Colección de escritos de distintos autores, de distintos tiempos históricos, y de distintos lugares geográficos, sobre temas de doctrina religiosa, filosófica y política, perennes e insoslayables para un católico, pues hacen al bien común terrenal, y a la salvación del alma.

jueves, 10 de julio de 2008

SEMBLANZA DEL PADRE CASTELLANI



por Roque Raúl Aragón

ómbrese a Dios dicen los chilenos cuando arrancan para un viaje, y nosotros vamos a hacer en estos dos días un viaje alrededor de la personalidad de este hombre enorme, muerto hace años y presente todavía entre sus contemporáneos, unido aún a las soluciones que ha propiciado para los grandes problemas de la Patria.

MAESTRO

Yo tendría que hacer según el programa, la semblanza del P. Castellani. Pero no se entienda esto en el sentido de una etopeya en la que el que juzga se siente o se coloca en cierto modo por encima del juzgado. Nunca he podido hablar de mis maestros y el P. Castellani fue esa cosa extraña que es un maestro, esa cosa que uno descubre de golpe en la vida y que lo llena y lo sacia y le da deseos de progresar en la dependencia que crea el magisterio. El maestro es el que ve más allá de uno, el que llega con su inteligencia adonde la propia no alcanza, el que conduce y acompaña, aquel a quien se siente siempre en las circunstancia difíciles, aunque no esté presente.

Yo voy a hacer un recuerdo personal de Castellani, no una etopeya. (1) Voy a dar testimonio de lo que ocurrió en mi generación cuando apareció él. Nosotros en la época en que iba yo al colegio secundario, teníamos un catecismo un poco timorato, un poco lateral, un poco relegado a las cuestiones religiosas o morales. Las lecturas sobre la conducta o sobre temas estrictamente religiosos, sobre la verdad, sobre la castidad, eran lo que distinguían nuestra actividad religiosa. Y apareció en nuestras vidas este hombre.

Irrumpió incorporándonos con nuestro catolicismo a cuestas, a toda la vida de la Nación. Esa fue la impresión deslumbrante que sentimos. Hablaba con un lenguaje corriente de las cosas que generalmente obligan a engolar el lenguaje, a bajar los ojos, a adoptar actitudes piadosas. El llevó la Religión a la vida, la metió en la vida, la metió en la política, en la vida diaria, en las discusiones de todos los días, en los personajes que todos conocíamos y veíamos y no sabíamos cómo tratar. Nos enseñó a ver la vida desde la Religión, no dejarla a la Religión aparte para sostenernos en ella en ciertas circunstancias, sino para transformar las cosas, la experiencia, la vida de todos, la política... y hasta sentíamos una sensación de la superioridad que da el catolicismo por pertenecer a los dueños del mundo, a los herederos de Cristo, a los que llevan la verdad y la luz por su misma naturaleza de cristianos.

SACERDOTE

Para nosotros fue una revelación, como la Religión ocupaba todos los lugares. Una vez, le dije yo a él -cuando hablábamos de su libro próximo a aparecer sobre las parábolas cimarronas- (2), le dije: «Fíjese Padre que yo he pensado que toda su obra versa sobre el Evangelio, toda su obra que es tan variada, siempre es una forma de proyección del Evangelio sobre las cosas.» El reflexionó un rato y me dijo: «Me parece que usted tiene razón». Su tema era el tema religioso, estuviera donde estuviera y hablara de lo que hablara, de lo que fuere. Era un sacerdote.

La vida del sacerdote no se reduce a la liturgia o al acto propiamente religioso: impregna todos los actos, llena la relación con el mundo. Cualquier forma de relación con el mundo en el sacerdote es distinta. Y eso... él la tenía eminentemente. Nunca se desdijo de su condición sacerdotal, nunca abandonó la tesitura levítica del hombre que tiene una función especialísima en la vida, como no la tiene nadie.

Pero era un sacerdote. Su tema en el sacerdocio era la Religión, pero su medio era el periodismo. Aparecía en los diarios, aparecía en el diario Cabildo, en las páginas literarias donde publicó sus notas sobre el Nuevo Gobierno de Sancho. (3) Aparecía en los temas económicos, en los temas morales, en los temas literarios, y siempre con la misma brillantez, con la misma autoridad, con esa manera de resultar irrefutable en lo que decía, eso lo mantuvo siempre.

PERIODISTA

El periodismo es ciertamente una forma de la literatura actual. Desde el siglo pasado, desde Dickens, desde Sarmiento, desde el P. Castañeda. Pero ahora casi no se entiende a un escritor que no sea al mismo tiempo un periodista como lo fue Chesterton;, como Maurras, como lo fueron Papini, Ramiro de Maeztu; en España y entre nosotros, Pairó, Lugones, y Castellani.

Eminentemente periodista, su obra es una obra fragmentaria, porque vivía ocupándose de todas las cuestiones. No le interesó hacer una exposición vasta y arquitectónica de su pensamiento. Tal vez era anti-arquitectónico: funcionaba así, al correr de los sucesos, observándolo todo desde la Religión, desde lo inmutable, veía pasar la vida desde la Verdad.

Perteneció a una generación que puede decirse que es la más grande que ha dado nuestro país. Contemporáneos de él fueron Borges, Ernesto Palacio, Scalabrini Ortiz;, Nalé; Roxlo, Bernárdez;, Marechal; y muchos otros... no voy a hacer una lista completa. Pero se presentó este fenómeno como algo diferente. Todos los que he nombrado publicaron en la revista Martín Fierro o en Proa, o en las revistas que había entonces. Este nuevo escritor apareció calladamente en revistillas religiosas, piadosas, donde había que ser un Hugo Wast para poder descubrirlo.

ERUDITO

A nosotros nos deslumbró. Las cuestiones sobre la enseñanza en aquel libro juvenil de la enseñanza (4) nos disolvían todos los problemas que teníamos nosotros y que debatíamos a diario: el problema de la democracia, el problema de la política, estas cosas que se debatían siempre, los temas que se debatieron durante la Segunda Guerra Mundial... todos eran resueltos por él con una facilidad casi mágica, como si no le costaran, como si estuvieran siempre envueltas en las grandes definiciones. Esto hizo un bien enorme a nuestro país y significó la presencia de alguien distinto de todos en ese grupo de brillantes escritores a los que me he referido recién, como los representantes de la generación a la que él pertenecía.

Fue maestro en literatura, conocía muchas literaturas, hablaba varios idiomas. Conocía el latín, estudió el griego. Después volvió a estudiarlo para hacer las traducciones escriturísticas. Conocía el alemán, conocía muy a fondo la literatura inglesa, la literatura norteamericana, que no es común aquí. Conocía la literatura francesa, la italiana. Todas en las lenguas originales. Y tenía opinión formada sobre todo.

Una vez me dijo Juan Oscar Ponferrada;:

«A mi me admira en el P. Castellani que un libro leído por él hace diez o quince años, lo puede exponer como si lo hubiera leído la noche antes, con todo rigor, con una precisión acabada en su juicios, con el dominio completo de la materia».

Porque leía bien. Tenía una buena formación, una formación jesuítica, una formación de fraile, de celda: hombre que había aprendido en la dura disciplina de una orden religiosa a controlarse, a estudiar, a ordenarse. Sabía de un libro que leía por eso. Leía, anotaba. Yo he tenido libros de él e invariablemente en la última página estaba el juicio que le había merecido la lectura, una vez terminada. Esto le servía mucho en su obra de crítica literaria, (5) pero además le fijaba las ideas.

Tenía una memoria asombrosa. La memoria seguramente es signo de talento en los escritores, pero la de él parecía no fallar nunca: siempre tenía fresco el dato, la referencia necesaria, en todos los planos en que se desenvolvía, el novelístico, el humorístico, el teológico, el polémico, el poético, el profético. Porque había en él una vocación de profeta.

Sabía muy bien su filosofía y sabía muy bien su teología. Había traducido varios tomos de Santo Tomás, los primeros cinco tomos de la Suma. (6) Pero eso lo metía adentro de la vida, no lo exponía profesoralmente. No era un académico. Tal vez podría decirse con exactitud que era anti-académico. Era un cristiano vital, un hombre encajado en los grandes problemas del hombre, con la palabra de Dios en la mano, resuelto a asistir en cualquier lugar donde la presencia del sacerdote fuera necesaria. En la escuela, en la cátedra, en la discusión callejera, en el periodismo, allí donde se encontrara.

PROFETA

Un gran tema de él fue el Apocalipsis. Fue un tema técnico, teórico. Tiene dos libros tomados desde el punto de vista de la exégesis cristiana, (7) pero además, -y a eso viene que yo me referí a su condición de profeta- tiene una novela extraordinaria que se llama Los Papeles de Benjamín Benavides (8) y varias colecciones de ensayos que recaen en el tema apocalíptico. (9)

Veía el mundo que se estaba deshaciendo, el mundo de la apostasía, el mundo de la decadencia cultural. Creía que todo esto se liquidaba, que ya estaba en liquidación y que lo que había que hacer era luchar hasta el fin, sin pensar ya en la victoria, dejándole ese privilegio a Dios, que es el que se lo ha reservado a sí mismo.

Esto es propio de los últimos tiempos, (es propio) de la liquidación final de esto que aguardamos cuando decimos "Ven Señor Jesús". Tenemos cierta urgencia para que este tiempo de tribulación, cuya gravedad va en aumento, se termine y volvamos a la Gloria de la Revelación, a la dicha del Cielo que nos espera.

Eso al P. Castellani lo hería vivamente: estaba tenso hacia la presencia demoníaca que rodeaba a la Iglesia y por tanto a cada uno de nosotros para conquistarnos en el momento del asalto final, cuando ya no quede esperanza humana sino sólo la sobrenatural.

NACIONALISTA

En el aspecto político batalló contra el liberalismo (10) más que contra el marxismo. Mucho más; del marxismo casi no habló. Porque lo consideraba nada más que consecuencia del error liberal, un paso más allá de todo lo que ya lamentablemente había ido dándose, en el sentido del alejamiento de la Iglesia, de la ruptura de las instituciones clásicas, de la perdición del mundo. (11) Esto, tan vivo en él, tan doloroso en él...

El liberalismo, con sus formas seculares de democratismo lo horrorizaba, y lo horrorizaba tanto más cuanto veía que era intelectualmente endeble, que no se podía justificar. Veía al liberalismo como una patente que la habilitaba (a la mentira) para correr por la sociedad y hacía que todo en la sociedad se ocupara en protegerla, en mantenerla, en declararla intocable, cosa que relegaba a los cristianos a algo próximo a las catacumbas. Sin embargo, no los libraba de la lucha, que es obligatoria.

Castellani socorrió a muchos espiritualmente y él mismo se dio como ejemplo de las luchas del cristiano. En su vida está patente su obra, el sentido de su obra. El luchó por la verdad. No sé si siempre con verdad o a veces se equivocó, pero seguramente siempre por lo que él entendía que era la verdad. Una verdad exigente, una verdad crucificada, que lo llevó a conflictos difíciles con la autoridad religiosa, en donde gastó su paz;, su tranquilidad. Fue para él muy doloroso, muy arrebatador. Fue una prueba y como tal la tomó. Se sometió a esa situación donde, más que los hombres, lo ponía Dios, y en la que tenía que dar testimonio, no sólo ante los hombres sino ante Dios mismo.

Su vocación política no fue partidista, a pesar de haber sido una vez candidato a diputado nacional en 1946. Era ajeno a los partidos. Y eso entendía él era ser nacionalista: una actitud frente al país, frente a la sociedad. Que no estuviera dominada por una ideología sino simplemente por el bien común. Y así colaboró en las publicaciones nacionalistas, asistió a los actos nacionalistas y usó la palabra nacionalismo para definir aquello que defendía.

PATRIOTA

Era un argentino de primera generación, su madre también era Argentina, su padre, no. Era italiano. Pero un italiano metido en el país. Se había comprado con su sangre la nacionalidad argentina, porque fue asesinado a causa de las discrepancias políticas en las que estaba metido. Además de eso, de ser hijo de un hombre que compra así su nacionalidad, Castellani nació en Reconquista, en Santa Fe.

La gente sabe que en un país de grandes afluencias inmigratorios, lo que nacionaliza es sobre todo el campo. No digo que el campo sea más que la ciudad, seguramente el campo no tiene la hondura política que tiene la ciudad. Los campesino suelen ser muy patriotas pero muy ingenuos e incapaces de defender su patriotismo. Pero es cierto que el campo penetra, da formas nacionales. Yo lo he visto en mi vida. Me acuerdo de haber ido un año a Puerto Madryn: ya habían dejado de ser galeses pero todavía no habían empezado a ser argentinos. Estaban en la mitad del camino. Ese mismo año, en otro viaje, estuve en Santiago del Estero. Y ahí, junto a un rancho sobre un patio de tierra vi bailar a un japonés una chacarera llevando un cuchillo en la cintura. El país se lo había tragado.

Castellani venía como un criollo de tierra adentro a Buenos Aires. Pero esa es una forma casi material, sensible. El entendía que aquí había restos de un gran imperio, que este era un noble país, que tenía la herencia de la Cristiandad metida adentro, y que no acertaba bien a luchar por ella contra los embates siempre repetidos y cada vez más victoriosos del liberalismo. (12)

De ahí que Castellani tomara como un deber religioso la actividad patriótica, la actividad nacionalista. No como algo puramente ideológico, no como una disputa que vaya a dirimirse en un debate, sino como algo que comprometía, a fondo, con toda la vida, a los que se empeñaban en esa batalla.

Aquí, otros oradores, mejores que yo, van a tomar los otros aspectos de su vida: el sacerdocio, la poesía, la filosofía, la teología de Castellani. Y ustedes van a poder apreciar más de cerca las condiciones de este hombre excepcional. A mi me interesa destacar esa condición de ciudadano que es ciudadano no a pesar de ser sacerdote, sino porque se siente obligado;, precisamente por su sacerdocio, a serlo; que se siente unido a sus compatriotas, que siente la Patria como una materia religiosa, como algo que espera la presencia del sacerdote, del cristiano, de la palabra inspirada.

ACTUAL

Por eso creo que este acto es tan importante, que significa tantas cosas el que hayamos venidos nosotros a reunirnos aquí al lado de la figura del P. Castellani. Porque la creemos viva, porque la creemos activa, porque queremos renovar su influencia y porque tenemos miedo de que el país se nos vaya de las manos, de que el país se nos acabe, de que la depravación cunda hasta un punto en que ya sea irremediable.

Estamos viendo cosas dolorosas, casi bíblicamente patéticas. Estamos viendo cómo la herencia nuestra, aquello de lo que querríamos ser custodios, es dilapidada y humillada. Estamos viendo a nuestra patria sometiéndose a vejámenes increíbles para las generaciones anteriores. Estamos viendo así como duros símbolos que nos llaman, que en el país se importa estiércol, se importan detritus atómicos, se importa ropa usada.

Se ha rebajado nuestra autoridad hacia cestos que nos humillan a todos. Y no sabemos si en este punto del compromiso de nuestra soberanía, todavía existe ella, o existen sólo las apariencias exteriores que pronto desaparecerán.

Y por eso acudimos a Castellani para pedir su fuerza, su claridad, la contundencia de sus razonamientos, la palabra eficaz que ha tenido siempre. Y así se entiende que se deba concluir una disertación sobre él con una jaculatoria: Leonardo Castellani, ruega por nosotros, ruega por la Patria.

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