
Lo publicaré en dos partes, tal cual me los mandaron.
Se los recomiendo con todo énfasis.
Y hago público mi agradecimiento al Sr. Delorenzi, por compartir este texto conmigo y los lectores del blog.
Reproduzco tambien su mail, que tiene algunos datos biográficos del autor.
El mundo, y la Argentina, andan al garete. Entender lo que plantea el artículo es la solución.
Algunos comentarios al márgen son míos, como así también las negritas y resaltados.


"Querido Cruzamante, primero felicitarlo por el nivel del blog, muy bueno el artículo del genetista francés, muy bueno, ya lo difundí inclusive entre mis hijos.
Aquí le mando este escrito del 1858 sobre la Autoridad en la sociedad desde la aceptación de Cristo Rey. Es actualísimo para el tiempo que vivimos con estos gobernantes paganos y egoístas. Espero le guste y pueda publicarlo.
Esta extractado de los discursos del Padre Félix , sacerdote Jesuita Francés del siglo XIX. ( 1860) que ya le comenté, del ciclo de conferencias dados en Notre Dame , Paris durante 1858-1860 con una convocatoria extraordinaria para la época.
También si quiere le mando la parte II que también es buenísima.
Atte Aldo H Delorenzi"


EL PROGRESO SOCIAL POR MEDIO DE JESUCRISTO AUTORIDAD

La autoridad es la primera condición del Progreso social; ella crea el orden por medio de la estabilidad, el movimiento por medio de la libertad, y mediante una y otra la facultad de producir; de ese modo da a la sociedad creada por ella misma estos tres grandes atributos: belleza, grandeza y poderío.
Ahora bien; mientras que la autoridad es lo más necesario que hay para el Progreso social, resulta que la autoridad es también lo que está más comprometido en nuestro siglo. Todo el movimiento que se apellida moderno bajo cualquier aspecto que se le contemple, es una agresión siempre creciente contra la autoridad: el protestantismo, atentado contra la autoridad de la Iglesia; al racionalismo, ateísmo contra la autoridad de Jesucristo; la demagogia, atentado contra la autoridad de los reyes; el socialismo, atentado contra la autoridad de los propietarios: tal es la corriente que arrastra a las sociedades modernas a la destrucción de toda autoridad.
Esa agresión bajo el nombre de Progreso no ha preparado hasta aquí sino nuestra decadencia; en nuestros días ha tomado proporciones que amenazan a todas las sociedades de Europa con un trastorno inaudito; y abre ante nosotros abismos cuya profundidad apenas se atreve uno a medir.
Nada, pues, importa más que hacer ver dónde reside hoy la fuerza moral capaz de servir de salvaguardia al mismo tiempo que a toda legítima autoridad, a nuestro progreso social.
La autoridad es la fuente del Progreso; ¿mas dónde se halla la fuente de la autoridad? ¿Quién la crea en el mundo tal cual debe existir para el Progreso de las sociedades?
Aquí de nuevo, Señores, me complazco en encontrar a Aquel a quien mi corazón y mi alma adoran; Aquel en quien todo se sostiene, así en el orden social como en el orden moral, por ser fundamento, centro y corona de todo en las sociedades cristianas, Jesucristo Señor nuestro. En medio del abatimiento y las tinieblas en que cree uno ver a las sociedades oscurecerse y bajar a medida que las autoridades bajan y pierden su prestigio, Jesucristo se me presenta como el único sostén de las sociedades: Hombre Dios, enviado para salvarlo y restaurarlo todo, si se levantase en medio de nuestros días siempre respetado, siempre amado, siempre obedecido por toda la humanidad cristiana, y nos dice: “No temáis, yo soy la Autoridad. Mientras que me respeten, me amen y me obedezcan los hombres, la autoridad vivirá obedecida, amada y respetada; y la sociedad humana, apoyada en mi divinidad, irá de progreso en progreso.”
Tal es, Señores, la verdad gravísima y en extremo decisiva que quisiera esclarecer por completo: Jesucristo restaurador de la autoridad, y como tal causa eficaz del Progreso social. El año pasado terminé mostrándoos a Jesucristo en el centro del hombre, motor de la vida individual y del Progreso moral; quiero hacer ver este año a Jesucristo en el centro de la sociedad, motor de la vida pública y del Progreso social.
Jesucristo, al tomar posesión de la humanidad y perpetuarse asimismo en la Iglesia, ha creado una autoridad que ha trasformado divinamente el mando y la obediencia, y ensanchado por medio de uno y otra el orden social entero.
Esto es lo que hemos de comprender bien desde luego, porque ahí reside el secreto divino que trasforma a la sociedad. Me contentaré por hoy con considerar esa gran institución de la autoridad en su conjunto haciendo abstracción de los tipos particulares que la han representado.
Diremos lo que esa autoridad de Jesucristo encarnada y permanente en la Iglesia Católica es con respecto a las sociedades cristianas; investigaremos en seguida lo que han llegado a ser las sociedades modernas con respecto a esa autoridad; y la misma verdad nos revelará que el progreso o la decadencia en los pueblos cristianos no es más que el acrecentamiento o la disminución del reino de Jesucristo Soberana Autoridad.

I.

Antes de pasar adelante, Señores, es preciso repetir en presencia de vosotros las grandes palabras que han creado en el mundo la autoridad cristiana.Un día preguntó el Salvador Jesús a sus discípulos reunidos en torno suyo: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Y ellos respondieron: Los unos que Juan el Bautista, los otros que Elías, y los otros que Jeremías. Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo.” Y Jesús le dijo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan: porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella. Y a ti daré las llaves del reino de los cielos. Y todo lo que ligares sobre la tierra, ligado será en los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, será también desatado en los cielos”[1].
Otro día, antes de volver al cielo para entrar en la eternidad de su reino invisible, Jesucristo resucitado aparece ante todo el colegio de los Apóstoles, y deja caer sobre ellos estas palabras supremas.
“Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra: id pues y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándolas a observar todas las cosas que os he mandado. Y mirad que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos[2].” (y aquí agrego yo que no nos manda dialogar ecuménicamente sino enseñar, convertir).

Señores, bajo cualquier punto de vista que uno se coloque es imposible negar la existencia de esas palabras; y más imposible aun poner en duda su poder trasformador. Para nosotros que nos complacemos en decir con Pedro a Jesucristo adorado: Sois el Cristo, Hijo de Dios vivo, nada más sublime y decisivo puede concebirse bajo el punto de vista del Progreso social. Esas palabras, confirmadas por otras que sería demasiado largo repetir, constituyen en la humanidad una autoridad divina.
Para todo el que no quiera cegarse voluntariamente, es evidente que esta palabra del Verbo es la creación de una autoridad, y que esta autoridad no es otra que la de Jesucristo: Se me ha dado toda potestad en la tierra y en el cielo, dijo; ahora bien, esa potestad que me ha sido dada, yo mismo la hago vuestra; porque así como mi Padre me envía, así también os envío yo; y como mi autoridad es la de mi Padre, la vuestra es mía: El que os oye me oye, y el que os desprecia, me desprecia.
Estoy pronto a conceder que en esas palabras se trata de una autoridad distinta de la que gobierna los Estados.
Bástame, por ahora, que esas palabras de Jesucristo creen en el mundo una sociedad nueva, y en esta una autoridad que no es otra que la suya.
Ahora bien; digo que esa creación de la autoridad ha producido en toda autoridad una revolución completa que ha preparado el Progreso social. Jesucristo, constituyéndose a sí mismo en su Iglesia autoridad viva, ha revelado a la tierra un ideal de autoridad que la humanidad no conocía; y ese ideal de autoridad constituida divinamente en la humanidad, ha tenido sobre toda humana autoridad un reflejo necesario que ha ensanchado juntamente con ella todo el orden social.
En efecto, Señores, considerada en su origen, su objeto y fin, esa autoridad de Jesucristo ha producido una trasformación completa en la idea y el ejercicio de la autoridad humana, curándola de tres vicios principales que oponían al progreso social obstáculos insuperables.

El primer vicio de las autoridades que no dimanan de Jesucristo es este: la ausencia de lo divino.

La autoridad pagana se apoya en el derecho del hombre, y sólo el derecho del hombre, si es que no llega a oprimirlo.
La autoridad cristiana estriba en el derecho de Dios, y sólo en el derecho de Dios.
Entre la autoridad cristiana y la pagana reina esa diferencia profunda.
Hoy mismo, quitad a Jesucristo de la sociedad cristiana, solo encontrareis una cosa: el derecho del hombre en el que manda, y la sumisión al hombre en el que obedece; en dos palabras, al hombre gobernando al hombre, y obedeciendo solo al hombre.
He ahí el vicio oculto que corroe sordamente a las autoridades en nuestro mundo moderno.
La autoridad en las generaciones marcadas con el signo de Jesucristo va volviendo a ser lo que era en los pueblos paganos, el dominio del hombre sobre el hombre.
Si las autoridades van perdiendo cada vez más su aureola, es porque lo divino no aparece ya en ellas lo bastante a la vista de los pueblos.
Pidiese el respeto y la obediencia, no ya en nombre de Jesucristo que consagra la autoridad, sino tan solo en nombre del hombre que la ejerce. De ahí en este siglo una tendencia general que rebaja juntamente con las autoridades a las sociedades que estas rigen, la tendencia a discutir la autoridad, a rechazar, a despreciar la autoridad.
Un hombre vale tanto como otro; la humanidad es igual a sí misma.
¿Porqué hay un hombre que me manda? Niego su derecho a mandar y mi deber de obedecer. ¿Quién es nuestro señor? Soy un hombre; y todo cuanto no sea más que humano no me dominará. Atrás los tiranos que se forjan sobre mí un poder usurpado: todo hombre es un soberano, y la soberanía de uno vale tanto como la de otro.
Luego, caigan los reyes, caigan los emperadores, caiga la autoridad.
Tal es el grito de la humanidad en todas partes donde en la autoridad no ha visto más que al hombre. Por tanto, cuando nada divino subsista ya en las autoridades; cuando todo destello de Dios se haya borrado de la frente de los potentados; cuando esas frentes que aun ciñen una corona carezcan de aureola; entonces, ¡ay de las sociedades! Contra las autoridades que solo se derivan de la humanidad, existirá en todas partes la rebelión del hombre; yendo a parar el ateísmo en la autoridad a este resultado inevitable, la anarquía en la sociedad.
Para curar a las naciones de esa plaga social, he aquí lo que hizo Jesucristo.
Constituyéndose dueño de la humanidad que tenía por misión salvar, constituyó y consagró en el hombre la autoridad de Dios; pues la autoridad de la Iglesia, entendida en su sentido cristiano, es a la letra la autoridad de Dios sobre la tierra. No solamente lleva el signo de la autoridad divina, sino, que es esa misma autoridad. Admítase lo que se admitiere acerca del origen de las autoridades humanas, aun las más legítimas, y cualquier nombre que se les quiera dar, ninguna de ellas puede ofrecer el testimonio auténtico de una investidura semejante.
Entre la autoridad de Dios y la de la Iglesia, no hay otro intermediario que el divino Mediador; y ese Mediador no está ni separado de Dios, ni separado de la Iglesia; es Dios mismo siempre encarnado y siempre vivo en su Iglesia.
Ahora bien, para el que sabe comprender hay en esto una revelación, y en esta revelación una trasformación de la autoridad que tiene con respecto al Progreso social consecuencias que no se os pueden ocultar.
Por ese medio ha hecho germinar Jesucristo en las almas esta idea eminentemente progresiva y social: la autoridad derivada de Dios e imponiéndose en nombre de Dios: ha ostentado a la vista de los pueblos ese tipo sublime de la obediencia transfigurada: el cristiano obedeciendo a Jesucristo que lo gobierna en el hombre.
Sí, yo cristiano, desde que Cristo se hizo rey en la humanidad, llevo en mi flaqueza esta altiva energía; me siento demasiado grande para aceptar el solo imperio del hombre. Tengo en tan alta estima mi respeto y mi obediencia, que para inclinar la frente, encuentro que no es demasiado sentirla tocada por el cetro de Dios.
No venga el hombre que solo es hombre a pedirme que le obedezca, no obedeceré; más venga en nombre de esa Majestad de quien todo deriva en el cielo y en la tierra; y heme aquí dócil, obediente y respetuoso.
Sé que una orden recibida de tan alto lugar no puede rebajarme; mientras más obedezco, más me honro y me engrandezco a mí mismo; y paréceme como que me elevo otro tanto de lo que me humillo.
La misma servidumbre no puede ya envilecerme: o más bien la servidumbre no puede ya existir para mí: agobiado bajó el peso de las cadenas, prisionero del César, soy libre aun; porque si inclino mi cuerpo bajo el peso de su poder, siento que en mi alma solo obedezco a Dios; y con un Pontífice ilustre sufriendo el dominio de un potentado famoso, puedo repetir estas palabras de Tertuliano: “Cautivo, me siento en medio de mis cadenas soberanamente libre; pues solo tengo un Señor, que es también Señor del César.”

El segundo vicio radical de la autoridad pagana derivado del primero, era la invasión de la conciencia humana por el poder del hombre.
Los dueños del cuerpo habían codiciado el dominio de las almas, y en todas partes su dominación trataba de invadirlo.
Para dominar las conciencias y dar á su usurpación un prestigio divino, los reyes y emperadores se hacían proclamar pontífices; y para encubrir mejor a los ojos del pueblo la usurpación de los derechos del hombre, usurpaban también los de la Divinidad.
Esos hombres hechos emperadores por el juego de la fortuna, instalados pontífices por la locura de las naciones, se proclamaban a sí mismos dioses en el vértigo de su propia soberbia.
Así de la humanidad a la soberanía, de la soberanía al pontificado, del pontificado a la divinidad, aquellos locos ilustres se elevaban en tres pasos.
Por medio de esa doble usurpación de los reyes, los hombres se hallaban sujetos a una esclavitud en que el sacrilegio se añadía al oprobio de una doble servidumbre, entregando sus conciencia a usurpadores convertidos en pontífices, y dirigiendo sus adoraciones a monstruos trocados en dioses.
Para librar a las sociedades de esa abyección en que el hombre tenía a las almas cautivas, y devolverles juntamente con su legítima independencia su legítima altivez ¿qué se necesitaba? Crear y hacer respetar en el mundo una autoridad que tuviese a las almas por dominio así como tiene a Dios por principio: era preciso constituir divinamente un gobierno de los espíritus y una soberanía de las almas.

Esto hizo nuestro Señor Jesucristo: “Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra; id, pues, y enseñad a las naciones bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cuanto atareis sobre la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra desatado será en el cielo.”

Ya lo veis, Jesucristo da a sus Apóstoles una autoridad, un poder, ¿pero qué poder y qué autoridad? No les dice: He aquí una espada que pongo en vuestras manos: id, herid, subyugad los cuerpos. Sino: He aquí una palabra que pongo en vuestros labios: id, hablad y enseñad a las naciones; haced que entren las almas en el dominio de la verdad. Quien no os crea, no necesita que la espada lo hiera; sino que recibirá con la condenación de mi Padre su verdadero castigo.
Así crea Jesucristo la soberanía de las almas; y esa soberanía la constituye él mismo.
Preséntase en medio de los siglos y dice: He aquí mi reino; las almas a Oriente, las almas a Occidente, las almas en todos los extremos del mundo; sí, yo, Dios Hombre, soy Señor de las almas, y no hay otro.
Esa soberanía personificada en él, ha sido constituida y encarnada en la Iglesia por Jesucristo, para gobernar a las almas hasta los extremos de la tierra y hasta el fin del mundo.
Ésa es nuestra fe: sí, lo creo.
Hay en el mundo una soberanía de las almas, y esa soberanía reside en la Iglesia nuestra madre por medio de Jesucristo Señor nuestro.
Esa soberanía es una, incomunicable, privilegio y propiedad de la Iglesia.
Filósofos, potentados y legisladores podrán disputársela; más ella seguirá siendo lo que Dios la hizo: la autoridad confiada a la Iglesia por nuestro Señor Jesucristo para el gobierno de las almas.
Ahora bien; nadie dirá jamás cuanto ha hecho semejante institución para elevar juntamente con ellas al de la autoridad, la obediencia y la libertad cristiana. Desde que Jesucristo constituyó dicha autoridad en el mundo, hay despotismos que no pueden ya imponerse sin promover allá en el fondo de las almas una protesta vengadora.
No, la tiranía no podrá ya, sin provocar estremecimientos solemnes, aherrojar con las mismas cadenas los cuerpos y los espíritus. Si pueblos apóstatas de la verdad católica pueden volver a caer en semejante oprobio, humillar sus conciencias al mismo tiempo que sus cuerpos bajo el mismo yugo del hombre, la verdad católica no incurrirá en él.
En los umbrales de la conciencia católica, habrá un límite que ni cónsules, ni reyes, ni emperadores volverán a pasar: todos los Césares y los Alejandros todos se detendrán ante esa conciencia humana, bastante altiva ya para rechazar el cetro del hombre, y que de hoy más no volverá a abrirse sino para dar entrada juntamente con Jesucristo al gobierno de Dios.

§ He ahí porqué existen allá en el fondo de las almas, desde que Jesucristo las sometió a su imperio, estas palabras más fuertes que el poder de todos los reyes:
Non possumus.

§ Nos pedís que sometamos nuestra conciencia al cetro de un hombre:
Non possumus.

§ Nos pedís que sacrifiquemos a la voluntad de un hombre un solo pensamiento de Jesucristo:
Non possumus.

§ Nos pedís que os hagamos compartir con él ese imperio que solo a él pertenece: ¡oh reyes! conformaos:
Non possumus

§ Podemos abdicar lo que es nuestro; pero abdicar lo que es de Jesucristo, jamás:
Non possumus.

Acá meto la púa. (Calderón de la Barca:

Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar,
pero el honor es patrimonio del alma,
y el alma es sólo de Dios.

El alcalde de Zalamea)
(Para los hispanoamericanos, no acostumbrados a la imagen del Rey, éste encarna, en la monarquía tradicional, y particularmente en la española, a la Nación).

Un tercer vicio radical corrompe a la autoridad que no dimana de Jesucristo: el egoísmo en el ejercicio del poder.

La autoridad pagana existía y funcionaba por sí misma; tenía un fin esencialmente personal y egoísta.
Donde quiera que Jesucristo no mande ya como soberano, la autoridad encuentra aun dentro de sí misma ese instinto degradante que la hace propender a la tiranía. La autoridad pagana es un egoísmo sentado en un trono para explotar a un pueblo.
Jesucristo ha obrado aquí en la autoridad una trasformación que ha preparado para el porvenir un orden social verdaderamente nuevo. Ha anunciado el fin de la autoridad, o más bien lo ha vuelto a colocar en su lugar; este fin residía en el hombre que mandaba, y ahora lo ha puesto en el hombre que obedece.
Ese es el carácter esencial y la señal distintiva de toda autoridad verdaderamente cristiana: mandar para servir, reinar para sacrificarse.
Dominar a los demás sirviéndose a uno mismo, esa era la autoridad pagana; servir a los demás dándose uno mismo, esa es la autoridad cristiana.
Un gran Obispo ha dicho: “Dios, al comunicar su poder a los reyes, les manda que hagan uso de él, como lo hace él mismo, para bien del mundo.”
Cuando Bossuet pronunciaba esas sencillas y sublimes palabras ante uno de los reyes más grandes de la tierra, no hacía más que traducir en su magnífico lenguaje la idea de la autoridad revelada por el Evangelio.
Escuchemos, Señores, como Jesucristo, al constituir su autoridad en la Iglesia, determina sus funciones de abnegación y su fin generoso. Jesús ha oído a sus discípulos disputando entre sí sobre cuestiones de preeminencia, y les dice: “Sabéis que los príncipes de las gentes avasallan a sus pueblos, y que los que son mayores ejercen potestad sobre ellos. No será así entre vosotros: más entre vosotros todo el que quiera ser mayor sea vuestro criado, y el que entre vosotros quiera ser primero, sea vuestro siervo. Así como el Hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir, y para dar su vida en redención por muchos.”[3]
Estas palabras salidas de boca del que se presentó en los siglos como Rey y Señor de los hombres han trasformado divinamente la autoridad restituyéndole su destino. Por medio de ellas vuelve la autoridad por su mismo principio a su verdadero fin: la autoridad derivada de Dios y bajando a la tierra con la Divinidad para emplearse en servicio de la humanidad.
Todo poder salido de Jesucristo deberá hacer lo que hizo Jesucristo.
Jesucristo vino para servir: la autoridad emanada de él y hecha á su imagen servirá: toda autoridad social que se desvíe de ese fin, cesará por esta parte de ser verdaderamente cristiana.
Lo mismo que toda obediencia que termina en el hombre y no se remonta a Dios no es cristiana, del mismo modo toda autoridad cesa de ser cristiana cuando no se emplea en servicio del hombre.
Tal es la ley que domina la organización jerárquica de la autoridad de Dios en la Iglesia Católica. Mientras más crece en ella la dignidad, más se engrandece la servidumbre.
La jerarquía católica es el orden de servicios graduado para cada uno por la parte de autoridad de que Dios le ha hecho depositario.
En ella todo sacerdote es siervo, todo obispo siervo, todo arzobispo siervo también; y el hombre a quien Dios coloca en la cumbre de la jerarquía, para mandar desde allí a todo el universo, el hombre que Jesucristo ha hecho su representante visible sobre la tierra y que ha recibido de él la plenitud de autoridad, ese hombre lleva un nombre que expresa muy bien sus funciones y su grandeza original; llamase siervo de los siervos; esclavo sublime de todos, porque sus funciones consisten en mandar a todos.
El que en esa jerarquía de servicios constituidos prosigue otro fin, miente a Dios que le llama, a la humanidad a quien ultraja, y a la Iglesia que deshonra.
Esta idea y esta práctica de la autoridad cristiana partida de todos los grados, y sobre todo de la cúspide de la jerarquía católica, han bajado al dominio de las autoridades puramente temporales, y se ha manifestado hasta en las palabras que expresan las funciones de la autoridad.
Las dignidades y autoridades en el cristianismo se han llamado cargos, ministerios, servicios; como para hacer comprender mejor hasta en su nombre a los depositarios del poder, que en el cristianismo, gobernar es sacrificarse, y reinar es servir.
Por tanto jamás ha resplandecido tanto la idea de la autoridad cristiana en la sociedad como cuando se vio en ella en los órganos constituidos del poder, juntamente con las distinciones honoríficas, funciones gratuitas.
Admirable invención que hacía ver a los más distraídos, que en la sociedad donde reina Jesucristo, la honra de gobernar a los hombres no es otra cosa que la de servir a hermanos; y que la gloria de subir más alto en la escala del poder y de la dignidad se confunde en ella con la gloria de subir más alto en la abnegación de sí mismo y el sacrificio para con los demás.
Lo pregunto ¿cómo semejante idea yendo a pasar por las almas y de las almas a los hechos no había de trasformar la autoridad y de transfigurar el orden social?
La trasformación se llevó a cabo, en efecto, y la transfiguración se efectuó.
Desde que el gran espectáculo de la autoridad sacrificándose fue dado a la tierra, toda autoridad que ostentaba otra ambición que la de servir a los hombres seria anatematizada por los pueblos y caería agobiada bajo un cúmulo de desprecios.
Merced al progreso inmenso realizado por medio de esa trasformación de la autoridad, hay en el ejercicio del poder saturnales de egoísmo que no podrían ya producirse y mucho menos perpetuarse en medio de los cristianos.
Que un emperador pagano diese fuego a Roma para procurarse la vista de un incendio, y que quemase cristianos para iluminar sus fiestas; que otro emplease el sudor y la sangre de ochenta mil hombres en el cimento de un solo edificio, para proporcionarse la alegría de ver con sus propios ojos y de dejar a la posteridad el más prodigioso conjunto de piedras que haya visto jamás el mundo; que la riqueza del orbe entero llevare a Roma por mil canales diversos sus aguas mezcladas con las lágrimas de los pueblos para edificar a Nerón, Tito, Caracalla, Adriano y Diocleciano, casas, termas y dorados palacios, a cual más espléndido, sin otro objeto que halagar la vanidad de un monstruo: el buen pueblo de Roma ni aun siquiera pensaba en extrañarlo.
El egoísmo del poder se había introducido en las costumbres; y nadie extrañaba que el advenedizo del imperio ostentase a la vista de todos lo mismo que cada uno reconocía habría hecho en su lugar.
Y hoy mismo, en naciones que sin ser cristianas han tenido al menos el contacto del cristianismo, si queréis contar los millones que puede exigir un monarca para componer la lista civil de sus placeres y el presupuesto de sus libertinajes, sin indignar ¿ la nación testigo y víctima de esos egoísmos sin nombre en nuestro idioma generoso; si queréis preguntaros lo que sucedería en medio de una nación cristiana donde la autoridad, olvidando su vocación y su destino, ostentare hasta semejante punto el oprobio de su egoísmo; oh! entonces comprenderíais la trasformación que ha obrado Jesucristo con estas dos palabras siempre predicadas y practicadas en el cristianismo: El que entre vosotros quiera ser primero, sea vuestro siervo; y diréis: ¡Gloria a Jesucristo, que ha transfigurado el orden social trasformando la autoridad!
He ahí, señores, el triple carácter con que Cristo ha señalado en su Iglesia la autoridad creada por él mismo para el Progreso social del mundo; ella es divina en su principio, espiritual en su dominio, y llena de abnegación en su fin. Divina, produce la obediencia que solo se concede gustoso a Dios.
Espiritual, produce el respeto que niega el hombre a lo que solo es material.
Llena de abnegación, produce el amor que no se da al egoísmo.
De ese modo ha fundado Jesucristo en la humanidad, en el mismo seno de su Iglesia, la mayor escuela de obediencia, la mayor escuela de respeto y la mayor escuela de amor, y juntamente con esa triple escuela, la mayor escuela de Progreso social que ha visto jamás sobre la tierra. La autoridad católica en el mundo es Jesucristo siempre obedecido, Jesucristo siempre respetado, Jesucristo siempre amado por las generaciones cristianas: luego las generaciones cristianas siempre educadas en esa divina escuela de obediencia, respeto y amor, y siempre creciendo en el seno de la Iglesia su madre por medio de Jesucristo Señor nuestro.
Esa autoridad creada por Jesucristo se ha hecho por su progreso natural tan alta, tan fuerte, tan universal y tan perpetua, que es imposible calcular con exactitud cuál ha sido su ascendiente para enaltecer juntamente con su respeto, su amor y su obediencia, la vida entera de las naciones cristianas.
Esa autoridad, casi todos los pueblos la han conocido, amado y respetado y la han obedecido: las más bárbaras se han inclinado ante ese cetro tan grande y tan suave, que en nombre de la Iglesia, a quien proclamaran madre suya, y en nombre de Jesucristo, de quien se declaran hermanos, tocaba su frente feroz y rebotaba a su alma sumisa y santamente prosternada una grandeza que no creían poseer.
Del mismo modo que la elevación de la nación francesa salió del abatimiento de Clodoveo inclinado bajo esa autoridad que le dijo un día: Dobla la cerviz, altivo Sicámbro; así también la grandeza de esos pueblos convertidos en vanguardia de todos los progresos del mundo, salió de su unánime y voluntaria humillación ante esa autoridad que obtenía su obediencia aun sin necesitar pedírsela.
Esa autoridad, todos los siglos cristianos la han visto a la luz del sol, cambiando, según los tiempos, las formas variables de su mando y su intervención en las cosas del tiempo, sin cambiar ella a su vez, y pasando en medio de los siglos con un aparato diverso bajo el arco triunfal del mismo respeto, igual amor e idéntica obediencia.
Y llegada a la aurora de nuestras sociedades modernas, la encuentro aun sosteniendo en sus maternales brazos a esa humanidad por ella enaltecida, y prometiéndole para el porvenir grandezas nuevas, si consiente en conservar siempre el culto de esa autoridad que produjo su grandeza primera.
Pues bien, Señores, ¿qué han hecho las sociedades modernas con respecto a esa divina autoridad? Esto es lo que nos falta investigar.Después de haber visto lo que ha llegado a ser con respecto a la sociedad la autoridad divina organizada en la Iglesia por Jesucristo mediador, es del mayor interés preguntarnos también lo que ha llegado a ser la sociedad moderna con respecto á esa misma autoridad.
Bajo cualquier punto de vista que uno se coloque, esa autoridad divina viviendo y obrando en una institución que ha conquistado la doble universalidad del tiempo y el espacio, es cosa absolutamente decisiva en el destino de las sociedades, dependiendo manifiestamente su progreso o su decadencia de la actitud que tomen coto respecto a dicha autoridad.
Aún no admitiendo, como afectan hacerlo ciertos pensadores, la existencia de esa divina autoridad sino como simple hipótesis, desde el momento en que esa autoridad se tiene a si misma por divina, que ejerce en las naciones un gobierno real y efectivo, y que en roce con los hombres por su misma acción, tiene con el mundo social relaciones necesarias, es imposible que las sociedades no tomen con respecto a ella una actitud determinada, y que dicha actitud deje de ser para ellas lo más decisivo que existe en el orden de su propio destino.
¿Y qué actitud han tomado las sociedades modernas para con la autoridad de Jesucristo constituída en la Iglesia, y qué hemos de esperar de ella en cuanto al Progreso del mundo?.
Permaneciendo bajo el punto de vista rigurosamente social, el único de que me ocupo en este momento, distingo en las sociedades humanas con respecto a esa autoridad divina, tres modos de ser más o menos antagonistas, y que habremos de considerar pomo tres errores funestos al Progreso social del mundo moderno.
La primera actitud de la sociedad moderna en presencia de la autoridad divina de Jesucristo vivo en la Iglesia, actitud que tengo por un error fatal para nuestro Progreso, es, por parte de las constituciones o sistemas de gobierno, la indiferencia pública.
En medio de un mundo que en su conjunto sigue siendo cristiano, tratar a Jesucristo cual un desconocido, y a la institución donde reside su autoridad como una extraña sin derecho de ciudadanía; he ahí lo que yo llamo en las constituciones o sistemas de gobierno la indiferencia pública.

Sí, Señores, en pleno Cristianismo ha ocurrido ese pensamiento a la sociedad moderna, y esta ha tratado de realizar un designio que hubiera llenado de asombro a vuestros mayores: en medio de pueblos cristianos tratar socialmente a Jesucristo cual si fuera un extraño: esto equivalía a mirar como extraño al señor en su dominio, al soberano en su reino, agravándose la injuria por ser “Jesucristo señor y Rey Divino”.
Hemos dado la definición de la autoridad social diciendo que es la que tiene el poder de crear la sociedad.
Según esta noción sencillísima e incontrovertible, Jesucristo era en el mundo cristiano la gran autoridad social.
Las sociedades cristianas eran, al pié de la letra, obra suya; él las había creado, no de la nada como el mundo en la primera creación, sino de sí mismo y para sí mismo; las había llenado de su vida, para hacerlas a su imagen y asociarlas a su gloría.
Jamás príncipe alguno de la tierra pudo decir en una nación, con el mismo derecho, lo que Jesucristo, padre y creador de los siglos nuevos podía y puede decir aun en medio de las sociedades cristianas: Ego autem constitute sum rex: yo soy el rey constituido por mi Padre en los pueblos cristianos: obra mía son las naciones cristianas; yo soy su creador, y por tanto su señor y soberano; cristianos, todo es vuestro, omnia neutra sunt; pero vosotros sois de Cristo, como Cristo es de Dios: Vos autem Christi: Christus autem Dei[4].

Sí, nosotros, pueblos y reinos cristianísimos, pertenecíamos a Jesucristo, pues de él proveníamos. Todo en el mundo cristiano emanaba y procedía de nuestro Cristo: su pensamiento residía en nuestras inteligencias, su moral se hallaba en nuestras costumbres, su caridad en nuestras instituciones, su justicia en nuestras leyes, su nombre en nuestro nombre, su acción en nuestra historia, su culto en nuestra religión, su bandera en nuestra sociedad, y su autoridad en nuestra obediencia. Jesucristo se encontraba, pues, en la sociedad cristiana dentro de su propio dominio.
¿Qué digo? No solamente era dueño en las sociedades cristianas, sino que constituía la vida que las animaba: centro de este mundo nuevo salido de él y viviendo también de él, clamaba en medio de los siglos a las sociedades cristianas que gravitaban en torno suyo: Cristo es vuestra vida, Christus vita vestra.

Pues bien, Señores, ¿qué han hecho las sociedades modernas con respecto a ese creador de las sociedades cristianas?
Helo aquí: Han querido alejar, y si me es lícito decirlo, despedir a Jesucristo.
Han puesto al Señor fuera de las leyes, fuera de las constituciones, fuera de los gobiernos. Nunca tuvo más solemne, más público cumplimiento esta palabra de S. Juan: In propria venit, et sui eum nom receperunt.[5]

Los legisladores, reformadores y constituyentes nuevos de la sociedad europea le han dicho con ingrata indiferencia: “Recede a nobis”: “Retírate, no te conocemos ya. Adórete el creyente, si le place, en su corazón: la sociedad no tiene ya Dios: nuestras leyes son humanas, humanas nuestras instituciones, humanos nuestros gobiernos; para nosotros pueblos modernos todo es humano, y lo divino no se toma ya en cuenta. No conocemos sino hombres: hombres para obedecer, hombres para mandar; y para organizar el mando y la obediencia constituciones inventadas por nuestros grandes hombres.”

Jesucristo así despedido tocaba a la puerta de los palacios legislativos, de las asambleas deliberantes, y del gabinete de los reyes; y decía: “Vuestras leyes proceden de mí, de mí vuestras instituciones; vuestra igualdad, vuestra fraternidad, vuestra libertad en cuanto tienen de verdadero, son herencia mía; todo el progreso que habéis realizado, en mí lo habéis efectuado; y el que deseáis aun, no lo lograreis sin mí. ¿Por qué me desecháis? ¿Porqué me arrojáis?”

¿Y qué contestó el espíritu moderno sentado en el sillón de los legistas, académicos parlamentarios, y constituyentes a quienes inspiraba en aquel tiempo?
Contestó: “No os arrojamos, os dejamos; pasó vuestro tiempo; una nueva era comienza: las sociedades han crecido demasiado para ser de hoy más contenidas en vos; ya no guardáis proporción con ellas. El siglo os agradece cuanto habéis hecho para crear y educar nuestras sociedades. Pero pasó la infancia; pasó la adolescencia; el mundo nuevo va llegando ya a la edad viril; el mismo es su maestro y su guía; y se siente bastante fuerte para rendir su jornada y cumplir su destino. Proseguid, si queréis, allá en el misterio de las almas, vuestro dominio invisible; más no nos pidáis un reino público, ni un culto social; la sociedad moderna no os reconoce; ya que de hoy en más ella es su propia autoridad, su religión y su Dios.”

Así habló el espíritu moderno, o como se dice en el día, el espíritu humano. En verdad, he ahí un espíritu humano que habla divinamente.
Y porque posee el secreto de crear siempre palabras soberbias para dar a sus errores una consagración magnífica, ese modo de tratar a Jesucristo en pleno cristianismo se ha llamado secularizar: palabra ingeniosa a la cual no faltan ni cierto sentido profundo, ni cierta agudeza: secularizar; como si dijéramos: tomar a Jesucristo y a la Iglesia cuanto es suyo; y luego darlo todo a un ente impersonal, ávido, rapaz, muy antipático a Jesucristo y a la Iglesia, y que se llama el siglo; la sociedad, en fin, no reconociendo ya a Cristo, ni sacerdotes, ni cristianos, sino solo hombres, legos, un siglo y seglares: he ahí lo que el espíritu humano llama ingenuamente secularizar.
Hay algunos, lo sé, que admiten bajo esa expresión ideas menos anticristianas, y pretensiones menos insolentes más no nos engañemos, los verdaderos enemigos de la Iglesia no la entienden de otro modo.¿Qué hemos de pensar de esa actitud de las sociedades modernas en presencia de Jesucristo y de su Iglesia?, bajo el punto de vista rigurosamente cristiano, es una apostasía y un insulto público hecho a Jesucristo; es Jesucristo socialmente renegado, desposeído, expulsado.

Considerado en los hombres bautizados que han tomado su iniciativa, ese movimiento de los tiempos modernos es anticristiano, impío, sacrílego.
No acrimino las intenciones, caracterizo una tendencia.
Por más que quiera excusar aquí a los hombres con demasiada frecuencia engañados en sus designios, no puedo llegar hasta encontrar cristiana una tendencia que nos separa de Jesucristo.
Y socialmente, ¿cómo nombrar ese movimiento nuevo? Socialmente, es contradictorio, incoherente, retrógrado.
Si las sociedades cristianas, según atestigua la historia, han crecido y elevándose por medio de Jesucristo y en Jesucristo, ¿cómo habían de encontrar su grandeza separándose prácticamente de Jesucristo?
¡Qué! ¡Constituciones destinadas a regir cristianos haciendo oficialmente abstracción de toda creencia cristiana!
¡Qué! ¡Gobiernos creados para hombres que tienen la obligación soberana de obedecer a Jesucristo afectando una indiferencia sistemática en presencia de la autoridad y legislación de Jesucristo!
¡Qué! ¡El cuerpo social lleno aún todo él de la savia de Cristo, en las leyes que le organizan no teniendo en lo más mínimo en cuenta la vida que circula por las venas de todos sus miembros!
¡Y he ahí lo que se nos propone aceptar como la emancipación de los pueblos y el engrandecimiento de las sociedades!
Ah! Señores, permitid que os lo diga: no.
Esa secularización anticristiana y antisocial, ese empeño en poner fuera de las leyes y constituciones modernas a Jesucristo creador de las sociedades cristianas, no es, no, ni la emancipación del siglo, ni el progreso de las naciones; es un círculo doblemente vicioso en el cual se ha encerrado la sociedad moderna, y de donde so saldrá sino volviendo públicamente a Jesucristo, nuestro autor, nuestro maestro y legislador.
Ciertamente, Señores, bien lo sé, Jesucristo para conservar su imperio sobre las almas no invoca como una necesidad el auxilio de vuestras leyes; la Iglesia que creó para la inmortalidad nunca pedirá a vuestras constituciones el secreto de su vida; pudiendo nosotros pasar sin lo que habéis nombrado Religión de Estado.
Pero cuidado; si Jesucristo no necesita vuestras leyes ni vuestras constituciones, vuestras constituciones y vuestras leyes necesitan de Jesucristo: y el error que consiste en tratarle como extraño, será siempre, piensen lo que pensaren los sistemas, un error cristianamente impío y socialmente desastroso.
Pero el error de las sociedades modernas no se limita a tratar a Jesucristo como extraño, sino que fácilmente llega a tratarle como rival.
Poco cuesta decretar en las constituciones la indiferencia pública con respecto a Jesucristo y su Iglesia: más no es tan fácil hacerla entrar en los hechos.
Ese Dios a quien se declara extraño, bien se sabe que siempre está presente; y mientras que las constituciones hablan como si hubiera dejado de existir, los gobiernos, de grado o por fuerza, lo sienten á su lado.
Ahora bien, notadlo, tal es la propensión de la naturaleza humana: toda autoridad que el hombre ve al lado de la suya le importuna, sintiéndose tentado a envidiarla. Esta envidia crece cuando dicha autoridad se enaltece, llegando a su colmo si esa misma autoridad se proclama sobrehumana. Esa vecindad de una autoridad divina molesta al hombre en su imperio: diríase que envidia la divinidad que siente en ella. No hay hombre que teniendo la ambición del poder, no pretenda imitarla, y procurarse gobernando a las almas un placer divino. Gustoso dice a ese rey de las almas el hombre ambicioso: “Toma tu cetro y vete; puesto que en el cielo moras, ve a reinar en tu cielo, y déjame a mí solo dueño de reinar en mi dominio”.
Tal es la tentación de los reyes y lo que pudiera llamarse el flanco de los poderosos de la tierra.
De ahí en los que tienen la misión de gobernar una actitud de desconfianza en presencia de esa autoridad divina, actitud en la cual parece el hombre tomar sus precauciones contra las usurpaciones de Dios.
De ahí también oposiciones ya sordas, ya ruidosas, en que puede verse a un cristiano revelarse como rival de Jesucristo, feliz en verdad si no se siente tentado a cifrar su grandeza en humillar en su presencia a esa majestad divina.
Pues bien, Señores, ¿qué hay que pensar de semejante actitud bajo el punto de vista de la verdad de las cosas y del progreso social?
La autoridad de la Iglesia, que la de Jesucristo en la humanidad, ¿es acaso realmente una autoridad antagonista, y tienen razón los príncipes de la tierra para tratar como rival a ese hijo del cielo?
¿Es cierto que la gloria de esa divina soberanía recae como un oprobio sobre su diadema?
¿Es cierto, como pueden sentirse inclinados a creerlo, que aumentan la dicha de su pueblo y el esplendor de su majestad con cuanto arrebatan a esa misma autoridad?
¿Es cierto en fin que ellos mismos y sus gobiernos se enaltecen con todos esos abatimientos y se fortalecen con todos en los descaecimientos?
No, Señores, no, no es cierto; no hay error más funesto para la majestad de los reyes, para la fuerza de sus gobiernos y la felicidad de sus súbditos que esa supuesta rivalidad entre la autoridad de la Iglesia y la de los príncipes.
Yo, hijo de la Iglesia, afirmo en nombre de mi madre que la autoridad de la Iglesia no es ni rival ni antagonista de ninguna autoridad humana.

Una madre no puede ser rival de sus hijos; la Iglesia es madre; todos los cristianos, aun los mismos reyes, son hijos suyos; y yo juro por su corazón que no existe parte alguna autoridad más simpática a la autoridad de los gobiernos humanos, ni más protectora de sus derechos que la autoridad de la Iglesia. No tiene la Iglesia antipatía contra los gobiernos, aun que sean herejes, cismáticos y apóstatas.
Puede lamentar su herejía, su cisma, su apostasía;Puede lamentar juntamente con las rasgaduras de la verdad las ofensas hechas por ellos a su autoridad; pero ama, y en cuanto puede protege el orden que ellos se esfuerzan por sostener en medio de sus pueblos; elevar a la humanidad entera es su misión sobre la tierra; y no puede tener un motivo para odiar o conmover a las autoridades que concurren con ella, aunque en distinta esfera, para promover el progreso de las naciones.

Sermón del Padre Félix S.J dado en Notre Dame Paris 1859 – Francia-
Extractado de la Revista cubana La Verdad Católica - La Habana 1860 nros I a XI.

No hay comentarios:


Para volver a El Cruzamante haga click sobre la imagen del caballero