
EL PROGRESO SOCIAL POR MEDIO DE JESUCRISTO AUTORIDAD (2)
Segunda parte y final del Sermón del Padre Felix S.J.

espués de haber probado lo necesaria que es la autoridad para el Progreso social, hemos mostrado en Jesucristo Hombre Dios la fuente de toda autoridad en el cristianismo. Jesucristo, a constituirse en la Iglesia como autoridad permanente, produjo en toda autoridad una transformación radical que elevó el orden social entero: libró a la autoridad de los tres vicios que la minaban sordamente e impedían que se engrandeciese así misma, y consigo la obediencia de los pueblos y el Progreso de las sociedades:
· el primero consistía en la ausencia de lo divino;
· el segundo en la servidumbre de la conciencia producida por la dominación del hombre;
· el tercero en el egoísmo en el ejercicio del poder.
Jesucristo libró a la autoridad de esos tres vicios profundos; puso en ella lo divino constituyéndose a sí mismo en autoridad; emancipó la conciencia humana creando una soberanía de las almas que solo de él depende; y al egoísmo del poder sustituyó la abnegación en el ejercicio de ese mismo poder; en una palabra, creó una autoridad divina en su principio, espiritual en su dominio, toda de abnegación en su fin, y de ese modo transformó la autoridad y elevó el orden social.
He ahí lo que hizo en favor del Progreso social la autoridad de Jesucristo constituida en la Iglesia. Y ¿qué ha hecho con respecto a esa autoridad la sociedad moderna? Ha tomado en presencia de ella tres actitudes diversamente funestas para el Progreso social de las naciones cristianas: la de la indiferencia, la de la rivalidad, la del odio.
Jesucristo tratado como extraño por los gobiernos, Jesucristo tratado como rival por los mismos gobiernos, y Jesucristo tratado como enemigo por los ingobernables: he ahí lo que yo llamo tres errores, tres calamidades sociales que quise rechazar lejos de nosotros en mi último discurso. La conclusión de este no pudo ocultárselos; pues es que la autoridad de Jesucristo constituida en la Iglesia no debe ser considerada por las sociedades modernas como extraña, ni menos como rival, ni menos aun como enemiga, y que todo el orden social debe sostenerse, elevarse y engrandecerse en Jesucristo y por medio de Jesucristo Soberana Autoridad.
Hasta aquí no hemos considerado la autoridad de Jesucristo en la Iglesia sino bajo su aspecto más general, haciendo abstracción de los hombres que la representan. Pero la autoridad no tiene toda su acción sobre la sociedad sino cuando se personifica y se ofrece a nosotros en seres determinados. He ahí porqué me propongo completar este asunto mostrándoos hoy los tipos principales de la autoridad cristiana que Jesucristo creó para engrandecer nuestros respetos y elevar el orden social. El asunto es vasto; todo lo diré en compendio.
III.
El primer tipo de autoridad que Jesucristo consagra para el Progreso social de las naciones es la paternidad, o la autoridad cristiana en la familia. Comprendo bajo esa voz paternidad al padre y a la madre, investidos bajo una forma y en proporción diversa de la honra de una misma autoridad.
La paternidad, aun no considerándola sino en un orden natural, es una de las cosas más grandes que puedan imaginarse. La paternidad es sublime para el entendimiento, bella para la imaginación, suave para el corazón, poderosa sobre el alma de todos los hombres. No hay culto que haya permanecido en los espacios y en los siglos más puro, más inalterable, más constante, más universal que el culto de la paternidad. Los moralistas han ensalzado su ministerio; los poetas han grabado en la palabra sus tipos inmortales, y los artistas han pintado su ideal con los ojos fijos en Dios, autor de toda paternidad.
Todos los hombres bien nacidos han concurrido bajo sus miradas y su corazón en una fraternidad de respeto y amor; y yo mismo, lo confieso, poseído de ese encanto indecible que todos encontramos en presencia de esa imagen allá en el Fondo de nuestros recuerdos, gustoso detendría aquí por más tiempo mi discurso, del mismo modo que se detiene el viajero en una encantadora ribera cuya belleza ha entrevisto, cuya fragancia ha respirado. Pero así también como el viento lo impulsa, así me arrastra el asunto que estoy tratando, y tengo prisa de deciros lo que ha hecho Jesucristo por engrandecer un objeto tan grande ya en la humanidad.
Jesucristo ha creado en la familia cristiana una paternidad tal cual el mundo no la había visto jamás, ni aun en aquellas edades primitivas en que se nos presenta con una aureola que la hace aparecer desde lejos y a nuestra vista grande como la soberanía. Pero ¿cómo transfiguró Jesucristo la paternidad y dio á su antigua majestad una majestad nueva? Helo aquí en tres palabras: Jesucristo la señaló con una consagración divina; le confirió un ministerio divino también, y le dio para desempeñarlo lo más divino que existe en el hombre, formándole de este modo una corona de autoridad que jamás había llevado.
Notadlo bien, Señores, en el origen de toda paternidad cristiana hay algo que la eleva más alto que la humanidad; hay una consagración hecha por el mismo Jesucristo, y que podemos llamar la consagración de la paternidad humana: consagración divina, que es a la vez el sello de su legitimidad; la garantía de su eficacia y sobre todo la señal de su majestad.
Al principio, había dicho Dios a nuestros primeros padres: “Creced y multiplicaos y llenad la tierra”. No podéis ignorarlo, Señores, el capricho de la criatura había hecho un juego de esta palabra del Criador, y las pasiones la habían profanado. Invocación dada por Dios a la humanidad al proclamar de ese modo la ley de la propagación, no será abandonada por Jesucristo ni a los caprichos del deseo, ni a las codicias de la carne; él mismo se reservará su delegación, su gobierno y santificación. Instituirá para ella un sacramento especial; el matrimonio cristiano.
Todo aquel que en el cristianismo aspire a la honra de una paternidad legítima, deberá recibir de Jesucristo por medio de la Iglesia su delegación divina. El padre es en el cristianismo un hombre a quien Jesucristo ha investido de su autoridad y marcado con la señal de su divinidad para el ministerio de la paternidad.
No reconoce Jesucristo otra paternidad legítima que la que él mismo ha consagrado por mano de su Iglesia para tan gran ministerio. Todo el que antes de esa consagración tenga la ambición de ser padre, no lo será a los ojos de Jesucristo, será un usurpador de la paternidad.
Tal es la primera prenda de grandeza que encuentra la paternidad cristiana desde el punto de partida; elevada a la altura de un sacramento recibe de Jesucristo una consagración y una delegación verdaderamente divinas. ¿Y cuál es el término desemejante delegación y consagración? Un ministerio tan divino como su punto de partida: el de formar a Jesucristo en los hijos. Tal es aquí el sublime misterio de la paternidad cristiana; Jesucristo la consagra y la cubre con su autoridad: ¿por qué? para crearse a sí mismo en su posteridad.
Un padre verdaderamente cristiano es un hombre obligado por su consagración a formar a sus hijos a imagen de Jesucristo, o lo que es más grande aun, a formar a Jesucristo en el alma de sus hijos. En nombre de Jesucristo conjuro a cuantos padres me escuchan a que comprendan aquí con el fin de su ministerio la grandeza que este les confiere. Para un padre cristiano, formar a un hombre no es bastante; no ese ministerio, por grande que sea, ¡oh padres! ¡Oh madres! no es bastante divino para vosotros. Vuestro ministerio propio y vuestra grandeza original, helos aquí: “Formar a Jesucristo en el hombre. Producir al hombre es el derecho que os otorga; formarlo a él mismo en el hombre es la obligación que os impone, la grandeza con que os cubre”.
Y para alcanzar ese fin y desempeñar ese ministerio ¿qué os pide? Ah! pensad en esto: os pide lo que él mismo dio a la humanidad entera; os pide como un deber lo más divino que hay en el hombre, la abnegación; no esa abnegación vulgar que la naturaleza sola sabe inspirar a toda paternidad que no es inhumana, sino una abnegación digna de Aquel que os consagra para un ministerio de que él mismo su principio y término; una abnegación que para llegar a la honra sin igual de crear a Jesucristo en una generación de cristianos, todo lo acepta, hasta el exceso del padecimiento, hasta el heroísmo del sacrificio.
¡Dichosa paternidad que a fuerza de abnegación y de virtud, de obediencia a la ley de Dios y de fidelidad a su vocación, merece la ventura de ser fecunda como la vid que extiende sus ramas en torno de la casa, y se da a sí misma la alegría de contemplar a sus hijos, renuevos de su propia vida, sentados alrededor de su mesa semejantes a las tiernas ramas del olivo!
De esa consagración, de ese ministerio y de esa abnegación, debía nacer lenta pero infaliblemente en medio de las generaciones cristianas un tipo de autoridad paterna tal cual el mundo jamás lo había contemplado. Por tanto, lo que debía hacerse se hizo. Lo que se hallaba entrañado en la esencia del cristianismo se reveló en medio de los resplandores de su historia.
El cristianismo ha producido en los pueblos profundamente cristianos un tipo de paternidad que no ha conocido ni el despotismo de la paternidad oriental ni la debilidad de la paternidad occidental; paternidad revestida de una majestad y suavidad, de una dulzura y fuerza cuya mezcla exquisita ha sido a la vez el poder, la dignidad y la dicha de la familia cristiana: por encantadora, fruto generoso del más puro cristianismo, cuyo aroma nos trae la historia desde el fondo de los pasados siglos, y de que el nuestro, a pesar de sus profundas degradaciones, nos ofrece aun algunos raros ejemplos tanto más gratos de contemplar cuanto mayor contraste ofrecen con el oprobio de tantas paternidades degeneradas.
¿Veis desde aquí a través de los siglos cristianos al padre de familia convertido en patriarca, abrazando con su mirada ardiente y su corazón conmovido las generaciones nacidas de él como una prolongación de su vida y extendiendo sobre ese dulce reino del hogar doméstico un cetro amado, obedecido y respetado? ¡Qué majestad serena y fuerte! qué suave y poderoso imperio! Es la soberanía de los antiguos patriarcas trasladada a las edades nuevas, pero transfigurada con la unción de Cristo, y teniendo juntamente con toda la ternura del hombre algo de la grandeza de Dios!
Oh! si alguno de vosotros pudiese dudar aun de lo que ha hecho el Cristianismo para engrandecer la paternidad, yo le diría: “Ved al padre cristiano próximo a morir en medio de sus hijos regidos para recibir su último suspiro; en una mano tiene la imagen del Cristo que lo consagró en el día de sus bodas y en medio de los resplandores nupciales para el ministerio de la paternidad; mientras que con la otra deja caer sobre sus hijos en nombre de Jesucristo esa suprema bendición que permanecerá sobre ellos como la tradición de la obediencia, del respeto y del amor, y como consagración perpetua de la autoridad cristiana.”
Oh! quién podrá jamás pintar con un lenguaje bastante suave y fuerte, bastante sublime y sencillo, bastante transparente y misterioso a un tiempo, la impresión que deja en el hogar doméstico ese dulce reinado de la paternidad, cuya vida era para los que la obedecían una felicidad llena de grandeza, y cuya muerte ha sido para los que la han perdido un duelo mezclado de alegría, en que la tristeza misma sabía aun sonreírse! Su recuerdo trasmitido por el amor de generación en generación será todavía un protección para todos aquellos que solo pueden ya oír hablar de ella; permanecerá bajo aquel techo bendito semejante a una divinidad tutelar, y continuará haciendo crecer en el corazón de todos sus descendientes, cual autoridad siempre viva, aquel respeto, aquel amor y obediencia que nunca le faltaron en vida. ¡Bella y grande imagen, embellecida y agrandada en medio de la muerte, y que debe al misterio de la otra vida, para excitar más santos respetos, algo de divino!
Oh suavidad! oh grandeza! oh poder de la paternidad cristiana! ¿Por qué es preciso que el tiempo nos arrastre con la ruina de tantas cosas santas y veneradas, hacia unas costumbres que no deberían ser las nuestras? ¡Costumbres retrógradas de una sociedad que decae, y donde ¡ay! se olvida cada día más ese culto generoso que elevaba a las sociedades elevando a las familias, y a las familias elevando a los hombres!
IV
Juntamente con la paternidad cristiana ha realizado el cristianismo otro tipo de autoridad más grande aun y venerable a los ojos de los creyentes, el sacerdocio cristiano. Cuando el niño, después de haber practicado en la familia el respeto a la autoridad paterna, pone el pié en el umbral de la casa de Dios, tiene la revelación y aprende el culto de otra autoridad, pues allí encuentra al sacerdote católico; al sacerdote que es una paternidad en el santuario, del mismo modo que la paternidades un sacerdocio en la familia.
El sacerdote fue considerado siempre en todas las friones y en todos los siglos como una grande autoridad, pues aparecía como una representación sensible de la Divinidad. Órgano vivo del comercio entre Dios y el hombre, el sacerdote, al paso que seguía siendo hombre, llevaba siempre en todas partes consigo mismo, a los ojos de los pueblos, algo de la Divinidad. Esa representación de Dios en el sacerdote no era a menudo sino una falsedad, pero esa misma falsedad se amparaba bajo esta verdad que explica el respeto conquistado por el sacerdocio, a saber: que nada es más venerable que lo que aparece más divino, y que la mayor autoridad pertenece a lo que más se acerca a Dios.
Ahora bien, lo que solo era ficticio en el paganismo es rigurosamente real en el cristianismo: el sacerdote cristiano es al pié de la letra representante de Jesucristo hombre Dios: es la personificación humana de su autoridad, es el sustituto oficial de todos sus ministerios. No solo vive Jesucristo en el sacerdote con una vida real, sino que sin cesar opera por medio de ese órgano humano todas las funciones divinas que producen la santificación de las almas y la salvación del mundo. El sacerdote católico no es, pues, tan solo Jesucristo viviendo en el hombre, lo cual es el privilegio de todos los cristianos; sino que es Jesucristo obrando en el hombre, y realizando por medio del hombre la obra divina de la reparación; es Jesucristo hablando, Jesucristo perdonando, Jesucristo sacrificando; y en todas partes, es el trono de la palabra, en el tribunal de la misericordia y en el altar del sacrificio, cubierto de una misma majestad, por hallarse investido de la misma autoridad.
Sí, Señores, en el pulpito, trono sagrado dado por Jesucristo a su palabra, el sacerdote es Jesucristo hablando: es el eco vivo del Verbo o de la Verdad hecha hombre; es su órgano y su voz; es el Verbo mismo hablando a los hombres con la autoridad de Dios: Siau potestatem habens[1] .
Lo que fue Jesucristo siendo aun niño ante la Sinagoga asombrada, lo somos nosotros después de él y por él ante las naciones respetuosas; nosotros somos una autoridad que habla: “Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra: id, pues, y enseñad a las naciones.” Cuando el sacerdote católico se presenta ante vosotros para llevaros una sola palabra del Evangelio, o solamente un eco de la voz de Jesucristo, esa autoridad procedente de Dios por medio de Jesucristo Señor nuestro sube con él a esta cátedra, y se convierte en escudo que lo cubre y espada que de vosotros triunfe.
Extrañad á veces la intrepidez y el poder que Dios concede a los más tímidos y débiles en el ministerio de su palabra. Ah! se olvida quiénes somos, y no se nos mira a la luz que hace que seamos vistos. ¿Sabéis bien, Señores, que es algo para acrecentar el valor y la fuerza de un hombre saber que es embajador? Ser embajador de un rey de la tierra, es cosa grande; es llevar en sí la autoridad del soberano, que a su vez lleva la autoridad de la nación; ¿qué será pues, saber que es uno embajador de Dios, diputado a los hombres para reclamar sus derechos divinos? Y he ahí, sin embargo, lo que estamos obligados a creernos y proclamarnos: embajador de Jesucristo y portador de la autoridad de Dios que os habla en nuestros discursos: Pro Christo legation fingimur, tanquam Deo exhortante per nos[2]. Dentro de poco, al bajar de esta tribuna, no seré más que un hombre débil, bastante tímido para temblar en presencia de un niño: aquí, me creo embajador de Jesucristo, y siento que nada podría impedirme proclamar, aun en presencia de los más altaneros, todos los derechos de mi Soberano.
He ahí al sacerdote católico en el trono de la palabra, tal cual os aparece a la luz de la fe; y nunca comprenderéis toda la autoridad que ha dado a su persona y la eficacia que ha conferido a su palabra esa creencia universal en el cristianismo. Cuando el ingenio se aúna en el sacerdote con esa función sublime de hacer hablar a Jesucristo por su boca, entonces Dios y el hombre conspiran para exigir vuestros respetos y triunfar de vuestras resistencias.
Cuando el ingenio le falta, habla y sigue triunfando, porque lleva en sí algo más persuasivo y fuerte que el ingenio de un hombre, la autoridad de un Dios; y no obstante los desdenes que la soberbia de los hombres pueda dejar caer sobre lo que es de suyo enfermo, el mundo nos escucha, y a veces con tanta mayor atención cuanto que mientras más desaparece el hombre tanto más deja ver tras sí la majestad de Dios.
Un hombre de talento a quien su humildad y su fe llevaban a menudo al pié del pulpito cristiano para oír una palabra, humanamente mayor que la suya, me decía un día: “Cuando habla el sacerdote, veo tras él a Dios.” Pues bien, Señores, lo que veía Donoso Cortés, todos los verdaderos cristianos lo han visto, lo ven aun, y vosotros mismos lo estáis viendo: a Dios tras nosotros. Me equivoco, lo estáis viendo en nosotros, haciendo hablar con esta voz que resuena en el tiempo a su Verbo que le es coeterno. Y aun en el caso en que así no lo creáis, no os chocará que creyéndolo nosotros, os hablemos con la autoridad que nos da esa fe, ni que nuestra humana miseria, en el día como ahora diez y ocho siglos, se presente con una autoridad que manda hasta al poder, y con una intrepidez que nada teme ni aun de parte de vuestro ingenio. Pero la cátedra desde donde Jesucristo os habla no es el único teatro en que se despliega la autoridad sacerdotal para imponer el respeto a los cristianos.
Cuando el sacerdote baja del trono en que la soberanía de la palabra toca a las almas con su cetro, va á sentarse en otro, donde se revela con una autoridad diversa en su forma, aunque idéntica en la esencia, quiero decir la autoridad de Jesucristo que os perdona.
Cuando acudís allí, al tribunal de la misericordia, llevando por delante la antorcha encendida de una fe que os deja ver a través de su sombra las claridades del misterio, ah! os arrodilláis, os prosternáis, y el sacerdote, por más que seáis altaneros Galos, no necesito deciros estas palabras que cité días pasados: Inclínate, altivo Sicambro; os inclináis sin que sea preciso ordenároslo; porque, bajo la forma de una paternidad humana, habéis descubierto la autoridad de Dios.
Vosotros creéis que Aquel que dijo al sacerdocio: Id, y enseñad, es el mismo que dijo: Los pecados serán perdonados a aquellos a quienes vosotros los perdonéis. Habéis reconocido en el trono de la palabra la autoridad de Dios que os habla; reconocéis en el tribunal de la misericordia la autoridad de Dios que os perdona.
Allí, Señores, en ese abatimiento voluntario del pecador y bajo la mano extendida del sacerdote, se verifica un misterio de transformación en que el cristiano vuelve a encontrar junto con la inocencia y la alegría el sentimiento perdido de la obediencia y del respeto. Habéis golpeado vuestro pecho y habéis notado; ese hombre extiende la mano y dice: “Líbrelos Jesucristo nuestro Señor de vuestros pecados; y yo, por medio de la autoridad que él me ha dado, os absuelvo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Erais culpable; y a fin de que sepáis que tengo el poder de perdonar los pecados, en nombre de Jesucristo, levantaos, sois inocente.”
¿Quién es ese hombre que tiene el poder de perdonar hasta los pecados? Quis est hie, qui etiam peccata dimitía? [3] Ah! la fe grita en vosotros: “Es el representante de Jesucristo ante los hombres; es Jesucristo mismo que me absuelve, como absolvió a Magdalena, y que para estimularme a venir a buscar un perdón que no me atrevía ya a esperar, ha encubierto con el velo de la flaqueza humana la autoridad de Dios. Pero, por encubierta que esté, mi fe sabe descubrirla; y al levantarme de ese abatimiento en que mi alma en vez de envilecerse ha encontrado su verdadera grandeza, llevo hacia esa autoridad que me rehabilita una impresión de respeto que ni el tiempo ni la eternidad podrán borrar.”
Grande en el trono de la palabra y en el tribunal de la misericordia, el sacerdocio es más grande aun en el altar del sacrificio; la autoridad del sacerdote predicador y del sacerdote confesor se realza aun más en el sacerdote sacrificado.
Ah! Señores, es que allí, en el altar del sacrificio, se halla revestido de un poder ante el cual nuestra fe se prosterna y nuestra razón se detiene sobrecogida de un santo temor: el poder de encarnar a Dios, el poder de inmolar a Dios, y como origen de uno y otro, el poder de mandar al mismo Dios!
Allí se realiza en la oscuridad de la fe ese incomparable misterio en que el hombre que de ella es órgano, se siente como anonadado bajo el peso de la autoridad que en si lleva. Sí, allí el hombre manda a Dios, y Dios obedece al hombre.
Allí, el sacerdote ordena a Jesucristo que descienda para cumplir en persona la palabra que dio a su sacerdote ese poder incomparable. Investido en todas partes de lo divino como de un traje de autoridad que impone el respeto, ah! allí sobre todo es donde el sacerdote está en contacto con Dios;
Allí su humanidad, desapareciendo en parte, por no decir del todo, aparece a la fe que le contempla como un ser asociado a la divinidad; el pueblo que asiste al sacrificio cree descubrir a través de esos resplandores sagrados que son la belleza del santuario, como una celestial aparición; y lleva a los pies del mismo altar, junto con la adoración a Jesucristo Dios, el respeto a ese hombre elevado a la gloria de sacrificar al mismo Dios.
Ah! Señores, resucitad con el pensamiento todas las magnificencias del templo de Salomón, recordad el respeto que debía dejar en el alma del pueblo de Dios el esplendor de las ceremonias que parecían hacer de ese lugar el vestíbulo del cielo; nada puede daros una idea de todo lo venerable que descubre el pueblo católico en su sacerdote, cuando en medio de la pompa del sacrificio y el brillo de los sagrados ornamentos eleva sobre la asamblea prosternada en actitud de adoración, la Víctima inmolada por la salvación del mundo; mientras que el órgano, con conciertos arrebatados a las armonías del cielo, cantan el fondo de las almas aun más que bajo las bóvedas del templo.
Tal es el sacerdote católico, llevando en su frente la corona de tres autoridades que no forman más que una. Y es tan grande esa autoridad vislumbrada en el sacerdote por la fe de los cristianos, que aun fuera del templo donde está en su propio lugar, lleva en torno suyo como una emanación sagrada de ella. En el mismo momento en que parece confundido en medio de la turba, la fe de los cristianos lo distingue y lo separa de ella, para darle en las almas como un séquito de invisibles respetos.
Ah! Señores, bien lo sé, en el día, en nuestras grandes ciudades donde las doctrinas se mezclan y los extremos del mundo moral llegan a tocarse sin reconocerse, la autoridad del sacerdote pasa a menudo sin encontrar esos respetos que tributa la religión de los creyentes; pero si queréis comprender lo que ese tipo de autoridad cristiana realizado en el sacerdote puede hacer todavía en nuestros días para extender el culto de la autoridad sobre la tierra, id y ved en nuestras comarcas que siguen siendo cristianas al pastor atravesando la parroquia, al Obispo visitando la diócesis.
Habéis visto al Padre bendiciendo a sus hijos, ved al Sacerdote bendiciendo a los fíeles en nombre de Jesucristo. Contemplad a ese hombre que se presenta en medio de la turba enternecida, con una sonrisa en los labios, la majestad en la frente y el amor en el corazón: ¿es un padre en medio de su familia? ¿Es un monarca en su reino? Diríase que es lo uno y lo otro; tanta es la dulzura y majestad que lleva en su rostro, tanto el amor y respeto que recibe en su tránsito! Hombres y mujeres, ancianos y niños, los niños sobre todo, poseídos de un sentimiento de igual veneración, acuden al encuentro de aquel hombre, que es padre de todos, y para todos imagen viva de Jesucristo.
Ved a ese padre abriendo su corazón para amar, y extendiendo su mano para bendecir a toda esa turba tan religiosamente enternecida y afectuosamente prosternada; y comprenderéis sin dificultad lo que hace en el cristianismo el sacerdocio cristiano para desarrollar en los pueblos el culto de la autoridad, y elevar a las almas juntamente con sus respetos. ¿Cuál de nosotros no recuerda en la edad madura, sin una impresión indefinible de respeto, haber sido bendecido cuando niño por la mano de su pastor? ¿Y qué pensar de aquel que fijándose para maldecir en ciertas prevaricaciones excepcionales, llega a no comprender ya lo que ha podido hacer durante largos siglos para elevar a las generaciones cristianas el imperio popular de esa autoridad sagrada?
V
Pero, Señores, aun no hemos acabado de mostraros los grandes tipos de autoridad que el cristianismo ha creado para el progreso del mundo más allá del hogar donde los hijos aprenden a venerar la autoridad de Jesucristo en el padre; más allá del templo donde los fíeles aprenden a venerar la autoridad de Jesucristo en el sacerdote, existe la patria, donde los ciudadanos aprenden a venerar la autoridad de Jesucristo en el rey.
La soberanía cristiana, tal es el tercer tipo que el cristianismo ha realizado en la historia para el Progreso social de las naciones; la soberanía cristiana, que lleva en sí juntamente con la suavidad paterna y lo que tiene de venerable el sacerdocio, toda la majestad de la patria. Consagrada por mano de la Iglesia para labrar la dicha de los pueblos, la soberanía cristiana recibe de Jesucristo, al mismo tiempo que una unción que la hace venerable como el sacerdocio y un amor que la hace llena de abnegación como la paternidad, un poder moral que la hace capaz de crear el orden y extender sobre la sociedad el escudo de una fuerza que le proviene de su mismo origen.
No examino aquí las opiniones de los publicistas acerca de las causas y acontecimientos que concurrieron inmediatamente a la formación de la soberanía en los pueblos cristianos; Dios me guarde de penetrar en la región de los sistemas, cuando podemos contemplar a la luz pura de nuestra propia historia una de las cosas más bellas y grandes que ha mostrado Dios a la tierra para elevar a los pueblos juntamente con los objetos de su obediencia, el tipo de la autoridad moral personificada en nuestros reyes cristianos.
No se necesitaría menos de un discurso para desarrollar con todo su esplendor este asunto magnífico de la soberanía cristiana; pero en esta rápida revista de los elementos del Progreso social que hemos emprendido juntos, bástanos mostrar las grandes líneas y poner de relieve los rasgos más notables. Ahora bien, lo que hace sobre todo de la soberanía cristiana el elemento más grande de Progreso social que han dado jamás a los pueblos los poderes humanos, es el haberle señalado, en el círculo en que se ha desarrollado, con estos tres caracteres que he hecho ver en la misma Iglesia.
La soberanía cristiana ha reconocido al lado suyo una verdadera soberanía de las almas; ha llevado en la frente, como la autoridad de la Iglesia, la señal de Dios, y ha aprendido de esa Madre divina, de quien era hija primogénita, a consagrarse con ella a labrar la dicha de la humanidad.
Conociendo su verdadero dominio, conociendo su verdadero principio, conociendo su verdadero destino, la soberanía cristiana fue grande en autoridad y fecunda en respetos; pues, lo mismo que la Iglesia, llevó grabada en su esencia la vida de Jesucristo, y brilló exteriormente con el destello de sus grandezas.
Lo que en primer lugar engrandecía la autoridad moral de la soberanía cristiana, era lo que a los ojos de observadores superficiales debe aminorarla; era reconocer, amar y respetar sobre la tierra algo más elevado que ella misma, quiero decir, la soberanía creada por Jesucristo para gobernar las almas.
Ante los gobiernos escépticos o ateos, sea cual fuere la opinión personal de los que gobiernan, la soberanía espiritual de la Iglesia solo tiene valor como hipótesis; siendo un poder moral con el cual no se consiente en contar sino porque se sabe que aun se apoya en la fe de los pueblos. Para la soberanía cristiana, por el contrario, ese gobierno de las almas es una institución divina.
Los reyes cristianos han podido tener con ese gobierno conflictos que escandalizan a los ignorantes; pero a pesar de estos conflictos, la soberanía espiritual era admitida y cierta como un dogma. La misma soberanía temporal no le desconocía sus derechos: nuestros reyes cristianos, sin exceptuar a uno solo, creían que, hijos primogénitos de la Iglesia, su primer deber consistía en obedecer a su madre; y salvo en casos particulares, que no entraré a discutir, le obedecían.
Aceptando así la autoridad espiritual, la soberanía cristiana se engrandecía a sí misma y consigo a los pueblos, desenvolviendo en las generaciones sometidas a su imperio el secreto de una sublime obediencia y una sublime igualdad. Inclinándose en presencia de los pueblos ante una soberanía superior a ella, les enseñaba, por medio de un ejemplo insigne, que la obediencia es bastante grande para honrar a los mismos reyes. Y mientras que los pueblos aprendían a obedecer a los príncipes, viendo a los príncipes obedecer a Jesucristo, sentían crecer en sí el sentimiento de la igualdad cristiana: dichosos y ufanos, con cierta razón, al encontrarse con los reyes a los pies de Jesucristo en actitud de obediencia y sumisión, pero también con una dignidad y grandeza iguales.
Este ejemplo de obediencia descendiendo de la autoridad para edificar á los súbditos, y esa fraternidad de dependencia que parecía enaltecer al pueblo al igual de los reyes, tuvieron sobre el Progreso social de las naciones cristianas un influjo que nunca podrán comprender las tiranías, pero que jamás podrá ocultarse tampoco al ingenio que no esté cegado por la pasión.
La soberanía cristiana, bajo el punto de vista en que estamos, es Teodosio emperador detenido en el umbral del templo por un sacerdote católico que se llamaba Ambrosio: Teodosio que prueba, abdicando su ira y humillando su soberbia, que existe para él una honra mayor que la de gobernar naciones, la honra de someterse a la soberanía de las almas, que le manda en nombre de Jesucristo Rey de las naciones y de los emperadores.
Pero lo que hacía a la soberanía cristiana más grande aun en autoridad, y más fecunda en respeto, es que tenía el sentimiento de su principio divino, llevando a todas partes su señal irrecusable. De cualquier modo que la soberanía encontrase en las naciones cristianas su constitución nativa y natural crecimiento: ya procediese del prestigio de un gran nombre, o de una tradición secular; ya fuese elevada sobre el naves, o llegase arrastrada por las olas de los acontecimientos y saludada por la aclamación popular: una vez aceptada, una vez arraigada, algo de divino bajaba sobre ella: una savia caía del cielo sobre el árbol dinástico que desde luego había fijado sus raíces en la tierra, y cuyas ramas que eran reyes seguían su curso e iban hacia arriba. De cualquier modo que Jesucristo llegase a aquella soberanía, Él es que llegaba; dándole juntamente con el sello de su divinidad la señal auténtica de su autoridad.
Dícese que los navegantes que recorren la vasta extensión de los mares se encuentran a veces en unas mismas playas y se dan, al paso que siguen sus diversos rumbos, el saludo de la fraternidad: así también los que navegan en el piélago de la verdad se encuentran a veces en unos mismos horizontes; eso me sucede en este instante; y yo os pido que deis conmigo el saludo fraternal a un ingenio que tratando el propio asunto, decía aquí mismo ahora doce años:
“El punto principal no es el origen del poder, sino su consagración; cuando el poder haya salido, pues, del seno de una nación por medio de una eflorescencia natural, como la palma sale del Líbano, yo Jesucristo, bajaré a ponerme bajo su sombra; penetraré bajo su corteza, seré su sangre, su vida, su fuerza, su duración; vosotros lo habréis hecho, yo “lo consagraré.”
Señores, saludemos todos juntos unas palabras que han resonado en esta cátedra, y cuyo eco conserva un encanto que crece en el tiempo. Era imposible expresar mejor que Enrique Domingo Lacordaire el misterio oculto de esa autoridad conquistada en los siglos por la soberanía cristiana.
Sea esto como fuere, Jesucristo le comunicaba una emanación de su autoridad divina: la Iglesia; el rey, el pueblo, convenían para reconocerlo en una convicción unánime.
Lo que los pueblos, mejor que los sistemas, habían llamado derecho divino, era el resultado de la persuasión arraigada por siglos de fe, de que el rey en su dominio representaba a la autoridad de Dios: Jesucristo había penetrado en la soberanía; esta procedía de él, de él vivía, por él imperaba; y los pueblos conservaban sin dificultad el culto de una autoridad que sacaba del mismo Jesucristo derechos infinitos a sus respetos, obediencia y amor. Los publicistas podían preguntarse entre sí: ¿Qué es el derecho divino?
El pueblo que ignoraba su definición, tenía su revelación y conocía su signo distintivo; pues la Iglesia, a fin de hacer más palpable y eficaz el sello de ese derecho divino, se complacía en marcar con él por sí misma la frente de los reyes y emperadores en medio de los sagrados esplendores; y esas pompas, en que la soberanía recibía de la religión como un prestigio divino, dejaban de sí mismas a los pueblos una imagen que nada podía ya borrar, y que engrandecía el respeto en sus almas engrandeciendo la autoridad a sus ojos.
La soberanía cristiana, bajo este segundo punto de vista, es Carlo Magno pidiendo a Roma la consagración del imperio y trayendo a las Galias su majestad de emperador realzada con la bendición de un pontífice.
En fin, la soberanía cristiana encontró también en sus funciones y en su fin un tercer carácter que le conquistó juntamente con el respeto y la obediencia el amor y el afecto de los pueblos; fue reconocida y se dio a sí misma como un servicio público y un sacrificio hecho a la humanidad.
Los reyes, en la solemnidad que daba a su autoridad la señal del derecho de Dios, hacían el juramento inviolable de consagrar esa autoridad que procedía de Dios al servicio de los hombres. No investigo aquí si todos los representantes de esa soberanía comprendieron prácticamente su ministerio desinteresado. En las más augustas vocaciones la humanidad se hace traición a sí misma por medio de fáciles desfallecimientos, sobre todo cuando esas vocaciones exigen lo más sublime que existe, es decir la abnegación más sea lo que fuere de las prevaricaciones parciales; digo que instruida e inspirada por la Iglesia, la soberanía cristiana debía creerse y se creía en efecto con esta vocación generosa: la de ejercer el poder de Dios para dicha de los hombres.
Eso fue lo que hizo caer poco a poco de la frente de los soberanos franceses esa aspereza que tenia algo de la barbarie en que tuvieron su cuna. Eso fue sobre todo lo que dio a su majestad, engrandecida por el derecho de Dios visible en ellos, cierto carácter de paternal dulzura que hacia que nuestros monarcas fuesen padres aun más que reyes.
Decía ahora poco: La soberanía cristiana es Teodosio humillándose bajo la palabra de Ambrosio a la puerta del templo; la soberanía cristiana es Carlo Magno recibiendo de manos de un pontífice la señal del derecho de Dios; y ahora os digo: La soberanía cristiana es S. Luís, rey de Francia, saliendo de su palacio con toda la pompa de su soberanía, para ir al Hotel Dieu [4]a llevar a los pies de los pobres de su buena ciudad de París su corazón de padre y su majestad de rey.
Tal fue la soberanía cristiana: como la Iglesia, portadora de la señal del derecho de Dios, consagrada a la humanidad, y reconociendo más arriba de sí como su propia salvaguardia la soberanía de las almas, provocaba el culto de la autoridad con el respeto, la obediencia y el amor que otorgaba a la Iglesia, y con el respeto, la obediencia y el amor que a su vez obtenía de los pueblos: tal aparecía, atravesando las generaciones en medio del entusiasmo de los pueblos, bendiciendo a los pueblos en la patria, como el sacerdote a los fieles, como el padre a sus hijos: sencillas ovaciones cuyo encanto más puro era el que les daba la religión, y en que podía verse a los súbditos, poseídos de una emoción llena de religiosa ternura, llorar de alegría al paso del rey, como lo hubieran hecho al paso de Dios: tal se revelaba sobre todo la soberanía cristiana en el día espléndido de su coronación, ya se llamase Felipe Augusto, Carlos VII, Luís XII o Enrique IV; y tal se la veía aun a fines del siglo pasado, cuando tocada ya por las primeras ráfagas de la Revolución que iba levantándose como la tempestad sobre el horizonte de la Francia, pasaba de Reims a París, en medio del respeto y de las lágrimas del pueblo en la persona del mejor de los reyes, Luís XVI.
Así pues, los tres tipos augustos de la autoridad paterna, la autoridad sacerdotal y la autoridad real, ejerciendo en las generaciones cristianas el suave y profundo imperio del poder moral, han conspirado a producir en las almas tesoros de respeto, obediencia y amor.
Y ahora, Señores, me preguntáis si he acabado de mostraros ese prodigio de autoridad y potestad moral que Jesucristo ha realizado en los tipos diversos para el Progreso social. Por más que quisiera deciros: sí, he acabado; vosotros no lo podríais creer; ni puede ser que antes de terminar este discurso no os muestre en el edificio de autoridad construido por Jesucristo su coronamiento sublime.
VI.
Faltaba, para acabar el milagro, manifestar esas tres autoridades reunidas y completadas en una sola; y esto fue lo que hizo Jesucristo creando en el mundo esta autoridad incomparable: el Pontificado. El Pontificado, en efecto, es a un tiempo la más alta paternidad, el más elevado sacerdocio y la mayor soberanía. Imaginad cuanto tiene de suave la paternidad, de venerable el sacerdocio y de augusto la soberanía; colocad en la frente de un solo hombre todo eso, unido y confundido en una armoniosa unidad para formar con su conjunto la gran figura del Pontificado; y quizás podáis representaros algo de ese tipo de autoridad que Jesucristo manifestó sobre la tierra como el reflejo más completo de su autoridad.
Existe una autoridad que conserva bajo formas variables con una majestad que no cambia, como la más completa personificación de la autoridad de Dios sobre la tierra; una autoridad que por un lado alcanza a lo más íntimo de la humanidad, y por otro toca a Dios por su vértice; autoridad que tiene por teatro el mundo entero, y cuyo mando tiene derecho para extenderse de un extremo a otro del universo, porque el universo le fue dado por dominio;
Autoridad que tiene de duración los siglos y que pasa descansando en una palabra eterna a través de las ruinas de las dinastías y de las revoluciones del tiempo;
Autoridad que lleva tras sí un pasado de mil novecientos años, y tiene delante de sí un porvenir que debe extenderse de siglo en siglo hasta la eternidad;
Autoridad que hace que se incline bajo el mismo cetro el salvaje y el civilizado, la frente del pastor y la de los reyes, sin que nadie, por bajo o por alto que esté colocado, pueda legítimamente sustraerse de su imperio;
Autoridad que alcanza a la humanidad entera y a cada hombre en particular en todas sus potencias: en la inteligencia por el homenaje racional que rinde todo verdadero fiel a su infalibilidad; en el corazón por el amor que pide a sus hijos para su paternidad; en la voluntad por la ley que impone a sus súbditos su divina soberanía; en el alma entera por los respetos que de todos exige una incomparable dignidad;
Autoridad en fin que abrevia y resume a todas las demás, porque el hombre que la posee es, en el sentido más riguroso, el representante universal de Aquel que dijo: “Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra.”
Si, Señores, ese anciano inerme sentado en el Vaticano, protegido por la espada y la devoción de la Francia, lleva reunidas en su frente las tres coronas que sucesivamente hemos visto en la frente de la paternidad, del sacerdocio y de la soberanía:
· Sacerdote católico, posee la plenitud del sacerdocio, y por él recibe todo sacerdote sobre la tierra autoridad de hablar, perdonar y sacrificar;
· Rey católico, toda potestad de gobernar a las almas en la Iglesia de Jesucristo proviene de él para remontarse hasta él;
· Padre católico, tiene hijos en todas partes donde su paternidad hace germinar la vida de Jesucristo; y desde los lugares más oscuros de la tierra, lo mismo que de los puntos más encumbrados e ilustres, doscientos millones de almas le gritan: “¡Padre mío!”
Sacerdote, y como tal apóstol y doctor católico, habla, y el universo católico se inclina bajo su palabra diciéndole: Creo
Rey católico, y como tal investido del derecho de gobernar a todos los cristianos, dicta leyes, manda; y todo cristiano inclina su cetro diciéndole: Obedezco.
Padre católico en fin, bendice á sus hijos esparcidos por toda la tierra; y el catolicismo entero, cayendo, de hinojos, le clama a una voz: Os amo.
¡Oh! ¡la autoridad, esa! ¿Puede acaso concebirse en el hombre algo más divino? Señores, os lo suplico, recojámonos un momento para fijar nuestras miradas en él espectáculo de autoridad más suave y más grande que puede verse sobre la tierra.
En el lugar más augusto de la más augusta de todas las ciudades, en Roma, en la plaza de S. Pedro, único teatro digno de semejante espectáculo, en ciertos días solemnes, una muchedumbre inmensa parece ondear como un piélago, pero como un piélago sin tempestades sacudido por ligero soplo. Allí hay representantes de todas las naciones de la tierra; tanto que se creería ver a las poblaciones ausentes levantarte de todos los países, para mirar desde lejos lo que va a realizarse en aquel escenario sobre el cual parece cernerse la grandeza misma de Dios. La turba recogida y respetuosa está en la expectación; espera en medio de un misterioso silencio algo que ha de bajar sobre ella.
De pronto, en el frontispicio de la gran basílica aparece un hombre: un sacerdote, un rey, un padre, un anciano llevando acumuladas sobre su frente cuantas majestades puede dar Dios a la frente de los hombres; su mirada se eleva hacia el cielo, como para invitar a Dios a contemplar aquella fiesta; su corazón se dilata de ternura y amor, como para abrazar a toda aquella muchedumbre en que cada cual es hijo suyo; su mano se extiende para bendecir con ella a la humanidad entera prosternada en su presencia. Y mientras que cincuenta mil hombres están de rodillas cual si fuesen uno solo; mientras desde el castillo de San Ángelo deja oír el canon su estruendo solemne, y todas las campanas agitadas envían a la Ciudad Eterna sus alegres repiques, la voz del Padre católico canta, y su corazón aun más que su voz: “Bendígalos el Señor Dios todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.” Tal es la bendición del Padre católico, bendición dada, no solo a aquella muchedumbre que la espera, sino a toda la ciudad, al Catolicismo todo: Urbi el Orbi.
No, Señores, no, jamás existió sobre la tierra un espectáculo de autoridad como el que se presenta allí, en Roma, en medio de las ruinas de tantos poderes pulverizados y majestades desvanecidas. El que ha podido verlo de cerca y no se ha sentido conmovido, el que ha podido oir caer sobre sí esa bendición del Padre católico, y no ha llevado grabada en su alma la imagen más augusta de la autoridad, y no ha llevado en su corazón la más religiosa impresión de respeto! ah! lo cito por el alma y el corazón de cuantos han visto ese espectáculo sin igual, ese tal ha perdido un sentimiento, el que constituye o hay suponer las almas grandes; ha perdido el sentimiento de lo grande. Y si un hombre a quien Dios hubiese mostrado semejante prodigio fuese bastante desdichado para no comprender lo que una autoridad que desde hace cerca de dos mil años obtiene semejantes respetos ha debido hacer para engrandecer las sociedades humanas no habría más recurso que decirle: No merecéis tener ojos para mirar el sol, y ni aun siquiera sois digno de que se os haga una demostración cualquiera!
Ah! Señores, lo que el Pontificado ha hecho por medio del ascendiente perpetuo de su poder moral en favor de la verdadera grandeza de la sociedad, nadie lo dirá jamás. Este asunto solo exigiría más de un discurso; yo he podido hacer brillar sobre vosotros sino un rayo separado de ese gran foco de luz; y a su claridad, sin embargo, habéis podido vislumbrar qué impulso ha debido dar de siglo en siglo el Pontificado católico al Progreso social de los pueblos cristianos, mediante el poderoso influjo de su autoridad.
El Pontificado no es solo la llave maestra del mundo social; no es tan solo el baluarte más fuerte que protege al orden contra la anarquía y a la sociedad contra la Revolución; el Pontificado, sostenido a través de los siglos por la obediencia, el respeto y el amor de los pueblos cristianos, es más que un baluarte que nos defiende, que un escudo que nos guarece, es un carro que nos conduce; carro triunfal que abre desde hace diez y nueve siglos a través de las naciones la marcha de la civilización y del Progreso.
Por tanto, no vacilo en decíroslo altísimo, todo el que conspira contra el Pontificado conspira contra la misma humanidad, todo el que lo ataca, os ataca, a vosotros los que queréis la sociedad, el orden, la civilización, el Progreso, y toda potestad de la tierra que trate de envilecerlo o arrancarlo de raíz solo arranca de raíz y se envilece a sí misma. Todo potentado, sea quien fuere, emperador o rey, que se atreva a rebajar para engrandecerse a sí mismo, esa alta majestad, sentirá caer sobre su frente por medio de vengadoras vicisitudes las represalias de la ira divina y de los desprecios humanos. Por el contrario, toda potestad que ame á esa autoridad, juntamente con el escudo de su fuerza y la devoción de que es capaz su corazón, el homenaje de sus respetos y de su obediencia, verá bajar sobre ella al mismo tiempo que el prestigio de la más alta autoridad, las bendiciones unidas de la tierra y del cielo. Hija fiel y respetuosa de esa madre de las naciones cristianas, dará su mano filial a esa mano materna, y marchará con ella hacia el engrandecimiento de las almas y el progreso de las sociedades.
Señores, si queréis saber cómo trataron en los siglos cristianos a ésa majestad desarmada los hombres más grandes de nuestra historia y los jefes más ilustres de nuestras dinastías, y lo que a su vez hizo aquella en medio de su debilidad para engrandecer su nombre y glorificar su posteridad, dejadme acabar citándoos un ejemplo por siempre famoso, que a mil años de distancia es siempre oportuno, y que hoy mismo nos están instruyendo aun.
Un día el Papa León III, expulsado de Roma por alguna de esas sediciones que a menudo se fraguan alrededor de esa soberanía pacífica, iba a implorar el auxilio de Carlo Magno, entonces en Paderborn. El gran rey envió a su encuentro primero a un arzobispo, después a un noble de su corte, y luego a su hijo Pipino, entonces vencedor de los Hunos y rey de Italia. Pipino iba al frente de cien mil hombres. Cuando ese ejército divisó al Pontífice rodeado tan solo de unos cuantos servidores, se prosterna tres veces; tres veces también lo bendijo él, y Pipino fue a colocarse a su lado. Avisado Carlo Magno, no tarda en salir de Paderborn acompañado del clero llevando la bandera y la cruz; va a colocarse en medio de otro ejército compuesto de diversos pueblos, ordenados en forma de círculo inmenso representando a una ciudad viva, en medio de la cual se halla él de pié, superando con la cabeza a cuantos le rodean. El Papa aparece en el recinto escoltado por Pipino. En aquel instante, ejército, pueblo, clero, toda la innumerable muchedumbre cae de rodillas; y Carlo Magno el padre de la Europa permanece inclinado en presencia de León pastor del mundo que bendijo por tres veces a aquellos ejércitos y aquellos pueblos prosternados. Aquellos dos hombres se aproximan y se abrazan llorando mutuamente; y el Papa, alzando la voz, entona el cántico de los ángeles: Gloria in excelsis Deo [5]
Así entendían Carlo Magno y Pipino, Padre el uno de la Europa, dueño el otro de la Italia, ambos grandes en la paz y vencedores en la guerra, que debía tratarse al Rey de las armas y Padre del mundo. Inclinándose ante esa primera majestad de las sociedades cristianas, se honraban y sus pueblos juntamente con ellos por medio de una humillación que los elevaba aún más alto que sus victorias: y esos fundadores inmortales de la dinastía más grande de reyes, nunca se arrepintieron por haber tributado semejante honra al representante de una dinastía más grande aun.
¡Ojala que esa tradición de veneración filial y de regia sumisión que rodeaba ahora mil años a esa autoridad ocho veces ya secular, nos quede siempre como la mejor herencia de los reyes y emperadores cristianos; y ojala también que esa Soberanía divina defendida por su amor, su respeto y su obediencia, proteja a su vez con todo el prestigio de su poder moral el culto de su majestad, la prosperidad de sus pueblos, y el progreso del mundo!
¡Oh Roma! morada de la más dulce paternidad! santuario del más augusto sacerdote! trono de la más alta majestad! asiento secular y venerable del Pontificado! metrópoli del universo católico, nosotros, hijos de una Iglesia que se glorifica con llevar el nombre de hija primogénita vuestra, os saludamos!
Mientras que la tierra parece temblar bajo vuestras plantas, de todos los extremos de la Europa vuelven hacia vos sus corazones y tienden su mano vuestros, hijos para hallar un apoyo en esa roca inmóvil en que Cristo estableció sobre Pedro el centro vivo de su divina autoridad. ¡Oh Roma, oh ciudad eterna, baluarte poderoso de la civilización, péguese mi lengua al paladar, y sea condenada al olvido mi mano después de seca, si ceso de publicar en todas partes, ante los que os aman y los que os aborrecen, que vuestra autoridad sagrada, procedente de Dios para dicha de los hombres, es por siempre el más sólido cimiento y poderoso resorte del Progreso de las naciones!
[1] Matth. VII, 29.
[2] II. Cor. I, 80.
[3] Luc. VII, 49.
[4] Célebre hospital de París
[5] Véase a D. Bouquet citado por Rohrbaoher, Historia, de la Iglesia, tomo II, pág. 321.
Segunda parte y final del Sermón del Padre Felix S.J.
Señores:

espués de haber probado lo necesaria que es la autoridad para el Progreso social, hemos mostrado en Jesucristo Hombre Dios la fuente de toda autoridad en el cristianismo. Jesucristo, a constituirse en la Iglesia como autoridad permanente, produjo en toda autoridad una transformación radical que elevó el orden social entero: libró a la autoridad de los tres vicios que la minaban sordamente e impedían que se engrandeciese así misma, y consigo la obediencia de los pueblos y el Progreso de las sociedades:
· el primero consistía en la ausencia de lo divino;
· el segundo en la servidumbre de la conciencia producida por la dominación del hombre;
· el tercero en el egoísmo en el ejercicio del poder.
Jesucristo libró a la autoridad de esos tres vicios profundos; puso en ella lo divino constituyéndose a sí mismo en autoridad; emancipó la conciencia humana creando una soberanía de las almas que solo de él depende; y al egoísmo del poder sustituyó la abnegación en el ejercicio de ese mismo poder; en una palabra, creó una autoridad divina en su principio, espiritual en su dominio, toda de abnegación en su fin, y de ese modo transformó la autoridad y elevó el orden social.
He ahí lo que hizo en favor del Progreso social la autoridad de Jesucristo constituida en la Iglesia. Y ¿qué ha hecho con respecto a esa autoridad la sociedad moderna? Ha tomado en presencia de ella tres actitudes diversamente funestas para el Progreso social de las naciones cristianas: la de la indiferencia, la de la rivalidad, la del odio.
Jesucristo tratado como extraño por los gobiernos, Jesucristo tratado como rival por los mismos gobiernos, y Jesucristo tratado como enemigo por los ingobernables: he ahí lo que yo llamo tres errores, tres calamidades sociales que quise rechazar lejos de nosotros en mi último discurso. La conclusión de este no pudo ocultárselos; pues es que la autoridad de Jesucristo constituida en la Iglesia no debe ser considerada por las sociedades modernas como extraña, ni menos como rival, ni menos aun como enemiga, y que todo el orden social debe sostenerse, elevarse y engrandecerse en Jesucristo y por medio de Jesucristo Soberana Autoridad.
Hasta aquí no hemos considerado la autoridad de Jesucristo en la Iglesia sino bajo su aspecto más general, haciendo abstracción de los hombres que la representan. Pero la autoridad no tiene toda su acción sobre la sociedad sino cuando se personifica y se ofrece a nosotros en seres determinados. He ahí porqué me propongo completar este asunto mostrándoos hoy los tipos principales de la autoridad cristiana que Jesucristo creó para engrandecer nuestros respetos y elevar el orden social. El asunto es vasto; todo lo diré en compendio.
III.
El primer tipo de autoridad que Jesucristo consagra para el Progreso social de las naciones es la paternidad, o la autoridad cristiana en la familia. Comprendo bajo esa voz paternidad al padre y a la madre, investidos bajo una forma y en proporción diversa de la honra de una misma autoridad.
La paternidad, aun no considerándola sino en un orden natural, es una de las cosas más grandes que puedan imaginarse. La paternidad es sublime para el entendimiento, bella para la imaginación, suave para el corazón, poderosa sobre el alma de todos los hombres. No hay culto que haya permanecido en los espacios y en los siglos más puro, más inalterable, más constante, más universal que el culto de la paternidad. Los moralistas han ensalzado su ministerio; los poetas han grabado en la palabra sus tipos inmortales, y los artistas han pintado su ideal con los ojos fijos en Dios, autor de toda paternidad.
Todos los hombres bien nacidos han concurrido bajo sus miradas y su corazón en una fraternidad de respeto y amor; y yo mismo, lo confieso, poseído de ese encanto indecible que todos encontramos en presencia de esa imagen allá en el Fondo de nuestros recuerdos, gustoso detendría aquí por más tiempo mi discurso, del mismo modo que se detiene el viajero en una encantadora ribera cuya belleza ha entrevisto, cuya fragancia ha respirado. Pero así también como el viento lo impulsa, así me arrastra el asunto que estoy tratando, y tengo prisa de deciros lo que ha hecho Jesucristo por engrandecer un objeto tan grande ya en la humanidad.
Jesucristo ha creado en la familia cristiana una paternidad tal cual el mundo no la había visto jamás, ni aun en aquellas edades primitivas en que se nos presenta con una aureola que la hace aparecer desde lejos y a nuestra vista grande como la soberanía. Pero ¿cómo transfiguró Jesucristo la paternidad y dio á su antigua majestad una majestad nueva? Helo aquí en tres palabras: Jesucristo la señaló con una consagración divina; le confirió un ministerio divino también, y le dio para desempeñarlo lo más divino que existe en el hombre, formándole de este modo una corona de autoridad que jamás había llevado.
Notadlo bien, Señores, en el origen de toda paternidad cristiana hay algo que la eleva más alto que la humanidad; hay una consagración hecha por el mismo Jesucristo, y que podemos llamar la consagración de la paternidad humana: consagración divina, que es a la vez el sello de su legitimidad; la garantía de su eficacia y sobre todo la señal de su majestad.
Al principio, había dicho Dios a nuestros primeros padres: “Creced y multiplicaos y llenad la tierra”. No podéis ignorarlo, Señores, el capricho de la criatura había hecho un juego de esta palabra del Criador, y las pasiones la habían profanado. Invocación dada por Dios a la humanidad al proclamar de ese modo la ley de la propagación, no será abandonada por Jesucristo ni a los caprichos del deseo, ni a las codicias de la carne; él mismo se reservará su delegación, su gobierno y santificación. Instituirá para ella un sacramento especial; el matrimonio cristiano.
Todo aquel que en el cristianismo aspire a la honra de una paternidad legítima, deberá recibir de Jesucristo por medio de la Iglesia su delegación divina. El padre es en el cristianismo un hombre a quien Jesucristo ha investido de su autoridad y marcado con la señal de su divinidad para el ministerio de la paternidad.
No reconoce Jesucristo otra paternidad legítima que la que él mismo ha consagrado por mano de su Iglesia para tan gran ministerio. Todo el que antes de esa consagración tenga la ambición de ser padre, no lo será a los ojos de Jesucristo, será un usurpador de la paternidad.
Tal es la primera prenda de grandeza que encuentra la paternidad cristiana desde el punto de partida; elevada a la altura de un sacramento recibe de Jesucristo una consagración y una delegación verdaderamente divinas. ¿Y cuál es el término desemejante delegación y consagración? Un ministerio tan divino como su punto de partida: el de formar a Jesucristo en los hijos. Tal es aquí el sublime misterio de la paternidad cristiana; Jesucristo la consagra y la cubre con su autoridad: ¿por qué? para crearse a sí mismo en su posteridad.
Un padre verdaderamente cristiano es un hombre obligado por su consagración a formar a sus hijos a imagen de Jesucristo, o lo que es más grande aun, a formar a Jesucristo en el alma de sus hijos. En nombre de Jesucristo conjuro a cuantos padres me escuchan a que comprendan aquí con el fin de su ministerio la grandeza que este les confiere. Para un padre cristiano, formar a un hombre no es bastante; no ese ministerio, por grande que sea, ¡oh padres! ¡Oh madres! no es bastante divino para vosotros. Vuestro ministerio propio y vuestra grandeza original, helos aquí: “Formar a Jesucristo en el hombre. Producir al hombre es el derecho que os otorga; formarlo a él mismo en el hombre es la obligación que os impone, la grandeza con que os cubre”.
Y para alcanzar ese fin y desempeñar ese ministerio ¿qué os pide? Ah! pensad en esto: os pide lo que él mismo dio a la humanidad entera; os pide como un deber lo más divino que hay en el hombre, la abnegación; no esa abnegación vulgar que la naturaleza sola sabe inspirar a toda paternidad que no es inhumana, sino una abnegación digna de Aquel que os consagra para un ministerio de que él mismo su principio y término; una abnegación que para llegar a la honra sin igual de crear a Jesucristo en una generación de cristianos, todo lo acepta, hasta el exceso del padecimiento, hasta el heroísmo del sacrificio.
¡Dichosa paternidad que a fuerza de abnegación y de virtud, de obediencia a la ley de Dios y de fidelidad a su vocación, merece la ventura de ser fecunda como la vid que extiende sus ramas en torno de la casa, y se da a sí misma la alegría de contemplar a sus hijos, renuevos de su propia vida, sentados alrededor de su mesa semejantes a las tiernas ramas del olivo!
De esa consagración, de ese ministerio y de esa abnegación, debía nacer lenta pero infaliblemente en medio de las generaciones cristianas un tipo de autoridad paterna tal cual el mundo jamás lo había contemplado. Por tanto, lo que debía hacerse se hizo. Lo que se hallaba entrañado en la esencia del cristianismo se reveló en medio de los resplandores de su historia.
El cristianismo ha producido en los pueblos profundamente cristianos un tipo de paternidad que no ha conocido ni el despotismo de la paternidad oriental ni la debilidad de la paternidad occidental; paternidad revestida de una majestad y suavidad, de una dulzura y fuerza cuya mezcla exquisita ha sido a la vez el poder, la dignidad y la dicha de la familia cristiana: por encantadora, fruto generoso del más puro cristianismo, cuyo aroma nos trae la historia desde el fondo de los pasados siglos, y de que el nuestro, a pesar de sus profundas degradaciones, nos ofrece aun algunos raros ejemplos tanto más gratos de contemplar cuanto mayor contraste ofrecen con el oprobio de tantas paternidades degeneradas.
¿Veis desde aquí a través de los siglos cristianos al padre de familia convertido en patriarca, abrazando con su mirada ardiente y su corazón conmovido las generaciones nacidas de él como una prolongación de su vida y extendiendo sobre ese dulce reino del hogar doméstico un cetro amado, obedecido y respetado? ¡Qué majestad serena y fuerte! qué suave y poderoso imperio! Es la soberanía de los antiguos patriarcas trasladada a las edades nuevas, pero transfigurada con la unción de Cristo, y teniendo juntamente con toda la ternura del hombre algo de la grandeza de Dios!
Oh! si alguno de vosotros pudiese dudar aun de lo que ha hecho el Cristianismo para engrandecer la paternidad, yo le diría: “Ved al padre cristiano próximo a morir en medio de sus hijos regidos para recibir su último suspiro; en una mano tiene la imagen del Cristo que lo consagró en el día de sus bodas y en medio de los resplandores nupciales para el ministerio de la paternidad; mientras que con la otra deja caer sobre sus hijos en nombre de Jesucristo esa suprema bendición que permanecerá sobre ellos como la tradición de la obediencia, del respeto y del amor, y como consagración perpetua de la autoridad cristiana.”
Oh! quién podrá jamás pintar con un lenguaje bastante suave y fuerte, bastante sublime y sencillo, bastante transparente y misterioso a un tiempo, la impresión que deja en el hogar doméstico ese dulce reinado de la paternidad, cuya vida era para los que la obedecían una felicidad llena de grandeza, y cuya muerte ha sido para los que la han perdido un duelo mezclado de alegría, en que la tristeza misma sabía aun sonreírse! Su recuerdo trasmitido por el amor de generación en generación será todavía un protección para todos aquellos que solo pueden ya oír hablar de ella; permanecerá bajo aquel techo bendito semejante a una divinidad tutelar, y continuará haciendo crecer en el corazón de todos sus descendientes, cual autoridad siempre viva, aquel respeto, aquel amor y obediencia que nunca le faltaron en vida. ¡Bella y grande imagen, embellecida y agrandada en medio de la muerte, y que debe al misterio de la otra vida, para excitar más santos respetos, algo de divino!
Oh suavidad! oh grandeza! oh poder de la paternidad cristiana! ¿Por qué es preciso que el tiempo nos arrastre con la ruina de tantas cosas santas y veneradas, hacia unas costumbres que no deberían ser las nuestras? ¡Costumbres retrógradas de una sociedad que decae, y donde ¡ay! se olvida cada día más ese culto generoso que elevaba a las sociedades elevando a las familias, y a las familias elevando a los hombres!
IV
Juntamente con la paternidad cristiana ha realizado el cristianismo otro tipo de autoridad más grande aun y venerable a los ojos de los creyentes, el sacerdocio cristiano. Cuando el niño, después de haber practicado en la familia el respeto a la autoridad paterna, pone el pié en el umbral de la casa de Dios, tiene la revelación y aprende el culto de otra autoridad, pues allí encuentra al sacerdote católico; al sacerdote que es una paternidad en el santuario, del mismo modo que la paternidades un sacerdocio en la familia.
El sacerdote fue considerado siempre en todas las friones y en todos los siglos como una grande autoridad, pues aparecía como una representación sensible de la Divinidad. Órgano vivo del comercio entre Dios y el hombre, el sacerdote, al paso que seguía siendo hombre, llevaba siempre en todas partes consigo mismo, a los ojos de los pueblos, algo de la Divinidad. Esa representación de Dios en el sacerdote no era a menudo sino una falsedad, pero esa misma falsedad se amparaba bajo esta verdad que explica el respeto conquistado por el sacerdocio, a saber: que nada es más venerable que lo que aparece más divino, y que la mayor autoridad pertenece a lo que más se acerca a Dios.
Ahora bien, lo que solo era ficticio en el paganismo es rigurosamente real en el cristianismo: el sacerdote cristiano es al pié de la letra representante de Jesucristo hombre Dios: es la personificación humana de su autoridad, es el sustituto oficial de todos sus ministerios. No solo vive Jesucristo en el sacerdote con una vida real, sino que sin cesar opera por medio de ese órgano humano todas las funciones divinas que producen la santificación de las almas y la salvación del mundo. El sacerdote católico no es, pues, tan solo Jesucristo viviendo en el hombre, lo cual es el privilegio de todos los cristianos; sino que es Jesucristo obrando en el hombre, y realizando por medio del hombre la obra divina de la reparación; es Jesucristo hablando, Jesucristo perdonando, Jesucristo sacrificando; y en todas partes, es el trono de la palabra, en el tribunal de la misericordia y en el altar del sacrificio, cubierto de una misma majestad, por hallarse investido de la misma autoridad.
Sí, Señores, en el pulpito, trono sagrado dado por Jesucristo a su palabra, el sacerdote es Jesucristo hablando: es el eco vivo del Verbo o de la Verdad hecha hombre; es su órgano y su voz; es el Verbo mismo hablando a los hombres con la autoridad de Dios: Siau potestatem habens[1] .
Lo que fue Jesucristo siendo aun niño ante la Sinagoga asombrada, lo somos nosotros después de él y por él ante las naciones respetuosas; nosotros somos una autoridad que habla: “Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra: id, pues, y enseñad a las naciones.” Cuando el sacerdote católico se presenta ante vosotros para llevaros una sola palabra del Evangelio, o solamente un eco de la voz de Jesucristo, esa autoridad procedente de Dios por medio de Jesucristo Señor nuestro sube con él a esta cátedra, y se convierte en escudo que lo cubre y espada que de vosotros triunfe.
Extrañad á veces la intrepidez y el poder que Dios concede a los más tímidos y débiles en el ministerio de su palabra. Ah! se olvida quiénes somos, y no se nos mira a la luz que hace que seamos vistos. ¿Sabéis bien, Señores, que es algo para acrecentar el valor y la fuerza de un hombre saber que es embajador? Ser embajador de un rey de la tierra, es cosa grande; es llevar en sí la autoridad del soberano, que a su vez lleva la autoridad de la nación; ¿qué será pues, saber que es uno embajador de Dios, diputado a los hombres para reclamar sus derechos divinos? Y he ahí, sin embargo, lo que estamos obligados a creernos y proclamarnos: embajador de Jesucristo y portador de la autoridad de Dios que os habla en nuestros discursos: Pro Christo legation fingimur, tanquam Deo exhortante per nos[2]. Dentro de poco, al bajar de esta tribuna, no seré más que un hombre débil, bastante tímido para temblar en presencia de un niño: aquí, me creo embajador de Jesucristo, y siento que nada podría impedirme proclamar, aun en presencia de los más altaneros, todos los derechos de mi Soberano.
He ahí al sacerdote católico en el trono de la palabra, tal cual os aparece a la luz de la fe; y nunca comprenderéis toda la autoridad que ha dado a su persona y la eficacia que ha conferido a su palabra esa creencia universal en el cristianismo. Cuando el ingenio se aúna en el sacerdote con esa función sublime de hacer hablar a Jesucristo por su boca, entonces Dios y el hombre conspiran para exigir vuestros respetos y triunfar de vuestras resistencias.
Cuando el ingenio le falta, habla y sigue triunfando, porque lleva en sí algo más persuasivo y fuerte que el ingenio de un hombre, la autoridad de un Dios; y no obstante los desdenes que la soberbia de los hombres pueda dejar caer sobre lo que es de suyo enfermo, el mundo nos escucha, y a veces con tanta mayor atención cuanto que mientras más desaparece el hombre tanto más deja ver tras sí la majestad de Dios.
Un hombre de talento a quien su humildad y su fe llevaban a menudo al pié del pulpito cristiano para oír una palabra, humanamente mayor que la suya, me decía un día: “Cuando habla el sacerdote, veo tras él a Dios.” Pues bien, Señores, lo que veía Donoso Cortés, todos los verdaderos cristianos lo han visto, lo ven aun, y vosotros mismos lo estáis viendo: a Dios tras nosotros. Me equivoco, lo estáis viendo en nosotros, haciendo hablar con esta voz que resuena en el tiempo a su Verbo que le es coeterno. Y aun en el caso en que así no lo creáis, no os chocará que creyéndolo nosotros, os hablemos con la autoridad que nos da esa fe, ni que nuestra humana miseria, en el día como ahora diez y ocho siglos, se presente con una autoridad que manda hasta al poder, y con una intrepidez que nada teme ni aun de parte de vuestro ingenio. Pero la cátedra desde donde Jesucristo os habla no es el único teatro en que se despliega la autoridad sacerdotal para imponer el respeto a los cristianos.
Cuando el sacerdote baja del trono en que la soberanía de la palabra toca a las almas con su cetro, va á sentarse en otro, donde se revela con una autoridad diversa en su forma, aunque idéntica en la esencia, quiero decir la autoridad de Jesucristo que os perdona.
Cuando acudís allí, al tribunal de la misericordia, llevando por delante la antorcha encendida de una fe que os deja ver a través de su sombra las claridades del misterio, ah! os arrodilláis, os prosternáis, y el sacerdote, por más que seáis altaneros Galos, no necesito deciros estas palabras que cité días pasados: Inclínate, altivo Sicambro; os inclináis sin que sea preciso ordenároslo; porque, bajo la forma de una paternidad humana, habéis descubierto la autoridad de Dios.
Vosotros creéis que Aquel que dijo al sacerdocio: Id, y enseñad, es el mismo que dijo: Los pecados serán perdonados a aquellos a quienes vosotros los perdonéis. Habéis reconocido en el trono de la palabra la autoridad de Dios que os habla; reconocéis en el tribunal de la misericordia la autoridad de Dios que os perdona.
Allí, Señores, en ese abatimiento voluntario del pecador y bajo la mano extendida del sacerdote, se verifica un misterio de transformación en que el cristiano vuelve a encontrar junto con la inocencia y la alegría el sentimiento perdido de la obediencia y del respeto. Habéis golpeado vuestro pecho y habéis notado; ese hombre extiende la mano y dice: “Líbrelos Jesucristo nuestro Señor de vuestros pecados; y yo, por medio de la autoridad que él me ha dado, os absuelvo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Erais culpable; y a fin de que sepáis que tengo el poder de perdonar los pecados, en nombre de Jesucristo, levantaos, sois inocente.”
¿Quién es ese hombre que tiene el poder de perdonar hasta los pecados? Quis est hie, qui etiam peccata dimitía? [3] Ah! la fe grita en vosotros: “Es el representante de Jesucristo ante los hombres; es Jesucristo mismo que me absuelve, como absolvió a Magdalena, y que para estimularme a venir a buscar un perdón que no me atrevía ya a esperar, ha encubierto con el velo de la flaqueza humana la autoridad de Dios. Pero, por encubierta que esté, mi fe sabe descubrirla; y al levantarme de ese abatimiento en que mi alma en vez de envilecerse ha encontrado su verdadera grandeza, llevo hacia esa autoridad que me rehabilita una impresión de respeto que ni el tiempo ni la eternidad podrán borrar.”
Grande en el trono de la palabra y en el tribunal de la misericordia, el sacerdocio es más grande aun en el altar del sacrificio; la autoridad del sacerdote predicador y del sacerdote confesor se realza aun más en el sacerdote sacrificado.
Ah! Señores, es que allí, en el altar del sacrificio, se halla revestido de un poder ante el cual nuestra fe se prosterna y nuestra razón se detiene sobrecogida de un santo temor: el poder de encarnar a Dios, el poder de inmolar a Dios, y como origen de uno y otro, el poder de mandar al mismo Dios!
Allí se realiza en la oscuridad de la fe ese incomparable misterio en que el hombre que de ella es órgano, se siente como anonadado bajo el peso de la autoridad que en si lleva. Sí, allí el hombre manda a Dios, y Dios obedece al hombre.
Allí, el sacerdote ordena a Jesucristo que descienda para cumplir en persona la palabra que dio a su sacerdote ese poder incomparable. Investido en todas partes de lo divino como de un traje de autoridad que impone el respeto, ah! allí sobre todo es donde el sacerdote está en contacto con Dios;
Allí su humanidad, desapareciendo en parte, por no decir del todo, aparece a la fe que le contempla como un ser asociado a la divinidad; el pueblo que asiste al sacrificio cree descubrir a través de esos resplandores sagrados que son la belleza del santuario, como una celestial aparición; y lleva a los pies del mismo altar, junto con la adoración a Jesucristo Dios, el respeto a ese hombre elevado a la gloria de sacrificar al mismo Dios.
Ah! Señores, resucitad con el pensamiento todas las magnificencias del templo de Salomón, recordad el respeto que debía dejar en el alma del pueblo de Dios el esplendor de las ceremonias que parecían hacer de ese lugar el vestíbulo del cielo; nada puede daros una idea de todo lo venerable que descubre el pueblo católico en su sacerdote, cuando en medio de la pompa del sacrificio y el brillo de los sagrados ornamentos eleva sobre la asamblea prosternada en actitud de adoración, la Víctima inmolada por la salvación del mundo; mientras que el órgano, con conciertos arrebatados a las armonías del cielo, cantan el fondo de las almas aun más que bajo las bóvedas del templo.
Tal es el sacerdote católico, llevando en su frente la corona de tres autoridades que no forman más que una. Y es tan grande esa autoridad vislumbrada en el sacerdote por la fe de los cristianos, que aun fuera del templo donde está en su propio lugar, lleva en torno suyo como una emanación sagrada de ella. En el mismo momento en que parece confundido en medio de la turba, la fe de los cristianos lo distingue y lo separa de ella, para darle en las almas como un séquito de invisibles respetos.
Ah! Señores, bien lo sé, en el día, en nuestras grandes ciudades donde las doctrinas se mezclan y los extremos del mundo moral llegan a tocarse sin reconocerse, la autoridad del sacerdote pasa a menudo sin encontrar esos respetos que tributa la religión de los creyentes; pero si queréis comprender lo que ese tipo de autoridad cristiana realizado en el sacerdote puede hacer todavía en nuestros días para extender el culto de la autoridad sobre la tierra, id y ved en nuestras comarcas que siguen siendo cristianas al pastor atravesando la parroquia, al Obispo visitando la diócesis.
Habéis visto al Padre bendiciendo a sus hijos, ved al Sacerdote bendiciendo a los fíeles en nombre de Jesucristo. Contemplad a ese hombre que se presenta en medio de la turba enternecida, con una sonrisa en los labios, la majestad en la frente y el amor en el corazón: ¿es un padre en medio de su familia? ¿Es un monarca en su reino? Diríase que es lo uno y lo otro; tanta es la dulzura y majestad que lleva en su rostro, tanto el amor y respeto que recibe en su tránsito! Hombres y mujeres, ancianos y niños, los niños sobre todo, poseídos de un sentimiento de igual veneración, acuden al encuentro de aquel hombre, que es padre de todos, y para todos imagen viva de Jesucristo.
Ved a ese padre abriendo su corazón para amar, y extendiendo su mano para bendecir a toda esa turba tan religiosamente enternecida y afectuosamente prosternada; y comprenderéis sin dificultad lo que hace en el cristianismo el sacerdocio cristiano para desarrollar en los pueblos el culto de la autoridad, y elevar a las almas juntamente con sus respetos. ¿Cuál de nosotros no recuerda en la edad madura, sin una impresión indefinible de respeto, haber sido bendecido cuando niño por la mano de su pastor? ¿Y qué pensar de aquel que fijándose para maldecir en ciertas prevaricaciones excepcionales, llega a no comprender ya lo que ha podido hacer durante largos siglos para elevar a las generaciones cristianas el imperio popular de esa autoridad sagrada?
V
Pero, Señores, aun no hemos acabado de mostraros los grandes tipos de autoridad que el cristianismo ha creado para el progreso del mundo más allá del hogar donde los hijos aprenden a venerar la autoridad de Jesucristo en el padre; más allá del templo donde los fíeles aprenden a venerar la autoridad de Jesucristo en el sacerdote, existe la patria, donde los ciudadanos aprenden a venerar la autoridad de Jesucristo en el rey.
La soberanía cristiana, tal es el tercer tipo que el cristianismo ha realizado en la historia para el Progreso social de las naciones; la soberanía cristiana, que lleva en sí juntamente con la suavidad paterna y lo que tiene de venerable el sacerdocio, toda la majestad de la patria. Consagrada por mano de la Iglesia para labrar la dicha de los pueblos, la soberanía cristiana recibe de Jesucristo, al mismo tiempo que una unción que la hace venerable como el sacerdocio y un amor que la hace llena de abnegación como la paternidad, un poder moral que la hace capaz de crear el orden y extender sobre la sociedad el escudo de una fuerza que le proviene de su mismo origen.
No examino aquí las opiniones de los publicistas acerca de las causas y acontecimientos que concurrieron inmediatamente a la formación de la soberanía en los pueblos cristianos; Dios me guarde de penetrar en la región de los sistemas, cuando podemos contemplar a la luz pura de nuestra propia historia una de las cosas más bellas y grandes que ha mostrado Dios a la tierra para elevar a los pueblos juntamente con los objetos de su obediencia, el tipo de la autoridad moral personificada en nuestros reyes cristianos.
No se necesitaría menos de un discurso para desarrollar con todo su esplendor este asunto magnífico de la soberanía cristiana; pero en esta rápida revista de los elementos del Progreso social que hemos emprendido juntos, bástanos mostrar las grandes líneas y poner de relieve los rasgos más notables. Ahora bien, lo que hace sobre todo de la soberanía cristiana el elemento más grande de Progreso social que han dado jamás a los pueblos los poderes humanos, es el haberle señalado, en el círculo en que se ha desarrollado, con estos tres caracteres que he hecho ver en la misma Iglesia.
La soberanía cristiana ha reconocido al lado suyo una verdadera soberanía de las almas; ha llevado en la frente, como la autoridad de la Iglesia, la señal de Dios, y ha aprendido de esa Madre divina, de quien era hija primogénita, a consagrarse con ella a labrar la dicha de la humanidad.
Conociendo su verdadero dominio, conociendo su verdadero principio, conociendo su verdadero destino, la soberanía cristiana fue grande en autoridad y fecunda en respetos; pues, lo mismo que la Iglesia, llevó grabada en su esencia la vida de Jesucristo, y brilló exteriormente con el destello de sus grandezas.
Lo que en primer lugar engrandecía la autoridad moral de la soberanía cristiana, era lo que a los ojos de observadores superficiales debe aminorarla; era reconocer, amar y respetar sobre la tierra algo más elevado que ella misma, quiero decir, la soberanía creada por Jesucristo para gobernar las almas.
Ante los gobiernos escépticos o ateos, sea cual fuere la opinión personal de los que gobiernan, la soberanía espiritual de la Iglesia solo tiene valor como hipótesis; siendo un poder moral con el cual no se consiente en contar sino porque se sabe que aun se apoya en la fe de los pueblos. Para la soberanía cristiana, por el contrario, ese gobierno de las almas es una institución divina.
Los reyes cristianos han podido tener con ese gobierno conflictos que escandalizan a los ignorantes; pero a pesar de estos conflictos, la soberanía espiritual era admitida y cierta como un dogma. La misma soberanía temporal no le desconocía sus derechos: nuestros reyes cristianos, sin exceptuar a uno solo, creían que, hijos primogénitos de la Iglesia, su primer deber consistía en obedecer a su madre; y salvo en casos particulares, que no entraré a discutir, le obedecían.
Aceptando así la autoridad espiritual, la soberanía cristiana se engrandecía a sí misma y consigo a los pueblos, desenvolviendo en las generaciones sometidas a su imperio el secreto de una sublime obediencia y una sublime igualdad. Inclinándose en presencia de los pueblos ante una soberanía superior a ella, les enseñaba, por medio de un ejemplo insigne, que la obediencia es bastante grande para honrar a los mismos reyes. Y mientras que los pueblos aprendían a obedecer a los príncipes, viendo a los príncipes obedecer a Jesucristo, sentían crecer en sí el sentimiento de la igualdad cristiana: dichosos y ufanos, con cierta razón, al encontrarse con los reyes a los pies de Jesucristo en actitud de obediencia y sumisión, pero también con una dignidad y grandeza iguales.
Este ejemplo de obediencia descendiendo de la autoridad para edificar á los súbditos, y esa fraternidad de dependencia que parecía enaltecer al pueblo al igual de los reyes, tuvieron sobre el Progreso social de las naciones cristianas un influjo que nunca podrán comprender las tiranías, pero que jamás podrá ocultarse tampoco al ingenio que no esté cegado por la pasión.
La soberanía cristiana, bajo el punto de vista en que estamos, es Teodosio emperador detenido en el umbral del templo por un sacerdote católico que se llamaba Ambrosio: Teodosio que prueba, abdicando su ira y humillando su soberbia, que existe para él una honra mayor que la de gobernar naciones, la honra de someterse a la soberanía de las almas, que le manda en nombre de Jesucristo Rey de las naciones y de los emperadores.
Pero lo que hacía a la soberanía cristiana más grande aun en autoridad, y más fecunda en respeto, es que tenía el sentimiento de su principio divino, llevando a todas partes su señal irrecusable. De cualquier modo que la soberanía encontrase en las naciones cristianas su constitución nativa y natural crecimiento: ya procediese del prestigio de un gran nombre, o de una tradición secular; ya fuese elevada sobre el naves, o llegase arrastrada por las olas de los acontecimientos y saludada por la aclamación popular: una vez aceptada, una vez arraigada, algo de divino bajaba sobre ella: una savia caía del cielo sobre el árbol dinástico que desde luego había fijado sus raíces en la tierra, y cuyas ramas que eran reyes seguían su curso e iban hacia arriba. De cualquier modo que Jesucristo llegase a aquella soberanía, Él es que llegaba; dándole juntamente con el sello de su divinidad la señal auténtica de su autoridad.
Dícese que los navegantes que recorren la vasta extensión de los mares se encuentran a veces en unas mismas playas y se dan, al paso que siguen sus diversos rumbos, el saludo de la fraternidad: así también los que navegan en el piélago de la verdad se encuentran a veces en unos mismos horizontes; eso me sucede en este instante; y yo os pido que deis conmigo el saludo fraternal a un ingenio que tratando el propio asunto, decía aquí mismo ahora doce años:
“El punto principal no es el origen del poder, sino su consagración; cuando el poder haya salido, pues, del seno de una nación por medio de una eflorescencia natural, como la palma sale del Líbano, yo Jesucristo, bajaré a ponerme bajo su sombra; penetraré bajo su corteza, seré su sangre, su vida, su fuerza, su duración; vosotros lo habréis hecho, yo “lo consagraré.”
Señores, saludemos todos juntos unas palabras que han resonado en esta cátedra, y cuyo eco conserva un encanto que crece en el tiempo. Era imposible expresar mejor que Enrique Domingo Lacordaire el misterio oculto de esa autoridad conquistada en los siglos por la soberanía cristiana.
Sea esto como fuere, Jesucristo le comunicaba una emanación de su autoridad divina: la Iglesia; el rey, el pueblo, convenían para reconocerlo en una convicción unánime.
Lo que los pueblos, mejor que los sistemas, habían llamado derecho divino, era el resultado de la persuasión arraigada por siglos de fe, de que el rey en su dominio representaba a la autoridad de Dios: Jesucristo había penetrado en la soberanía; esta procedía de él, de él vivía, por él imperaba; y los pueblos conservaban sin dificultad el culto de una autoridad que sacaba del mismo Jesucristo derechos infinitos a sus respetos, obediencia y amor. Los publicistas podían preguntarse entre sí: ¿Qué es el derecho divino?
El pueblo que ignoraba su definición, tenía su revelación y conocía su signo distintivo; pues la Iglesia, a fin de hacer más palpable y eficaz el sello de ese derecho divino, se complacía en marcar con él por sí misma la frente de los reyes y emperadores en medio de los sagrados esplendores; y esas pompas, en que la soberanía recibía de la religión como un prestigio divino, dejaban de sí mismas a los pueblos una imagen que nada podía ya borrar, y que engrandecía el respeto en sus almas engrandeciendo la autoridad a sus ojos.
La soberanía cristiana, bajo este segundo punto de vista, es Carlo Magno pidiendo a Roma la consagración del imperio y trayendo a las Galias su majestad de emperador realzada con la bendición de un pontífice.
En fin, la soberanía cristiana encontró también en sus funciones y en su fin un tercer carácter que le conquistó juntamente con el respeto y la obediencia el amor y el afecto de los pueblos; fue reconocida y se dio a sí misma como un servicio público y un sacrificio hecho a la humanidad.
Los reyes, en la solemnidad que daba a su autoridad la señal del derecho de Dios, hacían el juramento inviolable de consagrar esa autoridad que procedía de Dios al servicio de los hombres. No investigo aquí si todos los representantes de esa soberanía comprendieron prácticamente su ministerio desinteresado. En las más augustas vocaciones la humanidad se hace traición a sí misma por medio de fáciles desfallecimientos, sobre todo cuando esas vocaciones exigen lo más sublime que existe, es decir la abnegación más sea lo que fuere de las prevaricaciones parciales; digo que instruida e inspirada por la Iglesia, la soberanía cristiana debía creerse y se creía en efecto con esta vocación generosa: la de ejercer el poder de Dios para dicha de los hombres.
Eso fue lo que hizo caer poco a poco de la frente de los soberanos franceses esa aspereza que tenia algo de la barbarie en que tuvieron su cuna. Eso fue sobre todo lo que dio a su majestad, engrandecida por el derecho de Dios visible en ellos, cierto carácter de paternal dulzura que hacia que nuestros monarcas fuesen padres aun más que reyes.
Decía ahora poco: La soberanía cristiana es Teodosio humillándose bajo la palabra de Ambrosio a la puerta del templo; la soberanía cristiana es Carlo Magno recibiendo de manos de un pontífice la señal del derecho de Dios; y ahora os digo: La soberanía cristiana es S. Luís, rey de Francia, saliendo de su palacio con toda la pompa de su soberanía, para ir al Hotel Dieu [4]a llevar a los pies de los pobres de su buena ciudad de París su corazón de padre y su majestad de rey.
Tal fue la soberanía cristiana: como la Iglesia, portadora de la señal del derecho de Dios, consagrada a la humanidad, y reconociendo más arriba de sí como su propia salvaguardia la soberanía de las almas, provocaba el culto de la autoridad con el respeto, la obediencia y el amor que otorgaba a la Iglesia, y con el respeto, la obediencia y el amor que a su vez obtenía de los pueblos: tal aparecía, atravesando las generaciones en medio del entusiasmo de los pueblos, bendiciendo a los pueblos en la patria, como el sacerdote a los fieles, como el padre a sus hijos: sencillas ovaciones cuyo encanto más puro era el que les daba la religión, y en que podía verse a los súbditos, poseídos de una emoción llena de religiosa ternura, llorar de alegría al paso del rey, como lo hubieran hecho al paso de Dios: tal se revelaba sobre todo la soberanía cristiana en el día espléndido de su coronación, ya se llamase Felipe Augusto, Carlos VII, Luís XII o Enrique IV; y tal se la veía aun a fines del siglo pasado, cuando tocada ya por las primeras ráfagas de la Revolución que iba levantándose como la tempestad sobre el horizonte de la Francia, pasaba de Reims a París, en medio del respeto y de las lágrimas del pueblo en la persona del mejor de los reyes, Luís XVI.
Así pues, los tres tipos augustos de la autoridad paterna, la autoridad sacerdotal y la autoridad real, ejerciendo en las generaciones cristianas el suave y profundo imperio del poder moral, han conspirado a producir en las almas tesoros de respeto, obediencia y amor.
Y ahora, Señores, me preguntáis si he acabado de mostraros ese prodigio de autoridad y potestad moral que Jesucristo ha realizado en los tipos diversos para el Progreso social. Por más que quisiera deciros: sí, he acabado; vosotros no lo podríais creer; ni puede ser que antes de terminar este discurso no os muestre en el edificio de autoridad construido por Jesucristo su coronamiento sublime.
VI.
Faltaba, para acabar el milagro, manifestar esas tres autoridades reunidas y completadas en una sola; y esto fue lo que hizo Jesucristo creando en el mundo esta autoridad incomparable: el Pontificado. El Pontificado, en efecto, es a un tiempo la más alta paternidad, el más elevado sacerdocio y la mayor soberanía. Imaginad cuanto tiene de suave la paternidad, de venerable el sacerdocio y de augusto la soberanía; colocad en la frente de un solo hombre todo eso, unido y confundido en una armoniosa unidad para formar con su conjunto la gran figura del Pontificado; y quizás podáis representaros algo de ese tipo de autoridad que Jesucristo manifestó sobre la tierra como el reflejo más completo de su autoridad.
Existe una autoridad que conserva bajo formas variables con una majestad que no cambia, como la más completa personificación de la autoridad de Dios sobre la tierra; una autoridad que por un lado alcanza a lo más íntimo de la humanidad, y por otro toca a Dios por su vértice; autoridad que tiene por teatro el mundo entero, y cuyo mando tiene derecho para extenderse de un extremo a otro del universo, porque el universo le fue dado por dominio;
Autoridad que tiene de duración los siglos y que pasa descansando en una palabra eterna a través de las ruinas de las dinastías y de las revoluciones del tiempo;
Autoridad que lleva tras sí un pasado de mil novecientos años, y tiene delante de sí un porvenir que debe extenderse de siglo en siglo hasta la eternidad;
Autoridad que hace que se incline bajo el mismo cetro el salvaje y el civilizado, la frente del pastor y la de los reyes, sin que nadie, por bajo o por alto que esté colocado, pueda legítimamente sustraerse de su imperio;
Autoridad que alcanza a la humanidad entera y a cada hombre en particular en todas sus potencias: en la inteligencia por el homenaje racional que rinde todo verdadero fiel a su infalibilidad; en el corazón por el amor que pide a sus hijos para su paternidad; en la voluntad por la ley que impone a sus súbditos su divina soberanía; en el alma entera por los respetos que de todos exige una incomparable dignidad;
Autoridad en fin que abrevia y resume a todas las demás, porque el hombre que la posee es, en el sentido más riguroso, el representante universal de Aquel que dijo: “Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra.”
Si, Señores, ese anciano inerme sentado en el Vaticano, protegido por la espada y la devoción de la Francia, lleva reunidas en su frente las tres coronas que sucesivamente hemos visto en la frente de la paternidad, del sacerdocio y de la soberanía:
· Sacerdote católico, posee la plenitud del sacerdocio, y por él recibe todo sacerdote sobre la tierra autoridad de hablar, perdonar y sacrificar;
· Rey católico, toda potestad de gobernar a las almas en la Iglesia de Jesucristo proviene de él para remontarse hasta él;
· Padre católico, tiene hijos en todas partes donde su paternidad hace germinar la vida de Jesucristo; y desde los lugares más oscuros de la tierra, lo mismo que de los puntos más encumbrados e ilustres, doscientos millones de almas le gritan: “¡Padre mío!”
Sacerdote, y como tal apóstol y doctor católico, habla, y el universo católico se inclina bajo su palabra diciéndole: Creo
Rey católico, y como tal investido del derecho de gobernar a todos los cristianos, dicta leyes, manda; y todo cristiano inclina su cetro diciéndole: Obedezco.
Padre católico en fin, bendice á sus hijos esparcidos por toda la tierra; y el catolicismo entero, cayendo, de hinojos, le clama a una voz: Os amo.
¡Oh! ¡la autoridad, esa! ¿Puede acaso concebirse en el hombre algo más divino? Señores, os lo suplico, recojámonos un momento para fijar nuestras miradas en él espectáculo de autoridad más suave y más grande que puede verse sobre la tierra.
En el lugar más augusto de la más augusta de todas las ciudades, en Roma, en la plaza de S. Pedro, único teatro digno de semejante espectáculo, en ciertos días solemnes, una muchedumbre inmensa parece ondear como un piélago, pero como un piélago sin tempestades sacudido por ligero soplo. Allí hay representantes de todas las naciones de la tierra; tanto que se creería ver a las poblaciones ausentes levantarte de todos los países, para mirar desde lejos lo que va a realizarse en aquel escenario sobre el cual parece cernerse la grandeza misma de Dios. La turba recogida y respetuosa está en la expectación; espera en medio de un misterioso silencio algo que ha de bajar sobre ella.
De pronto, en el frontispicio de la gran basílica aparece un hombre: un sacerdote, un rey, un padre, un anciano llevando acumuladas sobre su frente cuantas majestades puede dar Dios a la frente de los hombres; su mirada se eleva hacia el cielo, como para invitar a Dios a contemplar aquella fiesta; su corazón se dilata de ternura y amor, como para abrazar a toda aquella muchedumbre en que cada cual es hijo suyo; su mano se extiende para bendecir con ella a la humanidad entera prosternada en su presencia. Y mientras que cincuenta mil hombres están de rodillas cual si fuesen uno solo; mientras desde el castillo de San Ángelo deja oír el canon su estruendo solemne, y todas las campanas agitadas envían a la Ciudad Eterna sus alegres repiques, la voz del Padre católico canta, y su corazón aun más que su voz: “Bendígalos el Señor Dios todopoderoso. Padre, Hijo y Espíritu Santo.” Tal es la bendición del Padre católico, bendición dada, no solo a aquella muchedumbre que la espera, sino a toda la ciudad, al Catolicismo todo: Urbi el Orbi.
No, Señores, no, jamás existió sobre la tierra un espectáculo de autoridad como el que se presenta allí, en Roma, en medio de las ruinas de tantos poderes pulverizados y majestades desvanecidas. El que ha podido verlo de cerca y no se ha sentido conmovido, el que ha podido oir caer sobre sí esa bendición del Padre católico, y no ha llevado grabada en su alma la imagen más augusta de la autoridad, y no ha llevado en su corazón la más religiosa impresión de respeto! ah! lo cito por el alma y el corazón de cuantos han visto ese espectáculo sin igual, ese tal ha perdido un sentimiento, el que constituye o hay suponer las almas grandes; ha perdido el sentimiento de lo grande. Y si un hombre a quien Dios hubiese mostrado semejante prodigio fuese bastante desdichado para no comprender lo que una autoridad que desde hace cerca de dos mil años obtiene semejantes respetos ha debido hacer para engrandecer las sociedades humanas no habría más recurso que decirle: No merecéis tener ojos para mirar el sol, y ni aun siquiera sois digno de que se os haga una demostración cualquiera!
Ah! Señores, lo que el Pontificado ha hecho por medio del ascendiente perpetuo de su poder moral en favor de la verdadera grandeza de la sociedad, nadie lo dirá jamás. Este asunto solo exigiría más de un discurso; yo he podido hacer brillar sobre vosotros sino un rayo separado de ese gran foco de luz; y a su claridad, sin embargo, habéis podido vislumbrar qué impulso ha debido dar de siglo en siglo el Pontificado católico al Progreso social de los pueblos cristianos, mediante el poderoso influjo de su autoridad.
El Pontificado no es solo la llave maestra del mundo social; no es tan solo el baluarte más fuerte que protege al orden contra la anarquía y a la sociedad contra la Revolución; el Pontificado, sostenido a través de los siglos por la obediencia, el respeto y el amor de los pueblos cristianos, es más que un baluarte que nos defiende, que un escudo que nos guarece, es un carro que nos conduce; carro triunfal que abre desde hace diez y nueve siglos a través de las naciones la marcha de la civilización y del Progreso.
Por tanto, no vacilo en decíroslo altísimo, todo el que conspira contra el Pontificado conspira contra la misma humanidad, todo el que lo ataca, os ataca, a vosotros los que queréis la sociedad, el orden, la civilización, el Progreso, y toda potestad de la tierra que trate de envilecerlo o arrancarlo de raíz solo arranca de raíz y se envilece a sí misma. Todo potentado, sea quien fuere, emperador o rey, que se atreva a rebajar para engrandecerse a sí mismo, esa alta majestad, sentirá caer sobre su frente por medio de vengadoras vicisitudes las represalias de la ira divina y de los desprecios humanos. Por el contrario, toda potestad que ame á esa autoridad, juntamente con el escudo de su fuerza y la devoción de que es capaz su corazón, el homenaje de sus respetos y de su obediencia, verá bajar sobre ella al mismo tiempo que el prestigio de la más alta autoridad, las bendiciones unidas de la tierra y del cielo. Hija fiel y respetuosa de esa madre de las naciones cristianas, dará su mano filial a esa mano materna, y marchará con ella hacia el engrandecimiento de las almas y el progreso de las sociedades.
Señores, si queréis saber cómo trataron en los siglos cristianos a ésa majestad desarmada los hombres más grandes de nuestra historia y los jefes más ilustres de nuestras dinastías, y lo que a su vez hizo aquella en medio de su debilidad para engrandecer su nombre y glorificar su posteridad, dejadme acabar citándoos un ejemplo por siempre famoso, que a mil años de distancia es siempre oportuno, y que hoy mismo nos están instruyendo aun.
Un día el Papa León III, expulsado de Roma por alguna de esas sediciones que a menudo se fraguan alrededor de esa soberanía pacífica, iba a implorar el auxilio de Carlo Magno, entonces en Paderborn. El gran rey envió a su encuentro primero a un arzobispo, después a un noble de su corte, y luego a su hijo Pipino, entonces vencedor de los Hunos y rey de Italia. Pipino iba al frente de cien mil hombres. Cuando ese ejército divisó al Pontífice rodeado tan solo de unos cuantos servidores, se prosterna tres veces; tres veces también lo bendijo él, y Pipino fue a colocarse a su lado. Avisado Carlo Magno, no tarda en salir de Paderborn acompañado del clero llevando la bandera y la cruz; va a colocarse en medio de otro ejército compuesto de diversos pueblos, ordenados en forma de círculo inmenso representando a una ciudad viva, en medio de la cual se halla él de pié, superando con la cabeza a cuantos le rodean. El Papa aparece en el recinto escoltado por Pipino. En aquel instante, ejército, pueblo, clero, toda la innumerable muchedumbre cae de rodillas; y Carlo Magno el padre de la Europa permanece inclinado en presencia de León pastor del mundo que bendijo por tres veces a aquellos ejércitos y aquellos pueblos prosternados. Aquellos dos hombres se aproximan y se abrazan llorando mutuamente; y el Papa, alzando la voz, entona el cántico de los ángeles: Gloria in excelsis Deo [5]
Así entendían Carlo Magno y Pipino, Padre el uno de la Europa, dueño el otro de la Italia, ambos grandes en la paz y vencedores en la guerra, que debía tratarse al Rey de las armas y Padre del mundo. Inclinándose ante esa primera majestad de las sociedades cristianas, se honraban y sus pueblos juntamente con ellos por medio de una humillación que los elevaba aún más alto que sus victorias: y esos fundadores inmortales de la dinastía más grande de reyes, nunca se arrepintieron por haber tributado semejante honra al representante de una dinastía más grande aun.
¡Ojala que esa tradición de veneración filial y de regia sumisión que rodeaba ahora mil años a esa autoridad ocho veces ya secular, nos quede siempre como la mejor herencia de los reyes y emperadores cristianos; y ojala también que esa Soberanía divina defendida por su amor, su respeto y su obediencia, proteja a su vez con todo el prestigio de su poder moral el culto de su majestad, la prosperidad de sus pueblos, y el progreso del mundo!
¡Oh Roma! morada de la más dulce paternidad! santuario del más augusto sacerdote! trono de la más alta majestad! asiento secular y venerable del Pontificado! metrópoli del universo católico, nosotros, hijos de una Iglesia que se glorifica con llevar el nombre de hija primogénita vuestra, os saludamos!
Mientras que la tierra parece temblar bajo vuestras plantas, de todos los extremos de la Europa vuelven hacia vos sus corazones y tienden su mano vuestros, hijos para hallar un apoyo en esa roca inmóvil en que Cristo estableció sobre Pedro el centro vivo de su divina autoridad. ¡Oh Roma, oh ciudad eterna, baluarte poderoso de la civilización, péguese mi lengua al paladar, y sea condenada al olvido mi mano después de seca, si ceso de publicar en todas partes, ante los que os aman y los que os aborrecen, que vuestra autoridad sagrada, procedente de Dios para dicha de los hombres, es por siempre el más sólido cimiento y poderoso resorte del Progreso de las naciones!
[1] Matth. VII, 29.
[2] II. Cor. I, 80.
[3] Luc. VII, 49.
[4] Célebre hospital de París
[5] Véase a D. Bouquet citado por Rohrbaoher, Historia, de la Iglesia, tomo II, pág. 321.
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